sábado, 23 de agosto de 2008

Una noche más.

En sesión ordinaria, El Club de la Medianoche se reunió de nuevo, como casi siempre, para hacer de las horas de la oscuridad una luz absoluta, de la luz un faro, de la amistad una canción. Nos demostramos de nuevo que no hace falta más que un puñado de amigos, muchas horas sin luz natural, dos o tres presentaciones de azúcar embotellada, y un grupo de anécdotas de siempre, nada más que todo esto, para hacer de la noche una realidad adorable, un "ente" nunca temible.
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Yo siempre he tenido temor a la oscuridad. Desde pequeño, cuando lo desconocido era el pan de todos los días -hoy ya nada más es el pan de ciertas horas-, hasta hace poco, cuando todavía no comprobaba el cambio obrado en mí, la oscuridad me imponía tanto que su presencia era como una suerte de traba a mi vivir. Yo podía disfrutar completamente de las horas diurnas, y hacer con ellas un verdadero milagro, pero la llegada de la noche me representaba duda y recelo, caída y pérdida.
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Hace un par de días, cuando estaba yo muy acurrucado en mi cama, entregado a un abrazo octogenario con Morfeo, mi perro me despertó porque algo había encontrado extraño en la casa. Intenté calmarlo, hasta intenté amedrentarlo explicándole de la manera más amable -?- que si no cerraba el hocico -sí, con él no es insulto- ipso facto, él y yo tendríamos que discutir aguerridamente nuestras capacidades físicas en reñido combate -ni hablar, El Nez me gana, y por mucho, pero no me iba a rendir sin dar la batalla-.
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Cuando ya de plano, tras mucho insistirle, comprobé que sería inútil pedirle guardara silencio, tomé mis chanclas -es un decir-, caminé entre la total penumbra hasta el lugar señalado por el cánido, y sin mucho afán de mi parte comprobé que lo que el perro reclamaba era la presencia de un vecino sonámbulo que, mirando la calle, estaba recargado en la ventana de nuestra sala. Lo saludé, tranquilicé a El Nez, y acto seguido me fui a dormir.
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No supe la gravedad de las cosas hasta que, ya muy despertado al día siguiente, me di cuenta de que no sólo me había animado a tentar a la abismal oscuridad nocturna, fuente otrora de miedos en mí, sino que además había encontrado la solución a un problema de perspectiva y le había dado pronto fin, todo en medio de completa penumbra.
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Creo que todo esto es el resultado de las sesiones de El Club de la Medianoche llevadas a cabo hasta la fecha -van pocas, pero las pocas que van han dado mucho-. Y es que cuando la noche es muy oscura, y hay poca esperanza en el amanecer, son sólo los amigos, y nada más que los amigos, quienes pueden darle otro sentido a la oscuridad, otra luz a la bruma negra, otra Pepsi Retro a la tristeza.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo también le temo a la obscuridad, pero sólo a veces, especialmente cuando estoy sola y especialmente en una casa que no es la mía, y especialmente en casa de mi abuelita, donde las experiencias "sobrenaturales" son comunes. Mhuhuhuhuhu, hasta el viento tiene miedo.

Victor H. Vizcaino dijo...

Pues yo no le temo!!!!! me encanta la noche, mi frase es: "la noche es joven", a lo poco que le temo es a los hospitales.

Saludos.