jueves, 31 de julio de 2008

A la vida con una risa.

Este baile es muchas cosas: receptor de expresiones, facilitador-creador de conceptos, aspirante a crítico, generador de comentarios, creador de inspiraciones, inspirador de creaciones, basura, pero nunca, hasta ahora, había sido un fidedigno demostrador de lo extraños que pueden ser los días humanos cuando se lo proponen.
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Sucede que hoy, nomás porque yo ando muy hiperactivo como para estar quieto en mi casa, y porque además La Zucaritas anda en semana libre en la chamba -no estoy yo para contarlo, no ustedes para leerlo, pero La Zucaritas es empleada asalariada clase obrera en una minúscula fábrica de productos artesanales, labor que desempeña con toda dedicación y soltura, sin olvidar el talento que la mueve a mover las manos y generar magníficas y movidas creaciones-, pues decidimos aplicar el tiempo libre a algo provechoso, y sin pensarlo mucho armamos excursión para acompañar a nuestro mutuo y decidido gran amigo, El Apapachoquealivia, en sus horas de labor como encargado de sucursal del prestigiado bazar que le pertenece a su abuela pero que, en una de ésas, termina poniendo a su nombre, expandiendo a toda la república y hasta convirtiendo en un emporio multinacional... y todo eso sin ayudar con los gastos.
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Y ya en el bazar, mientras conocíamos la diferencia entre un mostrador y un exhibidor -aguas, gente, tengan cuidado con lo que piden... porque podría no ser lo que esperan-, El genial, dadivoso y eterno amigo Apapachoquealivia, se molestó en darnos un recorrido turístico por todo el almacén, invitarnos las nieves de garrafa y las Burger King, y hasta arrimarnos a una parada -no es albur- de autobús para empreder el regreso a nuestras respectivas -y lejanas entre sí- residencias. Antes de eso, no sobraron ni las bromas -descubrí que con peluca china me veo como Eloy Gameno, el personaje de Ernesto Derbez que siempre se queja de que lo están ahorcando, pero con menos gracia-, ni los descubrimientos -cuídenme, porque en silla de ruedas, usada o nueva, soy imparable-.
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Osea que todo apuntaba para señalar la ocasión con el símbolo que acae sobre los "buenos días", hasta que, casi llegando a casa, recibí de parte de La Zucaritas, que ya para entonces casi había entrado en su palacio y cerrado las compuertas, un compulsivo mensaje: acababan de intentar asaltarla a unos cuantos pasos de llegar a su cantón.
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No puedo expresar el cúmulo de sentimientos que abordaron mis entrañas. No es que sea yo muy protector de la gente que quiero, pero a mí, para evitar discordias, como diría el célebre y rechoncho luchador del CMLL, Doctor Wagner -ya les contaré mis andanzas en la Arena México los martes de lucha libre, cuando haya más tiempo y ganas-: "en mi casa y con mi gente, se me respeeeeta".
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Así que, presto pa' la orquesto, le marqué a La Zucaritas esperando encontrarla hundida en un sillón, llorando de la impresión, con el rímel que no usa corrido, y el labial que tampoco usa embarrado en el cojín de seda. Nada. Al otro lado de la línea, recibió a mi acompasado susto la clara y ligera voz de mi amiga, tan guapa y cálida como si acabara justo de avisarme que se va al Sorbo Café a ver pasar la tarde. "¿Que te asaltaron?" "Ah, sí, ¿te avisó Victor?" "Sí, sí, pero, ¿qué tienes? ¿estás bien? ¿cómo te sientes? ¿te hicieron algo? ¿llamaste a la policía? ¿denunciarás? ¿no quieres que te mande llevar de Starbucks un tesito de tila? ¿crees poder dormir, así con el susto, con el saco de box que tienes como almohada? ¿est...?" "No, no, no fue nada, sólo intentaron acercarse, me pidieron mi mochila y les dije que no".
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"Les dije que no" es, quizá entre las 153 entradas que lleva este blog al aire, la frase más espeluznante que se pueda imaginar. "Les dije que no", emanado de una mente maestra como la de La Zucaritas, viene a significar algo así como "Amablemente, con toda la humanidad posible, les dije que no". Sí, leyeron bien: cuando muchos otros, cuéntenme entre ellos, hubieran soltado todo y corrido al refugio más cercano, La Zucaritas se limitó a preguntarles a sus asaltantes si de verdad deseaban su mochila, y luego rió, sí, volvieron a leer bien, rió hasta el cansancio del atrevimiento del par de despistados -vaya que lo eran- jóvenes.
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Sobra decir que, al ver la risa extenuante que invadió todo el cuerpo de La Zucaritas, el par de moconetes huyeron como alma que lleva el diablo... y ni volvieron la vista. Yo, valiente como soy -?- hubiera hecho lo mismo. Y es que cuando a La Zucaritas la agarra en curva la carcajada... ni quien la pare, y ni quien quiera. Lo que puede hacer el poder de una simple y sincera risotada...
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"Pues es que pensé: '¿qué traigo?' A lo mucho, de cosas de valor, tu libro -mi ejemplar, autografiado, de El cuento número trece, de Diane Setterfield (para más datos, revisar primeras entradas)-, y me di cuenta que me estaban pidiendo pura cosa 'x', así que no pude más que reírme de ellos". Tiene razón la voz de mi amiga: para reír a quijada suelta, nada como darse cuenta de lo patético que puede ser el miedo cuando se le encuentran tres pies izquierdos.
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La dejé riéndose, le platiqué otra cosa para que se relajara todavía más, y luego regresé a mis andanzas cibernéticas, haciéndole ver a El Apapachoquealivia que la bondad del asunto no está en asimilar la histeria del momento, sino en la capacidad que ha tenido su protagonista, nuestra amiga mutua, para usar su atractivo más espeluznante con el mismo estuche que su arma más filosa -y vaya que sí: si la vieran reír, entenderían la cuestión-.
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Me quedo pensando ahora en qué tanto poder tendrá una carcajada para toda la gente que está teniendo ahora malos ratos en el mundo. Reímos al estar felices, sí, pero reímos también, decía un profesor en el bachillerato, cuando nuestro dolor sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. Por eso los chistes crueles le arrancan carcajadas al ser más bondadoso del mundo, y las situaciones más dramáticas generan en nosotros esa reacción particular que conocemos como "risa nerviosa". Osea que, después de todo, reír es bueno, sobre todo cuando nos acerca a esa cualidad que tanta, tanta, tanta falta parece hacernos hoy día: la empatía
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El día que no oiga reír a La Zucaritas, sentiré que algo ha hecho mal el mundo como para tenerla así. No es que todos los instantes de la vida le deban una carcajada, sino que los que no se la arrancan, la convierten en sonrisa.
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Mañana es viernes. Igual y toca.
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¡Salud!

miércoles, 30 de julio de 2008

El caballero de la triste figura.

