viernes, 11 de julio de 2008

El que se lee se aguanta.

Para Gutenberg,
sin cuyo invento sería imposible considerarnos humanos. .
Julio y agosto son para mí, desde que la memoria me alcanza, o desde que abrí el primero, el bimestre de los libros. Aunque, según recuerdo, las vacaciones en la primaria solían prolongarse hasta septiembre, o iniciar a finales de junio, privilegio temporal con el que ya no cuentan los estudiantes de nivel básico hoy día, yo no comenzaba a sufrir de delirios lectores hasta muy entrados los días de descanso.
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Quizá esto les diga que no fui un niño tan anormal como las vueltas de las páginas y el conteo de palabras podrían hacerme parecer. No pasé mis horas vacacionales encerrado en mi cuarto, atiborrado de libros como está ahora, quemándome las pestañas devorando verdaderas biblias de más de trescientas o quinientas páginas. No, de hecho jugué y experimenté en mi jardín, torturé bicharracos y amenacé pájaros con la resortera, hice pasteles de lodo y acto seguido ensucié toda la banqueta con el arrebato colérico propio del pastelero francés perfeccionista.
. Pero cuando por julio la esperanza de retozar entre el pasto y los rosales se evaporaba tras la llegada de las lluvias, y se iba con cada gota a la alcantarilla, la única opción para pasar el rato sin horarios, sin tareas, sin nada planeado, y además sin mucha comida apetitosa en la alacena y poco permiso para ir a la tienda a llenarse de chucherías, era hacer algo en casa.
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Cuando mi hermano estaba presente, la diversión no faltaba -sigo dudando de la existencia de ese "Cristal Místico del Mago Merlín" que, según él, estaba extraviado desde hace siglos en algún lugar de la casa, y cuya caída en manos de mis dos horrorosas (ya menos que antes) y brujas (ya men... ok, sigamos) hermanas, acarrearía la perdición del mundo y el monopolio de los juguetes Mi Alegría (no digan que no: sintieron meyo)-. Pero si él se ausentaba para visitar a algún familiar, o salir con sus amigos, o hacer cualquier cosa, hecho muy común, éste su escritor no tenía de otra que buscarse sus propios mundos. Nota aclaratoria: ni los Hot wheels, ni los muñecos de acción, ni siquiera alguna mascota aguantadora, solían atraer mi atención por más de unas cuantas horas. Lo mío lo mío, siempre fue fabricar mi propia magia.
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Y ahí entraba la lectura, cuando la lluvia y las agendas ajenas obstaculizaban todo otro proceso lúdico y creativo. Y sumido entre la Enciclopedia Quillet y Andersen, Wilde y Salgari -a quien yo siempre llamé, vaya uste' a saber por qué, Sálgari-, algo cambiaba en mí cada verano y me obligaba a no regresar, aún yéndose las lluvias, ni al lodo, ni a los bichos, ni a los rosales color durazno que mi madre abonaba con rescoldos de café cada mañana.
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No recuerdo, sinceramente, haber leído demasiado. Sucede que desde pequeño soy distraido, y me cuesta trabajo -ahora menos que en mi niñez- mantener fijos los ojos en una página y no estar pensando en los problemas cotidianos, el dolor de espalda de mamá o la circunferencia de una naranja. Pero sé que leía, eso sí, con mucho entusiasmo y dispuesto a que, ignorando la razón, todo lo que estuviera escrito en el papel me trajera a colación nuevas ideas para imaginar mis propios mundos, o nuevas razones para seguir viviendo en el que otros fabricaron para mí. Sí, interpretaron bien: mi causa de iniciación a la lectura fue buscar la fuente de más y mejores mundos para imaginar, para habitar.
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Por eso este julio, con la llegada de las lluvias, aunque ya no con el periodo de preparación-experimentación bucólica de antes -bonito me vería a mis 20 años, y con mi metro ochenta y tres de estatura, retozando en el jardín y haciendo Gansitos de lodo-, mis vacaciones se han inundado de libros. Ya terminé tres y el cuarto va que vuela para ver su final en función de días.
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¿Será acaso que la lluvia le trae a uno la concentración que le quita al vuelo de las moscas? ¿Será que las aves dejan de volar porque la presión atmosférica le cede lugar a la templanza requerida para abrir las páginas de un libro y tirarse a comérselo completito? ¿Será todo esto parte de algún equilibrio natural y universal, alguna fuerza holística insospechada, estricta, como la secuencia de Fibonacci o la Ley de Gravedad? ¿Seremos los que leemos testigos de alguna especie de treta sigilosa y especial que se establece entre la lectura misma y la Madre Naturaleza? ¿Estaré yo redundando en cosas sin sentido, ajenas a mí, quizá inexistentes o sin importancia, dispuesto a fundar una nueva religión o imitando a las tantas que las estrellas holliwoodenses siguen sin cesar? Un mundo nos vigila.
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Por lo pronto, las lecturas atrasadas de mi librero -yo ya declaré formalmente que mis velocidades de bibliofilia y lectura son desconsideradamente dispares- han ido saliendo poco a poco y, por lo menos hasta que se vayan las nubes y regrese el Sol -en más de un sentido de la oración-, así seguirá fluyendo eso que tengo atorado y que es, fue y será, mi coco: las páginas dormidas que, esperando en el librero, habrán de hacerme ver que no importa qué tanto viva en esta Tierra, siempre habrá algo por descubrir a la vuelta de una página, y tantas páginas que se me escaparán sin leer, que pensar en lo imposible de esta misión de leer todo lo escrito, es pensar en la belleza de la misma (no entendí).
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Si tú no entendiste, yo menos. Jajajajajaja, no es cierto, muy bonita entrada. Besos.