jueves, 11 de septiembre de 2008

Viajero que vas. Parte 3.

Yo prometí tres, y como a mí me disgusta sobremanera no cumplir mis promesas -?-, aquí entra mi tercera entrada sobre los viajes, en tono a ése que, en próximas fechas -pasado mañana, prepare su cuota-, emprenderé para reencontrarme con una ciudad que es, entre muchas otras cosas, el espejo de toda una nación a la cual me siento orgulloso -en veces- de pertenecer. Córrela.
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Inconvenientes de un viaje, toma 1. Ya todo está listo. El boleto comprado, la maleta preparada con todo lo necesario -medio que no cierra, pero preparada al fin y al cabo-, hasta la cámara digital ordenada y las pilas bien cargadas para no errar el flash. Y, ¡zaz!, que justo un día antes, cuando tú ya avisaste a todas las amistades -"¡Mirá, vos, de quién te burlaste, mirá!", chiste local, ahí disculpen- que te vas, y les pediste que no aguadearan la fiesta en tu ausencia, ni hicieran cambiar el rumbo de la historia para no perderte los acontecimientos importantes, justo cuando ya hasta le confesaste al amor de tu vida lo que sientes con la idea clara de que al día siguiente saldrás huyendo, que al cielo se le ocurre llover, a la compañía aérea se le ocurre irse a huelga, o a ti se te ocurre enfermarte del virus que se te antoje, que te incapacita para ir a compartirlo en la parte del mundo a la que pretendías moverte. Ni hablar. A guardar cama, o caja de Kleenex, o lo que necesites para hacerte a la idea de que volar, o "busear" -¿por qué nadie ha tenido la idea de crear un verbo que denote viajar en autobús?-, no son actividades que vayan contigo.
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Inconvenientes de un viaje, toma 2. Tras un vuelo tranquilo y dadivoso, donde hasta te dieron de comer y te arropó una guapa sobrecargo, llegas a tu hotel en ciudad vacacional y descubres que has olvidado... ¡cha, chán! Alguna de esas cosas que pueden pasar desapercibidas en el detector de metales, pero que a ti en ausencia te caen muy mal: las chanclas para no contagiar hongos en la alberca del lugar, o morir con síndrome podológico de Cuauhtémoc al pisar a pie desnudo la arena playera del mediodía; la gel para el pelo, lo que además se convierte en una bomba de tiempo en tu contra de no encontrar una farmacia rapidito, pues tu cabello comenzará a aumentar su volumen paulatinamente hasta hacerte perder todo atisbo de rasgo facial; la ropa interior, lo que te hará, si es que guardas en tus entrañas algo de un añejo y parental pudor, andar por ahí como zombie, cuidando que nadie contemple por error, accidente u omisión, las cosas pudendas con que la naturaleza te ha dotado; la chamarra para el frío, o el bloqueador para el sol, o el talco pa' las patas, o el cortauñas, o los lentes de contacto... o mejor ahí le paro.
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Inconvenientes de un viaje, toma 3. El regreso. Ya para qué le sigo, si la sola palabra trae agruras y pesadez estomacal. Por eso no pienso en volver, aunque a la mera hora descubra que el pasaje que traigo en el bolsillo es redondo, y mis días están contados.
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Inconvenientes de un viaje, toma 4. El idioma. Yo voy al D. F., y según los magnates de la Academia Mexicana de la Lengua, he de entenderme perfecto con sus pobladores sin necesidad de Jerónimos de Aguilar o Malintzins. Pero por si las dudas, ya ametrallé con dudas lingüísticas al uno de mis cuñados que es de por esas altiplanas tierras, y ya voy preparado con todo un vademécum mental de palabras tales como "chaleijo", "quepasotescontucarga" y hasta la singular y muy útil "pusórale". ¡Ay, qué inteligente soy, de veras!
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Inconvenientes de un viaje, toma 5. La cobertura del celular. El mío es Telcel, y como don Slim compró todo México con sus morlacos, doy gracias al cielo que puedo bien estar en una gruta a trescientos metros de la superficie terrestre en Puebla -¿en Puebla hay grutas?-, o bien en la puntita del Pico de Orizaba, y hablarle a quien se me ocurra para fastidiar conciencias. Ya dije. Igual esperen mi llamado desde la Torre Mayor, o Chapultepec, o el arco de la Diana Cazadora.
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Ya mejor ahí le paro. Además el cinco es un número de la suerte -?-, y nada mejor que la suerte para revertir todo lo que en un viaje, como empresa anónima de capital variable que es, puede salir mal. Yo ya voy dispuesto a que este viaje me funcione como salvado de trigo a la digestión... ¡y chin chin al que se le ocurra moverme el panorama!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Me caga la madre que se me olvide el cepillo de dientes o la toalla, por eso hao útil y práctica lista d elo que debo llevar -aprendido de Melvin, el obsesivo compulsivo que al final se queda con la mesera cuyo nombre no recuerdo y se hace amigo de Simon el marica-; pero más me caga desempacar al regreso.
Pídeme lo que quieras al regresar, si quieres te doy mi virginidad -jojo-, pero no me pidas que te ayude a desempacar.
Beso.