Dos notas aclaratorias preliminares de suma importancia. Nota aclaratoria preliminar de suma importancia número uno: sé que ya llevo hablando -escribiendo, quimosabi, escribiendo- de cine tres entradas, casi ininterrumpidas, pero si les preocupa que hable -escriba, quimosabi, escriba- una entrada más sobre mis últimos descubrimientos cinematográficos, más vale que dejen de leer entonces... ahora. Esto es vacaciones, o lo que parece serlo, y el baile no anda ni bien ni bonito por estos lares, como para preocuparse en a qué sí o a qué no hacerle nota. Nota aclaratoria preliminar de suma importancia número dos: no soy un fanático de los cómics -los únicos tres que leí en mi vida me fueron proporcionados por amigos que nunca pudieron resolverme una duda controversial: ¿cuál es el gusto de leer imágenes predispuestas si se pueden siempre crear las personales? A lugar-, mucho menos alguien podría considerarme un experto -ja, ?, (risas)-, así que por ningún motivo versaré en mi entrada de la materia caricaturesca del asunto, sino de algo que, si bien tampoco domino, sí he observado detenidamente: Batman en el cine.
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The dark knight es el último -por favor, Santa Cachucha, que hasta ahí llegue- intento cinematográfico, guiado por Christopher Nolan, que la Warner Brothers ha hecho -insisto, que ya no le siga- para reanimar, reactivar y revalorizar -? por 3-, la franquicia del superhéroe oscuro más famoso del mundo cinematográfico -insisto: en la medida de mis limitadas posibilidades, me mantendré al margen de lo comíctico-. Claro que estoy hablando de Batman, y claro que todo apunta para que esta entrada manifieste mi expreso y temerario odio hacia Nolan y todo su equipo de colaboradores, que no han hecho más que moverme el tapete y revelar un factor crucial, que hoy me es más que comprobado por los comentarios certeros de mi amigo El Sexsymbol: Warner Bros. no ha estado intentando, con sus últimas dos batiapuestas, vendernos un nuevo concepto del superhéroe -¿antihéroe?, ¿ser humano?, vaya asté a saber-, sino acercarse a un selecto público que ha leído las novelas gráficas del vampiro, y está sediento de versiones cinematográficas de las mismas.
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Pese a este antecedente que alfombra la entrada, me es difícil explicar certeramente por qué razón no me gustó nadita la nueva batientrega de Nolan. Hay, si lo pienso mejor, dos motivos esenciales, que quizá no dicen todo cuando sí deambulan mucho. El primero, el menos visceral, radica en la evidente cuestión de que don Cristobal ha querido -ya dije que si se basó en una novela gráfica, o en un cómic empapado de literaturiedad, a mí, fan de las simples películas, y dueño supremo de este blog, me viene valiendo soberano y decidido gorro-, al realizar su film, generar realismo cinematográfico en una historia que nomás no se deja aplicar la dura regla de dicha escuela artística. Los movimientos de cámara, los argumentos, las ambientaciones y hasta las caracterizaciones, luchan desconsideradamente por encajar en el pesado esquema de una Ciudad Gótica real y mesurada, y unos habitantes de la ídem muy reales y muy humanos, experimento que termina pareciéndose más bien a la ridícula y risible -ja- imagen de aquel chiste que versaba sobre un elefante entrando en un vochito.
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El segundo motivo, me viene más al gusto porque parte esencialmente de my way. En mi modo de observar el fenómeno, diré, toda película de Batman necesita necesariamente con necesidad necesaria de tres actores principales: un cúmulo de batiartefactos -batimóvil incluido, claro está-, una Ciudad Gótica muy gótica -barroca no, bizarra quizá, gótica de a fuercitas-, y un villano -barroco, gótico, bizarro, neoclásico, werever-.
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Y, ya imaginarán, The dark knight adolece de por lo menos dos de esas tres patas -de las tres que me quedaban, de las tres que me quedaban, nada más me queda una, una, una-. Sucede que, si bien en la generalidad sus inventos aparatosos y útiles están -y van, y quedan- bien y bonitos, el gran protagonista de entre ese cúmulo de artefactos prodigiosos, el cuatroruedassuperwow batimóvil, está como para pensar en un acorazado bélico o, peor aún, en una Hummer 4x4, de ésas que nada más manejan las señoras copetonas. Uno lo ve y no sabe si va, viene, se come o huele mal. Nota aclaratoria: al mal logrado auto lo salva la bien lograda -y aparición estelar, ojo- batimoto, el único cascajo rescatable de toda esa mole de inmundicia y acero -nota final para ya no rayar en lo mismo: guiuuug-.
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Respecto al segundo batiprotagonista, la Ciudad Gótica, sucede que el equipo de arte de nuestro apreciado director -es un decir- ha intentado, por una cinta más, hacer encajar a un ente urbano como Ciudad Gótica -¿así o más obvia la cosa con el puro nombre?... esto es otro decir- en el esquema arquitectónico minimalista prevaleciente en recientes fechas. Osea... de nuevo el chiste del elefante, pero con todo y cría. ¿Cómo metes una columna por naturaleza art decó en un mueble de Armonía o Tuto Pelle? Habría que estar loco, o ciego, o en afán de vender. ¿Ya podrá alguien sacar la cabeza a la superficie y entender por fin que remodelar no es la misma cosa que actualizar? Pasen el dato, corran la voz.
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Y como el tercero es el vencido, decidimos dejarlo hasta el final. Bien por el temible y genialmente interpretado Guazón de Hearth Ledger -¿sí es así, o me regresó?-, mal por la pésima incursión -y eso fue to..., y eso fue to..., y eso fue todo amigos- de una de mis favoritas batientidades malévolas, el Dos Caras que, bien caracterizado y bien interpretado, es acribillado, casi literalmente, por el guión de Jonathan Nolan -nola... ¿son hermanitos los geniecitos?-, que le da un papel secundario en una película que ya con un villanazo hubiera tenido suficiente. ¿Será acaso moda, dado el dramático caso de la última entrega de Spiderman, que también contó con una multitud de villanos que hizo imposible apreciarlos como es debido -se la deben a Venom, yo nomás aviso y acuso recibo-? ¿Se tratará acaso de hacer todo rápido y mal, como con esténcil de Tupperware? ¿Será acaso que la moda esa de juntar en paquetes las buenas cosas para acabar por no disfrutarlas todas, ya le llegó al cine?
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Pues no sé. A mí The dark knight me deja con feo sabor de boca, pese -o debido a- mi inexpertitud. Yo mejor le dejo la cinta a los fans, o los buenos observadores, o los ciegos, y que ellos decidan sin le dan voto de calidad o voto de negación. Total, si ya hicieron lo mismo con el Hulk de Sam Reimi -¿sí es así, o me vuelvo a regresar?- reiniciando la saga este año apenas cuatro años después de realizada la cinta del coreano, ¿por qué no borrar la cuenta con Batman y darle una cinta un poco menos filosófica y más natural? Total, pienso yo, ¿no es lo natural en Batman la ppppsicosis de Tim Burton y la esquizofrenia de Jim Carrey? Olviden esto último de Jim Carrey, fue un mal chiste.
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¡Salud!

sábado, 26 de julio de 2008

Cayó cerquita el reflejo.

"Lying is the most fun a girl can have without taking her clothes off,
but is better if you do".
Natalie Portman, Closer (2004)
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No sé mucho del asunto, pero lo que digo lo digo con toda mi capacidad filosófica puesta en ello. En la historia del cine, hay en general dos clases de buenas películas: las que hablan del humano, y las que dialogan con él. Las unas nos permiten observar nuestros reflejos, o nuestras semejanzas, o nuestras radicales diferencias, para ubicarnos en una específica dicha o en una específica sensación de derrota, como en un zoológico humano hecho con luz; las otras, no hacen más que sentarnos en sus piernas, escuchar nuestras culpas, nuestras frustraciones, nuestras felicidades, y preguntarnos infinidad de razones e historias, e indagar sobre nuestras planificaciones.
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Closer, la comentadísima -y recomendadísima- cinta del 2004, dirigida y producida por Mike Nichols (El graduado), me tiene perplejo porque, contrario a mi tradición racional, no se deja colocar en ninguna de las dos casillas. Definamos que es una gran cinta, esto porque algo hace con "el" y "lo" humano, pero de ahí en fuera me tiene en ceros. Una parte de mí, la más positiva, ve en la obra maestra -bueno, bueno, la maestra hasta ahora- del director británico, a un absoluto reflejo de las relaciones amorosas actuales: incapacitados para expresar y definir sus propios miedos, sus "actantes" terminan realizando con ellas verdaderas puestas teatrales, involucrando a una cantidad infinita de terceros -y cuartos, y quintos-, y mandando al final todo al carajo bajo el risible epitafio de "es que nadie puede entenderme".
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La otra parte, esa que diario anda viendo qué tacha con su plumón de cerda gorda, quiere ver en el filme, que por cierto está basado en el argumento de una obra teatral escrita por el mismo escritor de la película, un tal Patrick Marber, literariedad que se nota en la calidad del argumento y su fino desarrollo, esa otra parte, decía, quiere observar al filme como un gran reflejo que sienta en sus piernas a todo el que lo ve, y luego, así en franca relación, pide historias, razones y explicaciones.
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Y como ya de plano no me quedan pruebas para saber si Closer dialoga o refleja lo humano -me dicen mis informantes que todo diálogo fructífero requiere de reflejo, pero yo no estoy muy convencido que digamos-, diré que la película podría ser muchas cosas: podría ser un excelente cuerpo actoral reunido para vender un excelente argumento que versa, antes que nada, sobre las pasiones humanas -el gran tema de temas de la literatura, del arte en general, por fin enmarcado en un buen representante cinematográfico-; podría ser un fabuloso argumento sobre nuestras incapacidades, nuestras mentiras, nuestras frustraciones, nuestra forma de amar escondiendo, nuestra forma de odiar escondiendo, nuestra forma de callar, nuestras formas de herir, de olvidar, de sanar, o de no sanar; podría ser una maravillosa oportunidad para ver a Julia Roberts como fotógrafa -doble "yummi"-, o a Natalie Portman con todos los looks posibles -pelirroja punketa, castaña niña buena, Tía Pelucas en atardecer morado, güera desabrida, castaña femme fatal-; podría ser una película laureable, y punto; podría ser una forma excelente de dar exquisito significado a canciones que antes no lo tenían necesariamente, como "How soon is now", de The Smiths, o "The blowers daughter", de Damian Rice; podría ser un buen motivo para tirarse frente a la tele un domingo, o un lunes, o un día cualquiera, a echar una mirada a la actualidad de la forma en que amamos.
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Hace unos meses apenas -y yo haciendo cuentas como si hubieran pasado años completitos,y es que así se sienten-, cuando me tocó leerlo para presentarlo en un auditorio de la Feria Internacional del Libro, aquí en Guadalajara, encontré en "No, un imperativo de la Generación Next", una duda sumamente razonable: ¿qué pasaría si nuestro bisabuelo pudiera regresar de la tumba, o viajar en el tiempo, y llegara hasta nuestros días para apreciar el modo en que vivimos? Seguro encontraría, me respondo yo, más tecnología, menos hambre, menos analfabetismo, pero también más dolor humano, o el mismo dolor, pero vivido de distinta manera, haciéndolo insoportable, convirtiéndolo en un infierno terrestre, sin medidas ni razones suficientes para existir.
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Y se iría, de eso estoy casi seguro, cuestionándose sobre qué estamos haciendo mal para tener que vivir así. "Nada", le respondería yo a don Agustín Bringas, -tengo otros bisuabuelos, supongo, pero como ése lleva mi nombre, pues a ése preferiría tenerlo de regreso, por pura similitud nominal-, "que ahora nos afanamos menos en amar, menos en vivir, y más en buscarle tres pies al gato". Queda. Piénsenle, pero queda.
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¡Salud!
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PD: Si ven por ahí a mis amigos, díganles que no sean gachos y se dejen tomar una foto como la que engalana esta entrada. De que salimos guapos, salimos guapos. Queda, otra vez, pero vuelve a quedar.

jueves, 24 de julio de 2008

El último y nos pasamos a retirar 3: el show debe continuar.

