martes, 30 de septiembre de 2008

Mamma mía! Qué manías.

Sorprende la intensidad con que a uno, que casi nunca se enferma, suele pegarle la gripa anual. Ah, y es que faltaría aclarar que no hay mexicano que no se aviente por lo menos una vez al año su maratón de gripa. Y seguro que habrá algunos compatriotas que tengan el atrevimiento de llenarse de mocos y andar por todo el país repartiendo virus a lo bruto en más de un periodo por cada 365 días. Pero los que somos más considerados, y nada más llenamos el ambiente de polución virulenta una vez cada 52 semanas, podemos asegurar que nuestra salud es excelente hasta que llega la gripa y nos saca de nuestro lugar, nos obliga a empapar el ambiente y cargar bolsitas de Kleenex a todos lados, convirtiéndonos casi en anunciantes de la marca.
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El punto es que, con principios de gripe y todo, me lancé el domingo pasado al cine con la menor de mis hermanas para ver el último intento estadounidense por llevar a la pantalla grande las producciones musicales que en Broadway han tenido soberano éxito abrumador. Me refiero, claro está porque es el único musical actualmente en salas, a Mamma Mía!, de la realizadora inglesa Phyllida Lloyd, basado en el musical no propiamente broadwayiano, sino inglés, escrito por Catherine Johnson usando como inspiración las canciones del grupo sueco ABBA, sí, ése que a nuestra generación le tocó más que remasterizado -tendiendo al ridículo, pues- gracias a la incursión en escena del mamerto y a todas luces falto de talento proyecto ABBA Teens.
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El punto es que Phyllida Lloyd se estrenó en el mundo del cine -bueno, éste es su segundo filme, pero el primero ni para qué nombrarlo si ni en su casa lo han visto- con una muy interesante propuesta cercana al tan manoseado género del cine musical. "Propuesta cercana", he dicho, y no me queda de otra, mío pesare, que dejarlo ahí.
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Mamma Mía!, el musical del teatro, se estrenó en Londres el 6 de abril de 1999, y no llegó a América sino hasta poco más de un año después, con la puesta teatral en Toronto. Así, pues, el proyecto tiene relativamente pocos años de haber escrito su parte en la historia de los musicales. ¿A qué voy? A que siendo un proyecto que todavía huele a novedad -no se montó en Nueva York sino hasta hace dos años- me extraña que se hayan animado a hacerle su versión fílmica, cuando normalmente, tratándose de un género tan poco concurrido como los musicales, tan "de género", Holliwood prefiere esperarse a ver el éxito absoluto y universal de las producciones sobre los escenarios para entonces sí considerar su paso a la pantalla grande.
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Yo no sé todavía a ciencia cierta quién se queda más corto. Si Phyllida, que tiene el único mérito de haber dirigido la puesta en escena antes que la versión que hoy está en las salas de cine de todo el planeta; o Catherine Johnson, que ha hecho la adaptación de su propia obra de un arte al otro; o los estudios, que se animan trémulamente a dar el "sí" a la producción de un musical que, a todas luces, necesita de un director que, de tan experimentado, le dé el brillo en la pantalla que ya posee sobre las tablas de más de diez países.
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Los actores no tienen la culpa, eso es un hecho, ni las canciones, que ya están más que reconsideradas en el gusto del público -yo mismo, y otros en la sala, llegamos a corear en algunas de las escenas las voces en pantalla-.
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Meryl Streep, siempre tan magnífica y diversa, tan profesional, interpreta genuinamente el papel de Donna, la inglesa radicada en cierta isla griega que tiene a su mando un pequeño y modesto hotel con vista al Mediterráneo. Su hija, Sophie, una Amanda Seyfried que aveces parece medio perdida en el horizonte marítimo, prepara su boda con Sky -ni el nombre del actor poseo, pero igual actúa bien-, y para ello ha decidido invitar a su padre. La cuestión es que, la chismosa revisando los papeles de su madre, se ha dado cuenta que tiene tres posibles progenitores. ¿Y qué creen que hace la desgraciada? Pues los invita a los tres. Chance y pega.
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Y sí. A la isla llegan Sam -un Pierce Brosnan que deja muy muy muy atrás la galanura del 007 y se anima a zambullirse en la comedia casi hasta coquetear con el ridículo-, Harry Bright -un Colin Firth mucho más avejentado que en su reciente aparición en El Diario de Bridget Jones y su secuela-, y Bill Anderson -un Stellan Skarsgard mucho menos molusco que en su última aparición cinematográfica como el padre de Will Turner en Los Piratas del Caribe-. Y los tres hacen un excelente papel, cada uno en su modo y a su tiempo, y la cosa, respecto a lo que a ellos y los otros intérpretes corresponde, termina bien librada.
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El problema es que aveces los número musicales se acortan excesivamente, la música no se canta sino que se pone de fondo, y las escenas son arriesgadamente aceleradas, de modo que la mitad de lo que podía apreciarse -como de hecho, según mi hermano, se hace a todo lujo en la versión teatral canadiense- se pierde absolutamente entre malos manejos de escenas, no muy acertada fotografía y no muy correcta utilización de la escala musical.
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¿La recomiendo? Las actuaciones, ya lo dije, nomás lo estoy repitiendo pa' que no se pierdan, son excelentes, la comedia es aceptable y los pocos número musicales buenos que la propuesta cinematográfica tiene coquetean con lo excelso. Fuera de eso, yo mejor me esperaría otros veinte o treinta años para que salga la versión de otro director que quizá dé más en el blanco. Mamma mía! no es una historia sobre la música del cuarteto griego disuelto en 1980, mucho menos es una historia rosa sobre la felicidad de la vida y la alegría de lo cierto, como muchos críticos han querido hacer ver. Mamma mía! es una historia sobre los lazos, las relaciones y las complejidades que todo esto conlleva al hacerse entre seres humanos. Es una historia humana, no un musical de pacotilla, colocable en camisa de ridículo. Ojo, señores cinematógrafos, que quedan pocos buenos proyectos broadwayianos por llevar a pantalla, y otra metida de pata no la perdonaríamos los fans del género. Mucho ojo.
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¡Salud!
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Faltan 60 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara 2008.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Nubia y otras chicas del montón.

Nubia Macías es más que una mujer, incluso más que otra de las sorpresas que el último trimestre de este 2008 -que cada vez huele más a punto final- me ha traído. Es también más que mi entrevistada de hoy, y todavía más que la directora del evento por el cual muchos, incluyéndome, nos animamos a pasar en Guadalajara más meses que de enero a octubre. Es, por sobre todo lo que ya dije y quizás un poco más, un ser humano hábil, inteligente y dispuesto, lo que la convierte, así sin mucho afán, en algo cercano a un semidiós.
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Ya, ya, puedo escuchar la gritería en la tribuna, la multitud de lectores en franca comfrontación. "¿Ha dicho semidiós, el descarado?", "pero, ¿sabrá su madre la calidad de hijo que ha traido al mundo? ¿Estará enterada que le representa una derrota como mujer íntegra colocar en criterio de vida a un ser humano como éste, tan rascuache y malvenido?" "¿Quién lo quemará?" Sí, está bien, que la letra se hizo para criticarse. Critiquen, todos y todas, todas y todos -nótese cómo uso letras de más y gasto espacio en insignificancias, nomás para juntar más líneas-, que para eso se hizo este blog, y no nomás para que mi palabra mande y la de todos ustedes escuche.
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Pero sí, Nubia Macías es casi un semidiós. Y no la convierto en semidiós completa -debería decir semidiosa, pero su calidad de ídem le impide someterse a criterios de clasificación-diferenciación sexual- nomás porque ya comprobé que sí es de carne y hueso, y hasta me presumió su mano esguinzada por recorrer Gdl en bici de noche.
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Uno esperaría, de la directora de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, la más grande -más mejor- del mundo en español, y según me cuentan, porque yo no he visitado las de otros países, la tercera más grande del mundo, uno esperaría, de la mujer que ha dado la cara por el magno evento durante los últimos cinco años, respondiendo con toda gallardía a su trémula responsabilidad, uno esperaría de ella dolo, frialdad y dureza. No se ganan esos puestos por sonreír y dar las gracias, diría mi conciencia, que diario anda reprimiéndome el impulso.
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Pero nada, nada de eso. Nubia "Todoterreno", como acertadamente le apodó el caricaturista Falcón en cierto cartón el año pasado, aludiendo claramente a la capacidad que tiene Macías de estar en todos lados y sortear múltiples dificultades con presteza y soltura, se prestó a la entrevista con profesonalismo, sinceridad y todas las de la ley, dejando muy en claro que no está en el lugar que ocupa por casualidad, su cara bonita o algún otro artilugio del encanto. Es directora de una de las más grandes empresas que tiene la Universidad de Guadalajara dentro de su corporativo comandado por Raúl Padilla, por puro y soberano talento esforzado. .
Y es que su hábito es dirigir. Tiene un gran, gran, gran -en más de un sentido de la palabra- equipo de trabajo, que le ahorra, entre otras cosas, la molestia de tener que andar persiguiendo en persona a Fuentes y Garcías Márquezs por todo el mundo para pedirles de favor se den una vueltita por Guadalajara. Pero su equipo de trabajo -gran, gran, gran- no funcionaría como lo hace si no fuera porque Nubia ha implantado el sistema de organización de tiempos y presupuestos de la Feria que actualmente la convierte en un evento importante en números, impacto social y hasta capital humano para el mundo editorial en español.
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No me negó ninguna respuesta, ninguna sonrisa ni ninguna mirada clara, directa a los ojos. Ni siquiera desvió el tema, o dirigió su propio diálogo, cuando le disparé dos dardos dolorosos: uno referente al conflicto recién vivido en el interior de la máxima casa de estudios del Estado de Jalisco; otro, relacionado con su "metida de pata" más garrafal. A lo primerio respondió que a la Fil no la mueve ni Matute Remus -sí, el señor cuya estatua está recargada en el edificio de Telmex sobre Avenida Juárez- gracias que es fuerte cual roble en sus mocedades; a lo segundo, tras pensarlo realmente muy poco -yo hubiera contestado con un simple y sincero "uuuuuh, ¿por cuál empiezo?"-, otorgó un claro: "Mi ingenuidad", para luego expresar, sincera, que mi pregunta le había parecido drástica.
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Osea que, además de sonriente y profesional, maneja las relaciones públicas como comerse una dona. ¿Ven lo que les digo? No me animé a preguntarle si estaba soltera o comprometida -negó tener hijos, by the way-, pero de estar libre yo que ustedes, muchachones de Jalisco, le buscaba el lado a la nativa de San José de Gracia, Jalisco. Yo en lo personal no me animo porque eso sería, siendo ella semidiós y yo simple mortal, como una blasfemia gacha gacha. Pero el que de plano no crea en esas cosas, o a quien la Fil le dé lo mismo -Dios perdone su insensatez-, haga fila y tome su número. Nubia rules.
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Ya bajando al suelo, admito que es una gran mujer, muy profesional y culta. Comete errores, como todos, y eso la hace más entrenada, más entrona. "Todoterreno", saaabe. Luego pienso también en el resto de mujeres que conozco que pondrían de buen humor a Sor Juana Inés de la Cruz -ahí luego les cuento de ella, que traigo el tema atrazado y la investigación acumulándose-, gracias a sus inteligencias y bellezas particulares.
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Pienso, por ejemplo, en La Pau, cuya directa observación de mi persona me dio el pase a esto del mundo de las entrevistas y el periodismo, los pases de prensa y las Fil gratis. Pienso también en La Casicasi, cuya inteligencia cinematográfica es directamente proporcional a su habilidad dancística. Y en todas las demás, La Wendy, La Traviata, La Zucaritas, La Prisciliana, etc., etc., etc., que formarían un buen grupo de musas para cualquiera que necesite inspiración estética. ¿Será acaso que el poder nunca ha sido nuestro realmente, y nomás nos han estado dando atole con el dedo? Sospecho con sospecha de sospechosismo.
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¡Salud! PD: Por la festividad que el evento nos simboliza, los que formamos El baile de la coma, tras mucho discutirlo en sesión extraordinaria editorial, hemos decidido llevar la cuenta regresiva a la Fil 2008 a partir de esta entrada. Así que va: Faltan 61 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Párpado carmesí.

