domingo, 6 de julio de 2008

Dinner at Tiffanys.

Ustedes no para volverlo a saber, yo sí con la urgencia de volverlo a contar: este fue -otra vez, otras veces-, un fin de semana contrastante, diverso, múltiple, tanto que llegué a pensar en qué parte de la semana decidí subirme a un carrito de montaña rusa de las emociones para recorrer la vida.
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La Traviata me invitó -otra vez, otras veces- a ayudarle como desarrollador técnico de su espectáculo -staff, aka chalán-, pero esta vez con una condición nunca antes dada por ella en las especificaciones de sus contratos temporales: "Te vas a tener que ir guapetón, porque el evento es bien 'acá'" -nótese que, estudiante de letras y perfecta músico, usa términos mi amiga como "acá", que no son malos, no en este caso, donde todos sabemos que "acá" significa ostentoso, carísimo, very very expensive, de repicar gordo, pero que sustituyen a todos estos como si lo nuestro fuera economía y no ecología del lenguaje. Objeción: a lugar-.
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Pues ya muy perfumados y emperifollados -¿sí se dice así?-, acudimos prontos cual si nuestra agenda estuviera saturada, a cumplir con el compromiso comercial -trabajo, aka chinga-. Nos recibieron en un ostentoso desarrollo hotelero de esta ciudad deficiente en vialidades, o bueno, debería decir nos "recibieron": ya parados en el lobby, dispuestos -me huele a manada, si la que canta es La Traviata, yo nomás me ocupo de montarle el escenario y procurar que la fanaticada esté feliz, y ella también- dispuestos, decía, a arreglarle la noche a un par de pobres individuos -bueno, pobre él, porque ella se veía bastante convencida- que tuvieron la faltante de cerebro idea de casarse -que es como cazarse, pero con más formalismo y permisión social-, y que solicitaron los servicios de La Traviata para animar la amarga noche de felicidad ajena -vieran a los padres, y a los amigos de los novios, y entenderían lo que se entiende -?- por "espectáculo de tortura y pena capital y su disfrute"-, parados ahí, decía, dispuestos a hacer llevadera la mala noche de los novios, un policía de buen gesto -no tenía cara, así que me limito a hacer acopio de mi dadivosidad positiva- nos convidó amablemente a pasar a la puerta trasera para bajar todo el equipo musical, porque, no lo dijo, pero lo pensó, le afeábamos bien gacho la alfombra y los candiles.
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Después de darle la vuelta a la manzana, y encontrar tras arbustos, pastizales y espinos, una que parecía ser una puerta trasera, pedimos entrar y otro amable guardia -ya habrán notado el sarcasmo, ¿cierto?- nos convidó a presentar la carta sindical.
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Sí, yo puse la misma cara de desazón y pensé: "¿Qué artificio malacopa será una carta sindical?" Pero La Traviata, que ya había empezado a colmar su paciencia, y que además es bien acertada en eso de cargar papeles, sacó rápidamente de la manga una hoja bond, tamaño normal, sin grandes adornos ni sellos o firmas, y se la extendió al guardia -ya, pues, la verdad es que sí tenía toda la cara de rothwailer hambriento- con franca expresión de "Si escucho otro requisito, me da algo y le doy yo a usted algo más en no grata sea la parte", expresión que, me parece por la cara de susto que puso, el guardia entendió, y pa' pronto ya estábamos otra vez en la entrada, con todo en regla y el equipo técnico inventariado con todo y etiquetitas azules numeradas.
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Sin perder más tiempo, subimos hasta arriba -aquí sí aplica, no jodan a esta su pluma- e ingresamos no sólo a la fiesta -una recepción bastante lujosa, con más de 120 invitados y todo un restaurant (que, me enteré después, es el más caro de Guadalajara) apartado para tales fines-, sino a la observación de una de las más hermosas vistas nocturnas de la ciudad que he tenido -y tendré, creo- oportunidad de ver en lo que llevo de contar cumpleaños, y también, por la diversidad de los invitados, ingresamos a una noche de bastante pachanga y mucha risa.
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Claro que sobraron los fotógrafos de todas las revistas de sociales que puedan imaginar, las miradas frívolas, los trajes y vestidos de diseñador -"Es un Donna Karan, Maggie, lo traje de Houston aschyer" "Pues el mío es de Sarita" "¿Bustani?" "No, Montiel, lo compré en una subasta en Christies" (acotación: tómate esa, Maggie)-. Pero también sobraron los buenos postres -fuimos convidados gracias a la conciente y estratégica petición hambrienta de La Traviata- la hermosa vista de la ciudad nocturna -¿ya dije eso? oops, lo diré de nuevo: la hermosa vista de la ciudad nocturna-, y hasta un pianista a todo dar que se nos presentó como Gaulerio y nos invitó luego a irlo a escuchar jazz en la nochecita -sí, chucho, ¿y tú pagas mi Coca de cincuenta pesos?-
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Además, mientras probaba a ver si el equipo estaba funcionando bien y repartía sonido por todo el lugar, me topé con la guapísima y elegante presencia de Jacqueline Bracamontes, esa misma chica delgada y guapísima -¿ya dije eso? lo diré de nuevo: guapísima- que estuvo a punto de ganar Miss Universo hace muchos años -ya qué, Jacquie- y que ahora se conforma con papeles pésimos en pésimas telenovelas de Televisa que compensan lo pésima actriz que es -¿ven? la justicia humana existe-. Bueno, guapa o no, famosa o no, fracasada o no, el punto es que La Traviata y yo nos dimos un tacón de ojo contemplándola toda la noche.
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Y nos retiramos, ya entrada la madrugada, dispuestos a quitarnos Chaneles y Diores, montarnos nuestros jeans y eliminar todo protocolo prosible comiendo tacos con las manos, las piernas abiertas y masticando con la boca sin cerrar -muere, Carreño, y luego revuélcate en tu tumba-. Y a mí, ya a esas horas, tanta frivolidad comenzaba a molestarme -y miren que tengo criterio, buen gusto -?- y tolerancia-.
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¿Y qué aprendimos entonces este fin de semana, mis queridos pubertines? Que hay que valorar a los amigos distintos y sencillos que tenemos -la más "estirada" de los míos es La Jirafa, y ya entendió que tener un novio feo no es causa de excomunión-, las familias disfuncionales -aquí otro sobresalto del fin de semana, y éste sí no estoy yo para contarlo ni ustedes para leerlo-, y hasta nuestras caras feas o prietas.
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Después de todo, si mi apellido es Madrigal, o el tuyo Lascuráin o Monterde u Orendáin, siempre terminaremos en el mismo restaurant cantando las mismas canciones y comiendo los mismos postres. ¿No te gustó la idea? Pues consíguete tu piso y monta tu fiestecita, no pasa de que no cante La Traviata y Jacquie Bracamontes se prive de su augusta y artística presencia -yo le disparo el cuchillo para que se corte las venas, sin compromisos, chula-.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Que bonito es lo bonito, y eso de disfrazarse de etiqueta -dizque- a mi también me tocó el sabadaba. Ya recordé la última vez que fui a unos 15, hace como 3, el cumple de mi vecinita que luego decayó a cuñada. Que siga el bailongo puej.