martes, 7 de octubre de 2008

Barrococó.

Barroco es un término que implica muchas cosas. Me van a decir ustedes, que diario andan llevándome la contra -yo y mis lectores imaginarios-, que no hay término que no implique un montón de cosas. Cierto, cierto como una respuesta bien contestada en un examen, o como la razón de que el clima es inasible. Pero a lo que yo me refiero es que el término barroco implica más cosas que las que el gramático, el lexicógrafo, el filósofo del lenguaje y hasta el crítico literario se han imaginado jamás.
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Barroco es, en instancia primaria, la escuela artística que prevaleció en España durante el Renacimiento Europeo. No, miento, o digo una verdad a medias: la entrada tardía que España ejecutó al Renacimiento -Europa le entra el movimiento artístico nacido en Florencia desde finales del siglo XV; España llega tarde a la fiesta, considerándose renacentista hasta la segunda mitad del siglo XVI-, ocasionó que la Madre Patria bailara su propia versión de lo renacentista, haciendo casi casi una escuela aparte. A esa versión española del renacimiento se le llama barroco.
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Barroco es también sinónimo de complejidad. No hay que fijarse mucho en la palabra para entender el hálito que la sostiene -fonética, estructuralmente hablando-. De hecho, barroco es una palabra de origen portugués -en aquellos años, España y Portugal eran potencias marítimas de separación no muy definida-, que significa literalmente "perla deforme". Sí, es como decir "flor manchada" o "papa sin cátsup": una imagen que naturalmente debería representar belleza, cordura, equilibrio, es llevada al extremo de la fealdad, convirtiéndola no en algo feo cuanto en algo grotesco. El arte barroco es, por lo general, grotesco: exagerado hasta morir, cargado de líneas, sonidos, oscuridades, palabras, cambios sintácticos. Es una perla, porque al final es arte, pero su belleza extralimitada la convierte en un monstruo, un monstruo bello.
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Barroco es también el momento literario que abraza a algunos de los más geniales, influyentes y dadivosos escritores de habla hispana de todos los tiempos: Francisco de Quevedo, Luis de Góngora y Argotte, Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos Sigüenza y Góngora, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, por citar sólo algunos, construyen y acompañan a la hispanidad en sus primeros pasos como elemento moderno del catálogo de las lenguas, del catálogo de las literaturas. Son testigos primarios, todos ellos, de la formación de un español que hoy habríamos de recibir limpio, claro, adecuado a los hablantes y modificado a su favor. Son testigos del nacimiento de una lengua cada vez menos "vernácula" y cada vez más "hispánica".
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Barroco es, ya por último y para que se vayan con calma a hacer sus tareas, una palabra que a mí, en lo personal, me sabe a duraznos y madera, vino y pan. ¿Que por qué? Porque así son las palabras: tienen sabor cuando uno menos lo espera, y se descubren desabridas cuando se quiere saborearlas. Barroco es luz y sombra, Dios y Satán, filosofía y muerte. Barroco es intelecto, razón, razón de una España cada vez más española y una hispanidad cada vez más hispana. Barroco es el principio de nuestra lengua, nuestro principio.
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¡Salud!
Faltan 53 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008.

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Órale, que filosófico te pusiste maestro. Yo cuando escuchó la palabra rococó, no puedo evitar recordar los fonemas proninciados por mi querida nina Lavinia diciéndola.

Alejandro Bercini dijo...

Mi buen amigo del ámbito blogueril y lares literarios, aquí visitándole como de costumbre, preguntándome de dónde sacas los temas de tus posts? jejeje a veces es un tanto bizarro, ¿De dónde se te ocurrió hablar del CV y luego del barroco? por ello este espacio es tan ecléctico, contrastante y -hasta cierto punto- ambivalente, aunque más bien debería ser algo así como ampolivalente.
En fin, siempre un placer degustar tus letras.

Saludos ahora desde Wonderland!