viernes, 4 de julio de 2008

Una de vaqueros.

Les prometo que lo mío fue puro afán científico-experimental, y en el nombre de la ciencia vaya que se pueden cometer barbaridades. Bueno, ese afán, y el hecho de que justo llevaba conmigo los siete pesos que el proyectito de investigación me trajo al costo, hicieron posible la realización magnífica y perfecta no sólo del proceso de observación mismo, sino también del cumplimiento -tachoneado de por medio- de uno de los artículos de mi lista de cosas por hacer en vida.
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Sucede que compré -y leí, las 109 páginas completitas, con todo y comerciales de Cemento Tolteca y créditos incluidos-, un ejemplar de El Libro Vaquero (aplausos, por favor).
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Ya, ya, quiten esa cara. No es para tanto, o bueno, podría serlo, sí, si yo les viniera a decir que a partir de este momento este blog que es mío, y suyo también si me ayudaran con los gastos de modificación, pasa a llamarse "El vaile (sic) del vaquero". Pero no, no es el punto, todavía quedan restos de decencia literaria en esta pluma suya, y tenemos pensado usarlos en su contra hasta que el cuerpo, y el baile, aguanten.
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En serio el mal rato, que podría también deberse a un mal gusto de repetirse el ejercicio, no respondió a otro gran afán que el de la mera experimentación científica. Sucede que a los que estamos haciendo esfuerzos diarios -ok, dije esfuerzos, no puntualicé objetivos ni metas alcanzadas- por el enaltecimiento, estudio y difusión del correcto uso -?- de la lengua española, la literatura en toda su expresión y hasta del lenguaje mismo, siempre se nos está recalcando lo mal que va la industria editorial en todo el mundo -México, ya ni hablemos-, y lo poco que hace ella misma, y la lengua que lleva de por medio, por levantarse ante el asedio de... adivinaron: publicaciones periódicas como El Libro Vaquero, y otras tantas que no mencionaré porque ni las compré, ni me alcanzan los santos ojos para chutármelas completitas sin experimentar un paro cardíaco, o un susto magnífico, o ganas de más.
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¿Y que qué encontré? Nada que no se haya visto ya más que choteado en la pornografía y las tantas revistas de espectáculos que, circulando en todo el país, y hasta importadas de Centro, Sudamérica y España, pretenden contarnos la misma historia: malos contra buenos, buenos contra malos, y las sábanas y las cobijas, el único lugar donde todos están calmados y las cosas salen mejor que nunca.
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Pero que no panda el cúnico. No, asústense mejor de que publicaciones como ésta impidan -es un decir, no he conocido revistita semanal que ate manos o haga ciegos- que sus asiduos lectores accedan, mediante lo que los estudiosos del modo en que aprendemos dan en llamar "puentes de lectura", a obras literarias ya no digamos de más calidad, o precio, sino de más enseñanza.
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Y bueno, sobrarán los traileros, amas de casa y hasta estudiantes, que me digan que aprendieron mucho del contenido temático de títulos como "Flecha ardiente", "Amor en las montañas" o "Labios de seda y fuego", y sobrarán también los que me digan que, si bien no aprendieron nada, en ceros tampoco se quedaron. Tienen razón, la total razón: uno no puede desprestigiar a una publicación por su contenido o fuerza informativa, pero sí puede, es más, debe hacerlo, por su comparación con otras tantas cosas escritas: ¿qué le diría El Libro Vaquero a El Aleph, de Borges, sobre la capacidad del humano de formarse sus propios mundos, sobre la diversidad de esencias existentes?, ¿qué de nuevo le enseñaría sobre la estructura familiar y sus bemoles "Amor al descubierto" a Cien años de Soledad?, ¿tendrá la verdad aquél célebre escritor que dijo, quizá ya muy entrado en copas, que no importa cuánto se lea o escriba en bien del enaltecimiento espiritual, el ser humano siempre volverá a matar, robar y tener sexo ardiente por necesidad?
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Claro que a los que les sirva saber que el sheriff Roth -alto, varonil, de espaldas anchas y pelo rubio, largo, lacio- decidió tener sus encuentros apasionados con la hija de John Mc Cluster, el capataz de Rancho Goodsun, en el pequeño granero del padre los días lluviosos, o que el celoso en el asunto fue el apache Mondoki -ash, demasiado hasta para mí-, está en la total, completa, absoluta, demoniaca libertad de leer la tramita y enterarse de lo acontecido. Yo, lo que sí les prometo, es que siempre tendré a Paz, Fuentes, Dumas -por 2-, Dostoievsky, García Márquez, Arreola, Rulfo y hasta Faulkner, que nada me simpatiza, a todos ellos y otros más, listos en el librero para cuando de verdad se decidan a vivir bien y bonito. No les prometo que será fácil, pero sí les juro que cuando acaben de registrar sus "apasionadas" páginas, serán seres humanos tan, pero tan diferentes, que estarán cambiando el país en donde viven, buscando un mejor trabajo, o, ya de perdis, deseando volver a nacer para tener más tiempo de lectura. He dicho, ya dije.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Una vez me dijiste que tenía cuerpo de personaje -femenino, obviamente- del libro vaquero y hasta ahora sigo sin entenderlo.
Yo estoy leyendo a Bataille... no daré adelantos. Para mayor información revise la entrada próxima de la Wnedy, sin fecha definida, hasta que termine el mentado librito; o asista al club de lectura -para mayor información revise entradas anteriores de este blog, no vaya a ser que no sea bienvenid@- del próximo martes.