miércoles, 27 de agosto de 2008

Entre la desidia y el atril.

Mírenme aquí: dos artículos por entregar al periódico para el cual -mal que bien- trabajo, ninguno de los cuales está listo, ni redactado, ni pensado siquiera; dos lecturas pendientes -una de Cervantes, de quien espero hablar un día aquí sin meter en exceso la pata, y la otra de Miguel León Portilla, que siempre me ha caído bien pero que odio leer de a fuercitas-; mucho dinero por ahorrar para un próximo viaje del cual ya les hablaré -"es que si no se ceba", diría mi tía Enmiresca, que tiene una fábrica de jabones-; y muy pocas ganas de hacer todo lo anterior.
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No, no es cierto. Habría que sumar el hecho de que lamento ver cómo mi fortuna -?- se dilapida poco a poco en los inicios semestrales -éste, da la casualidad, es un inicio semestral- entre útiles, órdenes de pago, transvales y botellas de agua -¿qué creían que iba a morir sediento con el calor infernal premonzón que baña la ciudad a mediodía por estas épocas?-, y que esa lamentación se transforma en desaceleración de mis ganas de hacer las cosas. Los libros los pongo aparte, porque como ya imaginarán, amo comprarlos, y son un gasto que hago todo el año, tenga o no dinero para subsanarlo -¿habrá un grupo de bibliófilos anónimos?-
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La cuestión está en que el blog es en estas circunstancias más un distractor que una ayuda. Si bien ciertamente tengo mucho por escribir -para platicar la emoción que me causa ser testigo un semestre más de los coqueteos eternos entre la literatura y la historia (estoy apunto de caer en el mismo caso dadivoso que cierto profesor me planetaba hace unos meses: "vivo en matrimonio con la literatura... y en amaciato con la historia")-, también tengo mucho por investigar, por leer, por informar. Y es que el problema radical del periodista no está en el hecho de que tiene que estar enterado... sino de que su entendimiento de las cosas tiene que ser transmitido -si no, se queda en informado, no en informador-.
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Ni hablar. Tendrá uno que resignarse, bajarle al blog y subirle a la nota roja y a Sor Juana. De ésta última también espero hablarles pronto. Porque, si no lo habían notado, algo tengo de esencialmente feminista -hembrista, me dijo una vez una maestra, cuando aseguré que la literatura masculina (tómala, también con ellos/nosotros se puede hacer segregación terminológica) era particularmente grotesca y sexualdemócrata-. Así que la monja jerónima me cae rebien, sumado el hecho de que Sor Juana tenía ese afán que yo valoro tanto en los mortales comunes y corrientes -y más en los corrientes que en los comunes-: el conocimiento.
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En fin. Mucho por hacer y poco el tiempo disponible. Con eso de que tomé materias para reponer mis vacaciones del semestre pasado -¿cinco materias cuando lo bello y funcional es tomar siete? No tuve perdón de Dios-, voy a estar peor que como negro -no se considere a ésta expresión un acto racista, sino un reconocimiento de la voz popular que así se refiere al trabajo forzado. Muera el pueblo-, y muy probablemente no me van a ver ni el polvo. Yo nomás aviso, para que luego no me pasen a reclamar cuando vean este baile medio abandonado. Silencio, letrista trabajando.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Tú explicación sobre el comentario NO racista, fue como el: "se me olvidó subrayarlo" de la chilena: innecesario, exagerado y ñoño; lo cual no quiere decir que esté mal.
Respecto a lo publicable, recuerda que se rumora que Pepe me hizo ojitos y yo ni en cuenta.
Sobre eso de los trámites, qué trámite hiciste, ¿es un secreto o algo así?

Victor H. Vizcaino dijo...

Holaaaa de New:

Pues yo aquí poniéndome al corriente y a lo que note, no has descuidado ni mínimamente el blog, al entrar sentí que no había entrado en uno 3 meses, en fin, comencemos.