jueves, 24 de julio de 2008

El último y nos pasamos a retirar 3: el show debe continuar.

"Each night, we fight a battle to make this Cabaret girls keep her clothes on their places.
Who knows? Maybe this night we'll lost the battle."
MC, Cabaret (Bob Fosse, 1972).
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Ya llegamos. Andábamos cerca, la vimos acercarse cada día más, y para no dejar le armamos celebración previa con todo y su conteo regresivo. Esta es, oficialmente -aunque muchas de ellas deberían de ser eliminadas por los dolores de cabeza causados, o la pena ajena que da leerlas ahora, pasados los días y asimilados los dolores y los furores- la entrada número 150 de El baile de la coma.
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¿Que por qué celebrar el 150 si la última que festejamos fue la 100? Pues porque si nos vamos de cincuenta en cincuenta tenemos más seguido razones para celebrar, que de todos modos nos sobran, y porque además faltaba algún pretexto para hablar de tres cosas que, a pura fe mía, mi gusto son.
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"Ecléctico" es el calificativo con que, en un mensaje anterior, mi buen amigo El Alejandro -bendigo su nombre y añoro reencarnar en unos padres concientes para que me lo pongan-, designó a éste su baile -el de él y el de todos los que ayudan con los gastos-. Y ecléctico, que la Real Academia de la Lengua Española -sick- tiende a definir como "que profesa el eclecticismo", osea, "que profesa la doctrina filosófica que tiende a conciliar las distintas doctrinas más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas", es el adjetivo que yo andaba buscando para mi baile -bueno, no mío, de la coma y los que ayudan con los gastos- desde que empecé a ver que, lejos de hablar de algo en especial, la letra, por ejemplo, o el signo ortográfico que le da nombre, ésta su pluma se dedicaba a agarrar parejo, cortar a destajo cabezas y armonizar mentes, sin fin específico más allá del de expresar. Y, hasta ahora, nos ha salido bien el juguetito.
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Pero como mi compromiso con el alma lectora -dícese de la entidad formada por el conjunto de lectores silenciosos que nadie ve, pero que todos sabemos que existen- era hablar en esta última entrada, como en las dos anteriores, en una especie de conteo regresivo, de un "algo" que inspire cada comentario de este baile, pues no me queda de otra que contar el cero y despegar: ecléctico como este blog -que no es un blog, saaabe, que es un baile-, diverso, pues, hasta que que se le hinchan los ánimos y sigue buscando más temas por tratar, más canciones para exponer los temas por cantar, más melodías por componer, más tramas por elucubrar, el teatro musical es, por su afán de llegar a todo y con todo -defínase este segundo "todo" como "el poder de la música"-, otra de las inspiraciones de este baile que también canta.
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Aunque su génesis se ubica, según sus historiadores -sí, tiene historiadores, y aquí mis informantes mejor se han mantenido al márgen-, en la inclusión de música en los espectáculos escénicos -humanos, por ende- más antiguos, como la tragedia griega o el teatro medieval, sin olvidar la ópera, el teatro musical propiamente dicho, como subgénero de lo dramático, tuvo su aparición formal en la primera década del siglo XX, cuando la expansión de la estadounidense -muy, muy, muy estadounidense- ciudad de Nueva York, obligó -?, obviamente es un decir, más bien "dio lugar"- a la creación de un centro interurbano (Broadway) donde floreciera un proyecto teatral en gestación: la inclusión de melodías no necesariamente operísticas que contaban, en breves espacios de tiempo -lo que dura una canción, 2, 3, 4 minutos-, partes de la historia, con la obvia y consecuente significación dramática aportada por tonos y variaciones temporales.
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Osea que alguien tuvo la fabulosa idea de cortar las canciones de una ópera para meter algunos diálogos, y de incluir, por supuesto, nacientes variantes musicales como el jazz o el fox trot, y el resultado fue lo que hoy conocemos como teatro musical. Sí, Broadway fue la cuna del producto último, y las mejoras posteriores se fueron haciendo paulatinamente en distintos lugares del mundo.
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A partir de ahí, pues, del primer grano de arena puesto en la paleta por los neoyorkinos, la cosa fue buscarle: de hablar de la decadencia de una gran nación que se acerca a la explosión bélica desinhibida de sus propias frustraciones, con la consecuente trama interna de un trío amoroso que se debilita a sí mismo, hasta tocar el tema de la liberación femenina con mucha sangre "y todo ese jazz", el teatro musical ha ido creando una gigantesca construcción que hoy, ya con muchos años en el bolsillo, crece a pasos agigantados y evoluciona diversificándose peor que rata de alcantarilla en guerra nuclear.
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¿Y que por qué tanta maravilla, si al fin y al cabo es un género popular y muy bacilador, que poco o nada tiene de arte, técnica y realización? Porque nada de esto es cierto. Bueno, lo de popular todavía menos: está más que comprobado que los que no se duermen viendo teatro musical, lo hacen viendo películas musicales. Pocos somos, pues, los que, realmente fanáticos del subgénero, lo buscamos hasta por debajo de las piedras -una vez levanté una que me coreó todo el segundo estribillo de The phantom of the opera, de Lloyd Webber-, y somos capaces, pobres habitantes del tercer mundo, de chutarnos pésimas adaptaciones de guiones y canciones -¿qué se espera de una melodía con fondo y forma específicos, milimétricamente compuesta, que se adapta a un idioma que ni le va ni le viene?- que se hacen en nuestros países e idiomas, con tal de sentirnos más cerquita de Broadway. Todo esto lo convierte, casi casi, en un subgénero de culto.
