miércoles, 13 de agosto de 2008

Justicia a ciegas.

Para Lydia Cacho,
quien vive de la verdad... a costa de ella.
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Si yo me decidiera hoy día, en un arrebato de profunda y mexicanísima araganería -"flojonazo", diría mi católica y a todas luces abueleable madre-, a cerrar este blog que es mío y también suyo porque ayudan con los gastos, me vencería sin duda el catálogo de noticias por comentar, notas no muy melódicas que, provenientes de esos que se llaman a sí mismos políticos, llenan de jugo sabroso la capacidad inventiva de uno que otro columnista-bloggero, y elevan los niveles sarcásticos del crítico político hasta cifras nunca vistas. Dan material nuestros asalariados gobernantes, pues.
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Aunque el gobierna(conlacola)dor de Jalisco, Emilio Gonzáles Márquez, ha estado muy calladito y quitesito -yo que los que están con él, le revisaba las manos, no vaya a ser que esté practicando robo hormiga con el dinero que, luego ya él fuera del Palacio de Gobierno, se busque y falte-, algo raro en él, y aunque nuestro presidente nacional ha andado medio apagadón en eso de dar de qué hablar, el que paga ahora las copas de todos es el siempre lindo, servicial y a todas luces casto y áureo -muchos ? para todo lo que acabo de decir- Mario Marín, gobernador de Puebla apodado por una de las tantas liendres a las cuales ayudó a salir impune, de cuyo nombre no quiero acordarme, "el gober precioso".
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Resulta que ayer Marín -hasta da asco escribir su nombre- se plantó en un acto público para dar banderazo de salida a los no sé cuántos camiones repletos -hasta el tope tope- de libros de texto gratuito que habrían de llevar el precioso -aquí sí no da miedo regalar el adjetivo- material escolar a las comunidades más marginadas -apartadas por ende- del estado poblano.
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Y las fotos reflejan un Marín impunemente sonriente -todo lo que provenga de ecce homo es con seguridad impune-, blandiendo en el aire con singular alegría -se le nota la sonrisooota en la carooota- una bandera con el símbolo de su administración -así o más campaña política hacia la presidencia-, símbolo tambíen del progreso que el Santo Gober espera para el país en que vive y deja vivir -notarán el sarcasmo, espero-.
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La patota aquí la metieron los sarnosos, malintencionados y riegasopas reporteros, quienes, llevados por un insano espíritu investigador, pidieron abrir los camiones para constatar el estado del material educativo propagandeado. Me puedo imaginar perfectamente a toda la bola de encargados del evento mirarse asustados, temblar, correr por todas partes cual pitufos ante la llegada de Gárgamel, descontrolarse, inmutarse.
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Pero como la prensa es la prensa, y contra ella ni el clero puede -que ya es mucho decir-, los organizadores cedieron -y se dieron también- a la presión de la prensa -que si te pesca te prensa bien y bonito- y abrieron los priístas camiones sólo para mostrarle al mundo la indecisión de sus decisiones y la sombra corrupa que los cobija como hijos del mismo Gober asqueroso: los camiones iban no con menos ejemplares de los prometidos, ya ni siquiera ejemplares incompletos... ¡sino sin ejemplares!
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Sí, leyeron bien. Para cuando el descubrimiento se realizó, Marín ya hacía tiempo que había uído y se encontraba en algún tugurio maloliente saboreando la pulcritud de su asquerosa parafernalia propagandista. "Ora sí les di atole con el dedo... y gordo", me imagino que comentaba entre carcajada y carcajada con sus sabandijas ayudantes y ayudantas -?-
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Lo que más puede ponerme a temblar es el hecho de que, al dar el banderazo, el seudointeligente gobernante se echó todo un discurso -speech, dicen los gringos, una palabrita que suena más a frenón de llanta que obra cosa- sobre cómo esos libros eran símbolo de la educación que su gobierno ha descubierto como el inicio del progreso -ah, jijo, el hilo negro en esencia- para las regiones apartadas del estado que finge gobernar con decisión y sabiduría.
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Osea que no hay educación, y no hay progreso. Triste la situación de los apartados en Puebla, y en el resto del país, pero triste, aún más triste, la situación de todos los no apartados que, aún viviendo en ciudades, nos vemos gobernados por verdaderas jaurías de perros lamehuesos y escorias semejantes.
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Cuando en la FIL pasada descubrí en el stand de su casa editorial a una muy templada -y guapísima- Lydia Cacho, justo un día después de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación exhonerara al sarnoso Marín de los cargos generados en su contra por su supuesta participación en el secuestro y tortura de la escritora y periodista, acaecido en 2005, no pude más que acercarme, pedirle unos segundos de su atención, y hacerle ver, con malescogidas palabras, mi indignación hacia el asunto. La señorita Cacho me miró con el mismo gesto que he visto en el niño que, golpeado, es obligado a pedir perdón a su agresor, y se limitó a contestarme: "Gracias. Esperemos esto llegue a alguna buena parte pronto".
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Marín sigue libre, haciendo de las suyas y demostrando su poca capacidad no sólo para gobernar sino también para hacer prudente su corruptela, Cacho sigue buscando justicia, y los niños de Puebla, y de todo el país, esperando sus libros de texto. Yo, como todos ellos, sigo esperando que México sea algún día un país de justos y no de sabandijas. Yo, creo, seguiré esperando.
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¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

MMM...

Pues que te diré...coraje en estos casos nunca falta, recordadas de mamá tampoco, pero te comente en una ocasión que con buenos ciudadanos buenos gobernantes, y eso es uan realidad, y pues sinceramente si uno no hace algo, por mas mínimo que parezca, nada cambiara, y créeme que tu estas haciendo algo, al informarnos.

Pero una pregunta un poco fuera de lugar y para romper el hielo, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¿Qué quiere el seguro social –IMSS-? !!!!!!!!!!!!!!!

Respuesta: SALUDDDDDDDDDDDDDDDDD.

(lo pongo por que tu siempre terminas con: Salud. JAJAJA)

Wendy Piede Bello dijo...

No inventes, pero de un tipo de su CALAÑA no se puede esperar menos. Y eso de la clave del progreso, yo lo creía antes, hasta que mi maestra de historia de la prepa me dijo: sí, pero primero hay que dar de comer. Mucha razón tiene ella, creo.