"Each night, we fight a battle to make this Cabaret girls keep her clothes on their places.
Who knows? Maybe this night we'll lost the battle."
MC, Cabaret (Bob Fosse, 1972).
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Ya llegamos. Andábamos cerca, la vimos acercarse cada día más, y para no dejar le armamos celebración previa con todo y su conteo regresivo. Esta es, oficialmente -aunque muchas de ellas deberían de ser eliminadas por los dolores de cabeza causados, o la pena ajena que da leerlas ahora, pasados los días y asimilados los dolores y los furores- la entrada número 150 de El baile de la coma.
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¿Que por qué celebrar el 150 si la última que festejamos fue la 100? Pues porque si nos vamos de cincuenta en cincuenta tenemos más seguido razones para celebrar, que de todos modos nos sobran, y porque además faltaba algún pretexto para hablar de tres cosas que, a pura fe mía, mi gusto son.
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"Ecléctico" es el calificativo con que, en un mensaje anterior, mi buen amigo El Alejandro -bendigo su nombre y añoro reencarnar en unos padres concientes para que me lo pongan-, designó a éste su baile -el de él y el de todos los que ayudan con los gastos-. Y ecléctico, que la Real Academia de la Lengua Española -sick- tiende a definir como "que profesa el eclecticismo", osea, "que profesa la doctrina filosófica que tiende a conciliar las distintas doctrinas más verosímiles, aunque procedan de diversos sistemas", es el adjetivo que yo andaba buscando para mi baile -bueno, no mío, de la coma y los que ayudan con los gastos- desde que empecé a ver que, lejos de hablar de algo en especial, la letra, por ejemplo, o el signo ortográfico que le da nombre, ésta su pluma se dedicaba a agarrar parejo, cortar a destajo cabezas y armonizar mentes, sin fin específico más allá del de expresar. Y, hasta ahora, nos ha salido bien el juguetito.
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Pero como mi compromiso con el alma lectora -dícese de la entidad formada por el conjunto de lectores silenciosos que nadie ve, pero que todos sabemos que existen- era hablar en esta última entrada, como en las dos anteriores, en una especie de conteo regresivo, de un "algo" que inspire cada comentario de este baile, pues no me queda de otra que contar el cero y despegar: ecléctico como este blog -que no es un blog, saaabe, que es un baile-, diverso, pues, hasta que que se le hinchan los ánimos y sigue buscando más temas por tratar, más canciones para exponer los temas por cantar, más melodías por componer, más tramas por elucubrar, el teatro musical es, por su afán de llegar a todo y con todo -defínase este segundo "todo" como "el poder de la música"-, otra de las inspiraciones de este baile que también canta.
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Aunque su génesis se ubica, según sus historiadores -sí, tiene historiadores, y aquí mis informantes mejor se han mantenido al márgen-, en la inclusión de música en los espectáculos escénicos -humanos, por ende- más antiguos, como la tragedia griega o el teatro medieval, sin olvidar la ópera, el teatro musical propiamente dicho, como subgénero de lo dramático, tuvo su aparición formal en la primera década del siglo XX, cuando la expansión de la estadounidense -muy, muy, muy estadounidense- ciudad de Nueva York, obligó -?, obviamente es un decir, más bien "dio lugar"- a la creación de un centro interurbano (Broadway) donde floreciera un proyecto teatral en gestación: la inclusión de melodías no necesariamente operísticas que contaban, en breves espacios de tiempo -lo que dura una canción, 2, 3, 4 minutos-, partes de la historia, con la obvia y consecuente significación dramática aportada por tonos y variaciones temporales.
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Osea que alguien tuvo la fabulosa idea de cortar las canciones de una ópera para meter algunos diálogos, y de incluir, por supuesto, nacientes variantes musicales como el jazz o el fox trot, y el resultado fue lo que hoy conocemos como teatro musical. Sí, Broadway fue la cuna del producto último, y las mejoras posteriores se fueron haciendo paulatinamente en distintos lugares del mundo.
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A partir de ahí, pues, del primer grano de arena puesto en la paleta por los neoyorkinos, la cosa fue buscarle: de hablar de la decadencia de una gran nación que se acerca a la explosión bélica desinhibida de sus propias frustraciones, con la consecuente trama interna de un trío amoroso que se debilita a sí mismo, hasta tocar el tema de la liberación femenina con mucha sangre "y todo ese jazz", el teatro musical ha ido creando una gigantesca construcción que hoy, ya con muchos años en el bolsillo, crece a pasos agigantados y evoluciona diversificándose peor que rata de alcantarilla en guerra nuclear.
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¿Y que por qué tanta maravilla, si al fin y al cabo es un género popular y muy bacilador, que poco o nada tiene de arte, técnica y realización? Porque nada de esto es cierto. Bueno, lo de popular todavía menos: está más que comprobado que los que no se duermen viendo teatro musical, lo hacen viendo películas musicales. Pocos somos, pues, los que, realmente fanáticos del subgénero, lo buscamos hasta por debajo de las piedras -una vez levanté una que me coreó todo el segundo estribillo de The phantom of the opera, de Lloyd Webber-, y somos capaces, pobres habitantes del tercer mundo, de chutarnos pésimas adaptaciones de guiones y canciones -¿qué se espera de una melodía con fondo y forma específicos, milimétricamente compuesta, que se adapta a un idioma que ni le va ni le viene?- que se hacen en nuestros países e idiomas, con tal de sentirnos más cerquita de Broadway. Todo esto lo convierte, casi casi, en un subgénero de culto.
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Mencioné en el párrafo anterior a uno de los grandes, grandes, graaaandes exponentes del teatro musical neyorkino -está el otro, el de West End, en Inglaterra, que no es más que un esfuerzo mundano por hacer algo para atraer miradas y restaurar el buen -?- nombre del Sacro Imperio Inglés ante la expansión del Neoliberalistadespreciable Imperio Yankie-.
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Me refiero a Andrew Lloyd Webber, creador de piezas únicas -¡gracias al Cielo!- como Jesuscrist Superstar, Joseph and his Amazing Technicolor Rope y Evita (aka Jesucristo Superestrella, José El Soñador y Evita), quien pese a sus tantos esfuerzos por negarlo sigue siendo londinense, y cuyas letras y guiones han sido llevadas más veces a la pantalla grande, en adaptaciones afortunadas y no tan afortunadas -¿Madonna como Eva Perón? No sé qué piense de ello un argentino, pero yo sigo guardándome la opinión-.
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En sus tantos años como creador de musicales, Lloyd Webber -no le digan a nadie, pero el cerebro de Webber se llaman Tom Rice, y aunque da vida a todas las melodías de las obras, nunca nadie lo menciona... hasta ahora-, Lloyd Webber, decía, él y sólo él -?-, ha sido formador y enaltecedor de un estilo particular -el suyo- de hacer y deshacer musicales a diestra y siniestra.
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Quien no me crea, fan de Webber o no, escuche con atención cualquiera de las adaptaciones cinematográficas de sus obras, y notará que el talento del señor don Lloyd consiste en hacer que mucho diálogo distinto quepa en una sola canción que se repite y se repite y se repite durante toda la obra según se necesite. Así, Judas le reclama a Jesús su valentía-estupidez en el mismo tono en que luego todo el pueblo le pide a Jesús que baje de la cruz, o Evita suplica a toda argentina que no la olvide, en el mismo ritmo en que luego un atractivo narrador le canta a la esposa de Perón sus últimos salmos.
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Definitivamente el teatro musical cambiará con Lloyd Webber, sin él o a pesar de él. Evoluciona por su dinamismo -quien diga que no, vea la capacidad que tiene un musical como Sweeney Todd, creado muchos años de que Tim Burton naciera, para ser llevado a la pantalla por la oscura genialidad del director cinematográfico-, su franqueza y su apertura -sí, imaginaron bien, ya hay musicales que versan sobre temáticas homosexuales (Avenieu Q), raciales (The Purpple Color) o que satirizan a los musicales (The Producers, Broadway y su capacidad para revalorarse y observarse)-. Ya hasta tiene su propio premio (el Tony, instituido en los setentas del siglo pasado), y sus propias ediciones de soundtracks. Y a quien no le guste... tendrá que dedicarse a crear un subgénero dramático que, lejos de cantar, calle, eso sin quitarle la chamba a los mimos ni al teatro clown.
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Ya con estas primeras 150 entradas, me quedo más tranquilo. Queda un buen lugar, que es este baile, para expresarse, comunicar, discernir, indagar, preguntar, hacer pensar, o sólo recibir mentadas de madre -sí, mi estimadísimo El Alejandro, también de ésas se han recibido, y son bienvenidas-, comentarios sarcásticos o cultos, burlones o indiferentes. Queda, y con él una cantidad imposible de factores inspiradores que no he dicho y que me muero de ganas por enlistar.
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Osea que quizá repitamos el ejercicio para las 200 entradas, o quizá no, o quizá se me ocurra algo más interesante y deje por fin de hablar de mí para hablar de otros, y convertir este Baile de la Coma en La danza del chismógrafo, o quizá sólo estoy molestando, o quizá es la garantía de tener 150 entradas hablando de lo diverso, lo inusual, lo paradigmático, lo tentativo, lo dionisiaco, lo viniciaco, policiaco, lo abrumador, lo político, lo hablado. Para hablar de lo dicho pero no pensado, de lo pensado pero no dicho, de lo... ya me callo, pues.
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¡Salud!

martes, 22 de julio de 2008

La última y nos pasamos a retirar 2: El fabuloso destino de doña Amelie.

