miércoles, 9 de julio de 2008

Las patadas con Sansón.

El pasado se ha ido,
el mañana es un misterio,
el hoy es un regalo,
por eso se llama presente.
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Nota al margen: recuérdenme el próximo año, más o menos por estas fechas, hablarles de lo que es la trágica experiencia de un ser humano en un sanatorio mental, y más cuando uno no es el paciente sino que le toca acompañar, de a fuercitas -legales, incluso-, al que sí está malito, y no ve la suya. ¿Y por qué hasta entonces? ¿Por qué no ahorita que las ideas están frescas y todo el público lector interesado? Porque eso implicaría decir lo que no pienso y escribir lo que no creo, todo a fuerza del estress hospitalario. Así que mejor retengan, enjuten y aguanten la respiración. El próximo año, o antes, si me acuerdan antes, en unos meses más, nos vemos.
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Lo que les traigo ahora, nomás para luchar contra los afanes dificultuosos de la vida, esos que nos hacen dar el todo por el resto sin recibir nada a cambio, o incluso perdernos a nosotros mismos, esto que traigo, decía, y hablando de patadas, es más bien un comentario rápido e insignificante sobre la última de dibujos animados que me lancé a ver la semana pasada, cuando las cosas estaban mejor y no había necesidad de estar desvelándose y luego levantándose muy temprano para suplir turnos en el cuidado del paciente.
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Y sucede que yo tenía realmente pocas ganas de verla, pero los comentarios que al respecto me trajo El Tahualpa en reciente charla me animaron. Su hermano, que fue por un tiempo novio de La Casicasi, estudia -no, no juega, yo sido insistiendo que eso también se juega, pero ya me dijeron que lo correcto es decir que lo estudia o lo practica, en fin- kung fu, esa disciplina oriental que es más vieja que el karate -que según mis informantes, es karaté, y según yo, no me importa-, o que el box, y que se basa en la ecuanimidad de los centros espirituales del individuo para acceder al equilibrio completo del ente y su esencia -ya, le paramos o no respondemos-.
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Pues sobre eso mismo, o más o menos, con ese estilo particular gringo que, como dijera el personaje de Maggie Smith en la película Té con Mussolini, todo lo vulgariza, sobre eso mismo, pero más distinto, versa Kung Fu Panda, el último intento de los estudios Dreamworks Animation por llegar al público infantil un verano más, sobre todo ante proyectos anteriores no del todo satisfactorios, como la tercera -y muy, muy choteada- entrega de Shrek, o el todavía más desairado Espantatiburones.
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Pero la patada les salió muy bien, con todo y punto fijo. La película, necesario para el público infantil, y contrario a lo que muchos últimos filmes de dibujos animados tienen, pega desde un inicio con toda la fuerza imaginable y posible. Cautiva la historia de Po -cualquier referencia con Pooh, otro oso, pero menos varonil, es pura y mercadológica coincidencia-, un panda medio atolondrado -cuyo padre, hágame usted el realista favor, es un pato mandarín-, que muere por convertirse en estrella de las artes marciales.
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No bueno, realmente sólo admira a los Cinco Magníficos, que son algo así como Parchís o Timbiriche, pero en versión bien armada y con más puños que greñazos. Y, ya se imaginarán, porque si algo nunca tienen estas películas son argumentos base novedosos, Po termina por azares del destino enterándose que su gran misión vital es ser otro Magnífico, entrenar su abultado cuerpecillo en las artes del ancestral kung fu, y vencer a un puma que nadie quiere y al que todos le hacen el fuchi, nomás porque, hágame usted otra vez el realista favor, es felinamente agresivo.
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Total que ni les adelanto el final -feliz-, ni les paso las referencias al margen de la cinta, las mismas que, como diario, hacen reír a los grandes y dejan con cara de "mi mamá dice que ya entenderé ese chiste cuando crezca" a los pequeños. Destacables, además de la impecable realización, las voces de Omar Chaparro y Pedro Armendáriz Jr. en los papeles principales, y la creación de uno de los personajes animados que más me han gustado, latido, animado a ver la cinta una y otra vez: Yu Güey, el Gran Maestro, materializado nada más y nada menos que en el cuerpo y la razón de una brillantísima y filósofa tortuga que, haciendo honor a su especie, tiene más años que Matusalem.
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Ya, no les digo más porque luego sacan que estoy aguadeando la función -¿ya dije que tiene final feliz? oops, no debí decir que tiene final feliz entonces-, a excepción del dato de que, como toda cinta de animación que quiera estar en los hogares y vender juguetes, ésta también tiene un mensaje interlineado 2.5: no importa si eres gordo, ocicón, chaparro o medio estrafalario, tienes una misión en el mundo, y eres importante, y lo que te propongas lo alcanzarás. ¡Ámonos, que para eso hay vida!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Pues a mi no se me antoja ni tantito. Te quiero. No fui hoy por varias razones que luego te explicaré. Cuidate mucho y que la fuerza esté contigo... no, la fuerza está contigo. Abrazo y beso.