martes, 1 de julio de 2008

La crema del café.

¿Cuándo nos convertimos en amigos? ¿Qué hace a dos personas, o más, romper el insólito y despiadado desdén de la simple coincidencia vital, y acceder -accesar no, ni que esto fuera barbarismo- al obnibuloso y ensoñado periodo de la amistad? ¿Es acaso la cercanía, o la diferencia? ¿Lo que nos separa nos hace también amigos, por aquello de que los polos opuestos se atraen? ¿Cuál es la diferencia entonces entre amigos y enemigos?
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Me asaltan tantas dudas porque hoy, como desde el año pasado lo viene haciendo por estas fechas y martes tras martes, por motivos taciturnos el Club de la Medianoche -favor de revisar entradas anteriores, muy anteriores- se ha transformado en el Club de la Lectura y el Café. Y sucede que, como todo club high class que se aprecie de serlo, éste tiene sus requisitos y sus lineamientos.
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Bueno, sí y no. Es requisito ser amigo, pero como nadie ha logrado definir con toda seguridad el concepto de la amistad, es más, ni siquiera nadie ha podido fabricar con todas las de la ley el concepto, quizá al ser algo inabarcable, no nos animamos a poner un requisito tan babas. Es requisito leer un libro semana tras semana, martes por martes, y presentar un informe lo más interesable posible -nota técnica puntualizante del neotérmino: que llame al interés- sobre el material leído, pero la verdad es que muchos de los que nos presentamos a charlar y beber café no leemos ni media página, o preferimos simplemente hacernos pato. Es requisito hablar, pero la verdad es que muchos de los miembros mueven mejor la coma escuchando que parlando. Es requisito estar presente, pero los resúmenes a posteriori de lo tratado son más que comunes en nuestro caso.
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Osea que el único lineamiento fijo que tenemos es armar el parloteo largo y tendido, y preocuparnos porque la única taza de café que nos sirven en el Sanborns las amables -y folklóricas- meseras esté siempre llena y calientita. Fuera de eso, el resto es ilusión.
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Y hoy nos juntamos otra vez, aunque la mesa nada más alcanzó para tres miembros, y como siempre no faltó ni la charla, ni el café, ni ninguno, curiosamente ninguno, de los otros requisitos mamilas. Sobraron las risas, las explicaciones, las críticas y las remembranzas. El Tahualpa, con su personal estilo, realizó una brillantísima disertación sobre los finales extraños de las series japonesas más famosas, mientras que La Casicasi, rítmica como diario, narró en su propia manera el último de sus viajes a la tierra de sus padres. Yo, que andaba con ganas de ver amigos y escuchar sus hazañas, me digné a oírlos y preguntar cuanta duda inútil me venía a la mente: ¿Sailor Moon era niña o travesti?, ¿Los Picapiedra fueron creación de Hannah o de Barbera?, ¿la birria estuvo buena?, ¿qué se siente ser madrina y no morir en el intento?
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Nos faltaron muchos. Quizá eso hizo que la tarde cogeara gravemente de varios de sus pies. Los que estuvimos estuvimos perfectos, pero se hizo notoria la falta de la mirada acogedora de La Malagueña, la inclusión informativa de La Traviata, la observación minuciosa -sin más fines que observar- de La Carlos, y la particular sazón de tantos y tantos otros que, si bien están en el Club, nomás no pudieron presentarse -seguimos esperando el informe de lluvias en los alrededores para justificar las faltas-.
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Ni hablar. Ya vendrán otros martes y otras tardes. Por lo pronto, con el libro a medio leer, ya voy diciendo que ni los que suelen estar son todos mis amigos -certificación en proceso-, ni todos los que faltaron me vienen dando igual. Sin embargo, de algo sí estoy completamente seguro: para ser mi amigo se necesita de todo... excepto perfección. Ya habrán notado entonces que mis amigos no son perfectos, pero son mis amigos, y eso vale más que cualquier tarde de café, lluvia y letras.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Prometo estar ahí para la próxima. Sin falta. Besos.