lunes, 15 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España III.

"Mi ciudad es la cuna de un niño dormido,
es un bosque de espejos que cuida un castillo,
rehilete que engaña la vista al girar".
Mi ciudad, composición y letra de Francisco Fuentes.
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Tres días ya y esto está que arde. No, el clima no. Mi ciudad me ha recibido con cielos nublados algunos días, y fríos picantes otros tantos. Así que yo, amante del frío ambiental -que no del interno-, tengo muy a bien el hecho de que esta ciudad me traiga todo enchamarrado y titiritando.
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Pero arde el movimiento, el caos -que tiene porque es Capital, "Capital en movimiento", dice el ilusionado lema de la administración de Marcelo Ebrard-, la gente que viene, va, corre, grita, vende, canta, pasea, compra, se mueve, pues, y lo hace en una ciudad que de tan apeñuscada asusta al extranjero y de tan sorpresiva alegra al nacional. Una ciudad paloma, me atrevo a compararla, porque vuela con gracia, pica con fuerza y abre sus alas para impresionar al enemigo, amordazar al agresivo y enamorar al que se deje.
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El día de ayer me aventé por vez primera a recorrerla solo. Mi hermano se quedó en casa apeñuscado de la angustia -?- y yo anduve de Chapultepec a Lecumberri y luego el Claustro de Sor Juana y el Salto del Agua, todo lo cual es como decir "del tingo al tango" pero más en específico. Y, recorrida palmo a palmo, me acosté con ella -en más de un sentido de la palabra- y luego le cerré los ojos, la acurruqué en mis brazos y esperé a que despertara.
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Y despierta me llevó hasta el lejano sur, el de los mares de piedra volcánica, el desauciado por siglos dada su pedregal orografía y luego convertido en mausoleo de la cultura, en recoveco del conocimiento, en Ciudad Universitaria. El año pasado, cuando la UNESCO tuvo a bien registrar a C. U. como Patrimonio de la Humanidad, los cielos se abrieron -presupuestal y otras tantas cosas -mente hablando- para la más grandiosa universidad de América Latina, y poco a poco su nombre cobró más fama de la que ya tenía.
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Ya sé. Van a preguntar que qué de nuevo encontré. Pus todo, todo para alguien que, como yo, apenas la conocía en fotos y nunca había tenido el privilegio de visitar sus jardines, contemplar sus murales -obras de los grandes entre los grandes mexicanos, sobra decirlo- y registrar su esencia como centro-reducto del conocimiento universal.
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Lo que les traigo como foto ilustrativa de esta entrada es, como en todas las que componen esta serie de andanzas versadas, obra mía y de mis circunstancias. Ciudad Universitaria, la UNAM, pues, me recibió como nunca -bueno, es que nunca me había recibido-, y hasta estuvo totalmente dispuesta a dejarse fotografiar. Comprobé lo que ya había escuchado: es inmensa, y en sus aulas, pasillos y oficinas da cabida a afanosos del conocimiento y sus muchos antifaces: la ciencia, el arte, la cultura, el deporte, la técnica.
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Me dicen mis informantes -sí, andaban algo callados, pero ya volvieron a salir- que la primera Universidad Nacional -que de hecho se llamaba Real y Pontificia Universidad de México- fue fundada por los jesuitas en el lugar que hoy ocupa el Ex Colegio de San Ildefonso -sí, lo conocí, el mismo del bazucaso cuando el '68, y que aparece mágicamente retratado en la película Frida gracias a los murales que en su interior pintó Rivera y que marcarían además el primer encontronazo entre el artista y la pintora-.
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Y ya entrado el siglo XX, la cosa se puso menos católica y la UNAM se convirtió en la UNAM. Hacia los años cincuenta, cuando la ciudad comenzó a crecer a ritmos rumberos imparables, un grupo de arquitectos propuso la idea de reubicar al cada vez más insuficiente sistema operativo de la Universidad en un moderno campus ubicado al sur de la Ciudad, en el Pedregal, un área despoblada e inhóspita que nadie quería pues estaba llena hasta las ramas de piedra volcánica que en dicho valle había regado la explosión de cualquier volcán cercano que se imaginen -al cabo, México está rodeado-.
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Y así, en modernas instalaciones, en 1954 dimos -¿dimos, quimosabi?- el primer paso para ser los primeros, por lo menos en el estrato América Latina, y es hora que no traemos pinta de detenernos. A mí me deja toda la Ciudad Universitaria -ah, es que funciona como tal: tiene su propio sistema de riego y alcantarillado, su propia policía y hasta su propia línea de camiones recolectores de basura- con muy buen ojo y muy buen sabor de boca. Y es que si todas las universidades del país adquirieran -o se empararan de- el exacto sentido de humanismo y progreso que baña la política académica del a UNAM -sobreviviente a mítines, motines, huelgas, paros, bombazos-, otro gallo cantaría para todo México. Pero no, chin, nada es tan perfecto como para ser en México.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Usaste condón? Porque eso de acostarse con una ciudad no es muy limpio que digamos, imagínate todos los que no han derramdo su pedacito ahí.
Quién es el alcalde de CU? ¿El rector?
Jajajajajajaja, ando medio sonsa, no me hagas caso.