¿Ven lo que les dije? Nomás septiembre cierra sus ojitos patrios, y esto que llamamos vida se llena de sorpresas. Esta entrada se escribe -es la primera, tomen nota del momento histórico (?)- desde la computadora personal de ésta su pluma. "Pus, ¿qué la compartías o qué?", preguntará el lector común, conocedor de las más elementales reglas de la conjugación gramatical y el acomodo sintáctico. Sí, es cierto, el sustantivo compuesto "computadora personal" podría fácilmente confundirse con la denotación de cualquier computadora que es utilizada por una sola persona. Pero en mi caso, a lo que me refiero más bien es que esta entrada la escribo desde mi nueva y reluciente laptop.
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Así es. No incluyo fanfarrias porque no es pa' tanto, pero desde esta tarde, octubre y con él el final del año, me han traido un procesador personal que además es muy sexy porque es color rojo, funciona de maravilla y me ha ahorrado los dolores de cabeza que día con día me significaba tener que estar a expensas de una computadora -de escritorio- que es propiedad comunal en esta su casa de piedra y canto.
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Y estando yo cabizbajo precisamente por tal motivo el otro día, mi hermana la menor que me ve y me cuestiona: "Bubo -que así me dice-, ¿cómo andas de compus y eso?, ¿no te hace falta una laptop?" Creerán muchos que respondí automáticamente que sí y la asalté y acto seguido estoy aquí con mi laptop nueva, con cubierta sexy y toda la cosa. Pero no, no fue tan drástico el asunto. Bajé aún más la cabeza, al puro estilo del indígena bajo el nopal, y pronuncié un casi inaudible "sí". "Pues ve opciones. Si encuentras algo de menos de 500 mensuales, Lalo y yo te hacemos el paro" -entiéndase "paro" como favor... digo, por aquello de que un neogramático de la lengua esté leyendo esta entrada y se me vaya a espantar, que no creo, porque mi insulsa redacción y mi incoherente ortografía los espantó hace mucho-.
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Y que me lanzo a investigar y a mover mis contactos. Obviamente el primer interceptado fue El Meromerosaborranchero, que ya otras veces han tenido conocimiento ustedes que libra a mi parte no tecnológica de la ruina. Y El Meromero... con el estilo profesionalmente desfachatado que lo caracteriza, me dotó de información, y entendí por fin aquello -bueno, ya lo sabía, lo reentendí- de que la información es poder. Con los datos enmano, taladramos al pobre del vendedor con preguntas y preguntas, y terminó ofreciéndonos ésta que es, sino para hacer y deshacer, sí para hacer y construir, lo que es más que suficiente.
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Me pregunto ahora cómo es que uno decide endeudarse 18 meses con el gigante estadounidense del autoservicio mundial, y no es capaz de donar unos cuantos centavos a Unicef -otro gigante estadounidense del servicio mundial-, o a otras tantas instituciones de ayuda humanitaria. Pero mi laptop roja -la apodaremos simplemente "Roja" para futuras referencias- me cierra la tapita y su párpado carmesí me obliga a callar. Ya compré. Ya qué. Ahora a escribir como idiota, trabajar como negro y construir como paria. Que si no se inventó la tecnología para estas tres cosas, entre otras tantas, no se ha inventado jamás, y entonces lo que El Meromero... hace es dar consejos de belleza, y no suplir mis carencias de información digital y similares. Puro cuento, pues.
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¡Salud!

jueves, 25 de septiembre de 2008

La cajita de sorpresas.

Ya barridas y recogidas las serpentinas, ya alzados los borrachos y puesto en orden la colección de vasos sobre la vitrina, ya resanadas las paredes y arreglados los candiles, ya pasada la apocalíptica celebración de las primeras 200 entradas de este Baile de la Coma, el equipo organizador estaba dispuesto a tirarse a dormir hasta que alguien, por mano o inspiración divina, decidiera escribir otras doscientas, o en su defecto, tomara posesión de este blog y lo hiciera página web del SNTE, o cuponero de Selva Mágica, u otra triste y demoniaca versión digital de algo.
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Pero ninguno de los que formamos el staff de este baile contábamos con el hecho de que septiembre -setiembre, dice García Márquez, y yo me callo mejor y lo dejo decir lo que se le antoje- se nos está yendo, y con él las tres cuartas partes primeras del año que son, por decirlo de alguna manera, en las que pasan menos cosas trascendentes unas tras otras, al "chaz chaz". El último trimestre del año, éste que ya estamos por empezar, siempre tiene en su sucesión de experiencias, por algún motivo cabalístico que ni quiero averiguar, el ensamblaje de un pastel de mil hojas, o de una pasta hojaldrada: una tras otra, una sobre otra, hasta llegar a un enero que, de tan costoso y cargado de deudas, amenaza con estallar en la dormición y tirarse a un sueño acompasado y negador de la realidad.
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Así que este septiembre que ya huele a octubre nos despertó de tres cachetadas guajotoleras, y nos vino a recordar que, en cuanto él se vaya, comenzará lo que podría llamarse "el maratón de eventos afortunados 2008". Y, para que no quedara duda, colocó sobre la mesa, además del boucher por los costos relativos a la celebración que acabamos de tener -ustedes y yo, ni se hagan, que también se comparten los gastos en esto que todavía se baila-, una acreditación -con tintes totalitarios y exigentes- como prensa oficial en la próxima Feria Internacional del Libro de Guadalajara, esto no para el baile en sí, sino para el medio en el cual laboro -?-, y al cual debo pleitesía moderada -??-.
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Osea que, por segundo año consecutivo, La Wendy -que en el primer año no consecutivo estaba a punto de llamarse "La Malagueña", pero que luego perdió el apodo, o lo transmutó, por afanes nemotécnicos que no pienso explicar- y su seguro servidor -más servidor que seguro- estaremos viviendo libros, comiendo libros y casi durmiendo libros, durante la última semana de noviembre y la primera de diciembre, esto con el fin de informar veraz y oportunamente sobre los acontecimientos más sobresalientes sucitados en el marco del evento librero más importante del mundo en español.
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Y así, también por segundo año consecutivo, llegaremos a casa cada día -o no, como me pasó a mí el año pasado, que de tan apretada la agenda durante la semana de la Feria, ni por la noche me vieron en mi residencia particular- cansados, agotados, con las piernas acalambradas y los brazos hartos de tanto cargar tanto lomo con tanta hoja impresa y pegada en él, pero con una extraña, casi inexplicable, sonrisa gigantesca en nuestros rostros pálidos y desdibujados. Es el "fenómeno FIL": nace de vivir en y para la literatura, olvidándose uno de casi todo el resto de los placeres mundanos -?- que sobrepasan lo humano.
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Y, como si esta carta de presentación no fuera suficiente, el último trimestre del año me ha traído ya, por adelanto, otra sorpresota: la oficina de prensa del evento librero antes citado, me ha confirmado hoy mi entrevista, a realizarse la próxima semana, con la mera mera petatera de todo ese complejo organizacional que es nuestra Feria del Libro. Hablo, por supuesto, de Nubia Macías, y de la franca charla -o por lo menos así espero que sea- que tendremos en los próximos días. Que Dios me ampare, las ninfas me iluminen, y Nubia me responda. Se aceptan sugerencias.
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Ahí los dejo. Este blog se está quitando la modorra y se predispone, hábil como es, a dar el último jalón para abrazar las cosas buenas que siempre vienen al final del año. ¿Por qué será que los finales salen más sabrosos cuando ya se sospecha que estarán llenos de energía y dicha? Aquí también se acepta sugerencias.
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¡Salud!

miércoles, 24 de septiembre de 2008

El arte de las 200.

