jueves, 31 de julio de 2008

A la vida con una risa.

Este baile es muchas cosas: receptor de expresiones, facilitador-creador de conceptos, aspirante a crítico, generador de comentarios, creador de inspiraciones, inspirador de creaciones, basura, pero nunca, hasta ahora, había sido un fidedigno demostrador de lo extraños que pueden ser los días humanos cuando se lo proponen.
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Sucede que hoy, nomás porque yo ando muy hiperactivo como para estar quieto en mi casa, y porque además La Zucaritas anda en semana libre en la chamba -no estoy yo para contarlo, no ustedes para leerlo, pero La Zucaritas es empleada asalariada clase obrera en una minúscula fábrica de productos artesanales, labor que desempeña con toda dedicación y soltura, sin olvidar el talento que la mueve a mover las manos y generar magníficas y movidas creaciones-, pues decidimos aplicar el tiempo libre a algo provechoso, y sin pensarlo mucho armamos excursión para acompañar a nuestro mutuo y decidido gran amigo, El Apapachoquealivia, en sus horas de labor como encargado de sucursal del prestigiado bazar que le pertenece a su abuela pero que, en una de ésas, termina poniendo a su nombre, expandiendo a toda la república y hasta convirtiendo en un emporio multinacional... y todo eso sin ayudar con los gastos.
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Y ya en el bazar, mientras conocíamos la diferencia entre un mostrador y un exhibidor -aguas, gente, tengan cuidado con lo que piden... porque podría no ser lo que esperan-, El genial, dadivoso y eterno amigo Apapachoquealivia, se molestó en darnos un recorrido turístico por todo el almacén, invitarnos las nieves de garrafa y las Burger King, y hasta arrimarnos a una parada -no es albur- de autobús para empreder el regreso a nuestras respectivas -y lejanas entre sí- residencias. Antes de eso, no sobraron ni las bromas -descubrí que con peluca china me veo como Eloy Gameno, el personaje de Ernesto Derbez que siempre se queja de que lo están ahorcando, pero con menos gracia-, ni los descubrimientos -cuídenme, porque en silla de ruedas, usada o nueva, soy imparable-.
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Osea que todo apuntaba para señalar la ocasión con el símbolo que acae sobre los "buenos días", hasta que, casi llegando a casa, recibí de parte de La Zucaritas, que ya para entonces casi había entrado en su palacio y cerrado las compuertas, un compulsivo mensaje: acababan de intentar asaltarla a unos cuantos pasos de llegar a su cantón.
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No puedo expresar el cúmulo de sentimientos que abordaron mis entrañas. No es que sea yo muy protector de la gente que quiero, pero a mí, para evitar discordias, como diría el célebre y rechoncho luchador del CMLL, Doctor Wagner -ya les contaré mis andanzas en la Arena México los martes de lucha libre, cuando haya más tiempo y ganas-: "en mi casa y con mi gente, se me respeeeeta".
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Así que, presto pa' la orquesto, le marqué a La Zucaritas esperando encontrarla hundida en un sillón, llorando de la impresión, con el rímel que no usa corrido, y el labial que tampoco usa embarrado en el cojín de seda. Nada. Al otro lado de la línea, recibió a mi acompasado susto la clara y ligera voz de mi amiga, tan guapa y cálida como si acabara justo de avisarme que se va al Sorbo Café a ver pasar la tarde. "¿Que te asaltaron?" "Ah, sí, ¿te avisó Victor?" "Sí, sí, pero, ¿qué tienes? ¿estás bien? ¿cómo te sientes? ¿te hicieron algo? ¿llamaste a la policía? ¿denunciarás? ¿no quieres que te mande llevar de Starbucks un tesito de tila? ¿crees poder dormir, así con el susto, con el saco de box que tienes como almohada? ¿est...?" "No, no, no fue nada, sólo intentaron acercarse, me pidieron mi mochila y les dije que no".
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"Les dije que no" es, quizá entre las 153 entradas que lleva este blog al aire, la frase más espeluznante que se pueda imaginar. "Les dije que no", emanado de una mente maestra como la de La Zucaritas, viene a significar algo así como "Amablemente, con toda la humanidad posible, les dije que no". Sí, leyeron bien: cuando muchos otros, cuéntenme entre ellos, hubieran soltado todo y corrido al refugio más cercano, La Zucaritas se limitó a preguntarles a sus asaltantes si de verdad deseaban su mochila, y luego rió, sí, volvieron a leer bien, rió hasta el cansancio del atrevimiento del par de despistados -vaya que lo eran- jóvenes.
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Sobra decir que, al ver la risa extenuante que invadió todo el cuerpo de La Zucaritas, el par de moconetes huyeron como alma que lleva el diablo... y ni volvieron la vista. Yo, valiente como soy -?- hubiera hecho lo mismo. Y es que cuando a La Zucaritas la agarra en curva la carcajada... ni quien la pare, y ni quien quiera. Lo que puede hacer el poder de una simple y sincera risotada...
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"Pues es que pensé: '¿qué traigo?' A lo mucho, de cosas de valor, tu libro -mi ejemplar, autografiado, de El cuento número trece, de Diane Setterfield (para más datos, revisar primeras entradas)-, y me di cuenta que me estaban pidiendo pura cosa 'x', así que no pude más que reírme de ellos". Tiene razón la voz de mi amiga: para reír a quijada suelta, nada como darse cuenta de lo patético que puede ser el miedo cuando se le encuentran tres pies izquierdos.
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La dejé riéndose, le platiqué otra cosa para que se relajara todavía más, y luego regresé a mis andanzas cibernéticas, haciéndole ver a El Apapachoquealivia que la bondad del asunto no está en asimilar la histeria del momento, sino en la capacidad que ha tenido su protagonista, nuestra amiga mutua, para usar su atractivo más espeluznante con el mismo estuche que su arma más filosa -y vaya que sí: si la vieran reír, entenderían la cuestión-.
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Me quedo pensando ahora en qué tanto poder tendrá una carcajada para toda la gente que está teniendo ahora malos ratos en el mundo. Reímos al estar felices, sí, pero reímos también, decía un profesor en el bachillerato, cuando nuestro dolor sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. Por eso los chistes crueles le arrancan carcajadas al ser más bondadoso del mundo, y las situaciones más dramáticas generan en nosotros esa reacción particular que conocemos como "risa nerviosa". Osea que, después de todo, reír es bueno, sobre todo cuando nos acerca a esa cualidad que tanta, tanta, tanta falta parece hacernos hoy día: la empatía
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El día que no oiga reír a La Zucaritas, sentiré que algo ha hecho mal el mundo como para tenerla así. No es que todos los instantes de la vida le deban una carcajada, sino que los que no se la arrancan, la convierten en sonrisa.
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Mañana es viernes. Igual y toca.
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¡Salud!

