domingo, 3 de agosto de 2008

Muajaja.

"¿Cómo le has hecho para meter la maldad en tus palabras?" Triste frase con la que mi casi ya no nombrado amigo El Meromerosaborranchero me recibió hace unos minutos en ese invento magnificador -o no- de la comunicación humana que es el chat. Triste frase y no. Sucede que, si bien yo ya sabía a qué iba su pregunta, la indagatoria me puso tan nervioso que preferí dejarle a él la responsabilidad de entenderme al respecto, como si mi entendimiento no aguardase bajo la piel de burro de mi inocencia.
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"¿A qué te refieres?" Sobra decir que El Meromerosaborranchero se pinta solito para hablar -y también para escribir- sobre temas tan imprecisos como escurridizos como la equidistancia del Ser con el Universo, la esencia del cuarto menguante y la maldad, pero creo que es en éste último tópico donde mejor agarra paso y donde más se siente como pez en el agua.
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Por eso es que los siguientes dos párrafos -yo no diría minutos, ni aunque eso tarde en leerse... ¿cómo dar términos a un proceso comunicativo como el chateo, que baila desquiciadamente sobre la línea que divide a la conversación de la escritura?- fueron un ir y venir, bastante bien argumentado por El Mero..., sobre la cuestión de lo que es la maldad y en qué momento aparece en los corazones humanos.
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Rescato una frase de entre todo esa marabunta de expresiones igual de destacables: "La maldad es, antes que un sentimiento, incluso antes que una forma de vida, una esencia. Si la tienes, eres, y si eres, no tienes nada qué temer". Coincido con mi desaparecido amigo en la cuestión de que la maldad es una esencia -esencia en el entendido de algo que da forma y razón al ser-, pero dudo mucho que tenerla es igual a ser malo, y incluso eso es equitativo a no temer nada.
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Admito que la maldad es para mí un "algo" de formas particularmente atractivas, esto desde mucho tiempo atrás. Si bien al ver las películas de Disney siempre le fui a los buenos, los malos han reportado a mi sensibilidad un eco de guerras perdidas tan insufrible, tan doloroso, tan sentido en carne propia, que apenas puedo admitir que en las tramas caricaturescas el bueno tenga que ser siempre feliz a costa de que el malo tenga que perderlo todo.
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Y como es algo que creemos nos pertenece, en la vida real nos las arreglamos para ver algo similar: palabras como karma, penitencia o hasta justicia, nos trasladan a un final perfecto en el que el que ha sido malo paga las que debe, y el que ha sido bueno queda redimido. En las telenovelas, de las cuales veo sólo y siempre el final, justamente en atención a eso que ya comentaba antes de buscar en el destino del malo el sabor a lo angustiosamente acabado, hay más marcadamente un patrón similar: un bueno que se queda con todo el paquete, y un malo que termina con las manos vacías.
. El Meromerosaborranchero, o más bien sus observaciones, atienden a algo mucho más profundo que una maldad mera y superficialmente telenovelera. Él ha leído, con toda la sensibilidad que lo caracteriza -dudo entre poner o no el "?" que parece ameritar la cuestión-, un dejo de "esencia malvada" en mis palabras. Lo ha leído y, quizá si me viera en recientes fechas, lo constataría con otros múltiples sentidos, en otras múltiples formas de manifestación.
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Y no, no es que ande de malas, ni que la maldad aparente del mundo -nadie es totalmente bueno ni totalmente malo- haya estado haciendo mella en mí en estos meses vacacionales, entre el ocio y la pérdida del sentido del tiempo que los caracteriza. Sucede más bien que he llegado a un punto en mi vida en que, cansado de tener siempre agarrados los ladrillos con los brazos estirados, como en castigo de primaria del siglo pasado, he decidido dejar caer las manos, aparentar menos y poner mala cara cuando tenga ganas de hacerlo. No está el palo pa' cucharas, diría mi abuela, y no estoy yo para regalar sonrisas fingidas a un mundo desesperadamente infeliz, agregaría de mi cosecha personal.
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Y no me asusta ser malo, por si cabía la duda. Me asusta, eso sí, que mi maldad me impida arribar a un puerto seguro, o me haga menos humano. Pero si mi maldad es producto de toma de decisiones prontas y desconsideradas en tiempos prontos y desconsiderados, mía es la culpa, y lo que reste de ella.
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El viernes tocó en buen plan, y el sábado hubo pijamada interesante. En ninguna de las dos festividades menores fui malo -ni bailé mal, ni comí mal, ni bebí mal (sí hasta ponerme mal, pero mal no bebí)-, lo que significa que, después de todo, quizá crecimiento personal sí sea igual a maldad, o, más bien, la maldad sea, antes que una esencia, un regalo de la madurez.
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¡Salud!

3 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

Se dice que el libro que más claro lo explica es el de Robert Hare, en "Without conscience".
Ahí explica que los psicópatas no sienten ninguna angustia personal ni tienen ningún problema; el problema lo tenemos los que debemos tratar con ellos.

Atte:
Riddle

Victor H. Vizcaino dijo...

Recuerda lo que dice nuestro amigo el wason:

" La maldad es como la gravedad, hace falta un empujoncito para caer en ella "

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.

¿POR QUE NO SONRIES?

Wendy Piede Bello dijo...

LA pregunta es ¿Por qué tan serio?
Y yo lo prefiero cuando habla de la esencia del cuarto menguante y del sexo oral. Mmmmmm...
Eres malo por romper una coca y no pagar... muajajajajajajajajaja.