Imaginen por favor ustedes un pequeño trometista. El trompetista -muy parecido al personaje del Rey en la versión animada de Disney de Alicia en el País de las Maravillas-, corre por un escenario alfombrado de rojo, mientras la única luz visible lo sigue cuanto puede. Todo es negro, a excepción del trompetista -y su trompeta, claro, que será dorada, o cobriza, o algo por el estilo-, la alfombra y la luz que va en pos de él. Al llegar a un micrófono, nuestro trompetista levanta su instrumento musical y entona una diana desbordante.
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Así, señoras y señores, comienza ésta que es, en tonos tan festivos como imaginativos, propios de lo que celebran, la ducentésima -crédito aparte para El Apapachoquealivia, que me consiguió el número en ordinario- entrada de El baile de la coma, un blog creado hace 9 meses -si nos hubiéramos entregado a arrebatos pasionales propios del rito amatorio cuando iniciamos este camino, ya andaríamos pariendo un niño (o más)- con la única, sencilla, cabal y temeraria -temerosa no, eso nunca- intención de bailar al ritmo de la que mejor sabe hacerlo: la letra.
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Y como a mí esto de los festejos me sale cada vez más macutre -sabia combinación de "mamón" y "cutre"-, tras agradecer a lo debido-ya lo haré de nuevo al final, que tengo lista larga-, me he propuesto bajarle las luces a este baile, pintar todas sus paredes de blanco carmesí -?- y traerles a ustedes un blog convertido en sala de exhibición. ¿De qué? De tres obras artísticas -una por cada trimestre que me han acompañado, a mí y a mis informantes, pues- en cuya admiración coincidimos, como pocas veces, el cánon y ésta su pluma. Aquí se las dejo. Observen, miren, degusten, y luego sigamos celebrando.
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Por la juventud de su autor al momento de realizarla -24 añitos nomás-, por la magia con que combina distintos movimientos y pulsiones, por la fama que su propia belleza le ha ganado alrededor del mundo, La Piedad, obra escultórica del multifacético artista italiano Miguel Ángel, entra en esta triada de obras maestras con pie propio y fortalecido. Me dicen mis informantes que el llamado "complejo escultórico" -es que en realidad está elaborado con base en una técnica que combina a la perfección la interacción equilibrada de dos personajes esculpidos: una Virgen serena tras la muerte de su hijo único; un Jesucristo inherte, recién bajado de la cruz- fue realizado por encargo al artista renacentista -aunque la obra, explican los expertos, que no mis informantes, coquetea salvajemente con el barroco por su composición- por el cardenal Jean Bilhères de Lagraulas , nuncio apostólico -embajador, pues- de Francia en el Vaticano, en 1498, con la condición de que la obra fuera entregada un año después. Días antes de cumplido el plazo, en 1499, el cardenal falleció y la obra, terminada para entonces, se colocó sobre su tumba. Sobresalen los contrastes evidentes en su "trama": el movimiento -símbolo de vida- en la ropa de la Vírgen, contrastante con la rigidez y la tensión en las formas del Cristo muerto; la tenacidad que cobra el mármol -que, me dicen también mis informantes, fue escogido personalmente por Miguel Ángel según la idea que tenía en mente del proyecto, y luego tallado con cincel y martillo hasta darle la forma deseada- para hacer que la mano del Jesús muerto parezca real, muerta, pero real; las formas del cuerpo muerto versus la oscuridad que los pliegues en el manto de la joven madre doliente generan. Un obrón, sin duda, de esos que ya ni por asomo se hacen.
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Nacido en Francia, mientras su dinámico y laureado autor cursaba un segundo periodo de retención en el hospital siquiátrico de la localidad de Saint Remy de Provence, en cuyos cielos nocturnos se inspiró, La noche estrellada, de Vincent Van Gogh es, más que una obra de arte, el reflejo-interpretación del ansia de libertad -la del alma ante la asechanza de la muerte, la del cuerpo ante la ausencia de salud, la de la mente ante la ausencia del descanso- que todo ser humano vive y padece a lo largo de su existencia -si no me creen, acuérdense cuando faltan cinco minutos para que se acabe la clase, y ustedes no dejan de ver el reloj, rogándole sea cuatito y se adelante velozmente-. Considerado postimpresionista -eso es nueva información que me traen mis informantes, ya que según yo, el pintor francés era considerado simplemente impresionista-, el cuadro es una obra de arte no sólo por la sabia combinación de colores en que se ejecuta -el amarillo, el blanco y el casi imperceptible rojo de la fiesta, la vida; el azul y el negro, contraste cruel, dulcemente chillante, de la muerte, la soledad, la enfermedad y la penuria-, sino tambien por el contexto en que ha sido creado. Ésta no sería ni por asomo la última obra del artista, pero sí podríamos decir que es, junto con Los girasoles y Cuarto del artista en Arles, la más famosa. ¿Será acaso su belleza cautivante, convincente, que de algún modo atrapa al expectador, esté enterado o no de la dramática inspiración que lo ha criado? ¿O la fama de su autor? Como sea, La noche estrellada es una obra maestra de la locura, la perdición y la tristeza, sobre la cual siempre, por más que sea negra esa noche eterna, brilla la luz de los astros celestes.
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Ok. En esta última, estoy de acuerdo, mea culpa, rompimos el abigarrado abrazo a la crítica artística de todos los tiempos que habíamos estado dando con las anteriores dos. Pero, ¿qué quieren? Si el alma es débil y la carne más. Ésta que ustedes ven, no es la foto más famosa de la vedette del cine y la farándula norteamericana Marilyn Monroe, ni siquiera la más reveladora. Pero sí es, pese a lo que muchos podrían opinar, la más aclamada por la crítica: fotografiada para la revista Time tan sólo semanas antes de su muerte -misteriosa, está de más decirlo-, cuando su adicción por las anfetaminas y el complejo intríngulis amoroso que había vivido al lado del cada vez menos grato presidente John F. Kennedy la tenían más apesadumbrada, más dolida, más acabada, la imagen de Marilyn que yo les presento dista mucho, pero mucho, de aquella tan famosa en la cual la modelo y actriz intenta retener su volátil vestido del aire que la acosa al estar parada sobre una respirador en cierta famosa calle de Manhattan, y mucho, pero mucho más, de aquella extraída de cierto número musical de su famosa película Los caballeros las prefieren rubias -luego parodiado por Madonna en el video de su canción Material girl-. Es, más bien, la imagen de una mujer hermosa que ve cercana su muerte, la plasmación del mal de amores en un rostro acabado, dolido, que para colmo de males acababa de sufrir la extracción de ciertos tumores en el páncreas -de ahí la cicatriz en el bajo abdómen-. Es la cara de la recuperación dolorosa, del final amigable. Si se suicidó o no, es lo de menos: la modelo es un absoluto alegato a la vida, un grito al viento y un silencio absoluto a la inconformidad de lo pasajero de nuestros días. Queda, pues.
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Va, ya subidas las luces y apagados los ensambles, un gracias infinito. A La Wendy, El Alejandro, El Apapachoquealivia, El Pável, La Gala, La Butter y toda la banda de España, a mi hermano el mayor, El Tahualpa, La Chabela, La Casicasi, La Fer, La Traviata, La Wera, El Luidgi, El Miroslava, La Zucaritas, El Sexsymbol, La Garrasemueve, La Trompo, La Prisciliana, La Cotejasentaderas, Los Tres Anónimos, y toda la bola de lectores, directos, indirectos, comentados o no, letrados o no, invitados o no, conversadores o no, inspirados o no, que han hecho de estas 200 entradas 200 razones de ser y 200 sentidos palpitantes. Es gracias a ustedes, a los que tengo oportunidad de abrazar en persona y a los que diario les ando debiendo el apretón de espaldas -casi siempre por cuestión de distancias geográficas más que de deseo-, que esto se ha construido no en base a la unísona linea inicial que yo proponía hace 200 entradas -decir, escribir, expresar-, sino a otra doble, funcional y casi me atrevo a decir que perfecta: recibir, comentar, dialogar. Este es su blog, más que mío, y aunque siempre insista que se debe a mi intelecto, he de acusar a mi intelecto de faltante y a su razón de aplaudible y dadivosa. En ustedes y para ustedes, otras muchas entradas de éstas (y no fue albur).
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¡Salud!

lunes, 22 de septiembre de 2008

En el nombre del padre.

