viernes, 15 de agosto de 2008

Inercia.

Una tarde, dos mesas, poco más de cinco o seis equipales, un dominó, muchas rondas de bebidas y botanas varias, las voces ajenas que, confundidas con el rumor de las propias, hacen el trago más amable. No se necesita más, llegué a la conclusión el otro día, para que el pasado arribe al presente y lo sorprenda con su fragor de episodios terminados.
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Hace unos días, y usando de pretexto el vigésimo aniversario de nacimiento de la siempre dadivosa Casicasi, varios de los que solemos estar nos reunimos en un café del centro de la ciudad para recuperar fuerzas. No, no habíamos corrido un maratón, pero el último semestre nos había dejado con el sabor de la distancia en nuestras bocas, y el extraño rumor de la separación en los oídos.
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Sucede que los caminos se abren poco a poco, y uno ni cuenta se da. Yo tengo en terrible error querer tener a mis amigos en un estado de latencia aparente, de modo que nada en ellos cambie en relación a mí, ni en relación a nada. Pero mi error maquiavélico lo pago caro: cambian, y gacho, y todavía se toman la molestia de pedirme unirme al cambio. Y como uno es en ciertas cosas un cuadrito reticente... pues ya sabrán la pugna interna que se arma entre conservadores y cambistas.
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Por eso reunir a las mismas cabezas que en algún momento hicieron una parte del camino muy muy muy juntos -casi o no casi sexualmente hablando-, es hojear el pasado e intentar descubrir qué tanto somos diferentes, qué nos ha modificado, qué tanto la modificación es favorable o qué tanto, más bien, debería de haberse quedado todo como estaba. Yo en esta reunión he encontrado de todo, y eso que todavía no la digiero por completo.
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Viéndolos charlar y reír al final de la misma, cuando ya muchos de los que no estuvieron en el mismo camino el mismo periodo de tiempo se habían ido, recordé aquella tarde, no muy lejana, cuando mi terapeuta -gracias a mi hermana la menor por el eufemismo- me cuestionó sobre qué me unía a mis amigos. Tardé minutos en contestar un ligero y casi inaudible: "nada, creo, quizá la inercia". Me imagino que se sorprendió, pero como es muy profesional supo entender rápidamente la cuestión: "la inercia es lo único que nos mueve en los tiempos difíciles", me respondió.
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Pero claro que tenemos cosas en común, como el hecho de que nos gusten algunas de las mismas películas y algunos de los mismos libros, o que hayamos tenido -o estemos teniendo- experiencias similares en todos los aspectos de la vida. El punto es que todas esas semejanzas son tan mínimas que, si no me dedicara a observarlas, me serían totalmente imperceptibles.
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Pero no sufro con la cuestión de la inercia. Como dijo mi terapeuta, estos tiempos difíciles requieren del mismo movimiento que los sencillos, y si uno no está de ánimos pa' caminar, por lo menos que sea la inercia lo que lo mueve es bastante liberador. Recuerdo aquel viejo refrán de los dos amigos que se encuentran en el Ades, y al mirar hacia atrás en el camino, uno de ellos le reclama al otro porqué lo dejó sólo al notar sólo un par de huellas marcadas en la arena. "Ese par de huellas es el mío. Fueron los momentos en que te cargué porque no podías con tu alma", le da el otro por respuesta. Tómala. Tómolo.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

La inercia es lo único que tenemos seguro.
Beso para tí, bombón.
Si me hubieses preguntado eso, igual hubiera salido corriendo, pero si me preguntas ahora quiero que te llames "mi amigo", pero no uno cualquiera, uno de los mejores.