sábado, 4 de octubre de 2008

Las doce y sereno.

¿Han tenido la sensación, ciertos días sino es que todos, de que la vida es como una película de tratamiento muy muy muy bizarro? ¿De veras nunca han llegado a su casa, tras un arduo día de trabajo o estudio, y al poner la mochila o bolsa en el suelo y tirar las llaves al escritorio, se han preguntado cómo es que hace quien sea que lo hace para escribir argumentos tan intrigantes, tan "pasados de lanza"? Yo hoy, tras un suceso que a continuación y para beneplático de todos mis lectores puntualizaré, llegué a casa con esa sensación y otras tantas.
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Mañana soleada. Si vivo de letras hispánicas de lunes a viernes, como con ellas, duermo con ellas, estudio con ellas, trabajo con ellas, el sábado por la mañana rompe el panorama hispanohablante de los otros seis días y se pinta de inglés para hacerme tomar la materia de lengua extranjera que me veo radicalmente forzado -nótese el ánimo abasallador- a estudiar para poder recibir un título que dirá, así o con menos ciencia: "Licenciado en Letras Hispánicas". Así que ya desde ahí, mi sábado por la mañana rompía, como cada sábado por la mañana, la rutina de las otras voces, y me entregaba a un matutito y nauseabundo cambio de existencia lingüística.
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Mañana soleada de un sábado angloparlante, caminando por una avenida de alto tráfico vehicular. ¿Han notado lo particularmente bizarras que pueden ser las calles un sábado por la mañana? Si no lo han hecho, háganlo. Un sábado por la mañana la gente va y viene como zombie, los carros andan como si zurcaran campos minados, y en general los andantes no parecen tener un rumbo fijo apetecible.
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Mañana soleada de un sábado angloparlante, caminando por una avenida de alto tráfico vehicular, y en eso se te acerca un hombre y te pide la hora. Me van a decir que cómo soy de manchado, que qué tiene de fuera de lo estándar que un hombre te solicite la hora, y yo estaré de acuerdo una vez más con la opinión crítica y acertada que dan ustedes a mis palabras. La cuestión es que el sujeto se tomó unos -muchos- minutos para observar mis dos manos en busca del reloj que, por razones de cierta histeria incomprensible, nunca llevo puesto. Y eso lo sé porque lo vi brincar su mirada de mis manos derecha a izquierda y luego izquierda a derecha como cinco metros antes de que me encontrara y me dirigiera la palabra.
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Mañana soleada de un sábado angloparlante, caminando por una avenida de alto tráfico vehicular, y en eso se te acerca un hombre y te pide la hora, para luego preguntarte si no eres tú el hermano del Chester. Sí, así como lo oyen, o más precisamente como a continuación lo escribo: "Oye, tú eres el carnal del Chester, ¿que no?" Agus niega. Bueno, primero piensa: tiene hermanos, sí, pero de los tres que tiene dos quedan descartados porque su sexo les impide llamarse o darse a conocer con el apodo de "Chester" -esperando, claro está, que Chester sea un apodo y no el nombre de un sujeto cuyos padres lo han evidentemente detestado desde su nacimiento y le han dado un nombre que más suena a mascota de popular botana frita que a ser humano digno y razonable-. Así que de los tres que me quedaban, de los tres que me quedaban, nada más me queda uno, uno, uno. Pero mi hermano único es, por decirlo de alguna manera, "especial". Especial en sus modos, sus gustos y hasta en sus preferencias -que es lo mismo, pero no es igual-. Así que no puedo imaginarlo haciéndose llamar "El Chester", ni mucho menos teniendo como amigo a un tipo que no sabe que para dar la hora es necesario llevar un reloj, y que si éste no se encuentra en la muñeca, será más eminente recibir un "no lo sé" como respuesta que la información solicitada -nota aclaratoria: mi hermano rara vez tiene amigos que no poseen lógica en sus procesos cognitivos-.
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Mañana soleada de un sábado angloparlante, caminando por una avenida de alto tráfico vehicular, y en eso se te acerca un hombre y te pide la hora, para luego preguntarte si no eres tú el hermano del Chester, y, ante tu respuesta negativa, insistirte afirmando la característica poco moral del sujeto en cuestión. "A huevo que sí eres (sic, sick)" "No, pero, ¿por qué?, ¿me parezco?" "A huevo. El Chester es un bato acá todo pasado de lanza". O eso significa, cosa que dudo, que el mentado Chester es un adefesio de proporciones alarmantes, o que el ídem es más cabrón que bonito. Yo, personalmente y para ahorrarme las broncas existenciales, le voy más a mi segunda hipótesis.
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Mañana soleada de un sábado angloparlante, caminando por una avenida de alto tráfico vehicular, y en eso se te acerca un hombre y te pide la hora, para luego preguntarte si no eres tú el hermano del Chester, y, ante tu respuesta negativa, insistirte afirmando la característica poco moral del sujeto en cuestión, para luego, ante tu prolongada negativa, decirte que olvides el asunto... y se lo saludes. "Ya, pues, ahí déjala. Pero me lo saludas". Di media vuelta y seguí caminando. Si ni siquiera le pude dar la hora... ¿cómo esperan que le salude a Chester? Y -afortunadamente- esto -no- es toooodos los días.
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¡Salud! (mental)
Faltan 56 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo sé quien es el Chester y no te va a gustar nadita que te hayan emparentado con él...
Bueno, no te caó tan mal la noticia, porque realmente no hay idea.