Inicio de semana. Corrijo. Inicio atolondrado de semana. ¿No notan ustedes que mientras más se acerca el otoño, y su consecuente invierno, todo se va poniendo más pesado, y los días se van haciendo más lentos? Yo hoy llegué a esa conclusión al notar a mis compañeros de clase en plan más faltante que el de costumbre -El Meromerosaborranchero afirma estar pasando por un periodo de "extraña pesadez"-, a los empleados de las librerías que visito menos dispuestos a perseguir al cliente -como si uno pudiera robarse algo con esos detectores tamaño rotwailer que tienen en las puertas-, y a los miembros de mi familia mucho, mucho, mucho menos protestantes.
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Y mi indagación también llegó a la conclusión de que la pesadumbre que se vive por estos lares iniciando la semana, no se compagina con la que se vive en la capital de la República, lugar que es actual residencia del mayor de mis hermanos, que por motivos económicos, sociales y hasta turísticos -que involucran a todos los anteriores- siempre tiene que andar en friega y robándole el tiempo al resto del país.
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Sucede que hoy, cuando me disponía yo a declarar esta como la entrada 199 de El Baile de la Coma, y adelantar de una vez, a falta de tema expositivo y a sobra de ganas de celebrar, el festín que se estaba preparando para la entrada 200 -próxima desviación, preparen su cuota-, cuando estaba yo dispuesto a dejarme llevar por esta absoluta pereza que flota en el ambiente, haciendo una entrada con puros puntos suspensivos (.............., o en su defecto .,.,.,.,.,.,.,), el mayor de mis hermanos, que, como dije, dada su localización geográfica no comparte conmigo esta dormición absoluta, depositó en mi bandeja de entrada de correo electrónico un mensaje con absoluto y comentable contenido informativo.
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Resulta que ciertos diputados locales del PRD en el Distrito Federal han decidido emitir una iniciativa de ley -es que toda ley inicia con una iniciativa, si no, no chacha- con la cual pretenden -además de iniciativos, pretensiosos- cambiar el artículo 58 del Código Civil Federal que establece que todo niño registrado como mexicano recibirá como apellidos, en este respectivo orden, el proveniente del padre y posteriormente el de la madre, sin distinción ni alteración posible.
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Osea que, con este cambio, los padres del innombrado podrán poner a su gusto sus respectivos apellidos en el mocosete, evitando así, dicen los diputados, toda cuestión o idea de prevalencia de alguno de los dos engendradores sobre el engendrado -nótese cómo evito decir "niño" olímpicamente-.
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¿Equidad de género?, ¿idea con fines de exaltación del partido?, ¿búsqueda de opciones para la prevalencia de ciertos nombres o cadenas filiales? Sepa la bola -y a la bola, ¿alguien le ha preguntado ya si sabe?- El punto es que a mí, como seguramente también a mi hermano -ok, ok, rara vez nuestras opiniones coinciden al primer encontronazo, pero luego me preocupo en convencerlo-, nos parece que esta es otra iniciativa más para evitar entrarle de lleno a las reformas legislativas que tanto le urgen al país -bueno, a la capital, que supuestamente intentan legislar esos señores, también-.
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¿Qué hay de Pemex y los otros energéticos?, ¿qué de el presupuesto a partidos?, ¿qué de lo destinado a programas de promoción pública? ¿Ya arreglaron los legisladores de este país el asunto de nuestros límites de aguas?, ¿ya hicieron reformas sustanciales a los códigos penales que lleven a tener un México con más árboles, menos contaminación y más sanciones para los contaminantes, todo estoy de ley y para ley? No, no creo. Yo, al menos, sigo viendo el asunto medio turbio y medio indispuesto a la solución.
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¿Y los señores se preocupan más por pensar en una ley que deje a dos amorosos padres-aveces no tanto, pero generalicemos y, por bien de las ideas de muchos, pensemos que sí, que todos lo son- decidir un par de apellidos que, seamos extremos, los pequeños seguramente ni respetarán ni amarán? ¿Para qué darle prevalencia a la discusión de una ley que da un pasito minúsculo en torno a decisiones minúsculas, cuando lo que le urge a esta patria nuestra, y a sus leyes por ende, es dar pasos agigantados?
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Aquí mi propuesta final, que ya va oliendo a entrada número 200: nuestros diputados deberían más bien de legislar la elección de nombres para los hijos, prohibiendo aberraciones de la talla de "Braian Moctezuma" o "Eleodoro Abulón". Esto, señores de las cámaras y los consejos de todo el país, sí nos haría un favorzote. Yo, aunque a otros sí les guste mi nombre, o de plano les dé igual, sigo esperando justicia.
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¡Salud! (¿lo huelen? Es el olor de 200 saludes. Yumi.)

domingo, 21 de septiembre de 2008

Y nos dieron las diez.

Dos en lo que va del semestre. Otra más, y estaremos pensando en hacer membresía en La Playa o algo así. De hecho, hoy llegué a la conclusión de que cada vez nuestros motivos de celebración y reunión son menos sustentables. Ayer, por ejemplo, El Club de la Medianoche se reunió en sesión extraordinaria porque uno de sus miembros, La Chabela, tenía en su alacena de soltera tapatía una botella de Appleton Jamaica White a medio llenar -nótese mi optimismo-.
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Y como a nosotros nos chocan las medias tintas, no nos aguantamos las ganas y le dimos baje. La única que no tomó fue La Wendy, quien andaba en plan de abstemia -biciconductora designada- por motivos trascendentes y a todas luces no negociables. Así que no presionamos y más bien nos preocupamos: por beber, por indagar, por abrazar la vida.
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Y es que, entre las muchas otras cosas que El Club de la Medianoche hace por la salud de sus miembros, está la generación de catarsis. Porque cuando se vive en una ciudad -"y también en el campo", dirán los lectores asiduos a este baile que ya se acerca a sus 200 confrontaciones, y sí, diré yo, pero como yo vivo en ciudad, el campo me viene quedando lejos y me es casi desconocido- uno acumula y acumula a lo tonto, vivencias, experiencias, frustraciones, inseguridades y felicidades, y luego ya no halla qué hacer con tanta piedra en el costal.
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Por eso es bueno de vez en cuando, o de cuando en veces, hacer eso que Carlos Monsiváis describía alguna vez en uno de sus tantos y tan variados textos como "soltar vapor". Ayer yo solté vapor, y mucho, porque traía acumulado todo el de un viaje -¡y dale!- que me ha cambiado la vida -cada día descubro que un poco más de lo que yo esperaba- y me ha confrontado, a mi educación, a mis aciagos -y movilizados- principios, a mis desprestigiadas realidades.
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Y La Casicasi soltó su parte, y La Chabela la propia. Y si no fuera porque yo era el único individuo sexo masculino presente, tres de cuatro, por lo menos, hubiéramos coreado a Paquita la del Barrio, o cometido alguna desazón semejante, de esas de las cuales uno se arrepiente -si lo hace- a la mañana siguiente, entre nubes de embriaguez y memoria tergiversada. Bueno... dos de cuatro coreamos a Paquita, pero sé que poco faltó para que otra se nos uniera. Lo que pasa es que esa otra no estaba en el suficiente nivel de sangre etílica -?-
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Así que la más reciente reunión -nótese cómo soy incapaz de llevar la cuenta- de El Club de la Medianoche resultó, creo yo, todo un éxito. Por su proximidad a la espontaneidad, lo que hizo que casi fuera extraído de la mancuernilla todo este alboroto, ésta ha sido una de las reuniones del Club más memorables y menos accidentadas. De hecho, me atrevo a decir, esto se debe a que ahora había cosas más trascendentales por contar y menos alcohol para olvidar. Menos, pero igual funcionó de maravilla.
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No, si me lo pregunta, yo no olvidé nada. Soy conciente de lo que dije y lo que callé. Bueno, no, soy conciente ahora, sí, pero entonces, creo, hablé de más. En fin. Los borrachos y los niños, dicen. Y los niños está por verse. Por lo menos el cuasiprimito de La Wendy es directo y francote. Pero eso es un chisme local que ustedes no tienen por qué saber ni yo tengo pa' qué contar. Ai se las dejo. Esta es la 198, y vamos por dos más para superar nuestras propias limitantes. Iñor.
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¡Salud!

viernes, 19 de septiembre de 2008

El agua al cuello.

Con este baile acercándose peligrosamente a sus primeras 200 entradas -ya bajamos las luces y prendimos las velitas, esperen próximamente la celebración en grande-, con el país convulsionado como hacía mucho tiempo no lo estaba, con un viaje de (re)vuelta que casi me pierde mi equipaje, con estas y otras muchas cosas sobre el hombro -algunas de ellas más bien impuestas que debidamente colocadas- hoy sufrí la inundación más extraña que he vivido jamás.
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O es que fueron muchas inundaciones en sí. Una, quizá la menos alarmante, me puso el agua al cuello emocionalmente hablando. Fue que La Arandera, esa mujer de tantas connotaciones que para efectos determinantes -y aglutinantes- he dado en llamar "la pasada administración", me halagó hoy con una flor blanca -ya sabrán por otras entradas que el blanco fue nuestro color, nuestra bandera- y una carta del mismo color. Y para ser sincero, cosa que rara vez se me da, temí que al leer sus letras algo se moviera y terminara yo medio apesadumbrado.
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No tanto así, pero su escrito me trajo luz como hacía algunos días no la había tenido. Más bien, aclarando, me cambió el panorama. Ella se declara fuerte, obstinada como es, y no dispuesta a dejar que mis indecisiones la venzan. Yo, al leerla, la encuentro decidida -más que de costumbre, lo cual es mucho más que más-, y, temiblemente, más cercana a que otra vez, y de nuevo sin querer, mis decisiones le partan en dos el tejido cardiaco.
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Platicando con La Casicasi, que entre otras cosas para eso de dar consejos arrolladores se pinta solita, la cuestión quedó en mi cabeza más que aclarada: el corazón nos lo rompemos solitos, al permitir que las cosas nos afecten a ese grado. Pero nadie puede evitar, quizá faltaría aclarar, encontrar en el otro al culpable.
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Yo, como dije en entradas anteriores, y como vine a comprobar hoy tras leer sus notas, ver su flor y escuchar las canciones que en un emotivo CD tuvo a bien grabarme La Arandera, ni estoy listo para arrancar otra vez -la vida, una relación, todo lo que estas cosas conllevan-, ni creo estar muy dispuesto a verla sufrir por mis indeterminaciones.
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"Concéntrate en lo que puedes solucionar, Agustín. Lo otro ni te toca ni te va", puedo escuchar a mi terapeuta recomendar. Pues sí, y de esas dos variables, puedo hacer algo sólo por la primera: no iniciar ninguna empresa -amorosa, sexual- sin estar bien conciente primero que nada de mí mismo, de mis necesidades y mis deseos. No nací para satisfacer a otros antes que a mí, y aunque esto raye en el egoísmo, es la absoluta y deseable verdad. Además el último viaje al D. F. -que fue, ya lo dije hasta el cansancio, un viaje muchos viajes-, cambió muchas cosas en mí y me restregó en la cara otras tantas por cambiar.
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Así que quien quiera esperar, que espere. Yo, ni pienso presionarme ni quiero atolondrarme. Ya he tomado en el pasado decisiones airosas y poco consistentes, y las más de las veces esto me ha traído más dolores de cabeza que aprendizajes fructuosos. Así que no, no daré un sí hasta estar completamente seguro de que no estoy pensando en un "tal vez". Y crezcan los ríos, lleguen los fríos y se animen las tempestades: terco como soy, no pienso mover un dedo para decidir lo que ni me viene ni me va.
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La segunda inundación la viví gracias a esta ciudad mía -cada vez menos mía, con perdón de los presentes-, que posee tan malas bocas de tormenta y tan intensos temporales de lluvias. Llegó el punto en que, asustado incluso, tuve que subir al asiento del parabús bajo el cual me encontraba -o intenta- resguardándome de la lluvia, porque el nivel del agua crecía y el cielo nomás no cedía. Terrible cuestión, lamentable tarde bajo un cielo apesadumbrado y sobre un suelo convertido en río.
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Bonito lugar, además, para pensar en la primera inundación, esa que, ya he dicho, me llegó hoy de súbito gracias a "la pasada administración", y que me trae todavía pensando las palabras. Se trata de ponerlo todo en claro -sí, más, más de lo claro que ya estaba-, para mí y para ella. Y para nadie más, que ya suficientes explicaciones he negado como para negar otras más. Total, el que quiera agua clara, que se forme y pida ficha. Yo no regalo palabras de a grapa y sin esfuerzo. Soy costoso, lo admito, pero si mi buen amigo El Apapachoquealivia admite cotizarse más caro que el euro, mi moneda todavía no tiene precio suficiente en el mercado mundial. Y flush!
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¡Salud!

