jueves, 18 de septiembre de 2008

Terror patrio.

Les dejo provincia tres días encargada, y al regresar me encuentro con que la Bolsa anda mal, los precios han subido, el asunto inevitable de la reforma energética nomás no pinta para decidirse, y el narco ha hecho de las suyas en un atentado que tiene más de terrorismo que de violencia simple. Como las otras tres cosas ni están en mi poder, ni tienen para qué moverle, voy a pasar a la cuarta que, aunque tampoco está en mi poder ni tiene mucho espacio para menearle sin salir espinado, por lo menos me trae inconsolable y adolorido. Va.
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México es muchas cosas. Es un país de contrastes -esto dicho hasta el cansancio por especialistas y opinión cotidiana-, un lugar de desazón y pelea, un pueblo de lucha, una historia que más bien parece compilar una serie de eventos desafortunados que un conjunto de hechos simples. México es dictadura, fraude, terremoto, matanza y hasta esclavitud. Pero nunca, hasta donde estos ojos avizores míos alcanzan a divisar, México había sido en su historia tan evidentemente "intradependiente" como en los días que nos han tocado vivir.
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Sí. Ahí disculparán el neobarbarismo. Dejamos de pasarle la cuenta a los españoles para remitírsela a los estadounidenses y luego a los franceses. En últimas fechas, nuestras remesas -y con ellas nuestra economía sustentable- provenían una vez más de nuestros vecinos norteños. Y hasta ahí todo iba medianamente bien. El común de la población entendía que no éramos independientes más que en los libros de historia oficial y en los corazones rozagantes que gritaban "¡viva!" los quince de septiembre. Tolerable la dependencia velada.
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Pero los hechos deleznables que acaecieron en las vísperas del pasado Día de la Independencia en la ciudad de Morelia, vienen a evidenciar otra de las ya muchas situaciones incómodas de nuestra historia: México está ahora pendiente al narco, la inseguridad y la pobreza que de ellas dos es madre. México, por más que el discurso oficial diga lo contrario -el oficial de Mini Calderón, de "La Gran Duda" Mouriño, de "El amigo" Margelo, y de todos sus secuaces-, es todavía presa de sí mismo, de sus miedos, sus inconsistencias, su conjunto de pésimas e intolerables decisiones. México, como nunca en su historia, es el escenario de una lucha sin cuartel.
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"¡Pero cómo eres primitivo!", me van a decir ustedes. "México fue una gran guerra sin cuartel en sus luchas de Independencia, Reforma y Revolución. Incluso fue una gran guerra sin cuartel en las invasiones norteamericana y francesa, sus dos imperios y su Porfiriato". Sí, tienen toda la razón. Pero nunca, nunca en su historia, México había sido el escenario de una guerra sin cuartel entre bandos que representan un mal -muchos males- que se gestó en su propio seno, y que creció alimentado con la violencia, la insertidumbre y la soledad. Un mal resultado no tanto de la incomprensión cuanto de la ceguera voluntaria.
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El narcotráfico que hoy ha asesinado a civiles inocentes y avanza radicalmente hacia los otros millones de mexicanos que ni la deben ni la temen, así como la careta de ilegalidad con que recubre el rostro adolorido de su cobardía, resultado de su miedo, resultado de su hambre, es a México lo que el ojo de pescado al pie del caminante: una dolencia embrutecida, delicada, por nada aminorante. Un hoyo negro que, amenazante, advierte que de no dejarle trabajar, tragará más de la cuenta.
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Leonel Godoy, gobernador de Michoacán, tuvo ante los atentados -uno de los cuales presenció a unos cuantos metros de su balcón festivo- la respuesta que la población en general ha mirado en sus líderes -electos o impostados- a lo largo de la historia: la sonrisa nerviosa, la incomprensión absoluta, el cruce de brazos. Nadie espera ya nada de él, y lo sabe, y quizá eso lo haga sentir tranquilo.
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Está bien, Leonelcito, duerme tranquilo. Tú y el resto de los treinta y dos gobernadores, miles de presidentes municipales y jefes de ciudad. Tú y los otros poco más de 106 millones de habitantes, que andan dormidos, que caminan como muertos, que viven -vivimos, quimosabi- sin pena ni gloria. Durmamos todos. Quizá al despertar México sea otro, y ya no el país sitiado y lacerado en que se ha convertido. Durmamos todos, y quizá cuando abramos los ojos haya una respuesta... o una víctima menos de nuestra cerrazón.
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Y si lo preguntan, sí, me duele México. No porque yo sea un patriota descerebrado e incomprensivo, sino porque es el suelo en que me tocó nacer -Sinaloa, el suelo del suelo en que me tocó nacer, es la piedrita de la piedrita en el zapato-, y ahí sí ni cómo moverle. La naturalización no es mi fuerte, porque ni así uno deja de ser del lugar del que vino. Sé que no se escoge la Patria, pero sí se es responsable de hacer de ella una divina zona de confort. Y ahí es donde Morelia cala porque representa el trabajo no bien hecho. La labor a medias tintas. ¿Y cuando será el día en que yo y todos ustedes hagamos las cosas cual debe? Ahí la dejo. No vaya a ser que a mí también me vuele la vida una granada.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

[Incertidumbre]
Claro, esto no es cosa de Godoy únicamente, sino de muchos más, no hay que dejar de tener en cuenta que la lucha no es contra el narco, es contra los narcos, porque como no es secreto, para que nuestra economía se sustente en la deliciuencia organizada, necesitó primero de un aparato gubernamental corrompido. Según fuentes muy, muy extraoficiales, la "lucha" es porque el gobierno queire tener una tajada mayor de ganancias del narco, y la única manera de hacerlo es acabar con la competencia.
Se vienen tiempos difíciles... sí, aún más, más asesinatos, más violencia, y aquí seguimos.