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Mencioné en el párrafo anterior a uno de los grandes, grandes, graaaandes exponentes del teatro musical neyorkino -está el otro, el de West End, en Inglaterra, que no es más que un esfuerzo mundano por hacer algo para atraer miradas y restaurar el buen -?- nombre del Sacro Imperio Inglés ante la expansión del Neoliberalistadespreciable Imperio Yankie-.
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Me refiero a Andrew Lloyd Webber, creador de piezas únicas -¡gracias al Cielo!- como Jesuscrist Superstar, Joseph and his Amazing Technicolor Rope y Evita (aka Jesucristo Superestrella, José El Soñador y Evita), quien pese a sus tantos esfuerzos por negarlo sigue siendo londinense, y cuyas letras y guiones han sido llevadas más veces a la pantalla grande, en adaptaciones afortunadas y no tan afortunadas -¿Madonna como Eva Perón? No sé qué piense de ello un argentino, pero yo sigo guardándome la opinión-.
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En sus tantos años como creador de musicales, Lloyd Webber -no le digan a nadie, pero el cerebro de Webber se llaman Tom Rice, y aunque da vida a todas las melodías de las obras, nunca nadie lo menciona... hasta ahora-, Lloyd Webber, decía, él y sólo él -?-, ha sido formador y enaltecedor de un estilo particular -el suyo- de hacer y deshacer musicales a diestra y siniestra.
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Quien no me crea, fan de Webber o no, escuche con atención cualquiera de las adaptaciones cinematográficas de sus obras, y notará que el talento del señor don Lloyd consiste en hacer que mucho diálogo distinto quepa en una sola canción que se repite y se repite y se repite durante toda la obra según se necesite. Así, Judas le reclama a Jesús su valentía-estupidez en el mismo tono en que luego todo el pueblo le pide a Jesús que baje de la cruz, o Evita suplica a toda argentina que no la olvide, en el mismo ritmo en que luego un atractivo narrador le canta a la esposa de Perón sus últimos salmos.
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Definitivamente el teatro musical cambiará con Lloyd Webber, sin él o a pesar de él. Evoluciona por su dinamismo -quien diga que no, vea la capacidad que tiene un musical como Sweeney Todd, creado muchos años de que Tim Burton naciera, para ser llevado a la pantalla por la oscura genialidad del director cinematográfico-, su franqueza y su apertura -sí, imaginaron bien, ya hay musicales que versan sobre temáticas homosexuales (Avenieu Q), raciales (The Purpple Color) o que satirizan a los musicales (The Producers, Broadway y su capacidad para revalorarse y observarse)-. Ya hasta tiene su propio premio (el Tony, instituido en los setentas del siglo pasado), y sus propias ediciones de soundtracks. Y a quien no le guste... tendrá que dedicarse a crear un subgénero dramático que, lejos de cantar, calle, eso sin quitarle la chamba a los mimos ni al teatro clown.
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Ya con estas primeras 150 entradas, me quedo más tranquilo. Queda un buen lugar, que es este baile, para expresarse, comunicar, discernir, indagar, preguntar, hacer pensar, o sólo recibir mentadas de madre -sí, mi estimadísimo El Alejandro, también de ésas se han recibido, y son bienvenidas-, comentarios sarcásticos o cultos, burlones o indiferentes. Queda, y con él una cantidad imposible de factores inspiradores que no he dicho y que me muero de ganas por enlistar.
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Osea que quizá repitamos el ejercicio para las 200 entradas, o quizá no, o quizá se me ocurra algo más interesante y deje por fin de hablar de mí para hablar de otros, y convertir este Baile de la Coma en La danza del chismógrafo, o quizá sólo estoy molestando, o quizá es la garantía de tener 150 entradas hablando de lo diverso, lo inusual, lo paradigmático, lo tentativo, lo dionisiaco, lo viniciaco, policiaco, lo abrumador, lo político, lo hablado. Para hablar de lo dicho pero no pensado, de lo pensado pero no dicho, de lo... ya me callo, pues.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Llegandito. Creía que los Tony premiaban teatro en general, no sólo musical. Desvelada. Beso. Esto parece telegrama. Punto

Alejandro Bercini dijo...

Pues Felicidades por tu entrada número 150 que finalmente llegó luego de una larga espera. Y Gracias por la mención =)
Me gustan los musicales, cierto que no soy súper fan de ellos, pero si los disfruto bastante. no he tenido la oportunidad de ver mucho teatro musical, pero si musicales en cine, digo, no es lo mismo pero se disfrutan también. No hay como vivir la adrenalina y sentimientos que escupen los actores sobre el escenario, nada como eso. Una buena recomendación de cine musical es "Across de universe".
Y si no tienes la oportunidad de ir a Broadway para disfrutar de un espectacular musical, bueno, al menos ahí está el DF donde también hay buenos espectáculos.
Bueno, eso ha sido todo por hoy de mí parte, otra vez congratulaciones por tus numerosas entradas y tu excelente habilidad de redacción que me impresiona cada día más. No sería mala idea que fueras de los primeros en leer mi novela (cuando la termine jeje) y critiques al respeto o ataques mi pésimo estilo literario.
Ahora si me paso a retirar y seguir trabajando.

Saludos desde Neverland.