Si el plan funciona,
la pequeña Amelie se convertirá en paladín de la justicia y salvadora de los afligidos.
Si no, pues no.
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Siguiendo con el conteo regresivo, y contando el dos, que da igual si se cuenta de atrás para adelante o de adelante para atrás, porque como está en medio sigue estando en medio, traemos para ustedes, con la formalidad informática que caracteriza a nuestros informantes, el segundo artículo de esta lista de influencias de cada una de las 150 entradas, y las que faltan, de El Baile de la Coma.
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Le toca el turno a una película, por no decir "la" película y verme bastante favoritista, que no sólo ha roto esquemas en lo que se refiere a cine de arte desde su estreno, acaecido en el año 2002, sino que además ha abierto una brecha gigantesca entre ella y el resto de las películas que, nomás para venderse a alto precio a un selecto grupo de personas, ostentan el apelativo relativo de "cine de arte".
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Me estoy refiriendo, y lo haré durante el resto de la entrada, a la genial, estupenda, colorida, original e inspiradora cinta Le Fabuleux destin d'Amélie Poulain, más conocida por el simple nombre propio de su personaje central, Amelie, dirigida y escrita por el también inigualable Jean-Pierre Jeunet, que para mejores señas tuvo a su cargo la dirección de una de las cintas de la saga de ciencia ficción-culto más importante de todos los tiempos, Alien Resurrection (aka Alien 4), del 2004.
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Amelie es genial -el personaje, la cinta- por muchas, muchas cosas: su historia, capaz de trasladarnos del pasado al presente y de vuelta a un tiempo indefinido; su simbología, que plaga cada escena hasta convertir todo el filme en una verdadera fuente de tesis, tesinas y análisis de lo más profesionales; su cuerpo actoral, que es capaz de describir la soledad, la fealdad, la belleza y hasta la inseguridad, en un par de personalidades geniales, o sólo un triduo de tics nerviosos, rasgos característicos, risas especiales, gustos particulares, placeres culposos; su humanidad infinita, producto de ser producto -sic, sick- de un arte tan integral como lo es el cine, de proyectar lo humano hasta que todos, en alguno u otro punto, nos reconocemos en la cinta, en los ademanes de sus personajes, en las histerias de sus historias, en sus amores frustrados o fructuosos; su magestuoso argumento, que combina por igual necesidades y realidades evidentes del homo sapiens, como la subsistencia, la persistencia en el tiempo y la resistencia a vivir; su fino -muy galo- manejo del humor, el horror y la tristeza, la melancolía y el amor, la añoranza, la muerte y el festejo, temas no siempre sencillos, no universalmente asimilados por igual.
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Sobra decir que la cinta de Jeunet ha inspirado las entradas de este baile como ha inspirado la vida de ésta su pluma: ni los amores perfectos me vienen al grano, ni la resistencia de la protagonista a vivir me es desconocido. Ni el fracaso de Hipólito como poeta me tiene sin cuidado, ni la poca resistencia física-más bien siquiátrica, diría yo, dirían algunos junto conmigo- de Georgette me queda como anillo al dedo. Pero así es esto del cine: su éxito como arte no radica en la capacidad de relacionarnos, sino de distanciarnos para apreciarnos mejor.
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Dice mi terapeuta -segunda vez en la semana que la cito... y aún hay más- que la mejor manera de comprender los hechos de nuestra existencia es vivirlos sin estar en ellos. Y tiene toda la razón. Amelie es una película que nos acerca al humano porque nos permite hacer distancia entre nuestras realidades y las de los personajes, que son también como las nuestras, y reírnos de nuestras propias manías, nuestros placeres culposos -sí, yo también disfruto escuchar a los abuelos contar historias y la sensación física de meter la mano en un saco con granos-, y hasta nuestras inconsistencias -"ocho veinticinco, risa estrepitosa; ocho veintiséis, la descarada vuelve a reír"-.
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Y si después de todo Amelie encuentra el amor, no es porque ella sea perfecta, sino porque siempre hay un roto para otro descocido, y un placer culposo callado para otro que también se calla. ¿Entonces son nuestras semejanzas definitivamente lo que nos une a otras personas? ¿Son Amelie Poulain y Nino Quincampoix la prueba irrefutable de que no estamos tan locos cuando nuestra locura es compartida? Yo más bien creo que todo es cine, hasta el amor, hasta la vida misma. Lo que cada uno pueda extraer de ello, es responsabilidad exclusiva de quien lo extrae.
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¡Salud! (sigue continuando...)

lunes, 21 de julio de 2008

El último y nos pasamos a retirar.

Como ya es costumbre en la historia de la humanidad, y ante las buenas noticias que han llegado a mis oídos y los de mis informantes esta semana, haremos un conteo regresivo a las 150 entradas en esta coma que cada vez baila menos pero mejor: 3 entradas, contando ésta, que son las que faltan para el céntimo y medio, para hablar de las 3 cosas que más mueven el ritmo en este baile.
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Y comenzando, como decía, por las buenas noticias, será justo cederle la entrada a uno de los grupos del pop en español más importantes de los últimos años -no lo digo yo, lo dicen sus enciclopedistas en Wikipedia-, que no sólo han conseguido vender más de seis millones de discos en todo el orbe, sino que además ha dado más de 500 conciertos en diez años de historia musical (50 por año, casi uno por semana), y ha cantado, pese a ser español -ya, ni me protesten, que es un hecho mundialmente conocido que a los españoles se les complica la pronunciación correcta de todos los idiomas no hispanos-, en italiano, francés y portugués.
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Me refiero a La Oreja de Van Gogh, que esta semana que acaba de ver su alcohólico fin-yes, luego les cuento, o mejor no, hasta que vuelva a ver otro fin de semana alcohólico y, ya con dos en la mano, haya menos resaca y más memoria de lo sucedido-, esta última semana, decía, anunció que regresa a la escena musical en septiembre, tras la separación en noviembre pasado de su elemento sustancial, su vocalista, Amaia Montero, quien tomó a bien dejar la banda para buscar proyectos en solitario -Ana Torroja, dale unas clasesitas de cómo no hacerse la interesante so riesgo de morir de hambre, plis-. Y lo anunció no con pura palabrería, sino con el lanzamiento de su nuevo sencillo, que lleva por lindísimo -chulis chulis- título "El último vals", y que ya está disponible hasta en Ares para que todo el pueblo piratón lo escuche.
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En septiembre, el día dos, para ser más exacto, la banda donostiarra -osea, de Donosti, País Vasco, norte de España, dicen mis informantes- comenzará a vender en el mercado -así es, entre los kilos de papa y frijol- A las cinco en el Astoria, su nuevo álbum del cual se desprende ese sencillo tan chulis chulis que ya les pasé al plato antes.
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¿Que por qué entra La Oreja de Van Gogh en el conteo? Porque se trata de hablar de tres cosas, una por entrada, que marquen este baile y lo traigan muy influenciado, y La Oreja, pese a que está formada por puro treintañero -su nueva vocalista, una tal Leire Martínez, ya casi babea la linea de meta con 29 años-, ha marcado bien y bonito mi primera juventud -es que ahora, con eso de que según mi terapeuta soy un anciano de 90 años en un cuerpo de un chico de 20, he decidido que lo mío no es ancianidad, sino juventud retardada-.
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Y sucede que la fiesta es, sobre todo, porque en su último trabajo discográfico, los españolitos se dejaron ver bastante melancólicos y en crisis de mediana edad -segunda juventud-, versando sobre temas como lo que sucede a los 30 cuando los jeans ya no te quedan y nadie te quiere en tu trabajo por tus piercings, cosa que a mí, pese a mi retardada juventud -y dale con lo mismo- me tiene bastante sin cuidado. En Guapa, que así se llamó el último trabajo, lanzado en 2006, la cosa se puso fea y yo amenacé con abandonar el barco si seguían con sus cosas de adulto mayor y no se ponían las pilas en refrescarse hasta la edad.
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Así que, por lo menos con lo que muestra "El último vals", A las cinco en el Astoria pinta mucho más cercano a mi edad, mis intereses, y el gusto que me da La Oreja. Porque después de "20 de enero", o "La Playa", o "Geografía", que de algún modo le han dado música a las cinceladas de mi vida, no esperaba menos añoranza, ni más años de sufrimiento.
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El viernes tocaba, pero tocó algo distinto. Buen, muy bueno, así que seguirá tocando.
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¡Salud! (continuará...)

martes, 15 de julio de 2008

A capela.

