domingo, 14 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España II.

"Y mientras el mundo exista, no cesará la fama y la gloria de México-Tenochtitlan".
Chimalpahin.
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Esta ciudad de fauces abiertas, de ojos avizores, de esquinas inconexas, de hundimientos y sobresaltos, es también la ciudad en que me encuentro, en la cual vive momentáneamente uno de los miembros de mi familia -sí, de la familia que yo he elegido tener como tal- a los que más aprecio, y para la cual tengo ojos, boca y corazón, como con ninguno de mis otros múltiples amores.
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Por eso me es tan especial poder recorrerla paso a paso, con uñas y dientes, con toda la pasión posible, con la entereza y ventura propias no del descubridor, sino del amante desconsiderado. Ayer, mientras mi hermano y yo la recorríamos palmo a palmo -bueno, la parte de Ella que más nos gusta a los dos, y curiosamente la que el carnal "Marjelo" tiene más arregladita-, recordé el hecho de que la capital de este país -es que no conozco las de otros- habla por él y para él, lo representa.
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Ayer por la tarde, pese a que él no quería, fuimos a Tlatelolco. Sobra decir que estuvo rogándome durante todo el trayecto que lo reconsiderara. Incluso en la hora de la comida, en los Bisquets de Obregón sucursal Madero, donde pude comprobar que algo tiene la sazón de los chilangos que la hace distinta al resto que conozco, el mayor de los hijos de la madre que a mí también me parió no dejó de insistir en el hecho de que la zona era peligrosa, se nos iba a hacer tarde, Tláloc iba a castigar nuestra osadía haciendo lo que mejor sabe hacer (yes, llover), y un largo etcétera. Yo lo que creo -bueno, lo creo porque él me lo ha confesado, y además es entendible- es que Tlatelolco le sabe a tristeza.
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Y sí. Si la capital entera es el reflejo del país que le da cobijo -¿o es al revés?-, un país que ha luchado a sudor y sangre por lo que -mal que bien- tiene,un país de revuelta, que no ha tenido paz absoluta casi en ningún segundo de su historia, un país como éste, tan entregado a la razón del "ojo por ojo" y el "el que pega primero pega dos veces", tiene, de a fuercitas, la obligación de poseer una capital que refleje toda esa sustancia, todo ese folklore.
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Por eso Tlatelolco es un sitio necesario. Necesario para la historia que nos conmueve como mexicanos, para nuestro lugar en el mundo, incluso para nuestro aprendizaje doloroso como el pueblo dolido que somos -ya lo decía Octavio Paz, eternamente hijos de la chingada-.
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Yo no sé si es porque entiendo esa verdad inconforme, o porque algo extraño, inexacto, dentro de mí, me llama al lugar, pero el hecho es que Tlatelolco, con sus matanzas emparedadas, su historia reivindicadamente sangrienta, no me deja partir de la capital sin visitarlo cada vez que estoy en el Anáhuac.
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Así que, con todo y sus remilgos, cargué a mi hermano y lo trasladé -o bueno, él se acopló porque dijo que no quería dejarme solo... igual a él también lo llama en el fondo Tlatelolco, y no se anima a decírmelo-, y cuando llegamos a la Plaza de las Tres Culturas, para beneplácito de mi acompañante, Tláloc se dejó venir con toda su furia.
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Pero el tiro le salió por la culata. Eso porque no quise regresarme. La lluvia nos obligó a guarecernos dentro de una de las partes del complejo arquitectónico que se traga con su historia a las otras dos: la Iglesia de Santiago, que, construida sobre las ruinas de la ciudad aliada azteca, se negó mucho tiempo después, durante el trágico dos de octubre de 1968, a abrir sus puertas para dar refugio a los asaltados y violentados estudiantes, esto en el episodio histórico por todos conocido.
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Y, ya dentro de la iglesia, vimos una plaza mojada y una Ciudad de México mojarse. El templo franciscano nos picaba, nos obligaba casi a abandonarlo. Es la cuestión de saber que su cobarde participación en la llamada "Noche de Tlatelolco" es el manifiesto oportuno y veraz de la política de empresa de la institución religiosa que motivó su construcción: la salvación del taimado se realizará sólo cuando y como convenga al clero.
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El gris de la tarde bañó el lugar, y bañó también nuestros corazones. Cuando bajó el aguacero, ambos corrimos: él a buscar un sanitario -que encontró, ¡oh triste arquitectura del lugar!, en el interior del edificio Chihuahua, tercer testigo de la masacre estudiantil-; yo, a sacar fotografías.
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Parte del resultado es lo que ven ustedes como imagen decorativa. La otra parte se queda conmigo: es la extraña sensación, que llevo por dentro desde que fui enterado del suceso histórico del 68, de que yo estuve ahí, de algún modo, en alguna forma, y de que alguna deuda tengo con el lugar que éste no me dejará nunca saldar -sí, algo así como tener intereses sobre intereses-.
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O será también la cuestión de que Tlatelolco me representa vivamente una juventud de la que a mí ya no me ha tocado formar parte: la de la lucha, la que, no sumida en los artificios y magias de pacotilla del imperialismo, sí buscaba, despierta como estaba, abierta y luchona como era, agilizar y promulgar la construcción de un mundo nuevo, igualitario, debidamente integrado y capaz de librar toda dificultad. Un mundo feliz.
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Tras la lluvia, el baño y mis fotos, regresamos en tren al departamento que nos aloja -bueno, lo aloja más a él; yo vengo de paso-. Y yo seguí pensando, el resto de la tarde e incluso entre mis sueños, que la deuda con el antiguo señorío comandado alguna vez por el poeta Nezahualcóyotl, se me ha extendido ya a toda una ciudad que me reclama, me obliga a abrazarla, me hace amarla. ¡Vaya!, que como toda buena amante es desconsiderada y hiere al mismo tiempo que besa, descuartiza mientras bendice y sacraliza mientras maldice. Yastuvo. Mañana les traigo más.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Ese dos de octubre también llovió, se limpió la sangre del suelo... pero sólo del suelo.