viernes, 19 de septiembre de 2008

El agua al cuello.

Con este baile acercándose peligrosamente a sus primeras 200 entradas -ya bajamos las luces y prendimos las velitas, esperen próximamente la celebración en grande-, con el país convulsionado como hacía mucho tiempo no lo estaba, con un viaje de (re)vuelta que casi me pierde mi equipaje, con estas y otras muchas cosas sobre el hombro -algunas de ellas más bien impuestas que debidamente colocadas- hoy sufrí la inundación más extraña que he vivido jamás.
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O es que fueron muchas inundaciones en sí. Una, quizá la menos alarmante, me puso el agua al cuello emocionalmente hablando. Fue que La Arandera, esa mujer de tantas connotaciones que para efectos determinantes -y aglutinantes- he dado en llamar "la pasada administración", me halagó hoy con una flor blanca -ya sabrán por otras entradas que el blanco fue nuestro color, nuestra bandera- y una carta del mismo color. Y para ser sincero, cosa que rara vez se me da, temí que al leer sus letras algo se moviera y terminara yo medio apesadumbrado.
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No tanto así, pero su escrito me trajo luz como hacía algunos días no la había tenido. Más bien, aclarando, me cambió el panorama. Ella se declara fuerte, obstinada como es, y no dispuesta a dejar que mis indecisiones la venzan. Yo, al leerla, la encuentro decidida -más que de costumbre, lo cual es mucho más que más-, y, temiblemente, más cercana a que otra vez, y de nuevo sin querer, mis decisiones le partan en dos el tejido cardiaco.
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Platicando con La Casicasi, que entre otras cosas para eso de dar consejos arrolladores se pinta solita, la cuestión quedó en mi cabeza más que aclarada: el corazón nos lo rompemos solitos, al permitir que las cosas nos afecten a ese grado. Pero nadie puede evitar, quizá faltaría aclarar, encontrar en el otro al culpable.
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Yo, como dije en entradas anteriores, y como vine a comprobar hoy tras leer sus notas, ver su flor y escuchar las canciones que en un emotivo CD tuvo a bien grabarme La Arandera, ni estoy listo para arrancar otra vez -la vida, una relación, todo lo que estas cosas conllevan-, ni creo estar muy dispuesto a verla sufrir por mis indeterminaciones.
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"Concéntrate en lo que puedes solucionar, Agustín. Lo otro ni te toca ni te va", puedo escuchar a mi terapeuta recomendar. Pues sí, y de esas dos variables, puedo hacer algo sólo por la primera: no iniciar ninguna empresa -amorosa, sexual- sin estar bien conciente primero que nada de mí mismo, de mis necesidades y mis deseos. No nací para satisfacer a otros antes que a mí, y aunque esto raye en el egoísmo, es la absoluta y deseable verdad. Además el último viaje al D. F. -que fue, ya lo dije hasta el cansancio, un viaje muchos viajes-, cambió muchas cosas en mí y me restregó en la cara otras tantas por cambiar.
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Así que quien quiera esperar, que espere. Yo, ni pienso presionarme ni quiero atolondrarme. Ya he tomado en el pasado decisiones airosas y poco consistentes, y las más de las veces esto me ha traído más dolores de cabeza que aprendizajes fructuosos. Así que no, no daré un sí hasta estar completamente seguro de que no estoy pensando en un "tal vez". Y crezcan los ríos, lleguen los fríos y se animen las tempestades: terco como soy, no pienso mover un dedo para decidir lo que ni me viene ni me va.
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La segunda inundación la viví gracias a esta ciudad mía -cada vez menos mía, con perdón de los presentes-, que posee tan malas bocas de tormenta y tan intensos temporales de lluvias. Llegó el punto en que, asustado incluso, tuve que subir al asiento del parabús bajo el cual me encontraba -o intenta- resguardándome de la lluvia, porque el nivel del agua crecía y el cielo nomás no cedía. Terrible cuestión, lamentable tarde bajo un cielo apesadumbrado y sobre un suelo convertido en río.
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Bonito lugar, además, para pensar en la primera inundación, esa que, ya he dicho, me llegó hoy de súbito gracias a "la pasada administración", y que me trae todavía pensando las palabras. Se trata de ponerlo todo en claro -sí, más, más de lo claro que ya estaba-, para mí y para ella. Y para nadie más, que ya suficientes explicaciones he negado como para negar otras más. Total, el que quiera agua clara, que se forme y pida ficha. Yo no regalo palabras de a grapa y sin esfuerzo. Soy costoso, lo admito, pero si mi buen amigo El Apapachoquealivia admite cotizarse más caro que el euro, mi moneda todavía no tiene precio suficiente en el mercado mundial. Y flush!
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¡Salud!

2 comentarios:

Pável dijo...

No nací para satisfacer a nadie antes que a mí... Buena filosofía amigo, así te evitaras mas inundaciones en el corazón.
Saludos.

Wendy Piede Bello dijo...

Ya te expliqué eso de las cartitas. Y si ella tiene la paciencia de esperar que espere, es su desición, pero el tiempo a veces no es suficiente.