jueves, 18 de septiembre de 2008

Terror patrio.

Les dejo provincia tres días encargada, y al regresar me encuentro con que la Bolsa anda mal, los precios han subido, el asunto inevitable de la reforma energética nomás no pinta para decidirse, y el narco ha hecho de las suyas en un atentado que tiene más de terrorismo que de violencia simple. Como las otras tres cosas ni están en mi poder, ni tienen para qué moverle, voy a pasar a la cuarta que, aunque tampoco está en mi poder ni tiene mucho espacio para menearle sin salir espinado, por lo menos me trae inconsolable y adolorido. Va.
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México es muchas cosas. Es un país de contrastes -esto dicho hasta el cansancio por especialistas y opinión cotidiana-, un lugar de desazón y pelea, un pueblo de lucha, una historia que más bien parece compilar una serie de eventos desafortunados que un conjunto de hechos simples. México es dictadura, fraude, terremoto, matanza y hasta esclavitud. Pero nunca, hasta donde estos ojos avizores míos alcanzan a divisar, México había sido en su historia tan evidentemente "intradependiente" como en los días que nos han tocado vivir.
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Sí. Ahí disculparán el neobarbarismo. Dejamos de pasarle la cuenta a los españoles para remitírsela a los estadounidenses y luego a los franceses. En últimas fechas, nuestras remesas -y con ellas nuestra economía sustentable- provenían una vez más de nuestros vecinos norteños. Y hasta ahí todo iba medianamente bien. El común de la población entendía que no éramos independientes más que en los libros de historia oficial y en los corazones rozagantes que gritaban "¡viva!" los quince de septiembre. Tolerable la dependencia velada.
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Pero los hechos deleznables que acaecieron en las vísperas del pasado Día de la Independencia en la ciudad de Morelia, vienen a evidenciar otra de las ya muchas situaciones incómodas de nuestra historia: México está ahora pendiente al narco, la inseguridad y la pobreza que de ellas dos es madre. México, por más que el discurso oficial diga lo contrario -el oficial de Mini Calderón, de "La Gran Duda" Mouriño, de "El amigo" Margelo, y de todos sus secuaces-, es todavía presa de sí mismo, de sus miedos, sus inconsistencias, su conjunto de pésimas e intolerables decisiones. México, como nunca en su historia, es el escenario de una lucha sin cuartel.
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"¡Pero cómo eres primitivo!", me van a decir ustedes. "México fue una gran guerra sin cuartel en sus luchas de Independencia, Reforma y Revolución. Incluso fue una gran guerra sin cuartel en las invasiones norteamericana y francesa, sus dos imperios y su Porfiriato". Sí, tienen toda la razón. Pero nunca, nunca en su historia, México había sido el escenario de una guerra sin cuartel entre bandos que representan un mal -muchos males- que se gestó en su propio seno, y que creció alimentado con la violencia, la insertidumbre y la soledad. Un mal resultado no tanto de la incomprensión cuanto de la ceguera voluntaria.
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El narcotráfico que hoy ha asesinado a civiles inocentes y avanza radicalmente hacia los otros millones de mexicanos que ni la deben ni la temen, así como la careta de ilegalidad con que recubre el rostro adolorido de su cobardía, resultado de su miedo, resultado de su hambre, es a México lo que el ojo de pescado al pie del caminante: una dolencia embrutecida, delicada, por nada aminorante. Un hoyo negro que, amenazante, advierte que de no dejarle trabajar, tragará más de la cuenta.
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Leonel Godoy, gobernador de Michoacán, tuvo ante los atentados -uno de los cuales presenció a unos cuantos metros de su balcón festivo- la respuesta que la población en general ha mirado en sus líderes -electos o impostados- a lo largo de la historia: la sonrisa nerviosa, la incomprensión absoluta, el cruce de brazos. Nadie espera ya nada de él, y lo sabe, y quizá eso lo haga sentir tranquilo.
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Está bien, Leonelcito, duerme tranquilo. Tú y el resto de los treinta y dos gobernadores, miles de presidentes municipales y jefes de ciudad. Tú y los otros poco más de 106 millones de habitantes, que andan dormidos, que caminan como muertos, que viven -vivimos, quimosabi- sin pena ni gloria. Durmamos todos. Quizá al despertar México sea otro, y ya no el país sitiado y lacerado en que se ha convertido. Durmamos todos, y quizá cuando abramos los ojos haya una respuesta... o una víctima menos de nuestra cerrazón.
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Y si lo preguntan, sí, me duele México. No porque yo sea un patriota descerebrado e incomprensivo, sino porque es el suelo en que me tocó nacer -Sinaloa, el suelo del suelo en que me tocó nacer, es la piedrita de la piedrita en el zapato-, y ahí sí ni cómo moverle. La naturalización no es mi fuerte, porque ni así uno deja de ser del lugar del que vino. Sé que no se escoge la Patria, pero sí se es responsable de hacer de ella una divina zona de confort. Y ahí es donde Morelia cala porque representa el trabajo no bien hecho. La labor a medias tintas. ¿Y cuando será el día en que yo y todos ustedes hagamos las cosas cual debe? Ahí la dejo. No vaya a ser que a mí también me vuele la vida una granada.
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¡Salud!

Perder el equipaje.

"Mi unicornio azul, ayer se me perdió, pastando lo dejé y desapareció, cualquier información bien la voy a pagar".
Silvio Rodríguez, Mi unicornio azul.
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De los viajes que vuelcan, que cambian al viajero de manera radical, éste se lleva las palmas. No creo haber sentido tantas cosas distintas en tan pocos días como lo he hecho en estos cuatro. Cuatro que por poco y me dejan muerto de tanto sentir y no pensar, de tanto andar de apasionado y desposeído. Ya ni para dónde hacerse.
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Pero esas serán cuestiones que la vida dará al aire poco a poco para enfriarlas -la culpa incluida-. Lo que me causa percance emocional absoluto es más bien el recordar mi sufriente cara frente a la banda de equipaje vacía, dando vueltas poco a poco hasta confirmar mi más angustioso temor: en este viaje, junto con muchas otras cosas, perdí mi equipaje de regreso.
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Gracias a que no viajo -ni vivo- con objetos costosos ni lujos sobresalientes, me impacientó más el hecho de recordar que, a falta de espíritu fashionista personal por saciar, mis compras capitalinas consistieron básicamente en libros y libracos.
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Sí. Surtido de "Sepancuántos..." hasta casi verme obligado a pagar sobreequipaje, sufrí grandemente cuando la señorita de la aerolínea -no les digo cual para no negarles la capacidad de que ustedes también atraviesen por la delicada experiencia (muajaja)- que me levantó el reporte, me avisó que mis cosas habían sido enviadas a Monterrey "por un lamentable error".
"Pero no se preocupe, joven. La mayoría de las veces aparece todo en cuarenta y ocho horas... o menos".
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¡Chin, chun, chan! Aquí llegué a mi máximo y, raro en mí -?-, eché a andar mi temeraria imaginación.
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La Plaza Mayor sitiada por hordas helénicas en franco combate con grupos de troyanos aguerridos y patriotas, con todo y su caballo de madera; Oliver Twist saqueando la panadería de algún Soriana en búsqueda de algún pan con nueces con el cual bajarse su hambre de huérfano inglés decimonónico; el Amadís de Gaula enderezando jorobados y desfaciendo entuertos en pleno centro regiomontano, rodeado de bellas damiselas que no entienden ni jota -casi literalmente- de lo que el caballero andante intenta expresar en su "protoespañol".
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Un caos. Pero lo que más me conflictuó fue pensar en dónde y cómo se coordinarán todos los gobiernos del norteño estado para ubicar a una ballena blanca de dimensiones monstruosas que también iba en la maleta. Pobre Moby... tan cerca del librero y tan lejos del mar.
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"¿No puede ser más rápido?", pregunté, casi con la voz entrecortada de tanto imaginar las consecuencias de un -o muchos- descuidos. La azafata me miró entonces incomprensiva. "Me ha dicho que lo más valioso que trae en la maleta son libros, ¿y los quiere rapidito?", ha de haberse preguntado. Me adelanté a su petición de explicación: "Es que no sabe usted lo de armas subversivas y lacerantes que pueden ser esos seres, lo que alteran el orden público, lo que movilizan autoridades, lo que..." Podría haber seguido, pero la sobrecargo, que no se explicaba a quién me referí con eso de "seres", me miró con el mismo recelo con que un sobrio mira a un ebrio, y me cortó la inspiración entregándome una boleta de reclamo en cuyo margen se lee la leyenda "urgente". De momento, quedé resignado.
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Pero ahí les encargo. Si ven a una balleta blanca y gigantesca extraviada en algún aeropuerto internacional, o un niño andrajoso y angloparlante buscando robar pan en alguna sucursal de El Globo, y a todo un ejército de griegos cazando algún cabrito en el azador, remítanlos. Son peligrosos. No padecen de sus facultades mentales -bueno, a este respecto se sospecha de Amadís-, pero apenas un lector asiduo podría contenerlos. No me vean a mí, en ese sentido mejor termino regalándolos -sí, y que junto con eso se me haga la boca chicharrón.
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¡Salud!
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Nota del editor: El apesadumbrado escritor de esta entrada recibió su maleta hace a duras penas 24 horas. Se les suplica a los lectores ya no buscar ni a Moby, ni a Oliver, ni a Aquiles o Helena, mucho menos a Amadís. Todos los personajes han sido devueltos sanos y salvos a sus páginas de origen.
Nota del editor 2: El epígrafe proveniente de cierta canción del cubano Silvio Rodríguez es propiedad intelectual de su creador. Piratas -y gente que no entiende la relación entre el unicornio y la inocencia- favor de abstenerse. Mercy.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España IV.

