domingo, 31 de agosto de 2008

Cuando los ricos también lloran.

Mi amiga La Wendy habla con la verdad, y no le sobran motivos. Al menos en parte. Y yo al respecto debería de guardar silencio, porque mi opinión es en mucho contradictoria. La cuestión está en que este es un blog multitemático -ecléctico, dijo mi buen El Alejandro, y yo sigo creyendo que esa palabrita suena más bien como a aparato ortopédico-, así que no puedo dejar de lado los temás que impactan, que sobornan, que usan taparabos -sí, así con r y no con rr, para que se oiga menos "grrr", omitiendo el uso adecuado del lenguaje que, claro está, no es mi fuerte-, o que simplemente me causan conmoción.
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El día de ayer, sábado, muchos dejaron la comodidad de sus Cádillacs -¿sí es así, u omitimos el acento?-, sus sillones Chocolat y sus salas VIP, aflojaron sus Cartier y dominaron el impulso de forrarse de Scappino de cabo a rabo, y, saliendo fuertemente escoltados de sus casas, arribaron a una -o más, porque con eso de que son ricos, quizá hasta compraron su multipresencia- de las múltiples marchas que se organizaron a lo largo de todo el territorio nacional con un mismo hilo filial: reclamar la respuesta de las autoridades ante la creciente -casi imparable- ola de inseguridad que, vorazmente, ha estado azotando en recientes -?- fechas el México de todos, ricos, pobres, falsos y veraces.
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Si hubiera sido solo así, yo le cedería a La Wendy el derecho de hablar por mí, y me limitaría a hacer de esta entrada un alegato sobre, ¿qué se yo?, el regreso de Britney Spears a los escenarios, o el próximo estreno estelar de la versión cinematográfica del clásico -es un decir- de Ángeles Mastretta, Arráncame la vida, ya antes presagiado en este baile, o sobre mi próximo -y ansiado- viaje a Ciudad de México, cuya hora de salida y llegada ha variado gracias a modificaciones estratégicas en los vuelos de Interjet, o sobre la manga del muerto, o lo bien que La Casicasi afirma se duerme en mi casa, o sobre lo difícil que me ha resultado leer un libro tan espectacular y servicial como La Visión de los Vencidos, del indomable Miguel de León-Portilla.
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No hablaría, pues, del hecho de que la marcha contra la inseguridad fue planeada por la élite para llamar a la élite misma a levantar la voz en contra del asesinato -que es en realidad la gota que derrama el vaso, o que hace a las tiendas Ferragiamo vaciarse en un santiamén- de uno de los miembros de la élite, el joven -niño, diría yo, ¿qué no daría por volver a tener sus años? (¡Cálmate, ruco!)- Alejandro Martí -sí, hijo del dueño, o algo así, de las tiendas de artículos deportivos Martí de toda la República-.
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Así es, coincido hasta ahí. El punto es que, planeada o no por los high class, la inseguridad que ha delatado -o más bien, hecho hervir- el asesinato de Martí hijo, es un asunto que nos compete a todos, absolutamente todos, incluso a los asesinos mismos, los que vivimos en esto que aún, y quién sabe por qué, llamamos México. A todos. Yo no conozco un hombre o mujer mexicano que diga con soltura: "A mí que me asalten", porque todos, así tengamos media tortilla para pasar el día, o un plato de enchiladas Sanbors, todos estamos dispuestos a defender lo que hemos adquirido, ya a costas del trabajo de otros, ya a costas del sudor de nuestra propia frente.
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Lo digo porque lo sé. Yo, clasemediero, he sufrido en carne propia el terror de entrar a una casa que sientes violada, vejada, sucia, porque un ladrón la ha saqueado; yo, que viajo en camiones, he mirado con impotencia el rostro perplejo de una mujer que es asaltada; yo, que trabajo para vivir, he visto desaparecer ante los ojos de mi madre su camioneta blanca que, como mensaje de paz, es el contenedor principal de sus ingresos; yo, que soy sólo un ciudadano más de esta Nación -o algo así-, he visto los ojos rabiosos de mis amigos ante la ausencia repentina -y violenta- de sus útiles escolares, sus libros, sus apuntes.
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Porque la inseguridad es un tema que nace en el hambre, cierto, pero se propaga a todos, los que fabrican el pan y los que no lo puden comer. Por eso creo en la marcha, con luz o sin ella. Y es que, ante todo, hay que ser concientes: si alguien puede hacer un cambio sustancial en este país, si alguien puede hacer que las altas esferas giren en reversa, si alguien puede modificar leyes y generar acuerdos, ese "alguien" es el grupo élite, la alta esfera misma. Y si el grupo élite marcha exigiendo la seguridad que yo también necesito, ¿qué me impide marchar con ellos, creyendo en el cambio que solamente sus morlacos pueden generar?
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Sé que me estoy viendo bien agregado cultural. Yo no soy élite -lo fuimos un tiempo, mi familia y yo, y no hemos considerado regresar a la misma mierda existencial-, eso también es cierto, pero soy conciente de que hacer una marcha de y para los ricos, y otra de y para los pobres, conciente claro de que lo que se necesita es levantar la voz y exigir, no hará más que segregar más a este país mío que ya no halla su lugar.
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Si me lo preguntan, yo no marché. No porque considerara el evento como una caravana de la marca costosa, ni porque creyera que se trataba de una exhibición de perlas, joyas y metales preciosos. No lo hice porque tenía que trabajar, pero sí mandé a cuantos pude en representación mía, y según tengo entendido, muchos de ellos, no ricos todos, se juntaron a la bola y también llevaron su velita. Y no, claro, ninguno de ellos iba en afán de lucir sus bolsas Prada o sus tennis Lacoste; su afán era marchar, y lo que otros hicieran aprovechando la marcha, les venía sin cuidado, los tenía sin afán.
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No sé quién, seguro alguien muy radical, pero una persona alguna vez me comentó que la única forma de hacer que el país dejara de padecer inseguridad era robar a los ricos, dando o no lo obtenido a los más pobres entre los pobres. Yo cada vez estoy más seguro de ello. Ahora a los ricos ya les quitaron algo preciado -una vida, rica o no, ¿hay algo más preciado?-, y ya levantaron la voz para dejar ver que ellos también saben llorar. El joven Martí, me atrevo a afirmarlo, no padeció en vida las necesidades en las que otros tantos sí se ven día con día. Vivió y fue testigo, es el punto, en medio de una actualidad contrastante, desigual, injusta, en que reina la ley del más rico, el más ostentoso, el más pisacabezas. Yo, que también he vivido la mayoría de mis viente años en medio de todo eso, puedo afirmar que la única diferencia que existe entre él y yo, es que su muerte levanta ámpula y genera controversia, cuando la mía a duras penas hubiera hecho llorar amargamente -y ni tanto- a unos cuantos conocidos y amigos.
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La cuestión está en que no hay dos Méxicos, por más que lo parezca, y lo que duele a unos también está punzando a otros. A los de Martí les cala no poder lucir sus joyas con agrado; a los de abajo, nos cala estar a la incertidumbre con el carro que a duras penas compré, el pan que a duras penas pagué, la vida que a contadas monedas llevo. A todos, pues, nos compete la seguridad.
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Abraham Maslow, ya para terminar, un humanista bastante inteligentioso -?- del siglo XX, elaboró en los años ochenta algo que luego sus analistas llamaron justamente "La Pirámide de Maslow". Según ésta, la superación de la persona humana está limitada a la ascensión de un conjunto de niveles específicos de calidad de vida. En la base, la satisfacción fisiológica condiciona el ascensión a un segundo nivel: el de la seguridad. Y ahí para la cosa. Si no hay seguridad, olvídense del resto de los cuatro niveles. Los ricos aquí ya protestaron porque la seguridad que pagan no les basta, no les alcanza ante tanta violencia y robo. Y si logran hacer algo por el segundo nivel, cuando suban ellos subiremos todos, en menor grado, en menor velocidad, para encontrar las mismas condiciones injustas, pero seguros, seguritos seguritos.
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¡Salud!

