martes, 2 de septiembre de 2008

Informol.

Hay días sin ton ni son, días que pasan desapercibidos, días niebla, días oscuridad. Pero también hay días marcados particularmente con la estrella del encanto, días aniversario, días fiesta, días amistad. Ayer, primero de septiembre, pese a que tuvo la osadía de caer en un espantoso lunes -¿ya se dieron caché? Los lunes forman parte de la lista de cosas que se dan a odiar a mis ojos-, fue un día excepcional gracias a dos grandiosos sucesos que le dieron particular brillo: uno, relacionado más bien con la vida pública del país; otro, de grandes repercusiones en mi vida profesional, intrínsecamente personal, no por ello menos compartible.
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El primero de los buenos ratos de ayer lo puso sobre la mesa el hecho de que, por primera vez en setenta años del PRI y ocho del PAN, el primero de septiembre fue para todos los mexicanos un día más de trabajo, friega y chinga. Nada del otro mundo. Las vialidades apelotonadas, los peatones apelmazados, los transportes urbanos a reventar. Nadie se fijó siquiera en el hecho de que las transmisiones televisivas nacionales tenían programaciones de cualquier día entre semana, y no transmitían sin decoro la figura del C. Presidente de la República entrando al recinto de San Lázaro -en quince, quizá veinte tomas distintas-, leyendo su informe anual de actividades, apenas detenido por los aplausos -30 años de PRI en Los Pinos- o los vituperios -6 años de PAN en Los ídems- nacidos de los legisladores.
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Fue un día normal porque este primero de septiembre, ni Calderón -que trae el brazo en cabestrillo tras caída-, ni Chente, ni Salinas, ni siquiera todo el resto de los impronunciables -a mi manera de verlo, y por su puro amor a la verdad, Zedillo come en plato aparte- que cautivaban -es un decir- la programación, aparecieron en pantalla ni dotaron de un día vacacional al mexicano -que, claro está, no tenía acceso a los gigantescos recursos manifestados en el Informe, así que no podía ir a ningún lado, a duras penas comer tortillas con frijol mientras se chutaba las largas horas de duración televisiva que daban lugar al bienllamado "Día del Presidente", acto que era seguido de la obstinada participación de los Presidentes, quienes se dedicaban a recibir elogios, manifestaciones de cariño, regalitos, abrazos, besos, apapachos, incluso dos o tres hijas que se les llevaban como ofrenda-.
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El tlatoani en curso se afanaba en mostrar política sonrisa, los legisladores de oposición apenas y aparecían captados por las cámaras televisivas, y el otro gran grupo de diputados y senadores que asistía al evento hasta hacía fila larguísima na'más para estrecharle la mano al "Señor Presidente".
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Ahora, y ante la amenaza latente de una oposición que reclama todavía las dudas molestas de un 2 de julio electoral, Felipe Calderón Hinojosa -insisto, se cayó y trae cabestrillo. A lugar- decidió -no, bueno, no él, el Sistema en sí- dar por terminado el festival -como el de Porky- y cambiar las faramallas y los aplausos al representante del Ejecutivo Nacional, por una breve y representativa entrega del documento en cuestión. Y ni siquera se tomó la molestia de ir hasta San Lázaro a entregar él mismo el mamotreto de más de quinientas páginas: mandó a su achichincle mayor, el cuestionadísimo y defendidísimo Secretario de Gobernación, el buen -hay dudas al respecto- Mouriño. Y ya, fin: Mouri entrega documento, todos sonríen pa' la foto, hay ligeras muestras de cariño hacia Ruth Zavaleta, quizá un ligero rozón de sentadera, y listo, cada quien para su casa a echarse la siestecita.
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Lo lamento por los del PRD que se quedaron con las trescientas bombas molotov listas para ser disparadas. Lo lamento por AMLO, que ya no pudo ponerle otra vez el pie a Calderón ni siquiera para hacerlo trastabillar -yo sigo pensando en lo chistoso que debe ser ver a un hombre de su estatura caer-. Lo lamento por los muchos mexicanos que querían un día de asueto -¿sí se escribe así?- y tuvieron que ir a buscar el pan como cada lunes del año. Lo lamento por Mouriño, que tuvo que enfrentarse a la falta de credibilidad que lo ha estado siguiendo desde su posicionamiento al mando de la Secretaria como sombra demoniaca. Lo lamento por mí, que voy a tener bien poquito espacio para hablar de la segunda buena cuestión del día de ayer.
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Pues la segunda es que Ediciones B ha tenido a bien enviar al medio editorial para el cual trabajo, novedades bibliográficas de su sello completamente gratuitas, esto con la finalidad de generar un compromiso mutuo: nosotros tenemos libros para hacer crítica literaria en nuestro suplemento; ellos adquieren publicidad selectiva y relativamente gratuita. ¿Así o más bonito quieren el asunto? Ganan ellos, gano yo -que soy el que voy a echarme, responsabilidad aparte, los documentos enviados-, ganamos todos. No se asusten si en una de estas me desaparezco.
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Es que estoy leyendo. No para hacer algo por mi Patria, que ya suficiente tiene con lo que otros hacen por ella -ojo, dije "por" y no "en bien de"-, ni siquiera para ganarle a mi medio periodístico sustento y diversidad, público lector. No, nada de eso. Estoy leyendo para crecer como persona, como profesional, como lector. Porque, con Informe o sin Informe, México necesita mejores personas, mejores profesionales, mejores lectores, y no metidas de pata como en las que caen sus gobernantes. Ya dije. Ya informé. Y si no, que la Nación me lo demande.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Al fin!!! los maestros no dejaron de tarea un resumen del informe.

No los mandó al grupo editorial don...patrañas, no te hagas wey, te los mandó a ti, porque si no fuera por ti, por tu iniciativa, eso no habría sido posible, tú eres el que rifa.