sábado, 23 de agosto de 2008

Bajo la misma lluvia.

"-¿Y cómo hemos de encontrarnos, entre tanta gente?- ella les preguntó.
-Será fácil, mujer-contestó Ortega- pues seguiremos estando todos bajo el mismo cielo."
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Sorprende la vida aveces. Cuando unos menos espera lo que sucede, sucede lo que no se espera. A estas dos brillantísimas conclusiones -?- llegué hoy cuando, después de poco menos de dos años de no vernos los rostros ni abrazanos los ánimos, los múltiples y variados integrantes del otrora llamado Breakfast Club, nos reunimos con el único objetivo de comprobar qué tanto la vida nos ha cambiado, o qué tanto estamos, tras dos años de talonear, más idénticos, más apegados al parámetro de nosotros mismos.
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Entré al salón apenas dos segundos después que sonó la campana. El receso había terminado, y yo quería unos cuantos minutos a solas, los pocos minutos que mis compañeros podían darme en lo que tardaban en llegar al salón de clases vacío. Regresar a la histeria feliz del bachillerato tras casi dos meses de ausencia por una enfermedad que no sólo casi me arrebata la vida, sino que también casi me arrebata a mis amigos, lo que es peor, es como volver a la vida tras casi morir. Al mirar alrededor, buscando un salón vacío, sentado bajo el pizarrón, mis ojos toparon con la figura encorvada de un El Sexsymbol bastante adormilado y despistado por la somnolencia.
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Nos miramos, como quien ve súbitamente algo que no espera ver, y todavía me pregunto, a tantos años de sucedida la escena, qué me sorprendió más: el hecho de que alguien que casi nunca, durante los seis semestres, me había dirigido la palabra me cuestionara acerca de algo tan personal, o el hecho de que yo pudiera dar una respuesta satisfactoria sin morir en el intentón. "¿Qué pasó, mi Agus, que dejamos de verte tantos meses?" "Anorexia", contesté como quien no quiere confesar lo inevitable. La respuesta de Mario la sigue recordando él todavía, y yo aún más: "Ni hablar, amigo, que lo importante es no morirse antes de empezar de nuevo".
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Las palabras iban perdiendo poco a poco el sentido conforme las repetíamos una y otra vez frente al computador, elaborando en una misma computadora, que nos turnábamos a diestra y siniestra, cada uno su propia tesina a presentar en una semana. El bachillerato puede ser una gran experiencia... cuando los profesores no te obligan a tomártelo en serio. Los cinco, que tirados en el piso nos preguntábamos -a la par que nos quejábamos- cómo sería de difícil estar parado frente a un grupo de padres de familia, maestros y compañeros, hablando lo más profesionalmente posible sobre un tema en específico, teníamos los nervios de punta y las calmas consumidas.
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La Vicky fue la primera que habló, cuando para romper el estrés del momento tuve la osada ocurrencia de cuestionarla sobre su última relación amorosa. "Ya no está, Agus" "¿Por qué?", surgió inevitable de mí. "Porque al idiota se le ocurrió preguntarme si yo estaba completamente segura de que no era lesbiana". La única que rió, quizá ya demasiado acostumbrada a que su amiga contara el suceso, fue La Cotejasentaderas, quien para entonces levantó la mano y comenzó a contar, sin que nadie le cediera la palabra -¿para qué, si al fin y al cabo todos íbamos a hablar?-, su propia historia relacionada con el duro e inseguro rompimiento de La Vicky.
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Para cuando La Contejasentaderas acabó, todos los presentes -bueno, cuatro de los cinco- nos dimos cuenta que teníamos un hilo enebrante en común: todos, en algún momento de nuestras vidas, habíamos terminado una relación -o intento de ídem- al ser cuestionados, o incluso "inculpados" sobre nuestras preferencias sexuales. Lo que siguió fue totalmente idea de La Vicky, que para eso de celebrar siempre se pintaba solita: "¿Y si vamos a un café gay juntos para demostrarles a esos idiotas -claro que eso era un decir: los idiotas (la idiota, en mi caso) ya ni estaban- que si algo tenemos segura es nuestra sexualidad, le pese a quien le pese?"