4 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Amén. Creo que esta vez, como otras tantas, no hay nada por agregar.

Alejandro Bercini dijo...

Triste que tenga que morir el hijo de un multimillonario para que el gobierno escuche las quejas sobre la inseguridad. Y al resto de nosotros, víctimas también de la inseguridad, cuándo nos escuchan? nunca jamás, si para ser escuchado hay que comprar tiempo aire de los aristócratas de nuestra bella república.
Pero bueno, al menos algo bueno salió de la muerte del joven Martí (Que patético que tengamos que llegar a esto) y es que la cúpula elite empresarial del país levanto la voz y demandó seguridad para todos (claro que primero ellos y luego los demás, of course), pero entre todos estamos nosotros.

Me gustaría poder decir y creer que esta vez si va en serio, pero ya hubo una marcha contra la inseguridad en 2004 y no se vieron resultados ni cambios, ojalá y esta marcha no termine igual.

Cambiando de tema, leí mi buen amigo de letras que planeas un viaje para acá (la capital de méxico), si vienes te recomiendo ampliamente una exposición fotográfica de "Vik Muniz" en el Colegio de San Ildelfonso, altamente recomendada por varias fuentes mías. Exposición a la cual planeo ir este fin de semana.

Por ahora es todo amigo mío, os abandono por hoy.

Saludos desde Neverland. (próximamente desde otras tierras)

Alejandro Bercini dijo...

P.D. el antiguo colegio de san ildefonoso está cerca del zócalo. No sé exactamente dónde, pero me dijeron que unas calles atrás de catedral.

Victor H. Vizcaino dijo...

MMM.

Igual que Wendy, AMEN.