miércoles, 10 de septiembre de 2008

Viajero que vas. Parte 2.

Cuando Fernanda Familiar tiene el acierto de dar por terminado su programa radiofónico Qué tal, Fernanda, que a diario -bueno, de lunes a viernes- transmite a través de la cadena nacional Imagen, lo hace con una frase que tiene como único y certero fin incitar al escucha a la reflexión personal: "Y tú, ¿con qué te quedas?" Hace unos meses, cuando tuve la oportunidad de revisar el trabajo editorial que la señora Familiar ha tenido la iniciativa de llevar a cabo, una revista de más de sesenta páginas con todo un mundo de cosas apelmazadas como contenido, y que lleva por título justa y explicablemente Fernanda, me encontré, no sin sorpresa, con que la publicación de la locutora y periodista finalizaba justamente con esa característica -y filosofera- frase: "Y tú, ¿con qué te quedas?"
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La saco a colación porque ya imaginarán, por el puro título y la imagen, digo, que esta entrada es no sólo la continuación de la anterior -¡duh!- sino un intento más por acercar, en tres breves fasículos, a todos los lectores a mi visión de lo que es un viaje, todo esto en el margen de uno que yo mismo, con o sin licencia divina, emprenderé el próximo sábado, así tenga que arrastrarme hasta llegar a mi destino, o pegarme a la espalda de un motociclista Harley Davison barbudo y de muy malos pelos... pero gran corazón.
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Y como todo buen viajero, tras reflexionar sobre el hecho mismo de viajar -favor de pasar revista a la entrada anterior- me decidí con agrado a armar mi maleta. Bueno, eso de "armar" es un decir; más bien, más específicamente, me di a la tarea de hacer una lista de las cosas con las cuales, a modo de respueta a la interrogante planteada tras cada programa radiofónico por la señora Familiar, quiero quedarme para llevar a este viaje. Vamos, pues, que el tiempo es poco y el equipaje mucho.
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Me quedo con la ruta recorrida en estos nueve primeros meses del año. A veces amarga, a veces grata, a veces desconsolada, a veces acompañada, mi caminata en lo que va del 2008 no la dejo ni por asomos de desmemorialización. Soy conciente de las decisiones que he tomado, y también de las que he evitado tomar, así que, con el afán de no olvidar todo lo que he aprendido, me veré en la grata situación de pedirle a la capital de este mi amado país me reciba con los brazos, las calles y los cielos, bien abiertos a pesar del añito que me he cargado al hombro. Una amiga de las muchas que tengo que venden productos por catálogo, me propuso hace poco surtirme de todo un tratamiento facial que, según explicó, "te quita como un titipuchal de años y te deja la piel como de quinceañera rechonchita". Imaginarán, y si no lo hacen háganlo, que le dije un risueño y sincero "no, gracias". No es que aprecie las líneas que a edad temprana -20, 21, definitivamente no son muchos- van plagando mes tras mes mi rostro, sino que soy capaz de entender cada línea como un tropiezo, por ende un avance personal, hacia ser mejor ser humano, arrugado o no.
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Me quedo con los amigos. No sé cómo haré para que quepan todos en la maleta, pero si cambio el medio de acarreo creo que no será problema porque a todas luces los llevo a diario en el corazón. Mi madre, que está buscando arduamente ser la primera mujer beatificada en vida en la historia del santoral cristiano, me explicó alguna vez que la mejor manera de llevar a tus seres queridos en el corazón, es bendiciéndolos sin tregua. "Es que así sus problemas ya no los haces tuyos, pero tampoco te quedas con los brazos cruzados esperando les vaya bonito". Yo así lo creo, y aunque no tengo ni la capacidad ni el don de bendecirlos a destajo, sí los cargo conmigo esperando cada día Dios, la vida, el destino o ellos mismos, les retribuyan ese poquito o muchito que en mi bien hacen, que a mi proceso de felicidad aportan.
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Me quedo con el aire, la luz, el agua, la tierra, el fuego. Me quedo con el conocimiento, la patria, mi patria, mi historia y mi pasado. Porque me es monstruosamente difícil abandonar lo que soy, lo que seré, lo que fui. Porque deshacerme de mí mismo nomás para viajar me da repugnancia, me hace desconocerme súbitamente, optar por no verme. Me quedo con lo que es capaz de hacerme sentir vivo: una sonrisa sincera, un abrazo cálido, un beso profundo -"que me haga volar", como dicen los de La Oreja de Van Gogh-, una palabra certera, un descubrimiento personal y alumbrador. Me quedo con un recuerdo disfrazado de olor -o muchos, como el de la tierra mojada, que me trae a estas tierras donde vivo, o el del jugo de naranja, que me lleva a Culiacán por la mañana, o el del pino, que me transporta a diciembre, el siempre más feliz de los meses-. Me quedo con el mango, el girasol y el azahar. Me quedo con el agua fresca, el comal y la tortilla. Me quedo con mi tradición, mi himno y mi poesía.
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Me quedo con mi México, éste que ha crecido a fuerza de jalón y arranque, piedra y sombra, caída y levantamiento. Mi hermano, que no es cierto que me obliga a que lo ame, tuvo a bien mandarme hace unas cuantas horas a mi correo electrónico un conjunto de videos estremecedores que proyectan imágenes de México D. F. tras los temblores que azotaron su fisonomía de ciudad noble y leal en 1985. No estoy sorprendido de lo que pasó al temblar, sino de que, según la vi el año pasado y según me cuenta mi hermano que está ahorita, nada de esa desolación pudo jamás contra la mayor de las capitales, la siempre imperial Tenochtitlan de ayer.
Capital reflejo de un pueblo que, caído o levantado, nunca deja de luchar.
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Y prometo que el sábado, cuando tome el avión, estaré pensando en que, antes que nada, me quedo conmigo mismo. Porque mis lecturas, mis vivencias, mis errores y mis triunfos, todo lo que soy, pues, me acompaña con orgullo vaya a donde vaya. Ésta precisamente es la magia de viajar: no importa de qué intentes huir, o hacia dónde pretendas correr para deshacerte de ti mismo, siempre llegará un momento en que bajarás la vista y te encontrarás con las líneas de tu mano, y sabrás que tu pasado y tu futuro siguen contigo, y no te abandonan cueste lo que cueste.
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Ni hablar, ¿qué le vamos a hacer? Viajar es el inicio del descubrimiento. Y yo, ya llevo camino andado.
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¡Salud!

