sábado, 9 de agosto de 2008

Lo clásico del miedo.

Para los que intentamos -conste que me vi poco lanzado y nada más dejé el asunto en el intentón- hacer de la literatura un modus vivendi, nada hay tan peculiarmente estigmático que la lectura y el posterior análisis -ya ni les explico el método, pa' qué si ni van a leer con él...- de los llamados "clásicos universales".
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Porque sucede que cuando uno está bien entrado en las novedades editoriales, los autores renombrados y las ediciones de bolsillo, no falta el profesor aguafiestas y tumbailusiones que se aparece para regañar al incauto estudiante aspirante a literatooalgoasí, darle un coscorrón y, de paso, hacerle soltar la semejante basura que trae entre manos y a la cual se atreve, el muy descarriado, a dar el nombre de "literatura".
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"Entonces, ¡oh, gran maestro de las páginas, los colofones y las notas al pie!, ¿qué es literatura?, ¿qué hay que leer?", pregunta el atolondrado saltamontes a su encumbrado -en el escritorio -profesor. "Hay que leer clásicos", responde el todopoderoso de las letras. "¿Y qué son los clásicos?", reclama el estudiante. "Pues... lo que hay que leer", termina terminante el guardián de las palabras.
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Osea que ni ellos mismos se ponen de acuerdo. Pero como yo soy bien borrego, y nada más obedezco a las masas, mi criterio de calificación de clásicos no responde más que a el inconciente colectivo, los catálogos de las editoriales baratas y mis pantalones -mi guuuusto eees, y quién me lo quitaráááá-. Osea que cuando veo un título que me suena y me suena, y luego escucho que todo mundo lo cita y expone como un "clasicazo", o bien nadie habla de él pero todas las editoriales independientes lo traen como amuletito de altas ventas, no me la pienso dos veces y corro a leerlo.
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Me sucedió eso mismo con Drácula, la novela del británico Bram Stoker escrita en 1897, en los albores de un siglo XX de guerras y genocidios, y las últimas notas del atardecer de un XIX de muchos cambios y reacondicionamientos políticos, geográficos y sociales en todo el globo. Inglaterra mantenía cada vez con más esfuerzo su lugar plenipotenciario como la gran nación conquistadora que la había llevado a ser la cuna de la revolución industrial, y el naciente siglo se presentaba para ella como una oportunidad renovada y fructífera de mantener su puesto en el top ten de las potencias mundiales.
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Osea que las cosas iban bien, y la literatura, como arte, como producto humano inspirado por los aconteceres reales, no podía reportar pasos en falso. En Drácula, parecido a lo que la también británica J. K. Rowling hizo en su multivendida saga de Harry Potter en fechas más recientes, Stoker tuvo el acierto de conjurar a un aquelarre a los más diversos espíritus, mitos y leyendas de los pueblos primitivos del Viejo Continente de todos los tiempos. Como su personaje, el doctor Abraham Van Helsing, explica en cierto pasaje de la historia, "el vampiro es un ser tan antiguo como el ser humano mismo. Indios, chinos, eslavos, británicos, no ha habido un pueblo en la historia que no incluya entre sus mitologías la presencia de un ser que consume la vida de otro a través de robarle su energía".
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Osea que no es que Stoker copiara, sino que trasladó a sus páginas, en un condensado sumamente adecuado, las historias que él escuchó de niño, las explicaciones no ortodoxas que le dieron sus mayores de los fenómenos de la naturaleza, los mitos más antiguos que pudo encontrar en sus lecturas, y, quizá la cereza del licuado, hasta el sentimiento particularmente progresista que invadía a la Europa del siglo antepasado.
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Al apretar el botón de la licuadora, el smoothie del también amigo de Stevenson (El extraño caso del Doctor Jeckyl y Mr. Hyde) y Conan Doyle (Sherlock Holmes), quedó de tan buen sabor y consistencia, que de inmediato comenzaron a surgir más y más ediciones, hasta que, al morir su creador, en 1912, Drácula estaba preparado para viajar en su ataud de papel a esparcir su terror no sólo en Transilvania o Londres, sino en Dublín, Berlín, Moscú, Brasilia y hasta en México, país al cual llegó, según me dicen mis informantes, hacia la segunda mitad del siglo XX.
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Independientemente del hecho de que Stoker murió en un rincón de su habitación afirmando ver un vampiro en la penumbra de la esquina contraria, invadido de sífilis -él, no el vampiro-, el éxito de la novela es indudable e irreversible. "¿Y en qué radica?", preguntaría cualquiera, estudiante de literatura o no. "En que el texto se las ingenia para dar simple y verdadero "mello" ", contestaría cualquier lector de la obra, enterado o no, avisado o no.
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Expuesta la trama a través de correspondencias cruzadas, artículos periodísticos aislados y telegramas generalmente urgentes, así como trozos de diarios personales, el contenido argumental de Drácula da miedo porque Stoker tuvo la inteligencia de servir su licuado de mitos antiquísimos en un vaso cuya forma y material le corresponden al lector designar. No es, pues, un libro que nos ataque con la imágen o la idea específica, sino que nos entrega a nuestros más grandes miedos para que ellos sean los encargados de desenmascarar las cosas que nos darán temor.
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Decía hace poco uno de los más grandes actores mexicanos -bueno, nació en España, pero se naturalizó mexica-, Germán Robles, quien por cierto interpretó a un vampiro en la primera -y temo que única- versión cinematográfica mexicana que se hizo del libro de Stoker, a propósito del miedo: "Hay dos clases de miedos. El miedo natural, (como si) yo te apunto con una pistola y es natural que sientas miedo, y el miedo irracional, que es el miedo a lo desconocido. Las obras artísticas que prefieren el miedo como modus operandi, para ser exitosas, necesitan forzosamente atacar al espectador con el miedo a lo desconocido. Lo demás, la sangre, las cuchilladas, no son más que intentos risibles por hacer sentir temor al espectador, quien, más bien en un caso extremo, llega a experimentar asco, pero nunca miedo".
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Yo por eso creo que Drácula es un clásico. Si bien su exposición temática es verdaderamente original, y le da al libro entero un ambiente específico en el que el lector se ve convertido de pronto en el desentrañador-ordenador de los documentos que comprueban la historia, lo que lo convierte más bien en un clásico universal es el hecho de que es un libro total y absolutamente humano: sin más pretensión que llevar al ser humano al límite de sus temores más diversos, amén de hacerle ver que maldad y bondad son dos términos universalmente puestos en pugna, es un libro capaz de abrazar a la humanidad entera. Porque aquí, en China o en Transilvania, el ser humano es capaz de sentir y vivir el miedo, y la maldad y la bondad son dos enemigos de diversas formas que sólo a veces se confabulan.
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¿Les dio mello? No, claro, porque esta entrada no busca más que hablar de un libro que sí lo da. Agréguenlo a sus pendientes. Cuando lo acaben me avisan y vemos cómo celebramos que ya estamos enterados de que el Conde viene a cenar a casa. Igual armamos una entrada de sangrías con morcilla. (Risa diabólica y colmilluda)
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¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

MMM...

Pues me quede temblando, pero no se si de el miedo de tu entrada, sobre todo por que la leí varias veces para captar la idea, o me dio miedo una competencia olímpica que acabo de ver, en fin, miedo a mi madre cuando se enoja por que no hago lo que me pide, me voy, por que me acaba de pedir algo.

Wendy Piede Bello dijo...

A mi no me gusta el miedo, pero los clásicos, son clásicos. Ni hablar. Así se dice, verdad. Ese libro está definitivamente pendiente para mí.