2 comentarios:

Victor H. Vizcaino dijo...

Primissssssssss. (jajajaja)

Pues yo no se, pero yo insisto, si mis sentidos, que son unos traicioneros (ya que esta de mas mencionar que los he entrenado para ese tipo de momentos, y sobra decir que el entrenamiento creo que no ha funcionado, ya que yo me hubiera hecho pipi) me dieran la capacidad de reaccionar con ese dejo de aspereza que la zucaritas domino, yo no me hubiera conformado con el hecho de que hubieran huido, hasta calzón chino les hubiera hecho a esos cabro...(jajaja). Pues mis respetos a la zucaritas, prometo y juro que a la siguiente la llevo a su casa, y si no traigo carro, la acompaño, y este baile es testigo de mis escritos.
Cambiando de tema no fue molestia darles un recorrido por este "humilde negocio, pobre mansión", al contrario, mis estrategias de mercadotecnia se basan en eso, jajaja, y házmela buena mi estimado, ojala y me quede como rey del futuro imperio, y en ese lapso no estalle la guerra, ya que de nuevo sobra decir que en la familia yo poseo la bomba atómica (puro prevención mi estimado, pura prevención), referente a la peluca, la próxima semana espero tener unas de colores, por si te interesa, te las puedo facilitar para que cumplas las fantasías de tus admiradoras, (jajajaja), y por ultimo pero no menos importante me encanto que vinieran a sacarme un ratito de la rutina, y agradezco muchísimo el favor de que la hicieran de espías con la competencia, quedan contratados como Misteri Choper.

Atte:
“elapapachoquealivia”

Wendy Piede Bello dijo...

Dos palabras y que se lean en tono de niña del Instituto de Ciencias: "¡Qué intenso!"