"En México no hay tragedia; todo se vuelve afrenta".
Carlos Fuentes, La región más transparente.
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La plaza se bañaba poco a poco con la luz de los arbotantes. El gris natural de la tarde daba paso a una experiencia multisensorial: el amarillo de las farolas a todo lo largo de la Plaza de la Constitución; el olor sacro del copal de las limpias chamanescas; el garasposo de la voz de Paquita la del Barrio -"Santa Paquita"... ruega por nosotros- vibrando en las bocinas. La fiesta, que no necesita de un sentido especifico para vivirse.
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Heme aquí, parado en un extremo de la plaza pública más grande del país, este Zócalo en este México mío que este año ha quedado a dos de tener cien como -oficialmente hablando- nación independiente. Este México mío -y de los que ayudan con los gastos- que es eterna verbena y profundo grito. Este México mío de luces y sombras, aforismos y sinrazones. Este México mío de bandera, héroe y nopal. Este México dios.
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Pensaba en todo esto, y también me reclamaba súbitamente el estar ahí, casi solo, en el cúlmen de la celebración nacional y de un viaje que ha sido de todo y para todo, en medio -literalmente hablando- de una ciudad de más de diez millones de habitantes, tan lleno de peligros, cuando la plaza se llenó de pronto y la gente -el pueblo, la raza- le dio la más cordial bienvenida y hasta la palabra a uno de sus principales líderes.
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AMLO tomó el micrófono, casi al mismo tiempo que mi hermano aparecía a mi lado para darme la chamarra que me había traído desde su casa. Y México frío se calienta con la palabra del líder; la lluvia no cede, el exjefe de gobierno y excandidato presidencial tampoco. Clama soberanía, y el pueblo clama; exige legalidad, y el pueblo exige; insita a una marcha, y el pueblo camina con él.
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Entonces México se nos transparenta, a dos hermanos provinicianos que no votamos por el agente divisor, como dos Méxicos: uno que cree en la existencia de un fraude electoral y, ante la negación institucional, levanta a su rey fuera -no por encima, por más que lo crean- de las instituciones que lo niegan, de la institucionalidad misma -lo que casi lo baña de antiinstitucionalidad-; y otro que, si bien no cree a pie juntillas en el fraude electoral, tampoco se niega a recibir la verdad. Un México doble, que habrá de costarle caro -más, sí, más todavía- al México total.
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Y al irse el líder con sus seguidores, la plaza casi sola se vuelve a llenar. Entra el México de verbena y sale el México de política y sobresalto. Y con el legítimo -institucionalmente hablando- en el balcón de la sede gubernamental -institucionalmente hablando también-, se da el otro grito: el no marginal, el centralista, el de la fiesta total. No es que Calderón sea el verdadero, es que el pueblo elige, y hay tanto pueblo que ninguna de las dos opciones se queda desangelada.
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Nos regresamos a casa en cuanto se apaga el último de los fuegos artificiales. Increíble que un México tan caótico tenga una fiesta popular tan ordenada; dividida, doble, pero ordenada. Es qeu así es México, todo: el orden del caos.
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¡Salud!

lunes, 15 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España III.

"Mi ciudad es la cuna de un niño dormido,
es un bosque de espejos que cuida un castillo,
rehilete que engaña la vista al girar".
Mi ciudad, composición y letra de Francisco Fuentes.
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Tres días ya y esto está que arde. No, el clima no. Mi ciudad me ha recibido con cielos nublados algunos días, y fríos picantes otros tantos. Así que yo, amante del frío ambiental -que no del interno-, tengo muy a bien el hecho de que esta ciudad me traiga todo enchamarrado y titiritando.
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Pero arde el movimiento, el caos -que tiene porque es Capital, "Capital en movimiento", dice el ilusionado lema de la administración de Marcelo Ebrard-, la gente que viene, va, corre, grita, vende, canta, pasea, compra, se mueve, pues, y lo hace en una ciudad que de tan apeñuscada asusta al extranjero y de tan sorpresiva alegra al nacional. Una ciudad paloma, me atrevo a compararla, porque vuela con gracia, pica con fuerza y abre sus alas para impresionar al enemigo, amordazar al agresivo y enamorar al que se deje.
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El día de ayer me aventé por vez primera a recorrerla solo. Mi hermano se quedó en casa apeñuscado de la angustia -?- y yo anduve de Chapultepec a Lecumberri y luego el Claustro de Sor Juana y el Salto del Agua, todo lo cual es como decir "del tingo al tango" pero más en específico. Y, recorrida palmo a palmo, me acosté con ella -en más de un sentido de la palabra- y luego le cerré los ojos, la acurruqué en mis brazos y esperé a que despertara.
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Y despierta me llevó hasta el lejano sur, el de los mares de piedra volcánica, el desauciado por siglos dada su pedregal orografía y luego convertido en mausoleo de la cultura, en recoveco del conocimiento, en Ciudad Universitaria. El año pasado, cuando la UNESCO tuvo a bien registrar a C. U. como Patrimonio de la Humanidad, los cielos se abrieron -presupuestal y otras tantas cosas -mente hablando- para la más grandiosa universidad de América Latina, y poco a poco su nombre cobró más fama de la que ya tenía.
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Ya sé. Van a preguntar que qué de nuevo encontré. Pus todo, todo para alguien que, como yo, apenas la conocía en fotos y nunca había tenido el privilegio de visitar sus jardines, contemplar sus murales -obras de los grandes entre los grandes mexicanos, sobra decirlo- y registrar su esencia como centro-reducto del conocimiento universal.
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Lo que les traigo como foto ilustrativa de esta entrada es, como en todas las que componen esta serie de andanzas versadas, obra mía y de mis circunstancias. Ciudad Universitaria, la UNAM, pues, me recibió como nunca -bueno, es que nunca me había recibido-, y hasta estuvo totalmente dispuesta a dejarse fotografiar. Comprobé lo que ya había escuchado: es inmensa, y en sus aulas, pasillos y oficinas da cabida a afanosos del conocimiento y sus muchos antifaces: la ciencia, el arte, la cultura, el deporte, la técnica.
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Me dicen mis informantes -sí, andaban algo callados, pero ya volvieron a salir- que la primera Universidad Nacional -que de hecho se llamaba Real y Pontificia Universidad de México- fue fundada por los jesuitas en el lugar que hoy ocupa el Ex Colegio de San Ildefonso -sí, lo conocí, el mismo del bazucaso cuando el '68, y que aparece mágicamente retratado en la película Frida gracias a los murales que en su interior pintó Rivera y que marcarían además el primer encontronazo entre el artista y la pintora-.
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Y ya entrado el siglo XX, la cosa se puso menos católica y la UNAM se convirtió en la UNAM. Hacia los años cincuenta, cuando la ciudad comenzó a crecer a ritmos rumberos imparables, un grupo de arquitectos propuso la idea de reubicar al cada vez más insuficiente sistema operativo de la Universidad en un moderno campus ubicado al sur de la Ciudad, en el Pedregal, un área despoblada e inhóspita que nadie quería pues estaba llena hasta las ramas de piedra volcánica que en dicho valle había regado la explosión de cualquier volcán cercano que se imaginen -al cabo, México está rodeado-.
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Y así, en modernas instalaciones, en 1954 dimos -¿dimos, quimosabi?- el primer paso para ser los primeros, por lo menos en el estrato América Latina, y es hora que no traemos pinta de detenernos. A mí me deja toda la Ciudad Universitaria -ah, es que funciona como tal: tiene su propio sistema de riego y alcantarillado, su propia policía y hasta su propia línea de camiones recolectores de basura- con muy buen ojo y muy buen sabor de boca. Y es que si todas las universidades del país adquirieran -o se empararan de- el exacto sentido de humanismo y progreso que baña la política académica del a UNAM -sobreviviente a mítines, motines, huelgas, paros, bombazos-, otro gallo cantaría para todo México. Pero no, chin, nada es tan perfecto como para ser en México.
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¡Salud!

domingo, 14 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España II.

