lunes, 30 de junio de 2008

Una escalera para que suba el muerto.

Era de noche. Estoy seguro de ello no sólo porque en mi sueño yo intentaba dormir, sino porque la ventana de madera y vidrio, la única cosa medianamente visible a mi alrededor, estaba abierta de par en par dejando ver un cielo estrellado y una noche negra, prominente, pomposa como vestuario de opereta.
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De pronto, de entre las sombras una figura de mi tamaño saltó hacia mí y se recostó sobre mi cuerpo. Mi asustada mirada iba de la ventana abierta a la irreconocible figura, intentando desentrañar la personalidad del asaltante, reconocerlo por su olor, por algún movimiento o incluso por alguna especie de silencio incómodo, algo, lo que fuera, la más mínima señal, que me hablara de esa persona, o ese ser, o esa... cosa. Nada. No lo conocía, o al menos su conocimiento no me traía nada grato.
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Intenté moverme y aquí empezó el dilema. Mi cuerpo, totalmente paralizado, no pudo desplazarse un centímetro ante la dureza del cuerpo ajeno. Mi reacción natural fue gritar. Comencé primero con un gemido sordo, pero mi miedo se transformó en pánico cuando no pude escucharme decir ni gritar nada. No sólo era sorda mi voz, sino también mis oídos. Ya para este punto del sueño, era tanta mi desesperación que un hilo de sudor frío corría por mis espalda y bañaba mi nuca.
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Cuando ya había pocas esperanzas, la voz asustada de mi madre, salida de las tinieblas, me trajo a la realidad. La abracé llorando, intentando no hablar, sólo explicarle con mi respiración agitada que había tenido una de las más terribles pesadillas de mi vida, y que volver al conocimiento del mundo me tomaría unos minutos. Me explicó que la despertaron mis gritos, esos que, sordos en el sueño, parecían ser muy potentes en el mundo real, pero no me reclamó su sueño interrumpido, ni el susto que le hice pasar. Se limitó a abrazarme y tranquilizarme lo más posible. Aunque creí que sería imposible, pude volver a dormir al poco tiempo sin mucho miedo acomplejándome.
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"La subida del muerto", como comúnmente se le conoce a este tipo de fenómenos oníricos, parece ser más común de lo que imaginaba. Ya son varios los conocidos que me han hablado del suceso, y muchos otros los que me han dado sus personales explicaciones, pero nunca creí vivirlo en carne propia.
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Para los neurólogos y siquiatras, según mis informantes, el suceso, llamado "parálisis del sueño", se explica como una alteración nerviosa consistente en cierto "corto circuito" provocado por el flujo constante de energía no correspondida de alguna región del cuerpo -especialmente la cavidad estomacal y sus órganos contenidos- hacia un cada segundo más adormilado cerebro. Osea que el estómago y los intestinos piden a su central respuesta energética para trabajar, y esta les devuelve puro cochi con mal di'ojo.
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La explicación paranormal, que si lo pensamos bien es la más popular, y por la que más personas optan, intenta decir que en el mundo hay una cantidad infinita de almas sin descanso -más comúnmente conocidas como "espíritus chocarreros"- que vagan por caminos, veredas y apartamentos, intentando molestar a los que nada debemos ni tememos... a excepción y diferencia de estar vivos. Y como por las noches el tedio los asedia -verso sin esfuerzo-, no hayan más diversión que echarse sobre uno e impedirle el beneplácito de la ensoñación.
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Yo, si me lo preguntan, y si no también, me quedo con la primera explicación. Sucede que si bien cuido mi alimentación, y no como cosas pesadas llegada la noche, estos días han sido para mí de particular sobresalto y desazón. Cuando creía tener controladas las situaciones, las palomitas de maíz han botado en la cazuela, y me han obligado a correr por la sal, la mantequilla y la tapadera. No me atrevo a decir que el viento corre ahora con calma, pero sí puedo afirmar que las cosas se han dicho, las cartas se han puesto sobre la mesa, y nada más puedo hacer que esperar la resolución progresiva del destino.
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Tengo ahora miedo de volver a dormir. No es que haya cambiado párrafo a párrafo de opinión, y ahora crea que el muerto -literal- se me va a subir con toda alevosía, ventaja y calentura, sino que revivir la situación, tener de nuevo el fenómeno en mi cama, estaría recordándome que me estoy tomando las cosas con más estrés del que ya de por sí me caracteriza al momento de actuar. Quizá me haga falta escuchar aquella insulsa melodía de cierto comercial de Coca Cola: "Llévatela leve, la vida se hace cada día".
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Quizá, eso o, más bien, correr al cerro -esto para no asustar en la ciudad-, gritar como desaforado, mentar algunas madres, y luego regresar con los ojos llorosos y la garganta churida. Total, de tenerla churida de día por tanto gritar, a tenerla churida de noche por no poder hacerlo, prefiero con creces la primera opción. Después de todo, ya llegará algún alma -viva, por favor, viva y coleando- caritativa a traerme pastillitas de la Tía Trini, o un pomito de Vic Vaporub, o un tesito de siete azahares, o... ya, pues.
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¡Salud!

2 comentarios:

Sombra de Luna dijo...

Yo todavia no he experimentado en mis carnes ese fenómeno.
Lo que si me paso el otro día es que soñe que se me caía una muela. Siempre había escuchado que cuando sueñas eso es que se va a morir un familiar o alguien cercano ati.
Me desperte angustiada, y durante todo el dia estuve ralladisima: me daba miedo cuando sonaba el telefono, y de repente oí las campanas que anuncian una muerte en el pueblo. No puede evitar llamar a mi madre para ver quien habia muerto...Era una mujer de mi pueblo, pero nadie cercano a mi. Pase uno de los días mas angustiantes de mi vida.
Un saludo

Wendy Piede Bello dijo...

Que miedo... turururu... turururu...