viernes, 15 de agosto de 2008

Información a prueba de minis.

Yo creo muchas cosas. Creo que el pan Bimbo sabe mejor con Nutella, y que lo bajo en grasa no es tan sano como lo pintan -a las pruebas me remito-. Creo también que todos tenemos derecho a opinar, y que entre más opinamos más somos capaces de formar criterio, de modo que toda opinión no es acertada o incorrecta per sé, pero sí per sé es parte de un proceso de comprensión y decisión. Finalmente, creo que el mejor informado es el que mejor puede opinar. -¿Qué tienen que ver el pan Bimbo y la Nutella en todo esto? Nada; despiste del enemigo, que le llaman-
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Por eso es que me punza en el hígado cuando le dan el micrófono a malos opinadores -mal informados, antes que nada-, pues mi alma -opinadora, de hecho- entristece al pensar que las malas opiniones de otros generarán confusión en los muchos mexicanos que nunca están informados, o que ven palabra infalible en las versiones de los malos opinadores a los que acuden en pos de información.
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Ya sabrán, y si no se van enterando, que estoy hablando del extraño y repugnante modus operandi de la prensa mexicana que, al menor asomón de cualquier cosa, corre con sus micrófonos a preguntarle a cuanto cardenal, arzobispo, diácono o abad se le aparece en el camino para ver qué opinón guarda al respecto de asuntos tan inútiles como que llovió en Pátzcuaro, que el gobierno federal imprime en hojas recicladas, o que al nuevo Iphone se le queman las bugías, todo lo cual genera a la larga un cúmulo de opiniones tan idiotas -ahí disculparán- como innecesarias.
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Innecesarias, pero terminan haciendo creer a los fieles -extraña palabrita que me huele a fanatismo y a ceguera- que todo es malo, todo es bueno, todo no es, todo es más o menos, o lo que sea que los clérigos apunten. Y la confusión, clarito está, no se hace esperar, dejando a los pobres neomexicas, con aspiraciones a católicos, descerebrados, desquiciados y desinformados -sí, peor que si oyeran misa en latín-.
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Uno de los ejemplos más frescos está en la reciente declaración por parte del Arzobispado mexicano -les explico brevemente, por lo menos para que estén informados: un conjunto de parroquias forma un decanato, muchos decanatos están integrados en un arzobispado, y varios arzobispados están bajo las órdenes de una arquidiócesis-, que, lleno de inteligencia, sabiduría y profunda gracia divina -?, ?, ?-, razgos innegables que siempre le caracterizan en cada una de las acciones que emprende -más ?-, afirmó la semana pasada -bueno, la que está por terminar- que para disminuir el índice de violaciones sexuales, las mujeres mexicanas deberían dejar de usar minifaldas y escote, y resignarse a buscar prendas "que provoquen en menor medida la lascivia y el pensamiento libidinoso de sus compañeros masculinos".
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Dejemos a un lado, por bien de la objetividad -?- que caracteriza a este blog mío, el hecho de que a mí, siendo muy sincero, las minifaldas no me gustan nadita -me parecen, más bien, un artículo en demasía cutre e inapropiado, sobre todo para la anatomía celulosa propia (y divina) de la mexicana promedio, la misma que usa la prensada prenda y quien suele tener aguayones muy chorridos y caderas muy apretadas, lo que hace quedar a la minifalda en calidad de emboltura de jamón endiablado Fud-.
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Y dejando de lado eso, será trascendente decir que uno no puede imaginar a México sin minifaldas. No, al menos, al México de las instituciones -mal que bien, pero las hay-, ese México lleno de mujeres burócratas pelospintados que, sí, adivinaron, no pueden resistirse a usar las minifaldas, se vean en ellas como chorizos mal envuentos o no -tengo la ligera y casi confirmable impresión de que las trabajadoras del Estado tienen la idea de que entre más apretadita y sobre la rodilla esté la minifalda, más agarrará parejo la portadora y más leche y tortillas llevará a la casa-.
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Por eso es por lo que el inútil consejo del Arzobispado sobra y causa disgustos. Por eso y porque hace el garrafal intento de proveerle a una simple prenda femenina toda la responsabilidad de un conjunto de hechos deleznables y a todas luces producto de dos faltantes gravísimas y antiquísimas en nuestro país: información y educación -que, casi casi, van de la mano-, como si el escote -ése es otro cantar- o la minifalda tuvieran un chip especial que activa a los violadores mexicas y provoca actividad irregular en ciertas áreas cerebrales que despiertan los más bajos instintos. Como diría La Wendy (antes La Malagueña): "Que no mamen" -sic, sick-.
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Yo digo que la solución a todo esto -la desinformación, el clero bocón, las violaciones, la minifalda burócrata mexicana- está clara y consisa: déjense de cosas y comiencen a informarse. Y, ya entrados en la información, edúquense. Ese consejo les doy, porque su amigo el blogero soy, pu-púh.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

A huevo, que no mamen. Eso de las violaciones es una cosa de, bueno no sé exactamente de qué, pero mi filosofía la expreso en palabras de la gran poeta Jessy Bulbo: "me da miedo que pase de moda la minifalda y ya no pueda enseñarte las piernas".
Según tengo entendido a la Jessy, que además de las piernas enseña el pettit chicharrón que tiene, nunca la han violado.

Victor H. Vizcaino dijo...

MMM…
A donde iremos a parar con tanto inculto.
Las minifaldas suelen ser sexis, pero por supuesto que no son motivo de violación, ya que yo con pans y chamarra de cuello de tortuga, me pongo en la esquina para cruzar una calle y me gritan “si fueras depreciación económica, no me importaría quedarme pobre”, imagínate, los violan o las violan por que hablan sin saber. Gracias.
A pero eso si, atención mujeres que lamentablemente tienen cayo de andadera, por favor, ayúdense y no las usen, y si les gusta mucho usarlas, que no sean apretadas, esa llantita no les ayuda.