Ya en las primeras entradas de este blog que es mío, y también suyo si me ayudan con los gastos, había expuesto yo de un modo muy original -?- la extrañeza que es ese acto humano tan occidental, o tan cultural en general, de rebanar, generalmente con un hálito estético, una forma específica con fin y fruto, las vellosidades del cuero cabelludo, y de desear, quizá insospechadamente, de manera velada, pues, que el cabello cortado, o más bien el corte en sí mismo, tengan para otros, para uno mismo ante todo, significado, razón y justificación -¿qué no son lo mismo? Vaya uste' a saber, pero las palabritas suenan re' bonitas rejuntitas-.
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Así que en esta entrada, que dista mucho de ser de las primeras -150, aquí vamos-, no me afanaré por traerles la historia del corte del cabello, ni ponerles, como en la pasada que versó sobre este tema, los datos frescos sobre la mesa, y hasta ordenados alfabéticamente de cómo es que uno debe cuidarse de los barberos, estilistas y pécoras similares sin remedio. Me preocuparé, eso sí, por hacer una disertación intensiva sobre lo que el corte significa, o debe significar, o el por qué hacerlo, o el para qué pagar por él, o el... el por qué de su existencia. Corre palabra.
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Los registros humanos que versan sobre la necesidad del homo sapiens -?- de expresar algo a través de su cabello, son más antiguos de lo que los historiadores mismos imaginan. Se sabe que culturas muy sofisticadas, como los egipcios, distinguían físicamente la pertenencia de un individuo a cierta clase social por el corte de cabello que portaba. Los antiguos chinos hacían lo mismo con las distintas escalas jerárquicas de los miembros de su corte, distinguiendo a través de específicos cortes capilares, a consejeros de embajadores o emperadores.
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Ya más adelante, cuando la historia avanzó y no tuvimos de otra que pegárnosle y avanzar con ella, el corte de cabello dejó de ser primariamente señalamiento de una distinción social y se convirtió, más bien, en la evidencia de diferencias económicas. Durante la Edad Media, por ejemplo, el corte de cabello se convirtió en una necesidad imperante entre las clases serviles ante el asedio de piojos, pulgas y otras tantas garrapatas que, surgidas ante la pésima situación higiénica del ecosistema humano, amenazaban los cueros cabelludos -y la hemoglobina- de cuanto siervo agarraran de changuito. Y claro que había para todos, pues los señores feudales, los reyes y sus cortes, también adquirían en sus vellosidades a esos molestos animalitos del Señor, aunque éstos tenían más acceso al agua, y con ello al aseo de sus cuerpos.
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Para el Renacimiento la cosa cambió poco, y con la Revolución Industrial el corte de cabello fue ya un privilegio antes que una necesidad: las clases proletarias a duras penas tenían dinero y tiempo para trabajar en las fábricas, ya no digamos para modificar a su antojo su aspecto personal, o cuidar su higiene, así que los emperifollados -sigo preguntándome si sí se dice así o el adjetivo es creación materna o culichi- eran los propietarios -alias burgueses- y sus adineradas familias.
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Ya cuando la cosa estuvo más tranquila, y las sociedades agarraron forma bajo el modelo capitalista de organización social, todos tuvimos tiempo, dinero y ganas, de expresar a través de nuestro peinado nuestra personalidad y nuestra visión del mundo, incluso. Así, mientras los años avanzaban, el siglo XX adquiría su bestial y bélica forma, y aparecían en escena gurús de la moda, el estilo y la música, el cabello se iba convirtiendo también en un factor de expresión antes que en otra parte del cuerpo humano: de los jeans a los pesqueros, o de las blusas a los chalecos, el cabello también se tendría que modificar según el estilo o la necesidad de expresión.
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Para los que crean que todo esto no es más que invención de esta su pluma, busquen fotografías de cualquiera de los grupos juveniles surgidos en la mitad del pasado siglo: ¿no es acaso signo distintivo de los hippies el cabello largo y desgreñado?, ¿no era el pachuco por naturaleza engominado y de aspecto "presentable"?, ¿no es "síntoma" evidente de un punk el pelo parado en picos que dicen "aléjate que te pico"? Ya, si quieren más evidencia, búsquenla y remítanla. Se aceptan recriminaciones.
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Hoy día, para los que a duras penas somos "poperos", ya no digamos seguimos o no a un grupo de rock o etiqueta similar, que suelen ser mucho más expresivos con sus cabellos, para los "fresas", o para la gente común y corriente, que tiene un trabajo y lo trabaja, tiene amigos y los frecuenta, tiene problemas y les busca diaria solución, el cabello se modifica en base a dos factores experimentales: la necesidad de marcar un cambio físico ante un cambio vital o biográfico, y la necesidad de, simplemente, ya no estar viendo lo mismo en el espejo cada día, o peinando lo mismo, o descargando el estrés rascando lo mismo desesperadamente.
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Y he sacado de la manga todo esto, porque a partir de hoy soy más pelón que nunca: justifícome en el hecho de que era cortarlo hasta que sangrara o pintarlo hasta que alguien por la calle me chuleara -no precisamente una mujer... chin-. Así que hemos tomado, creo yo, la mejor solución, y hasta ahora los comentarios han sido agradables -ya fui "el de Prision Break", "Aleks Sintek", y hasta "Kuno Bécker en Gol"... dos veces-. Mi experto equipo de especialistas en imagen personal -integrado por mis dos agobiadas hermanas y mi aún más agobiada madre- ya dio el tradicional "sí" y yo ya les di el también tradicional "pues guau".
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La cuestión del aerodinamismo y la fluidez del aire a través de mi cráneo, que todavía no alcanzo a asimilar del todo, además del factor de tener tres kilos menos encima -no se asusten, en su mayoría son de cabello-, se irán, espero, acomodando con el paso de los días. Total, como decían las mamás cuando a uno se le atoraba el chicle entre los pelos y había que rebanarles cierta fracción hasta dejarlos como maizal de la película Señales -muy, muy, muy mala-, "ya crecerá, mijito, ya crecerá".
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¡Salud!

lunes, 14 de julio de 2008

Autoayúdame.

Existen en el mercado editorial cientos, quizá miles de títulos, que giran en torno a una sola cuestión: la necesidad del ser humano de encontrar algo que, con muchas caras, termina llamándose generalmente "felicidad". Se disfrazan de muchos modos, hay quien les dice "libros de autoayuda", y todavía, en últimas fechas, los he escuchado nombrar con el extraño término de "literatura de superación personal".
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Yo, en lo personal, sigo sin poder meter en mi cabeza la idea de que un libro tenga que ser especialmente diseñado para elevar al ser humano a "otro nivel" de vida, acercarlo a eso que nadie sabe cómo ni qué es, pero a lo que todos llaman "felicidad".
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Y es que sucede que todo libro tiene, per se, o al menos así debe tenerla, la capacidad de elevarnos a niveles de vida tan insospechados como altos. No comprendo todavía muy bien entonces que haya literatura dedicada a eso, cuando toda la literatura, si es bien leída, tiene esa misma capacidad. ¿Será acaso que el ser humano necesita un camino claro, estricto, antes que un montón de opciones? ¿Está nuestra libertad limitada por nuestras frustraciones, o nuestra responsabilidad obedece únicamente a nuestros miedos?
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La vida nos gira vueltas muy duras. ¿Ya habrá algún libro de autoayuda que hable de eso? ¿Manejará la Clínica Osho, o Paulo Coelho, o la serie de El Secreto, El Esclavo y Los cuatro acuerdos, manejará alguno de ellos esa trémula idea, que incluso en la literatura genera dilemas, complejos y dolores de cabeza? Yo, por hoy al menos, necesito de un libro que me abrace y me consuele ante la insospechada jugarreta del destino que significa tener que atender en casa al único miembro de mi familia que la ha dañado y casi roto.
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No he acudido todavía a la Gonvill más cercana a surtirme de tomos de Gaby Vargas ni de Jorge Bucay, porque hasta el momento todo el mal cúmulo de lágrimas amargas me las he enjugado entre Aventuras de Robinson Crusoe, la inmoral primer novela inglesa de Daniel Dafoe, que, como en mi caso sentimental, plantea el terrible relato de un náufrago solitario y cuya vida corre garrafal peligro ante la soledad misma, y Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, que me da a pensar que existen otros mundos mucho mejores que el mío, pero que vivir en ellos implicaría no ser yo, ni tener lo que tengo, ni esperar lo que espero.
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Así que don Charlie Témoc Sánchez tendrá que esperar para que lo haga rico por el momento. Ya si empiezo a ver que ni Robinson y su inseparable Viernes, ni Gulliver y sus cuatro mundos deleitosos, me ayudan ni tantito, tendré que encontrar la manera de surtirme de Laura Day hasta el final de mis días, o hacerle caso a mi terapeuta y mandar dos o tres cosas a la goma, venciendo el miedo a perder el control de las cosas que, en definitiva, no puedo controlar. Me lo dejo de tarea.
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¡Salud!

viernes, 11 de julio de 2008

El que se lee se aguanta.

Para Gutenberg,
sin cuyo invento sería imposible considerarnos humanos. .
Julio y agosto son para mí, desde que la memoria me alcanza, o desde que abrí el primero, el bimestre de los libros. Aunque, según recuerdo, las vacaciones en la primaria solían prolongarse hasta septiembre, o iniciar a finales de junio, privilegio temporal con el que ya no cuentan los estudiantes de nivel básico hoy día, yo no comenzaba a sufrir de delirios lectores hasta muy entrados los días de descanso.
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Quizá esto les diga que no fui un niño tan anormal como las vueltas de las páginas y el conteo de palabras podrían hacerme parecer. No pasé mis horas vacacionales encerrado en mi cuarto, atiborrado de libros como está ahora, quemándome las pestañas devorando verdaderas biblias de más de trescientas o quinientas páginas. No, de hecho jugué y experimenté en mi jardín, torturé bicharracos y amenacé pájaros con la resortera, hice pasteles de lodo y acto seguido ensucié toda la banqueta con el arrebato colérico propio del pastelero francés perfeccionista.
. Pero cuando por julio la esperanza de retozar entre el pasto y los rosales se evaporaba tras la llegada de las lluvias, y se iba con cada gota a la alcantarilla, la única opción para pasar el rato sin horarios, sin tareas, sin nada planeado, y además sin mucha comida apetitosa en la alacena y poco permiso para ir a la tienda a llenarse de chucherías, era hacer algo en casa.
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Cuando mi hermano estaba presente, la diversión no faltaba -sigo dudando de la existencia de ese "Cristal Místico del Mago Merlín" que, según él, estaba extraviado desde hace siglos en algún lugar de la casa, y cuya caída en manos de mis dos horrorosas (ya menos que antes) y brujas (ya men... ok, sigamos) hermanas, acarrearía la perdición del mundo y el monopolio de los juguetes Mi Alegría (no digan que no: sintieron meyo)-. Pero si él se ausentaba para visitar a algún familiar, o salir con sus amigos, o hacer cualquier cosa, hecho muy común, éste su escritor no tenía de otra que buscarse sus propios mundos. Nota aclaratoria: ni los Hot wheels, ni los muñecos de acción, ni siquiera alguna mascota aguantadora, solían atraer mi atención por más de unas cuantas horas. Lo mío lo mío, siempre fue fabricar mi propia magia.
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Y ahí entraba la lectura, cuando la lluvia y las agendas ajenas obstaculizaban todo otro proceso lúdico y creativo. Y sumido entre la Enciclopedia Quillet y Andersen, Wilde y Salgari -a quien yo siempre llamé, vaya uste' a saber por qué, Sálgari-, algo cambiaba en mí cada verano y me obligaba a no regresar, aún yéndose las lluvias, ni al lodo, ni a los bichos, ni a los rosales color durazno que mi madre abonaba con rescoldos de café cada mañana.
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No recuerdo, sinceramente, haber leído demasiado. Sucede que desde pequeño soy distraido, y me cuesta trabajo -ahora menos que en mi niñez- mantener fijos los ojos en una página y no estar pensando en los problemas cotidianos, el dolor de espalda de mamá o la circunferencia de una naranja. Pero sé que leía, eso sí, con mucho entusiasmo y dispuesto a que, ignorando la razón, todo lo que estuviera escrito en el papel me trajera a colación nuevas ideas para imaginar mis propios mundos, o nuevas razones para seguir viviendo en el que otros fabricaron para mí. Sí, interpretaron bien: mi causa de iniciación a la lectura fue buscar la fuente de más y mejores mundos para imaginar, para habitar.
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Por eso este julio, con la llegada de las lluvias, aunque ya no con el periodo de preparación-experimentación bucólica de antes -bonito me vería a mis 20 años, y con mi metro ochenta y tres de estatura, retozando en el jardín y haciendo Gansitos de lodo-, mis vacaciones se han inundado de libros. Ya terminé tres y el cuarto va que vuela para ver su final en función de días.
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¿Será acaso que la lluvia le trae a uno la concentración que le quita al vuelo de las moscas? ¿Será que las aves dejan de volar porque la presión atmosférica le cede lugar a la templanza requerida para abrir las páginas de un libro y tirarse a comérselo completito? ¿Será todo esto parte de algún equilibrio natural y universal, alguna fuerza holística insospechada, estricta, como la secuencia de Fibonacci o la Ley de Gravedad? ¿Seremos los que leemos testigos de alguna especie de treta sigilosa y especial que se establece entre la lectura misma y la Madre Naturaleza? ¿Estaré yo redundando en cosas sin sentido, ajenas a mí, quizá inexistentes o sin importancia, dispuesto a fundar una nueva religión o imitando a las tantas que las estrellas holliwoodenses siguen sin cesar? Un mundo nos vigila.
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Por lo pronto, las lecturas atrasadas de mi librero -yo ya declaré formalmente que mis velocidades de bibliofilia y lectura son desconsideradamente dispares- han ido saliendo poco a poco y, por lo menos hasta que se vayan las nubes y regrese el Sol -en más de un sentido de la oración-, así seguirá fluyendo eso que tengo atorado y que es, fue y será, mi coco: las páginas dormidas que, esperando en el librero, habrán de hacerme ver que no importa qué tanto viva en esta Tierra, siempre habrá algo por descubrir a la vuelta de una página, y tantas páginas que se me escaparán sin leer, que pensar en lo imposible de esta misión de leer todo lo escrito, es pensar en la belleza de la misma (no entendí).
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¡Salud!

