jueves, 4 de septiembre de 2008

¡Échele, maestro!

Llegué a duras penas a la hora en que habíamos quedado. El remoto paraje -remoto para los rumbos donde yo diario ando-, que oscilaba peligrosamente entre la frontera de Zapopan y la de Tlaquepaque, aquí en la Zona Metropolitana de Guadalajara, era más bien un solar despoblado que un templete en forma; más un cúmulo de bocinas que un sistema propiamente dicho de sonido. Pero no se quejaban: ni los organizadores, ni los mariachis presentes, ni el público, que fue llenando a cuentagotas el acumuladero de sillas, hasta que ya no cupo ni un alfiletero.
. Y mientras yo esperaba, pues mi pequeña tardanza en nada importó comparada con la de una hora del grupo mariachero al cual yo entrevistaría, me chuté todo un muy bien armado número musical de un mariachi cuyo nombre no aprendí... y del cual tampoco quiero acordarme. Pero ya cuando estaba yo por corear El son de la negra, y levantarme a bailar con o sin botillas de charol, el encargado del evento, a quien yo me había dirigido a mi llegada para pedirle información, me indicó con una leve seña que mis entrevistadas habían arribado, y que si no me movía de ya -osea, in that very moment- perdería no sólo una excelente entrevista, sino también la oportunidad de tachar en mi lista de cosas por hacer "entrevistar a un mariachi".
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"Ahí disculparás la tardanza", me suplicó el de seguridad camino a la camioneta de las chicas, sin explicarme nunca dónde habría de pasar a disculparle el "ahí", "pero como es mariachi VIP, tienen que cerrar, lleguen a la hora que lleguen, así que igual tienes bien poquito tiempo pa' la entrevista". Sonreí con ese mismo gesto que hago cuando algo no me parece pero prefiero aludir a ese sabio y prudente silencio que fue una de esas cosas importantes y útiles que heredé de mi madre -las caderas son importantes, pero no útiles... yo no pienso parir chamacos-.
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Escalamos una pronunciada colina -¿han notado cómo en el sur de la ciudad, el Valle deja de ser Valle y se convierte en Montículo?-, y llegamos hasta una modesta -?- camioneta cuyo contenido no dejaba dudas: "Mariachi Femenil Nuevo Tecalitlán", se leía por todas partes, en las llantas, las puertas, las ventanas. Doce chicas sonrientes versión calcomanía llenaban toda la carrocería. Me limité a sonreír de nuevo, esta vez con ese mismo gesto que hago cuando pienso que algo es excesivo, pero prefiero hacer creer que me parece magnífico.
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Así fue como, en una tarde que más bien sonó a pinta escolar, hice lo que nunca había hecho -ya les dije, nomás que no se fijan: entrevistar a un mariachi- y repetí lo que hacía mucho no hacía -subirme a una camioneta repleta de chicas guapas, sonrientes, talentosas y bien intencionadas. Los siguientes veinte minutos fueron para mí de total delicia y placer exótico rodeado de aquellas miradas, aquellos chongos, aquellos trajes bordados, aquellas respuestas tan a la "somos la onda" y la "nuestra música es la onda".
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Y lo son, que es lo más dramático del caso. Las mariacheras del Nuevo Tecalitlán son ególatras con justa y poderosa razón: no sólo sus voces son un perfecto compás de espera para la demencia de la vida, sino sus capacidades histriónicas -todo mariachi es histrión por autonomasia-, musicales, sus capacidades particulares, individuales, pues, de aceptarse por igual fanáticas del pop que jóvenes insensibles hacia el reggaeton. Yo, claro está, las amé más que por otra cosa por esto último.
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Y es que el mariachi, femenino o no, tiene algo de fiesta que nadie puede explicar. Se le oye, se le escucha en cualquier lugar, y los músculos humanos responden de la nada, se mueven, modifican su postura, generan baile. Será la combinación de trompeta, violín, guitarra, o el particular ritmo que todo el conjunto y sus composiciones principales genera. Será ese aire de gallardía ranchera o sensualidad de adelita que sus integrantes, sin falta, están obligados a reportar al público, a teñir con ello sus interpretaciones.
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O será que a mí la sola idea de pasar veinte minutos bendito entre mujeres tan bellas me es mucho y me significa más. El chiste es que yo sí me apunto a bailar El mariachi loco, o El huapango torero, o la que me pongan. Total, ya entrados en gastos, ya iniciado septiembre, ya hecho el reportaje ansiado, ¿qué tanto es tantito?
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

¿No será que llegaste a donde termina el valle, que por estar entre motículos es valle?
No os preocupéis por haberos hecho la pinta, que la trrtillerta no dió clase debido a la tardanza en la conferencia, donde le titutlar, muy paciente él, respondió más de 3 veces a la misma preunta, formulada diferente y por variados estudiantes, hasta "elnotodoesmielsobrehojuelas" que por fin recibió merecido por parte de un experto, que tuvo a bien burlarse tan sutílmente del compañerito que tal vez ni se dio cuenta.
Beso.

Pável dijo...

Que envidia amigo, haber sido la única trompeta dentro del mariachimóvil... De verdad que envidia... Saludos..
Buenas letras...Las visitaré mas a menudo.