sábado, 13 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España I.

"Encarnación de pluma, ciudad perro, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad letra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire."
Carlos Fuentes, La región más transparente.
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Heme aquí. Cuando mi hermano el mayor me avisó que había comprado mi boleto de avión como regalo ante mi valentía -así dijo él, y yo nada negado- frente a los últimos acontecimientos dificuotuosos que se han presentado en casa -tema aparte-, yo vi lejana la fecha de septiembre 13 para emprender la marcha y visitar, como desde el año pasado no lo hacía, esta Ciudad de los Palacios.
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¿Y qué encuentro? Uuuuuuh -nótese cómo mimetizo a la perfección con el tono aciago del ranchero bajo el nopal-. Por principio, refresco la idea de que mi México es muchos Méxicos. Subiendo al avión, ya de por sí una experiencia que hacía muchos años no vivía -14, más o menos-, me ha tocado como compañera de asiento una niña de no más de seis años que me confieza, con la confianza propia de los de su rango de edad, que nunca ha volado y tiene miedo de hacerlo.
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"Ya somos dos", le confieso, esperando hacerla sentir mejor, pero la pequeña abre desconsideradamente los ojos y no vuelve a dirigirme la palabra en lo que resta del viaje. Y sí, en cuanto el avión pierde suelo, llora ella y luego se queda dormida. Y cuando cae en los brazos de Morfeo, me toca el turno a mí. Lloro, por la sensación casi nueva de mi estómago contraído, la visión de las nubes sobre el Anáhuac, la idea de que todo este viaje me llega en un momento de mi vida en que lo necesito sin saberlo, en que lo espero sin quererlo, en que lo tengo sin, quizá, merecerlo. Me sorprende la idea, me refresca más bien, de que, contrario a lo que yo esperaba, los malos meses y las decisiones drásticas no me han molido a palos el corazón. Late, lo siento, convierte mis sensaciones en lágrimas.
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Cuando las nubes se disipan y yo me hallo un poco más calmado, Paseo de la Reforma se abre también bajo mis ojos. Sus altos edificios casi tocan el avión -¿o es al revés?-, y entonces la nave sobrevuela una gigantesca masa verde en medio del montón de venas viales: Chapultepec, el antiguo bosque mexica de ahuehuetes y esperanzas, me da el final del abrazo que necesito. Y otra vez las lágrimas. Lloro por regresar una vez más a una ciudad que siento que me pertenece tiempo atrás; lloro por los que dejé en casa, tan a merced de un gobierno panista retrógrada y tontón -el perredista de aquí endeuda y clama, pero tiene todo de primer nivel-; lloro por los que, de esos que en casa dejé latentes, deberían estar compartiendo mi experiencia y la vivencia de una ciudad que, por puro error fatal del lanzamiento de abordaje a la vida, no nos tocó como lugar de nacimiento.
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Y ya en suelo, procurando limpiar mis lágrimas para no asustar más a mi petite acompagnante cuando se despierte, recojo mis maletas y salgo a ser recibido por mi hermano. La respiro, está aquí, viva, la mil veces colapsada México-Tenochtitlan, la de las grandes avenidas y los arbolados paseos, la de los cielos antes cristalinos, hoy algo más opacos, la esplendorosa, la gigantesca, la Megalópolis de sangre y sudor, de fuego y niebla, la de las frías mañanas y los claros atardeceres. La de la luz.
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Dice mi hermano que la ciudad ya me pertenece. Hoy, pobre, lo he traído del tingo al tango con única intención de que juntos, como pocas veces logramos hacerlo, nos reconozcamos en una ciudad que remotamente a él lo vio nacer, y que a mí me la sigue debiendo. De la Fuente de Petróleos a Tlatelolco, pasando por el Centro Histórico y Reforma, brillamos, hablamos, nos dimos un abrazo más largo que el de Acatempan y más sincero, mucho más sincero y amoroso, que el que puedan imaginar.
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Pero eso es otra cuestión. Por lo pronto les dejo el dato: esta urbe no cambia. La inseguridad, las múltiples obras viales y hasta el ambulantaje, problemas que el resto de mexicanos cree reconocer en su capital aunque nunca la hayan visitado, le vienen valiendo, por lo que he comprobado hoy, soberano y monárquico gorro. Y hace bien. Porque, como verán en mis posteriores crónicas, esta sigue siendo, pese a todo y pese a todos, la Muy Noble y Leal Ciudad de México. Y chin chin al que no lo crea.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Por qué nunca te he visto llorar?