martes, 3 de junio de 2008

Tiniñendo números.

Esto ya huele a recta final y yo aquí sentadote. Los trabajos se están entregando a una velocidad que da miedo, los puntos finales están ya haciendo sus preciadas apariciones en las pantallas de todas las computadoras que conozco, la leyenda "trabajo final para la materia de ..." anda de aquí para allá como estrellita de escaparate, y yo aquí sentadote.
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Pero no, no confundan. No estoy sentadote atendiendo a cierta necesidad epidérmica emanada de mi ombligo -léase: rascándome el ídem-. Estoy, más bien, atendiendo a cierta necesidad escolar emanada de mi currícula. Hay que poner, quitar, escribir, redactar, estudiar, deducir, leer, imprimir, engrapar, revisar, reimprimir, reengrapar, registrar. En fin que el trabajo no acaba ni aún cuando ya está acabado.
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Yo no sé quién fue el degenerado que tuvo la brillantísima idea de crear los procesos de evaluación, pero el día que lo encuentre registrará la frondosidad de mis puños -La Traviata, que allá por su rancho está esperando ver llover, insiste en decir que mis manos son frondosos-. Y mientras esto sucede, nos están evaluando.
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Y he llegado a la conclusión -sí, todavía me alcanza el cerebro para conclusiones- de que los conejillos de indias sufren un colapso similar al que experimenta el estudiante en proceso de evaluación. Si Freud viviera, seguramente hablaría de las ocho fases de la espera académica: nervio, entrega, satisfacción aparente, nervio segundo, resignación, proclamación erudita, recepción de la calificación y nervio tercero, aunque quizá olvidaría agregar el vómito, el dolor de cabeza agudo y pendenciero, los males estomacales y la afección de espalada que inevitablemente sigue a los procesos de evaluación.
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Ni hablar, que para registrar camino en esta vida hace falta subir peldaños numéricos. Yo, que no me afano mucho en contar, ando ya sacando porcentajes para ver qué tanto puedo bajar el rendimiento para equilibrar mi salud. No pregunten, en esta esquina ya estamos trabajando en números rojos.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

El chorro y los estornudos propulsore de mocasines... chale. Y, ¿para qué haces drama si eres un ñoño? Espera, es parte de ñoñez, ya me ví.

Victor H. Vizcaino dijo...

Aquí el Vítor reportándose Pipirripipi!!!!!!!.
Pues así es esto, la fama cuesta y cuesta caro, el pertenecer a la máxima casa de estudios recuerda que es un privilegio, aaaaa y apoco eres crildboy, jajaja, me da gusto, y por otro lado, yo te puedo ayudarte en tus números rojos, para que maximices tu utilidad mental por medio de el cerebro marginal creciente, jajajaja, que mira que estar en el ramo económico te deja medio… no entremos en detalles.