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Hecho. Dos semanas después cuatro amigos -no tan amigos hasta entonces- estaban brindando juntos rodeados de peluches, guirnaldas, arcoiris y parejas homosexuales respetuosas y a todas luces inteligentes. ¿Que si la experiencia sirvió de algo? Sí, nos demostró a los cuatro que la vida es más hermosa cuando se le vive con todo dispuesto a ella, y que nada puede dañarte más que tomarte en serio lo que sólo los idiotas pueden considerar decir.
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El Breakfast Club se armó de inmediato cuando, ya casi acabando el último semestre, La Vicky, La Cotejasentaderas, El Sexsymbol y otros más, descubrieron que eran distintos, pero que sus diferencias encajaban dramáticamente en un punto aglutinador: todos éramos seres humanos dispuestos a crecer, vivir, hacer de nuestras existencias verdaderos mares de humanidad y felicidad, y creernos la cuestión de que para ser feliz hay que pasar primero por las aguas de la vida.
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Las escapadas a Manzanillo, los desayunos -de ahí el nombre del fugaz grupo de amigos, y de la película homónima de los años noventa que planteaba la amistad de un grupo drásticamente heterogéneo de prepos en detención- fugaces en el Mc Donalds donde justo trabajaba El Apapachoquealivia antes de que yo lo conociera como tal, las tardes bajo la lluvia esperando ser capaces de probar una gota de agua que supiera diferente, las noches frente al televisor empapándonos en galletas y chocomilk -chocomiles, dirían en plural aquí en México-, las mañanas apretujadas, adormiladas, deseadas. Porque no es la similitud lo que une a un grupo de seres diferentes, sino su capacidad para encontrar en sus diferencias comprensión y empatía.
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El Breakfast Club se disolvió tan pronto como cada uno recogió su certificado de bachillerato y entró a la facultad. Aún recuerdo esa última acampada en Manzanillo, cuando mientras veía el cielo estrellado frente a la fogata, La Hippie se me acercó meditabunda, se sentó a mi lado y, con la cabeza recargada en mi rodilla, comenzó a llorar sin que nadie hiciera afanes por detenerla. Cuando se serenó un poco, volteó hacia mí y dijo con ese místico tono de voz que utiliza el ser que ha encontrado la verdad: "Chales, Agus, lo que daría por volver el tiempo y hacer esto desde el primer semestre". Yo, que para los ratos sentimentales soy muy malo, sólo atiné a asentir y expresar: "Sí, Yuda, pero para que eso pase hace falta que no seamos nosotros, y que la prepa haya valido la pena. Y si la prepa valió la pena... ¿qué sentido tendría todo esto?"
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Hoy, cuando los vi llegar a cuentagotas, encontré en sus rostros la mirada del que ha andado dos años buscando algo y no lo ha encontrado del todo. Sé que El Sexsymbol miró lo mismo en mi cara porque, cuando en un momento específico todos guardamos pronto silencio, atinó a comentar: "No hemos cambiado. Seguimos siendo los mismos". No, pensé contestarle, somos todos diferentes, pero seguimos esperando el mismo encuentro, bajo la misma lluvia, bajo la misma noche. Y eso, supera dos años completos de cambiar a palos y tachoneadas.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Cambiar, morir. "Voy a salir vivo de esta ciudad aunque me muera", dijo Homero tras una segunda mala aventura en Nueva York.
Renacer.
La prepa es memorable, yo, en lo personal, no tuve un segundo de estabilidad durante esos tres años: sobreviví al casi divorcio de mis padres, usaba converses y algún par de veces me planché el cabello, es más, hasta tuve un free. Conocí a un puño de mis mejores y eternas amigas-hermanas y recuperé a uno que andaba lejos.
Ver todo ello a la distancia, es darse cuenta de lo mucho que se ha crecido y de lo mucho que todo aquello fue necesario... pero osbre todo, que es pasado y que aunque quisiéramos, no podemos volver ahí, porque sería retroceder y sería como si todo eso no hubiera valido la pena.

Victor H. Vizcaino dijo...

Pues estoy de acuerdo con Wendy, en lo personal fue la mejor etapa de mi vida.

Saludos!!!!