miércoles, 9 de julio de 2008

Las patadas con Sansón.

El pasado se ha ido,
el mañana es un misterio,
el hoy es un regalo,
por eso se llama presente.
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Nota al margen: recuérdenme el próximo año, más o menos por estas fechas, hablarles de lo que es la trágica experiencia de un ser humano en un sanatorio mental, y más cuando uno no es el paciente sino que le toca acompañar, de a fuercitas -legales, incluso-, al que sí está malito, y no ve la suya. ¿Y por qué hasta entonces? ¿Por qué no ahorita que las ideas están frescas y todo el público lector interesado? Porque eso implicaría decir lo que no pienso y escribir lo que no creo, todo a fuerza del estress hospitalario. Así que mejor retengan, enjuten y aguanten la respiración. El próximo año, o antes, si me acuerdan antes, en unos meses más, nos vemos.
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Lo que les traigo ahora, nomás para luchar contra los afanes dificultuosos de la vida, esos que nos hacen dar el todo por el resto sin recibir nada a cambio, o incluso perdernos a nosotros mismos, esto que traigo, decía, y hablando de patadas, es más bien un comentario rápido e insignificante sobre la última de dibujos animados que me lancé a ver la semana pasada, cuando las cosas estaban mejor y no había necesidad de estar desvelándose y luego levantándose muy temprano para suplir turnos en el cuidado del paciente.
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Y sucede que yo tenía realmente pocas ganas de verla, pero los comentarios que al respecto me trajo El Tahualpa en reciente charla me animaron. Su hermano, que fue por un tiempo novio de La Casicasi, estudia -no, no juega, yo sido insistiendo que eso también se juega, pero ya me dijeron que lo correcto es decir que lo estudia o lo practica, en fin- kung fu, esa disciplina oriental que es más vieja que el karate -que según mis informantes, es karaté, y según yo, no me importa-, o que el box, y que se basa en la ecuanimidad de los centros espirituales del individuo para acceder al equilibrio completo del ente y su esencia -ya, le paramos o no respondemos-.
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Pues sobre eso mismo, o más o menos, con ese estilo particular gringo que, como dijera el personaje de Maggie Smith en la película Té con Mussolini, todo lo vulgariza, sobre eso mismo, pero más distinto, versa Kung Fu Panda, el último intento de los estudios Dreamworks Animation por llegar al público infantil un verano más, sobre todo ante proyectos anteriores no del todo satisfactorios, como la tercera -y muy, muy choteada- entrega de Shrek, o el todavía más desairado Espantatiburones.
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Pero la patada les salió muy bien, con todo y punto fijo. La película, necesario para el público infantil, y contrario a lo que muchos últimos filmes de dibujos animados tienen, pega desde un inicio con toda la fuerza imaginable y posible. Cautiva la historia de Po -cualquier referencia con Pooh, otro oso, pero menos varonil, es pura y mercadológica coincidencia-, un panda medio atolondrado -cuyo padre, hágame usted el realista favor, es un pato mandarín-, que muere por convertirse en estrella de las artes marciales.
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No bueno, realmente sólo admira a los Cinco Magníficos, que son algo así como Parchís o Timbiriche, pero en versión bien armada y con más puños que greñazos. Y, ya se imaginarán, porque si algo nunca tienen estas películas son argumentos base novedosos, Po termina por azares del destino enterándose que su gran misión vital es ser otro Magnífico, entrenar su abultado cuerpecillo en las artes del ancestral kung fu, y vencer a un puma que nadie quiere y al que todos le hacen el fuchi, nomás porque, hágame usted otra vez el realista favor, es felinamente agresivo.
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Total que ni les adelanto el final -feliz-, ni les paso las referencias al margen de la cinta, las mismas que, como diario, hacen reír a los grandes y dejan con cara de "mi mamá dice que ya entenderé ese chiste cuando crezca" a los pequeños. Destacables, además de la impecable realización, las voces de Omar Chaparro y Pedro Armendáriz Jr. en los papeles principales, y la creación de uno de los personajes animados que más me han gustado, latido, animado a ver la cinta una y otra vez: Yu Güey, el Gran Maestro, materializado nada más y nada menos que en el cuerpo y la razón de una brillantísima y filósofa tortuga que, haciendo honor a su especie, tiene más años que Matusalem.
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Ya, no les digo más porque luego sacan que estoy aguadeando la función -¿ya dije que tiene final feliz? oops, no debí decir que tiene final feliz entonces-, a excepción del dato de que, como toda cinta de animación que quiera estar en los hogares y vender juguetes, ésta también tiene un mensaje interlineado 2.5: no importa si eres gordo, ocicón, chaparro o medio estrafalario, tienes una misión en el mundo, y eres importante, y lo que te propongas lo alcanzarás. ¡Ámonos, que para eso hay vida!
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¡Salud!

domingo, 6 de julio de 2008

Dinner at Tiffanys.

