martes, 22 de julio de 2008

La última y nos pasamos a retirar 2: El fabuloso destino de doña Amelie.

Si el plan funciona,
la pequeña Amelie se convertirá en paladín de la justicia y salvadora de los afligidos.
Si no, pues no.
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Siguiendo con el conteo regresivo, y contando el dos, que da igual si se cuenta de atrás para adelante o de adelante para atrás, porque como está en medio sigue estando en medio, traemos para ustedes, con la formalidad informática que caracteriza a nuestros informantes, el segundo artículo de esta lista de influencias de cada una de las 150 entradas, y las que faltan, de El Baile de la Coma.
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Le toca el turno a una película, por no decir "la" película y verme bastante favoritista, que no sólo ha roto esquemas en lo que se refiere a cine de arte desde su estreno, acaecido en el año 2002, sino que además ha abierto una brecha gigantesca entre ella y el resto de las películas que, nomás para venderse a alto precio a un selecto grupo de personas, ostentan el apelativo relativo de "cine de arte".
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Me estoy refiriendo, y lo haré durante el resto de la entrada, a la genial, estupenda, colorida, original e inspiradora cinta Le Fabuleux destin d'Amélie Poulain, más conocida por el simple nombre propio de su personaje central, Amelie, dirigida y escrita por el también inigualable Jean-Pierre Jeunet, que para mejores señas tuvo a su cargo la dirección de una de las cintas de la saga de ciencia ficción-culto más importante de todos los tiempos, Alien Resurrection (aka Alien 4), del 2004.
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Amelie es genial -el personaje, la cinta- por muchas, muchas cosas: su historia, capaz de trasladarnos del pasado al presente y de vuelta a un tiempo indefinido; su simbología, que plaga cada escena hasta convertir todo el filme en una verdadera fuente de tesis, tesinas y análisis de lo más profesionales; su cuerpo actoral, que es capaz de describir la soledad, la fealdad, la belleza y hasta la inseguridad, en un par de personalidades geniales, o sólo un triduo de tics nerviosos, rasgos característicos, risas especiales, gustos particulares, placeres culposos; su humanidad infinita, producto de ser producto -sic, sick- de un arte tan integral como lo es el cine, de proyectar lo humano hasta que todos, en alguno u otro punto, nos reconocemos en la cinta, en los ademanes de sus personajes, en las histerias de sus historias, en sus amores frustrados o fructuosos; su magestuoso argumento, que combina por igual necesidades y realidades evidentes del homo sapiens, como la subsistencia, la persistencia en el tiempo y la resistencia a vivir; su fino -muy galo- manejo del humor, el horror y la tristeza, la melancolía y el amor, la añoranza, la muerte y el festejo, temas no siempre sencillos, no universalmente asimilados por igual.
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Sobra decir que la cinta de Jeunet ha inspirado las entradas de este baile como ha inspirado la vida de ésta su pluma: ni los amores perfectos me vienen al grano, ni la resistencia de la protagonista a vivir me es desconocido. Ni el fracaso de Hipólito como poeta me tiene sin cuidado, ni la poca resistencia física-más bien siquiátrica, diría yo, dirían algunos junto conmigo- de Georgette me queda como anillo al dedo. Pero así es esto del cine: su éxito como arte no radica en la capacidad de relacionarnos, sino de distanciarnos para apreciarnos mejor.
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Dice mi terapeuta -segunda vez en la semana que la cito... y aún hay más- que la mejor manera de comprender los hechos de nuestra existencia es vivirlos sin estar en ellos. Y tiene toda la razón. Amelie es una película que nos acerca al humano porque nos permite hacer distancia entre nuestras realidades y las de los personajes, que son también como las nuestras, y reírnos de nuestras propias manías, nuestros placeres culposos -sí, yo también disfruto escuchar a los abuelos contar historias y la sensación física de meter la mano en un saco con granos-, y hasta nuestras inconsistencias -"ocho veinticinco, risa estrepitosa; ocho veintiséis, la descarada vuelve a reír"-.
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Y si después de todo Amelie encuentra el amor, no es porque ella sea perfecta, sino porque siempre hay un roto para otro descocido, y un placer culposo callado para otro que también se calla. ¿Entonces son nuestras semejanzas definitivamente lo que nos une a otras personas? ¿Son Amelie Poulain y Nino Quincampoix la prueba irrefutable de que no estamos tan locos cuando nuestra locura es compartida? Yo más bien creo que todo es cine, hasta el amor, hasta la vida misma. Lo que cada uno pueda extraer de ello, es responsabilidad exclusiva de quien lo extrae.
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¡Salud! (sigue continuando...)

2 comentarios:

Alejandro Bercini dijo...

Como siempre y de costumbre, un gran placer leerle mi buen amigo de letras y tinteros. No deja de sorprenderme con sus entradas de temas tan variados y eclécticos. Espero ansioso esa entrada número 150 que, aunque no sea un número cabalístico ni mucho menos, es un grandioso número. Centenario y medio de críticas, comentarios, sugerencias, mentadas de madre, escupitajos, halagos y mucho más. Esperos este espacio suyo siga por muchas entradas màs. Que sus neuronas no se sequen nunca y su mano no se canse jamás de escribir.
en hora buena por este maravillos espacio que da mucho de que hablar y pensar.
Salud!

Saludos desde Neverland! Ciao

Wendy Piede Bello dijo...

Dejemos la clasificaciones técnicas para los expertos, porque eso del cine de arte, que para otros -inclúyome- se llama cine de autor, no es tan subjetivo como parece; y Amelie, como se le conoce de este lado del charco y en español, es un caso especial, es una película diferente y por eso le dicen cine de arte, pero para mí es un film francés de esperanza.
Pensaba explayarme sobre eso de las clasificaciones, pero ni es el momento, ni es el lugar, ni soy la persona adecuada apra hacer, aunque tengo las fuentes para hacerlo -decepciono, lo sé, pero en este caso la fuente "no" soy yo-.
Besos.