sábado, 26 de julio de 2008

Cayó cerquita el reflejo.

"Lying is the most fun a girl can have without taking her clothes off,
but is better if you do".
Natalie Portman, Closer (2004)
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No sé mucho del asunto, pero lo que digo lo digo con toda mi capacidad filosófica puesta en ello. En la historia del cine, hay en general dos clases de buenas películas: las que hablan del humano, y las que dialogan con él. Las unas nos permiten observar nuestros reflejos, o nuestras semejanzas, o nuestras radicales diferencias, para ubicarnos en una específica dicha o en una específica sensación de derrota, como en un zoológico humano hecho con luz; las otras, no hacen más que sentarnos en sus piernas, escuchar nuestras culpas, nuestras frustraciones, nuestras felicidades, y preguntarnos infinidad de razones e historias, e indagar sobre nuestras planificaciones.
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Closer, la comentadísima -y recomendadísima- cinta del 2004, dirigida y producida por Mike Nichols (El graduado), me tiene perplejo porque, contrario a mi tradición racional, no se deja colocar en ninguna de las dos casillas. Definamos que es una gran cinta, esto porque algo hace con "el" y "lo" humano, pero de ahí en fuera me tiene en ceros. Una parte de mí, la más positiva, ve en la obra maestra -bueno, bueno, la maestra hasta ahora- del director británico, a un absoluto reflejo de las relaciones amorosas actuales: incapacitados para expresar y definir sus propios miedos, sus "actantes" terminan realizando con ellas verdaderas puestas teatrales, involucrando a una cantidad infinita de terceros -y cuartos, y quintos-, y mandando al final todo al carajo bajo el risible epitafio de "es que nadie puede entenderme".
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La otra parte, esa que diario anda viendo qué tacha con su plumón de cerda gorda, quiere ver en el filme, que por cierto está basado en el argumento de una obra teatral escrita por el mismo escritor de la película, un tal Patrick Marber, literariedad que se nota en la calidad del argumento y su fino desarrollo, esa otra parte, decía, quiere observar al filme como un gran reflejo que sienta en sus piernas a todo el que lo ve, y luego, así en franca relación, pide historias, razones y explicaciones.
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Y como ya de plano no me quedan pruebas para saber si Closer dialoga o refleja lo humano -me dicen mis informantes que todo diálogo fructífero requiere de reflejo, pero yo no estoy muy convencido que digamos-, diré que la película podría ser muchas cosas: podría ser un excelente cuerpo actoral reunido para vender un excelente argumento que versa, antes que nada, sobre las pasiones humanas -el gran tema de temas de la literatura, del arte en general, por fin enmarcado en un buen representante cinematográfico-; podría ser un fabuloso argumento sobre nuestras incapacidades, nuestras mentiras, nuestras frustraciones, nuestra forma de amar escondiendo, nuestra forma de odiar escondiendo, nuestra forma de callar, nuestras formas de herir, de olvidar, de sanar, o de no sanar; podría ser una maravillosa oportunidad para ver a Julia Roberts como fotógrafa -doble "yummi"-, o a Natalie Portman con todos los looks posibles -pelirroja punketa, castaña niña buena, Tía Pelucas en atardecer morado, güera desabrida, castaña femme fatal-; podría ser una película laureable, y punto; podría ser una forma excelente de dar exquisito significado a canciones que antes no lo tenían necesariamente, como "How soon is now", de The Smiths, o "The blowers daughter", de Damian Rice; podría ser un buen motivo para tirarse frente a la tele un domingo, o un lunes, o un día cualquiera, a echar una mirada a la actualidad de la forma en que amamos.
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Hace unos meses apenas -y yo haciendo cuentas como si hubieran pasado años completitos,y es que así se sienten-, cuando me tocó leerlo para presentarlo en un auditorio de la Feria Internacional del Libro, aquí en Guadalajara, encontré en "No, un imperativo de la Generación Next", una duda sumamente razonable: ¿qué pasaría si nuestro bisabuelo pudiera regresar de la tumba, o viajar en el tiempo, y llegara hasta nuestros días para apreciar el modo en que vivimos? Seguro encontraría, me respondo yo, más tecnología, menos hambre, menos analfabetismo, pero también más dolor humano, o el mismo dolor, pero vivido de distinta manera, haciéndolo insoportable, convirtiéndolo en un infierno terrestre, sin medidas ni razones suficientes para existir.
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Y se iría, de eso estoy casi seguro, cuestionándose sobre qué estamos haciendo mal para tener que vivir así. "Nada", le respondería yo a don Agustín Bringas, -tengo otros bisuabuelos, supongo, pero como ése lleva mi nombre, pues a ése preferiría tenerlo de regreso, por pura similitud nominal-, "que ahora nos afanamos menos en amar, menos en vivir, y más en buscarle tres pies al gato". Queda. Piénsenle, pero queda.
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¡Salud!
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PD: Si ven por ahí a mis amigos, díganles que no sean gachos y se dejen tomar una foto como la que engalana esta entrada. De que salimos guapos, salimos guapos. Queda, otra vez, pero vuelve a quedar.

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Una palabra y la escribiste: actualidad. Comparando El Graduado con Closer, me quedo con El Graduado. Closer me dejó algo invaluable, conocer la música de un tipo "actual", sin pretensiones, más bien, con sensibilidad: Damián Arroz.
Me apunto para la foto.

Wendy Piede Bello dijo...

Pido ser la Israelí, esta semana con copete, lo prometo.