"Y mientras el mundo exista, no cesará la fama y la gloria de México-Tenochtitlan".
Chimalpahin.
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Esta ciudad de fauces abiertas, de ojos avizores, de esquinas inconexas, de hundimientos y sobresaltos, es también la ciudad en que me encuentro, en la cual vive momentáneamente uno de los miembros de mi familia -sí, de la familia que yo he elegido tener como tal- a los que más aprecio, y para la cual tengo ojos, boca y corazón, como con ninguno de mis otros múltiples amores.
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Por eso me es tan especial poder recorrerla paso a paso, con uñas y dientes, con toda la pasión posible, con la entereza y ventura propias no del descubridor, sino del amante desconsiderado. Ayer, mientras mi hermano y yo la recorríamos palmo a palmo -bueno, la parte de Ella que más nos gusta a los dos, y curiosamente la que el carnal "Marjelo" tiene más arregladita-, recordé el hecho de que la capital de este país -es que no conozco las de otros- habla por él y para él, lo representa.
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Ayer por la tarde, pese a que él no quería, fuimos a Tlatelolco. Sobra decir que estuvo rogándome durante todo el trayecto que lo reconsiderara. Incluso en la hora de la comida, en los Bisquets de Obregón sucursal Madero, donde pude comprobar que algo tiene la sazón de los chilangos que la hace distinta al resto que conozco, el mayor de los hijos de la madre que a mí también me parió no dejó de insistir en el hecho de que la zona era peligrosa, se nos iba a hacer tarde, Tláloc iba a castigar nuestra osadía haciendo lo que mejor sabe hacer (yes, llover), y un largo etcétera. Yo lo que creo -bueno, lo creo porque él me lo ha confesado, y además es entendible- es que Tlatelolco le sabe a tristeza.
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Y sí. Si la capital entera es el reflejo del país que le da cobijo -¿o es al revés?-, un país que ha luchado a sudor y sangre por lo que -mal que bien- tiene,un país de revuelta, que no ha tenido paz absoluta casi en ningún segundo de su historia, un país como éste, tan entregado a la razón del "ojo por ojo" y el "el que pega primero pega dos veces", tiene, de a fuercitas, la obligación de poseer una capital que refleje toda esa sustancia, todo ese folklore.
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Por eso Tlatelolco es un sitio necesario. Necesario para la historia que nos conmueve como mexicanos, para nuestro lugar en el mundo, incluso para nuestro aprendizaje doloroso como el pueblo dolido que somos -ya lo decía Octavio Paz, eternamente hijos de la chingada-.
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Yo no sé si es porque entiendo esa verdad inconforme, o porque algo extraño, inexacto, dentro de mí, me llama al lugar, pero el hecho es que Tlatelolco, con sus matanzas emparedadas, su historia reivindicadamente sangrienta, no me deja partir de la capital sin visitarlo cada vez que estoy en el Anáhuac.
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Así que, con todo y sus remilgos, cargué a mi hermano y lo trasladé -o bueno, él se acopló porque dijo que no quería dejarme solo... igual a él también lo llama en el fondo Tlatelolco, y no se anima a decírmelo-, y cuando llegamos a la Plaza de las Tres Culturas, para beneplácito de mi acompañante, Tláloc se dejó venir con toda su furia.
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Pero el tiro le salió por la culata. Eso porque no quise regresarme. La lluvia nos obligó a guarecernos dentro de una de las partes del complejo arquitectónico que se traga con su historia a las otras dos: la Iglesia de Santiago, que, construida sobre las ruinas de la ciudad aliada azteca, se negó mucho tiempo después, durante el trágico dos de octubre de 1968, a abrir sus puertas para dar refugio a los asaltados y violentados estudiantes, esto en el episodio histórico por todos conocido.
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Y, ya dentro de la iglesia, vimos una plaza mojada y una Ciudad de México mojarse. El templo franciscano nos picaba, nos obligaba casi a abandonarlo. Es la cuestión de saber que su cobarde participación en la llamada "Noche de Tlatelolco" es el manifiesto oportuno y veraz de la política de empresa de la institución religiosa que motivó su construcción: la salvación del taimado se realizará sólo cuando y como convenga al clero.
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El gris de la tarde bañó el lugar, y bañó también nuestros corazones. Cuando bajó el aguacero, ambos corrimos: él a buscar un sanitario -que encontró, ¡oh triste arquitectura del lugar!, en el interior del edificio Chihuahua, tercer testigo de la masacre estudiantil-; yo, a sacar fotografías.
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Parte del resultado es lo que ven ustedes como imagen decorativa. La otra parte se queda conmigo: es la extraña sensación, que llevo por dentro desde que fui enterado del suceso histórico del 68, de que yo estuve ahí, de algún modo, en alguna forma, y de que alguna deuda tengo con el lugar que éste no me dejará nunca saldar -sí, algo así como tener intereses sobre intereses-.
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O será también la cuestión de que Tlatelolco me representa vivamente una juventud de la que a mí ya no me ha tocado formar parte: la de la lucha, la que, no sumida en los artificios y magias de pacotilla del imperialismo, sí buscaba, despierta como estaba, abierta y luchona como era, agilizar y promulgar la construcción de un mundo nuevo, igualitario, debidamente integrado y capaz de librar toda dificultad. Un mundo feliz.
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Tras la lluvia, el baño y mis fotos, regresamos en tren al departamento que nos aloja -bueno, lo aloja más a él; yo vengo de paso-. Y yo seguí pensando, el resto de la tarde e incluso entre mis sueños, que la deuda con el antiguo señorío comandado alguna vez por el poeta Nezahualcóyotl, se me ha extendido ya a toda una ciudad que me reclama, me obliga a abrazarla, me hace amarla. ¡Vaya!, que como toda buena amante es desconsiderada y hiere al mismo tiempo que besa, descuartiza mientras bendice y sacraliza mientras maldice. Yastuvo. Mañana les traigo más.
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¡Salud!

sábado, 13 de septiembre de 2008

Crónicas de la Nueva Nueva España I.

"Encarnación de pluma, ciudad perro, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad letra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire."
Carlos Fuentes, La región más transparente.
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Heme aquí. Cuando mi hermano el mayor me avisó que había comprado mi boleto de avión como regalo ante mi valentía -así dijo él, y yo nada negado- frente a los últimos acontecimientos dificuotuosos que se han presentado en casa -tema aparte-, yo vi lejana la fecha de septiembre 13 para emprender la marcha y visitar, como desde el año pasado no lo hacía, esta Ciudad de los Palacios.
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¿Y qué encuentro? Uuuuuuh -nótese cómo mimetizo a la perfección con el tono aciago del ranchero bajo el nopal-. Por principio, refresco la idea de que mi México es muchos Méxicos. Subiendo al avión, ya de por sí una experiencia que hacía muchos años no vivía -14, más o menos-, me ha tocado como compañera de asiento una niña de no más de seis años que me confieza, con la confianza propia de los de su rango de edad, que nunca ha volado y tiene miedo de hacerlo.
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"Ya somos dos", le confieso, esperando hacerla sentir mejor, pero la pequeña abre desconsideradamente los ojos y no vuelve a dirigirme la palabra en lo que resta del viaje. Y sí, en cuanto el avión pierde suelo, llora ella y luego se queda dormida. Y cuando cae en los brazos de Morfeo, me toca el turno a mí. Lloro, por la sensación casi nueva de mi estómago contraído, la visión de las nubes sobre el Anáhuac, la idea de que todo este viaje me llega en un momento de mi vida en que lo necesito sin saberlo, en que lo espero sin quererlo, en que lo tengo sin, quizá, merecerlo. Me sorprende la idea, me refresca más bien, de que, contrario a lo que yo esperaba, los malos meses y las decisiones drásticas no me han molido a palos el corazón. Late, lo siento, convierte mis sensaciones en lágrimas.
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Cuando las nubes se disipan y yo me hallo un poco más calmado, Paseo de la Reforma se abre también bajo mis ojos. Sus altos edificios casi tocan el avión -¿o es al revés?-, y entonces la nave sobrevuela una gigantesca masa verde en medio del montón de venas viales: Chapultepec, el antiguo bosque mexica de ahuehuetes y esperanzas, me da el final del abrazo que necesito. Y otra vez las lágrimas. Lloro por regresar una vez más a una ciudad que siento que me pertenece tiempo atrás; lloro por los que dejé en casa, tan a merced de un gobierno panista retrógrada y tontón -el perredista de aquí endeuda y clama, pero tiene todo de primer nivel-; lloro por los que, de esos que en casa dejé latentes, deberían estar compartiendo mi experiencia y la vivencia de una ciudad que, por puro error fatal del lanzamiento de abordaje a la vida, no nos tocó como lugar de nacimiento.
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Y ya en suelo, procurando limpiar mis lágrimas para no asustar más a mi petite acompagnante cuando se despierte, recojo mis maletas y salgo a ser recibido por mi hermano. La respiro, está aquí, viva, la mil veces colapsada México-Tenochtitlan, la de las grandes avenidas y los arbolados paseos, la de los cielos antes cristalinos, hoy algo más opacos, la esplendorosa, la gigantesca, la Megalópolis de sangre y sudor, de fuego y niebla, la de las frías mañanas y los claros atardeceres. La de la luz.
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Dice mi hermano que la ciudad ya me pertenece. Hoy, pobre, lo he traído del tingo al tango con única intención de que juntos, como pocas veces logramos hacerlo, nos reconozcamos en una ciudad que remotamente a él lo vio nacer, y que a mí me la sigue debiendo. De la Fuente de Petróleos a Tlatelolco, pasando por el Centro Histórico y Reforma, brillamos, hablamos, nos dimos un abrazo más largo que el de Acatempan y más sincero, mucho más sincero y amoroso, que el que puedan imaginar.
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Pero eso es otra cuestión. Por lo pronto les dejo el dato: esta urbe no cambia. La inseguridad, las múltiples obras viales y hasta el ambulantaje, problemas que el resto de mexicanos cree reconocer en su capital aunque nunca la hayan visitado, le vienen valiendo, por lo que he comprobado hoy, soberano y monárquico gorro. Y hace bien. Porque, como verán en mis posteriores crónicas, esta sigue siendo, pese a todo y pese a todos, la Muy Noble y Leal Ciudad de México. Y chin chin al que no lo crea.
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¡Salud!

viernes, 12 de septiembre de 2008

El otro viaje.