Ustedes no para volverlo a saber, yo sí con la urgencia de volverlo a contar: este fue -otra vez, otras veces-, un fin de semana contrastante, diverso, múltiple, tanto que llegué a pensar en qué parte de la semana decidí subirme a un carrito de montaña rusa de las emociones para recorrer la vida.
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La Traviata me invitó -otra vez, otras veces- a ayudarle como desarrollador técnico de su espectáculo -staff, aka chalán-, pero esta vez con una condición nunca antes dada por ella en las especificaciones de sus contratos temporales: "Te vas a tener que ir guapetón, porque el evento es bien 'acá'" -nótese que, estudiante de letras y perfecta músico, usa términos mi amiga como "acá", que no son malos, no en este caso, donde todos sabemos que "acá" significa ostentoso, carísimo, very very expensive, de repicar gordo, pero que sustituyen a todos estos como si lo nuestro fuera economía y no ecología del lenguaje. Objeción: a lugar-.
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Pues ya muy perfumados y emperifollados -¿sí se dice así?-, acudimos prontos cual si nuestra agenda estuviera saturada, a cumplir con el compromiso comercial -trabajo, aka chinga-. Nos recibieron en un ostentoso desarrollo hotelero de esta ciudad deficiente en vialidades, o bueno, debería decir nos "recibieron": ya parados en el lobby, dispuestos -me huele a manada, si la que canta es La Traviata, yo nomás me ocupo de montarle el escenario y procurar que la fanaticada esté feliz, y ella también- dispuestos, decía, a arreglarle la noche a un par de pobres individuos -bueno, pobre él, porque ella se veía bastante convencida- que tuvieron la faltante de cerebro idea de casarse -que es como cazarse, pero con más formalismo y permisión social-, y que solicitaron los servicios de La Traviata para animar la amarga noche de felicidad ajena -vieran a los padres, y a los amigos de los novios, y entenderían lo que se entiende -?- por "espectáculo de tortura y pena capital y su disfrute"-, parados ahí, decía, dispuestos a hacer llevadera la mala noche de los novios, un policía de buen gesto -no tenía cara, así que me limito a hacer acopio de mi dadivosidad positiva- nos convidó amablemente a pasar a la puerta trasera para bajar todo el equipo musical, porque, no lo dijo, pero lo pensó, le afeábamos bien gacho la alfombra y los candiles.
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Después de darle la vuelta a la manzana, y encontrar tras arbustos, pastizales y espinos, una que parecía ser una puerta trasera, pedimos entrar y otro amable guardia -ya habrán notado el sarcasmo, ¿cierto?- nos convidó a presentar la carta sindical.
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Sí, yo puse la misma cara de desazón y pensé: "¿Qué artificio malacopa será una carta sindical?" Pero La Traviata, que ya había empezado a colmar su paciencia, y que además es bien acertada en eso de cargar papeles, sacó rápidamente de la manga una hoja bond, tamaño normal, sin grandes adornos ni sellos o firmas, y se la extendió al guardia -ya, pues, la verdad es que sí tenía toda la cara de rothwailer hambriento- con franca expresión de "Si escucho otro requisito, me da algo y le doy yo a usted algo más en no grata sea la parte", expresión que, me parece por la cara de susto que puso, el guardia entendió, y pa' pronto ya estábamos otra vez en la entrada, con todo en regla y el equipo técnico inventariado con todo y etiquetitas azules numeradas.
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Sin perder más tiempo, subimos hasta arriba -aquí sí aplica, no jodan a esta su pluma- e ingresamos no sólo a la fiesta -una recepción bastante lujosa, con más de 120 invitados y todo un restaurant (que, me enteré después, es el más caro de Guadalajara) apartado para tales fines-, sino a la observación de una de las más hermosas vistas nocturnas de la ciudad que he tenido -y tendré, creo- oportunidad de ver en lo que llevo de contar cumpleaños, y también, por la diversidad de los invitados, ingresamos a una noche de bastante pachanga y mucha risa.
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Claro que sobraron los fotógrafos de todas las revistas de sociales que puedan imaginar, las miradas frívolas, los trajes y vestidos de diseñador -"Es un Donna Karan, Maggie, lo traje de Houston aschyer" "Pues el mío es de Sarita" "¿Bustani?" "No, Montiel, lo compré en una subasta en Christies" (acotación: tómate esa, Maggie)-. Pero también sobraron los buenos postres -fuimos convidados gracias a la conciente y estratégica petición hambrienta de La Traviata- la hermosa vista de la ciudad nocturna -¿ya dije eso? oops, lo diré de nuevo: la hermosa vista de la ciudad nocturna-, y hasta un pianista a todo dar que se nos presentó como Gaulerio y nos invitó luego a irlo a escuchar jazz en la nochecita -sí, chucho, ¿y tú pagas mi Coca de cincuenta pesos?-
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Además, mientras probaba a ver si el equipo estaba funcionando bien y repartía sonido por todo el lugar, me topé con la guapísima y elegante presencia de Jacqueline Bracamontes, esa misma chica delgada y guapísima -¿ya dije eso? lo diré de nuevo: guapísima- que estuvo a punto de ganar Miss Universo hace muchos años -ya qué, Jacquie- y que ahora se conforma con papeles pésimos en pésimas telenovelas de Televisa que compensan lo pésima actriz que es -¿ven? la justicia humana existe-. Bueno, guapa o no, famosa o no, fracasada o no, el punto es que La Traviata y yo nos dimos un tacón de ojo contemplándola toda la noche.
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Y nos retiramos, ya entrada la madrugada, dispuestos a quitarnos Chaneles y Diores, montarnos nuestros jeans y eliminar todo protocolo prosible comiendo tacos con las manos, las piernas abiertas y masticando con la boca sin cerrar -muere, Carreño, y luego revuélcate en tu tumba-. Y a mí, ya a esas horas, tanta frivolidad comenzaba a molestarme -y miren que tengo criterio, buen gusto -?- y tolerancia-.
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¿Y qué aprendimos entonces este fin de semana, mis queridos pubertines? Que hay que valorar a los amigos distintos y sencillos que tenemos -la más "estirada" de los míos es La Jirafa, y ya entendió que tener un novio feo no es causa de excomunión-, las familias disfuncionales -aquí otro sobresalto del fin de semana, y éste sí no estoy yo para contarlo ni ustedes para leerlo-, y hasta nuestras caras feas o prietas.
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Después de todo, si mi apellido es Madrigal, o el tuyo Lascuráin o Monterde u Orendáin, siempre terminaremos en el mismo restaurant cantando las mismas canciones y comiendo los mismos postres. ¿No te gustó la idea? Pues consíguete tu piso y monta tu fiestecita, no pasa de que no cante La Traviata y Jacquie Bracamontes se prive de su augusta y artística presencia -yo le disparo el cuchillo para que se corte las venas, sin compromisos, chula-.
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¡Salud!

viernes, 4 de julio de 2008

Una de vaqueros.

Les prometo que lo mío fue puro afán científico-experimental, y en el nombre de la ciencia vaya que se pueden cometer barbaridades. Bueno, ese afán, y el hecho de que justo llevaba conmigo los siete pesos que el proyectito de investigación me trajo al costo, hicieron posible la realización magnífica y perfecta no sólo del proceso de observación mismo, sino también del cumplimiento -tachoneado de por medio- de uno de los artículos de mi lista de cosas por hacer en vida.
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Sucede que compré -y leí, las 109 páginas completitas, con todo y comerciales de Cemento Tolteca y créditos incluidos-, un ejemplar de El Libro Vaquero (aplausos, por favor).
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Ya, ya, quiten esa cara. No es para tanto, o bueno, podría serlo, sí, si yo les viniera a decir que a partir de este momento este blog que es mío, y suyo también si me ayudaran con los gastos de modificación, pasa a llamarse "El vaile (sic) del vaquero". Pero no, no es el punto, todavía quedan restos de decencia literaria en esta pluma suya, y tenemos pensado usarlos en su contra hasta que el cuerpo, y el baile, aguanten.
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En serio el mal rato, que podría también deberse a un mal gusto de repetirse el ejercicio, no respondió a otro gran afán que el de la mera experimentación científica. Sucede que a los que estamos haciendo esfuerzos diarios -ok, dije esfuerzos, no puntualicé objetivos ni metas alcanzadas- por el enaltecimiento, estudio y difusión del correcto uso -?- de la lengua española, la literatura en toda su expresión y hasta del lenguaje mismo, siempre se nos está recalcando lo mal que va la industria editorial en todo el mundo -México, ya ni hablemos-, y lo poco que hace ella misma, y la lengua que lleva de por medio, por levantarse ante el asedio de... adivinaron: publicaciones periódicas como El Libro Vaquero, y otras tantas que no mencionaré porque ni las compré, ni me alcanzan los santos ojos para chutármelas completitas sin experimentar un paro cardíaco, o un susto magnífico, o ganas de más.
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¿Y que qué encontré? Nada que no se haya visto ya más que choteado en la pornografía y las tantas revistas de espectáculos que, circulando en todo el país, y hasta importadas de Centro, Sudamérica y España, pretenden contarnos la misma historia: malos contra buenos, buenos contra malos, y las sábanas y las cobijas, el único lugar donde todos están calmados y las cosas salen mejor que nunca.
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Pero que no panda el cúnico. No, asústense mejor de que publicaciones como ésta impidan -es un decir, no he conocido revistita semanal que ate manos o haga ciegos- que sus asiduos lectores accedan, mediante lo que los estudiosos del modo en que aprendemos dan en llamar "puentes de lectura", a obras literarias ya no digamos de más calidad, o precio, sino de más enseñanza.
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Y bueno, sobrarán los traileros, amas de casa y hasta estudiantes, que me digan que aprendieron mucho del contenido temático de títulos como "Flecha ardiente", "Amor en las montañas" o "Labios de seda y fuego", y sobrarán también los que me digan que, si bien no aprendieron nada, en ceros tampoco se quedaron. Tienen razón, la total razón: uno no puede desprestigiar a una publicación por su contenido o fuerza informativa, pero sí puede, es más, debe hacerlo, por su comparación con otras tantas cosas escritas: ¿qué le diría El Libro Vaquero a El Aleph, de Borges, sobre la capacidad del humano de formarse sus propios mundos, sobre la diversidad de esencias existentes?, ¿qué de nuevo le enseñaría sobre la estructura familiar y sus bemoles "Amor al descubierto" a Cien años de Soledad?, ¿tendrá la verdad aquél célebre escritor que dijo, quizá ya muy entrado en copas, que no importa cuánto se lea o escriba en bien del enaltecimiento espiritual, el ser humano siempre volverá a matar, robar y tener sexo ardiente por necesidad?
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Claro que a los que les sirva saber que el sheriff Roth -alto, varonil, de espaldas anchas y pelo rubio, largo, lacio- decidió tener sus encuentros apasionados con la hija de John Mc Cluster, el capataz de Rancho Goodsun, en el pequeño granero del padre los días lluviosos, o que el celoso en el asunto fue el apache Mondoki -ash, demasiado hasta para mí-, está en la total, completa, absoluta, demoniaca libertad de leer la tramita y enterarse de lo acontecido. Yo, lo que sí les prometo, es que siempre tendré a Paz, Fuentes, Dumas -por 2-, Dostoievsky, García Márquez, Arreola, Rulfo y hasta Faulkner, que nada me simpatiza, a todos ellos y otros más, listos en el librero para cuando de verdad se decidan a vivir bien y bonito. No les prometo que será fácil, pero sí les juro que cuando acaben de registrar sus "apasionadas" páginas, serán seres humanos tan, pero tan diferentes, que estarán cambiando el país en donde viven, buscando un mejor trabajo, o, ya de perdis, deseando volver a nacer para tener más tiempo de lectura. He dicho, ya dije.
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¡Salud!

jueves, 3 de julio de 2008

Jaque Mate.

