miércoles, 1 de octubre de 2008

68.

"¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia prinicipal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)"
"Memorial de Tlatelolco", Rosario Castellanos.
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Durante muchos años, desde que estando en los primeros años de secundaria me enteré del suceso, yo sentí el 2 de octubre del 68 como afrenta personal. Mi dolor interno creció conforme me fui enterando del asunto, y llegó a un nivel casi enardecido cuando pude comunicar a otros la aberración que significa el suceso histórico que mañana cumplirá cuarenta años de ignominioso silencio.
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Ignominia, define la Real Academia de la Lengua Española, es una "afrenta pública". Afrenta, en su sentido más coloquial, es una vergüenza o deshonor, ejecutada a través de un dicho o hecho, que generalmente sigue al cometimiento de ciertos delitos. Osea que el 68 es un delito -¡cosa nueva!-, y lo que a él siga no será sino una reivindicación del Estado hacia los afrentados, o el ensalzamiento de la afrenta.
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La historia oficial a duras penas pudo incluir el acontecimiento en sus anales cuando Fox y su recua de estorbantes arribó a Los Pinos tras el triunfo electoral del 2000. Antes, es decir, los otros 32 años, el sangriento suceso se manejó como una verdad a medias, algo desconocida. Un pasado borrado, mitigado, apaleado como el movimiento estudiantil lo fue en su momento. Nada por explicar, nadie a quien recurrir en busca de la verdad absoluta.
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Todavía hoy, con el 68 incluido -mal que bien, bien que mal- en los libros de Historia de Secundaria que reparte -mal que bien, bien que mal- la Secretaría de Educación Pública, el suceso sigue siendo una verdad a medias. La muerte de su principal derrotero, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, acaecida en 1979, dio al Estado Priísta un respiro que devino en detrimento de los que sí queremos saber qué sucedió y quiénes son los culpables de la matanza.
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Díaz Ordaz desaparecido, la opinión pública que sí quiere justicia -hay otra parte de la opinión pública que, triste y alarmantemente, maneja el 68 con absoluta indiferencia o total abandono al sentimiento de derrota que general per sé la idea del suceso- volcó sus vuelos hacia el segundo en mando en el momento de la masacre y sucesor de Díaz Ordaz: Luis Echeverría Álvarez.
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Hace poco, un juez retiró la orden de arresto domiciliario que pendía sobre el expresidente, argumentando que los delitos que se le imputaban habían "caducado" años atrás. Entendemos bien: no importa cuánto mates, cuánto hieras, cuánto acalambres la historia del país; si esperas oculto unos años tras el absolutismo proteccionista que tú mismo has creado, todo estará saldado y podrás morir en paz.
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Pues no. Nadie en paz, nadie contento. Ni los sobrevivientes del suceso -que sí, oiganlo bien todos, dejó cientos de muertos y miles de desaparecidos, amén de un pueblo sumiso y derrotado y un partido político (el PRI) que cavó con su silencio la tumba de su posterior derrota electoral-, ni los desaparecidos, ni los familiares de ambos grupos, ni los que hoy sentimos la falta de verdad como otra gran afrenta, nadie, nada, en paz ni con seguridad. México, tras el 68, es una herida constante y una gran dolencia. Es una reuma miserable y desconocida. Es un cáncer.
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A pesar de lo que mis palabras podrían transmitir, el 68 ya no me duele igual que antes. Ya conocí la Plaza de las Tres Culturas -visitarla cada vez que voy al D. F. se ha convertido en una peregrinación de carácter sagrado-, ya releí todo lo posible sobre el tema, ya llevé a otros jóvenes de mi edad a enterarse y sentir el agravio en carne propia. Ya me eché las películas, los documentales, ya, incluso, revisé el material hemerográfico al respecto. Ya me quejé de la prensa callada, pagada, de las voces danzantes al compás del Estado. Ya lloré a los muertos y reviví la angustia que me trae saber que, muy probablemente si creyera en eso, yo me sabría muerto una vida pasada la tarde del 2 de octubre de 1968. Ya lo hice catársis, pérdida y duelo. Ya lo superé.
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No así la angustia que me da reconocer en el hecho sangriento un gran atrazo que hoy genera cambios radicales y dolorosos -sí, AMLO, o lo que simboliza, es en mucho pariente del 68-, movimientos zapatistas, Rosarios Ibarras de Piedra, cuatrocientos pueblos, maestros radicalizados y atrasos múltiples. No así, no ha parado, la fatalidad que veo en que nos sintamos pueblo de cara al futuro, en desarrollo, cuando traemos arrastrando una piedra de molino de semejante magnitud como lo es nuestra propia versión de la llamada "Guerra Negra". No así la paz que me reclama no tenerla, la Patria que me reclama no encenderla y la Libertad que me exige defenderla.
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Hace poco, al respecto del mismo acontecimiento, un experto decía en cierto programa televisivo que él ve cerca otro 68. Yo lo dudo, lo dudo mucho. Al menos si la esperanza que comprobará la tesis del experto está puesta en la juventud mexicana de hoy día, lo dudo mucho. Dormidos, soñando, metidos en la complejidad que significa tener que buscarnos un futuro sin poder renunciar a la televisión, las relaciones fracasadas, los falsos éxitos. Dormidos, soñando, lo que nos distingue largamente de los que, a nuestra edad y mañana 40 años atrás, sí buscaban paz, Patria y Libertad. Sí creían, como ya no lo hacemos hoy día, que los cambios sólo aparecen cuando se les busca. Sí vivían, no como nosotros, que nomás la vemos pasar.
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¡Salud! (histórica y patriótica)
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Faltan 59 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No lo dudes, házlo posible.