"Una tarde naranja, Julia Corzas le abrió la puerta su tercer marido (...) Sacaron el tablero de ajedrez. Abajo estaba el lago adormeciéndose. (...) <<¿Por qué se van los maridos? ¿Por qué te fuiste tú? >> <>, contestó él. <>, dijo Julia y pasó un ángel con su caudal de silencio".
Maridos, Ángeles Mastretta.
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Así arranca, aunque con muchas otras frases más que le dan agarre, Maridos, el último intento de la escritora poblana Ángeles Mastretta por alcanzarle los talones a sus dos más grandes creaciones, Mujeres de ojos grandes (1990) y Arráncame la vida (1985, ya comentada en las primeras entradas de este blog). Sobrará decir que otra vez la esposa de Héctor Aguilar Camín -sí, el peloncito conductor del programa de comentario Zona Abierta- se quedó lejos de superar su propia marca. Pero no sobrará decir que he dado pie de inicio a esta entrada con semejante frase porque hoy, tras muchos meses de no vernos, tras una semana de constante y fijado reencuentro, La Arandera y yo nos dimos la tarde y nos sentamos a jugar nuestra propia partida de ajedrez.
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Las reflexiones vinieron antes. De hecho, he estado pensando que si el Messenger no nos hubiera ayudado antes a poner las cosas claras, difícilmente se hubiera dado el acercamiento de hoy. ¿Por qué? Porque cuando una relación como la nuestra acaba, tan rodeada de olores, sabores, crecimientos e inexperiencias, es necesario un choque estelar, forzado, forzoso, para que sus actantes regresen a escena y se propongan tapar -si no, por lo menos señalar- el gigantesco cráter que ha dejado la colisión.
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Y ya con el asfalto preparado y la vaciadora de cemento en marcha, ella y yo abrimos el tablero y pusimos otra vez las jugadas sobre la mesa, nos vimos a los ojos y nos descubrimos las férreas intenciones. En la plática previa ella dijo que la cosa no arrancaría otra vez porque yo ando bastante "verde" para el asunto. Es su percepción, y la respeto, como la respeto a ella y todo lo que le toca. Yo no creo estar "verde" para una relación, pero sí en un momento de mi vida en que estoy en franco y pleno disfrute de mí mismo, tras espantarme en mucho los pájaros de mi cabeza, y, sobre todo, tras hacer una purga -organización- interna, pormenorizada y decidida, de los recuerdos y los momentos vividos hasta ahora.
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Así que reunimos las ánimos y volvimos a tomarnos de la mano. En nuestro caso, no frente a un lago naranja sino a una pantalla cinematográfica sobre la que se proyectaba el último intento cinematográfico de Roberto Sneider (Dos crímenes, 1995) por trasladar a la imagen una creación de tinta y papel, creación proveniente justamente de las manos de Ángeles Mastretta, Arráncame la vida (bien por la Talancón y el Jiménez Cacho, la adaptación y la ambientación; mal por el De Tavira, que se vio más mejor en Cansada de besar sapos).
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Porque es imposible no evitar la atracción, o reprimir el impulso. Somos dos, constantes, sonantes, y muy dispuestos a vivir -bueno, creo que ella más que yo, pero ¿qué le voy a hacer?, mujer tenía que ser-. Hubo torres caídas, alfiles robados y peones masacrados. Hubo también pausas de reflexión, recaídas y sobresaltos. Pero al guardar otra vez las fichas en la cajita, ella y yo regresamos a casa con una amplia sonrisa en el rostro, ésa que sólo puede dejar tras de sí el sentimiento de que está uno resanando sus propias heridas, y dos -o más, ya no me acuerdo- besos robados.
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Dicen que los viajes nunca vienen solos, y que si ya preparaste uno, es bueno te vayas preparando para la rachita que le seguirá. Yo lo creo. Hoy emprendí uno, antes que el de mañana, a mi pasado reciente, al último amor tras la última puerta, y no me fue tan mal como podría esperar. Tanto así que estoy esperando la revancha. Y, esta vez, no habrá ajedrez melancólico sino jaquemate estratégico. O eso espero... o eso imagino.
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"Luego entró en la casa evocando un principio. Aún temblaba en la mezcla de sus alas la misma inquietud de los viejos tiempos. Tarareó una canción. ¿Qué otra cosa ha de hacerse en días así? La tarde también era naranja y se iba tras el agua y los montes. Guardó el tablero de ajedrez".
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¡Salud!

jueves, 11 de septiembre de 2008

Viajero que vas. Parte 3.

Yo prometí tres, y como a mí me disgusta sobremanera no cumplir mis promesas -?-, aquí entra mi tercera entrada sobre los viajes, en tono a ése que, en próximas fechas -pasado mañana, prepare su cuota-, emprenderé para reencontrarme con una ciudad que es, entre muchas otras cosas, el espejo de toda una nación a la cual me siento orgulloso -en veces- de pertenecer. Córrela.
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Inconvenientes de un viaje, toma 1. Ya todo está listo. El boleto comprado, la maleta preparada con todo lo necesario -medio que no cierra, pero preparada al fin y al cabo-, hasta la cámara digital ordenada y las pilas bien cargadas para no errar el flash. Y, ¡zaz!, que justo un día antes, cuando tú ya avisaste a todas las amistades -"¡Mirá, vos, de quién te burlaste, mirá!", chiste local, ahí disculpen- que te vas, y les pediste que no aguadearan la fiesta en tu ausencia, ni hicieran cambiar el rumbo de la historia para no perderte los acontecimientos importantes, justo cuando ya hasta le confesaste al amor de tu vida lo que sientes con la idea clara de que al día siguiente saldrás huyendo, que al cielo se le ocurre llover, a la compañía aérea se le ocurre irse a huelga, o a ti se te ocurre enfermarte del virus que se te antoje, que te incapacita para ir a compartirlo en la parte del mundo a la que pretendías moverte. Ni hablar. A guardar cama, o caja de Kleenex, o lo que necesites para hacerte a la idea de que volar, o "busear" -¿por qué nadie ha tenido la idea de crear un verbo que denote viajar en autobús?-, no son actividades que vayan contigo.
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Inconvenientes de un viaje, toma 2. Tras un vuelo tranquilo y dadivoso, donde hasta te dieron de comer y te arropó una guapa sobrecargo, llegas a tu hotel en ciudad vacacional y descubres que has olvidado... ¡cha, chán! Alguna de esas cosas que pueden pasar desapercibidas en el detector de metales, pero que a ti en ausencia te caen muy mal: las chanclas para no contagiar hongos en la alberca del lugar, o morir con síndrome podológico de Cuauhtémoc al pisar a pie desnudo la arena playera del mediodía; la gel para el pelo, lo que además se convierte en una bomba de tiempo en tu contra de no encontrar una farmacia rapidito, pues tu cabello comenzará a aumentar su volumen paulatinamente hasta hacerte perder todo atisbo de rasgo facial; la ropa interior, lo que te hará, si es que guardas en tus entrañas algo de un añejo y parental pudor, andar por ahí como zombie, cuidando que nadie contemple por error, accidente u omisión, las cosas pudendas con que la naturaleza te ha dotado; la chamarra para el frío, o el bloqueador para el sol, o el talco pa' las patas, o el cortauñas, o los lentes de contacto... o mejor ahí le paro.
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Inconvenientes de un viaje, toma 3. El regreso. Ya para qué le sigo, si la sola palabra trae agruras y pesadez estomacal. Por eso no pienso en volver, aunque a la mera hora descubra que el pasaje que traigo en el bolsillo es redondo, y mis días están contados.
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Inconvenientes de un viaje, toma 4. El idioma. Yo voy al D. F., y según los magnates de la Academia Mexicana de la Lengua, he de entenderme perfecto con sus pobladores sin necesidad de Jerónimos de Aguilar o Malintzins. Pero por si las dudas, ya ametrallé con dudas lingüísticas al uno de mis cuñados que es de por esas altiplanas tierras, y ya voy preparado con todo un vademécum mental de palabras tales como "chaleijo", "quepasotescontucarga" y hasta la singular y muy útil "pusórale". ¡Ay, qué inteligente soy, de veras!
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Inconvenientes de un viaje, toma 5. La cobertura del celular. El mío es Telcel, y como don Slim compró todo México con sus morlacos, doy gracias al cielo que puedo bien estar en una gruta a trescientos metros de la superficie terrestre en Puebla -¿en Puebla hay grutas?-, o bien en la puntita del Pico de Orizaba, y hablarle a quien se me ocurra para fastidiar conciencias. Ya dije. Igual esperen mi llamado desde la Torre Mayor, o Chapultepec, o el arco de la Diana Cazadora.
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Ya mejor ahí le paro. Además el cinco es un número de la suerte -?-, y nada mejor que la suerte para revertir todo lo que en un viaje, como empresa anónima de capital variable que es, puede salir mal. Yo ya voy dispuesto a que este viaje me funcione como salvado de trigo a la digestión... ¡y chin chin al que se le ocurra moverme el panorama!
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¡Salud!