4 comentarios:

Alejandro Bercini dijo...

Escapar de la gente y de los lugares es fácil, basta con comprar un boleto a destino desconocido, pero escapar de nosotros mismos es imposible, aunque pretendamos ser otro, aunque nos mintamos a nosotros mismos, a pesar de repetirnos constantemente cosas que no son, en el fondo seguimos siendo la misma esencia, la misma alma que se formo en el vientre años atrás.

Los viajes son un recorrido de enseñanza, siempre habrá algo que aprender, recordar, añorar o desear.
Algunos viajes son muy cortos, otros muy largo, otros sin regreso.
Me ha tocado hacer un viaje largo a la ciudad de méxico, cuya fecha de regreso desconozco por ahora. Hay tanto por conocer, más aún por aprender.

Espero que tu viaje aquí a la capital sea bastante productivo, que los disfrutes y aprendas.

P.D. Aléjate del metro en las horas pico jejeje.

Saludos desde Neverland.

Anónimo dijo...

Ay, qué bonito!!! A poco no escribe a toda m mi hermano???
Me acuerdo cuando a sus 2 añitos
ya rayaba garabatos en hojas recicladas (muy eco-conciente, él). Sabíamos que pintaba para escritor. Seguimos. Vamos por el Nóbel. Acá te espero, huey, pa que se te quite lo silvestre!!!!

Pável dijo...

Sin duda, tmbién me quedo con el agua fresca, el comal y las tortillas. Las tradiciones tu himno y la poesía traelos de regreso, con tu maleta llena de letras y sueños.
Suerte en tu viaje a la ciudad mas grande del mundo.
No dejes de visitar la cafeorbreria "El péndulo" en la colonia condesa.. Te va a gustar,

Wendy Piede Bello dijo...

No esperes demasiado del viaje, ni de ti, sólo entrégate a la experiencia, a los sentidos -no respires mucho, en esa ciudad puedes morir en el intento- y recuerda ¡que te voy a extrañar! y que me voy contigo cabrón, desgraciado, méndigo.
Y que te quiero musho hijo .hijo, por los chilangos- cómete un pambazo a mi salud, y la grasita irá no a tus caderas, sino a las mías.
Becho.
Vívete.