martes, 5 de agosto de 2008

La psicosis purépecha.

En ciertos lugares de México, el fenómeno se repite sin distinción: uno da vuelta en una esquina, conciente de que ha visto una apenas dos cuadras atrás, y encuentra otra más grande, o más limpia, o más rosa, pero siempre con el mismo panel luminoso de precios que ostenta siempre los mismos cromos translúcidos con motivos frutales y chocolateros, las mismas neveras verticales y la misma monita purépecha color rosa con blanco del logo portando su tradicional helado lila y guiñendo el ojo cual coqueta despiadada, o mirando fijo, inquisidora, traicionera, letal.
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Claro que no hace falta entonces caminar mucho, o andar muy antojadizo de helado, paletas o aguas frescas, para toparse con una Paletería La Michoacana. No, al menos, en una zona específica del país que incluye todo Jalisco, Colima, Zacatecas, Guanajuato y, obviamente, Michoacán. Mis informantes mantienen cierto recelo a enlistar otros tantos puntos geográficos, pero yo casi estoy seguro -y digo casi porque no he viajado a más lugares del interior, norte y sur, a excepción del D. F.-Estado de México, donde no he visto, y de Sinaloa, 'onde tampoco- de que La Michoacana es una especie de plaga del antojo que se extiende en muchos otros desolados parajes del territorio nacional.
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Y ya sabrán los que han probado sus productos, que venden de todo y en toda cantidad posible, sin restricción de dosis para diabéticos, ni inclusión de menú light como el de Dolphy. Es más: uno sabe que si se zampa una o más bolas de sus helados cremosos -mucho, muy cremosos, a punto de turrón-, o uno de sus pequeños -es un decir- vasos de agua fresca -que casi tiene el mismo punto de azúcar que un terrón de ídem alcoholizado-, o una de sus míticas -y místicas- paletas heladas, la cosa se va a poner fea en sangre -entiéndase "la cosa" como "el nivel glucémico"-, y al rato, si lo que buscábamos era bajar el calor, la sed y el sueño, vamos a estar más acalorados, más sedientos, y más hiperactivos.
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Yo por eso prefiero, desde que más o menos intento controlar mi índice de masa corporal, ignorar a la satánica purépecha y pasar de largo, preferentemente sin ser visto. Y es que, si bien podría aclarar que a mí lo salado me llama mucho más la atención que los productos obtenidos tras el procesamiento de la caña de azúcar, La Michoacana bien podría persuadirme con otro de sus magníficos y satánicos remedios pa'l antojo: nachos, palomitas de maíz o incluso banderillas -sujeto a disponibilidad y sucursal-, forman parte del extenso -inacabable, diría yo, inmesurable- menú de la tétrica y despiadada paletería.
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Y si bien su cúmulo inabarcable de productos disponibles -y dispuestos- es ya en sí un dilema, otro, bastante serio por cierto, sería la cuestión de la gran cantidad de sucursales que abundan en los lugares antes mencionados, y sin que nadie sepa, contrario a lo que sucede con otros grandes magnates, bien a bien el nombre del propietario.
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Me dicen mis informantes que corren al respecto múltiples informes: hay quien dice que la franquicia, si es que es tal sistema organizacional de comercio, opera bajo el nombre de un conjunto de hermanos michoacanos; otros, más osados, aseguran que la franquicia -y con ella el nombre de la misma- no le pertenece a nadie sino a quien la trabaja, y eso explicaría que no haya uno sino múltiples dueños, cuyos miles de nombres nadie quiera, ni pueda, ni tenga pa' qué, recordar; unos más, que a mí me late que algo se fumaron, aseguran que La Michoacana es un intento extraterrestre por controlar la ingesta mexicana de carbohidratos simples a través de la excesiva dosificación de los mismos -osea, que los aliens nos quieren poner pandos pa' luego, quizá, y esta hipótesis mía demostraría cuán fumado ando yo también, cenarnos en Navida'. Ai' queda-.
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Yo, por si las dudas, prefiero tomar mis nieves en establecimientos de menos dudosa procedencia. Ya si Dolphy no le pertenece a Horn como el decía, o si los Blizzard de Dairy Queen son todavía más dañinos que la insufrible glucosa de las paleterías La Michoacana, me quedará por lo menos la satisfacción de haber consumido algo no tan mexicano, no tan presente, y no tan intrigoso. Yo, como verán, no me ando con las dudas. Pero eso sí: antes inseguro que abstenerme del helado.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

La cosa es que no hay franquicia, es que hay tipos que salen de Tocumbo, Michoacán -y alrededores-, la tierra del healdo y ponen sus paleterías.
Yo trabajé en una y preferiría no hablar más de eso
Punto

Victor H. Vizcaino dijo...

MMM, pues yo solo se que no se nada, pero eso si, yo sin pena ni gloria me sambuto en el helado, mi metabolismo es tan genial, que la engordadera y sus sucursales, se van como un changarrito sin una planificacion previa, mi cuerpo cobra mas Impuestos que el mismo gobierno mexicano.