jueves, 18 de septiembre de 2008

Perder el equipaje.

"Mi unicornio azul, ayer se me perdió, pastando lo dejé y desapareció, cualquier información bien la voy a pagar".
Silvio Rodríguez, Mi unicornio azul.
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De los viajes que vuelcan, que cambian al viajero de manera radical, éste se lleva las palmas. No creo haber sentido tantas cosas distintas en tan pocos días como lo he hecho en estos cuatro. Cuatro que por poco y me dejan muerto de tanto sentir y no pensar, de tanto andar de apasionado y desposeído. Ya ni para dónde hacerse.
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Pero esas serán cuestiones que la vida dará al aire poco a poco para enfriarlas -la culpa incluida-. Lo que me causa percance emocional absoluto es más bien el recordar mi sufriente cara frente a la banda de equipaje vacía, dando vueltas poco a poco hasta confirmar mi más angustioso temor: en este viaje, junto con muchas otras cosas, perdí mi equipaje de regreso.
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Gracias a que no viajo -ni vivo- con objetos costosos ni lujos sobresalientes, me impacientó más el hecho de recordar que, a falta de espíritu fashionista personal por saciar, mis compras capitalinas consistieron básicamente en libros y libracos.
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Sí. Surtido de "Sepancuántos..." hasta casi verme obligado a pagar sobreequipaje, sufrí grandemente cuando la señorita de la aerolínea -no les digo cual para no negarles la capacidad de que ustedes también atraviesen por la delicada experiencia (muajaja)- que me levantó el reporte, me avisó que mis cosas habían sido enviadas a Monterrey "por un lamentable error".
"Pero no se preocupe, joven. La mayoría de las veces aparece todo en cuarenta y ocho horas... o menos".
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¡Chin, chun, chan! Aquí llegué a mi máximo y, raro en mí -?-, eché a andar mi temeraria imaginación.
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La Plaza Mayor sitiada por hordas helénicas en franco combate con grupos de troyanos aguerridos y patriotas, con todo y su caballo de madera; Oliver Twist saqueando la panadería de algún Soriana en búsqueda de algún pan con nueces con el cual bajarse su hambre de huérfano inglés decimonónico; el Amadís de Gaula enderezando jorobados y desfaciendo entuertos en pleno centro regiomontano, rodeado de bellas damiselas que no entienden ni jota -casi literalmente- de lo que el caballero andante intenta expresar en su "protoespañol".
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Un caos. Pero lo que más me conflictuó fue pensar en dónde y cómo se coordinarán todos los gobiernos del norteño estado para ubicar a una ballena blanca de dimensiones monstruosas que también iba en la maleta. Pobre Moby... tan cerca del librero y tan lejos del mar.
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"¿No puede ser más rápido?", pregunté, casi con la voz entrecortada de tanto imaginar las consecuencias de un -o muchos- descuidos. La azafata me miró entonces incomprensiva. "Me ha dicho que lo más valioso que trae en la maleta son libros, ¿y los quiere rapidito?", ha de haberse preguntado. Me adelanté a su petición de explicación: "Es que no sabe usted lo de armas subversivas y lacerantes que pueden ser esos seres, lo que alteran el orden público, lo que movilizan autoridades, lo que..." Podría haber seguido, pero la sobrecargo, que no se explicaba a quién me referí con eso de "seres", me miró con el mismo recelo con que un sobrio mira a un ebrio, y me cortó la inspiración entregándome una boleta de reclamo en cuyo margen se lee la leyenda "urgente". De momento, quedé resignado.
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Pero ahí les encargo. Si ven a una balleta blanca y gigantesca extraviada en algún aeropuerto internacional, o un niño andrajoso y angloparlante buscando robar pan en alguna sucursal de El Globo, y a todo un ejército de griegos cazando algún cabrito en el azador, remítanlos. Son peligrosos. No padecen de sus facultades mentales -bueno, a este respecto se sospecha de Amadís-, pero apenas un lector asiduo podría contenerlos. No me vean a mí, en ese sentido mejor termino regalándolos -sí, y que junto con eso se me haga la boca chicharrón.
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¡Salud!
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Nota del editor: El apesadumbrado escritor de esta entrada recibió su maleta hace a duras penas 24 horas. Se les suplica a los lectores ya no buscar ni a Moby, ni a Oliver, ni a Aquiles o Helena, mucho menos a Amadís. Todos los personajes han sido devueltos sanos y salvos a sus páginas de origen.
Nota del editor 2: El epígrafe proveniente de cierta canción del cubano Silvio Rodríguez es propiedad intelectual de su creador. Piratas -y gente que no entiende la relación entre el unicornio y la inocencia- favor de abstenerse. Mercy.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Según los chismosos o informados o creadores de mitos, la ballena blanca no es ballena.
Y según sé, Moby, el músico es sobrino del autor del libro.