Este baile se une a la fiesta universal. Ya le subimos a la música, que andaba medio apagadona, ya renovamos las botanas de los centritos de mesa, y ya mandamos traer cien buenas botellas del mejor tequila disponible -ebrios sin remedio, abstenerse-. Ya mandamos un oficio oficial a Colombia, y hasta musiquita de mariachi le pusimos, para que no se dudara su procedencia mexicana.
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Sucede que antier, mientras muchos de nosotros nos limitábamos a ver la vida pasar, la ex candidata al gobierno de Colombia, Ingrid Betancourt, fue liberada -no, bueno, no así tan fácil- junto con otros 11 sujetos, del refugio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (also FARC, also FART), ubicado en Tomachipán, Guaviare, al sur del país sudamericano, en el que permanecía tras un secuestro que duró la muy despreciable cantidad -no es el número, sino el hecho- de seis años y sus meses
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Para los que no están enterados del asunto, Betancourt fue, tiempo antes de ser secuestrada, férrea defensora del respeto a los derechos humanos en Colombia, el mantenimiento de los vínculos de comunicación entre el Estado presidido por Álvaro Uribe y el grupo revolucionario que ha traído en jaque a toda aquella tropical nación, así como el fortalecimiento del respeto a las garantías individuales de los colombianos -y las colombianas, ok, chiste local-.
. Y quizá por ello, o por la importancia que la figura de Betancourt representaba en el momento de su privación de la libertad -23 de febrero de 2002, Ingrid se encontraba en plena campaña por la presidencia, y había acumulado no sólo un número alto de simpatizantes, sino un gran porcentaje de la atención de la mass media gracias a su modo férreo y decidido de plantar la situación de Colombia y proponer soluciones objetivas y demandantes-, o por el hecho del importante valor que la prensa internacional le dio al seguimiento de su proceso de secuestro, o por el factor de que la desaparición repentina de esta importante mujer detonó en muchos aspectos la observación de muchas naciones del orbe sobre la situación civil inestable en el Estado colombiano, o por otros tantos motivos que se me escapan de las manos, el punto es que por alguna razón -o varias- la liberación de Ingrid Betancourt merece celebración, fiesta y pachanga -¿que no son cosas distintas? Estamos en proceso de verificarlo, por lo pronto haremos las tres-.
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Y sucede que en esta entrada, que no tiene límite de espacio, pero sí límite de lectura, deberían entrar, por mero valor informativo, muchos puntos importantes: sería primordial hablar de lo hermoso que es Colombia, de lo bello que es su español y lo fascinante que es su gente, de la variedad de su comida, de la importancia de sus artes, su folklore, su cultura, pero hacer todo esto sería dejar de lado la cuestión de que Colombia vive cercada, ya desde mucho tiempo atrás, por una de esas escorias -no tanto lo que distribuye, ni lo que vende, sino la forma en que lo hace-, una de las más grandes piedritas en el zapato, de todos los países latinoamericanos -México incluido- y otros tantos del mundo entero: el narcotráfico.
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Y mencionar al narco sería también dejar de lado la cuestión misma de las FARC, que según mis informantes traían en sus inicios ideas muy parecidas a las que tanto se afanaron en exponer en nuestro México querido Marcos y sus zapatistas, la desigualdad social y el rezago étnico incluido, y que fueron poco a poco, y con apoyo de quiénsabequémanopoderosa -ajá-, tergiversándose hasta convertirse en violencia pura engendrando más violencia y miedo.
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Así que, como hábilmente ya dije todo en el párrafo anterior, me limitaré a felicitar de nuevo a Ingrid y a su familia por su libertad renovada -úsela con cuidado, se gasta, me consta que se gasta, pero úsela mucho-, al presidente Uribe -y secretarios inmiscuidos- por el éxito y la excelente planeación de la "Operación Jaque" -sí, así se llamó, y vieran si no fue como de película: disfrazados de un grupo de auxiliares humanitarios, varios elementos de las Fuerzas Armadas de Colombia -las legítimas- se acercaron a las FARC hasta ganarse su confianza y proponerles su modesto helicóptero para trasladar a los rehenes -Betancourt muy debilitada incluida- a una zona de secuestro más segura, esto ante el aparente descubrimiento que hiciera la milicia colombiana de la localización del campamento de los insurrectos.
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Y tómala que los de las FARC dijeron "ámonos, pues", y que cuando el helicóptero estaba en vuelo, que dejan caer el teloncito y que se descubren como lo que realmente eran: militares arduamente entrenados para liberar rehenes inocentes y trasladarlos a zonas de seguridad. Y los de las FARC nomás se quedaron papando moscas y esperando entender qué había ocurrido, mientras Betancourt y los otros comenzaban a bordo la feliz pachanga, no muertos, no heridos, la gente justa de Colombia y del mundo entero muy feliz y muy agusto, y todos, eso sí, esperando entender más a fondo la compleja situación social de América Latina, que crea secuestradores y engendra liendres poderosas-.
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Y felicito también a todos y cada uno de los otros rehenes, a Colombia mismo, a su gente, a todos los que creyeron sin chistar que sería posible ver a Ingrid viva -las FARC rara vez se afanaron, durante los seis años de su captura, en dar muestras feacientes de su existencia-, y me felicito a mí, sobre todo, que sí creí que sería posible y que sigo creyendo que, si bien la nave camina viento en popa, todavía puede estar mejor el changarrito -"Aún hay más", decía el dominguero de Raúl Velasco-.
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Queda, claro está, mucho por pensar: ¿alcanzará algún día el gobierno colombiano, su gente, a comprender del todo a sus propios revoltosos?, ¿sabrá la razón de tanta ira, tanto secuestro, tanto miedo?, ¿resolverá el dilema del narcotráfico, o por lo menos tendrá el valor suficiente para decirle al mundo que participa con él?, ¿y el resto de los países latinoamericanos, y los europeos, y los africanos, y los asiáticos, ya lavamos nuestras propias gergas sucias, o también estamos esperando que en otras patrias se liberen a conmocionados secuestrados, o en otros países se hagan acuerdos, o en otras naciones se dé el ejemplo?
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Yo me quedo con la esperanza, ésa que Pandora dejó en el fondo de la caja y que además muere al último. La esperanza de que México escuche a Chiapas, Venezuela se escuche a sí misma y renueve su presidencia, Estados Unidos deje de escuchar, España escuche a sus propios separatistas, y todos, aquí la piedra angular de todo este jolgorio, todos estemos dispuestos a escucharnos a nosotros mismos.
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¡Salud!

martes, 1 de julio de 2008

La crema del café.

¿Cuándo nos convertimos en amigos? ¿Qué hace a dos personas, o más, romper el insólito y despiadado desdén de la simple coincidencia vital, y acceder -accesar no, ni que esto fuera barbarismo- al obnibuloso y ensoñado periodo de la amistad? ¿Es acaso la cercanía, o la diferencia? ¿Lo que nos separa nos hace también amigos, por aquello de que los polos opuestos se atraen? ¿Cuál es la diferencia entonces entre amigos y enemigos?
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Me asaltan tantas dudas porque hoy, como desde el año pasado lo viene haciendo por estas fechas y martes tras martes, por motivos taciturnos el Club de la Medianoche -favor de revisar entradas anteriores, muy anteriores- se ha transformado en el Club de la Lectura y el Café. Y sucede que, como todo club high class que se aprecie de serlo, éste tiene sus requisitos y sus lineamientos.
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Bueno, sí y no. Es requisito ser amigo, pero como nadie ha logrado definir con toda seguridad el concepto de la amistad, es más, ni siquiera nadie ha podido fabricar con todas las de la ley el concepto, quizá al ser algo inabarcable, no nos animamos a poner un requisito tan babas. Es requisito leer un libro semana tras semana, martes por martes, y presentar un informe lo más interesable posible -nota técnica puntualizante del neotérmino: que llame al interés- sobre el material leído, pero la verdad es que muchos de los que nos presentamos a charlar y beber café no leemos ni media página, o preferimos simplemente hacernos pato. Es requisito hablar, pero la verdad es que muchos de los miembros mueven mejor la coma escuchando que parlando. Es requisito estar presente, pero los resúmenes a posteriori de lo tratado son más que comunes en nuestro caso.
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Osea que el único lineamiento fijo que tenemos es armar el parloteo largo y tendido, y preocuparnos porque la única taza de café que nos sirven en el Sanborns las amables -y folklóricas- meseras esté siempre llena y calientita. Fuera de eso, el resto es ilusión.
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Y hoy nos juntamos otra vez, aunque la mesa nada más alcanzó para tres miembros, y como siempre no faltó ni la charla, ni el café, ni ninguno, curiosamente ninguno, de los otros requisitos mamilas. Sobraron las risas, las explicaciones, las críticas y las remembranzas. El Tahualpa, con su personal estilo, realizó una brillantísima disertación sobre los finales extraños de las series japonesas más famosas, mientras que La Casicasi, rítmica como diario, narró en su propia manera el último de sus viajes a la tierra de sus padres. Yo, que andaba con ganas de ver amigos y escuchar sus hazañas, me digné a oírlos y preguntar cuanta duda inútil me venía a la mente: ¿Sailor Moon era niña o travesti?, ¿Los Picapiedra fueron creación de Hannah o de Barbera?, ¿la birria estuvo buena?, ¿qué se siente ser madrina y no morir en el intento?
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Nos faltaron muchos. Quizá eso hizo que la tarde cogeara gravemente de varios de sus pies. Los que estuvimos estuvimos perfectos, pero se hizo notoria la falta de la mirada acogedora de La Malagueña, la inclusión informativa de La Traviata, la observación minuciosa -sin más fines que observar- de La Carlos, y la particular sazón de tantos y tantos otros que, si bien están en el Club, nomás no pudieron presentarse -seguimos esperando el informe de lluvias en los alrededores para justificar las faltas-.
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Ni hablar. Ya vendrán otros martes y otras tardes. Por lo pronto, con el libro a medio leer, ya voy diciendo que ni los que suelen estar son todos mis amigos -certificación en proceso-, ni todos los que faltaron me vienen dando igual. Sin embargo, de algo sí estoy completamente seguro: para ser mi amigo se necesita de todo... excepto perfección. Ya habrán notado entonces que mis amigos no son perfectos, pero son mis amigos, y eso vale más que cualquier tarde de café, lluvia y letras.
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¡Salud!