domingo, 8 de junio de 2008

Tacones lejanos lejanos.

Dicen que nada es para siempre.
Los sueños cambian,
los trenes vienen y van,
pero los amigos, los amigos nunca pierden el estilo.
Carrie Bradshaw, Sex and the City.
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Ya, pues, flagélenme por haber ido. Satúrenme con esa perorata de que cómo demonios puede un estudiante de Letras, un lector asiduo, un joven preparado -y en preparación-, andar gastando su tiempo y su dinero en una película estadounidense no solamente hecha para vender, sino para revender algo ya antes vendido. Mutílenme, golpéenme, escúpanme, y luego, ya más serenados -sereeeeno, moreeeeeno- léanme: fui a ver Sex and the City, la película, porque ya me la tenía prometida, y chin-chun-chan al que no le parezca.
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¿Mi crítica? No, no voy a dar nada de eso porque, aunque estuve cerca esta vez, tampoco en este verano podré tomar un curso de Análisis Cinematográfico que me dé las herramientas suficientes para hablar de las películas sin decepcionarlos. Así que respecto a la realización sólo podría decir lo que mi medianamente desarrollado intelecto cinematográfico me permite: es como la serie, la misma fotografía, los mismos movimientos de cámara, hasta el mismo filtro de luz, pero en pantallota, eso sin mencionar que la trama parece chicharrón prensado de tres o cuatro capítulos del seriado que como que les faltaron por entregar, y ahora sí, ya tarde y con muchos millones en la bolsa, se decidieron a vender.
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Pero no fui a ver la película porque sea fan de la serie, o porque sienta una extraña y casi culposa atracción hacia eso que dan en llamar "el mundo de la moda" -yo conozco muchos mundos, pero ése me es particularmente atractivo-. No, nada de eso. Fui a ver Sex and the City porque me llama la atención ese particular modito que tienen los gringos para decirle al mundo que todo está bien allá por sus lares, que la gente no sufre por comida, dinero o habitación, y que hay primavera hasta en la nieve del invierno, concepto bastante macutre -suma de "mamón" y "cutre"- que en últimos años, y con afán meramente comercial -aplaudible en el caso de una industria como la nuestra, que lo que está buscando ahorita es dinero-, le ha dado por imitar al cine mexiano.
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Para no hacerla más larga, asistí también a Sex and the City -y un día después de su estreno, lo que no he hecho más que con El Señor de los Anillos, El retorno del Rey (sigo teniendo pesadillas con cuarentones panzones vestidos de Légolas-, asistí a ver a cuatro amigas bastante superficiales, cotorras y mucho más arrastradas por la vida que lo que se les veía en la serie original, gringas todas, asistí a los enredos -bueno, pongámoslos entre comillas, porque enredos los míos, que sí tienen para nudo scout y cuerda que les sobre- de cuatro desesperadas y en proceso de ancianidad, antaño jóvenes, mujeres, con la única intención de verificar aquella frase que en cierto trailer de la cinta me tocó escuchar, de la voz de la protagonista -la más tendida de las cuatro a imitar en su piel la consistencia del papel crepé-: "They say nothing is forever. Dreams change, trains come and go, but friendship never go out style".
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¡Ah, qué monitoooo! Osea que no importa si el vestido que compré el mes pasado -no, Malagueña, no estoy en proceso de comprobar lo de Guadalajara Capital Gay de México... ¡es una metáfora!-, no sólo ya no me queda sino que además es como muy oldies para los nuevos times. No importa si La Casicasi no se cambia de sudadera en toda la semana, o si ni siquiera usa sudaderas, o si La Zucaritas usa faldas a la Lavinia Style cuando lo suyo lo suyo son las playeras polo, o si La Jirafa usa bolsas de imitación, o si La Traviata mezcla estampados con estampados... ¡nuestra amistad jamás pasará a la historia, nunca estará fuera de moda, jamás gritará "fashion emergency!"!
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¡Ay, ¿no se enamoran?! Pues no, no lo hagan, es una frase muy ridícula y si la he puesto aquí es porque... porque la película es medianamente mala pero tiene ciertos diálogos rescatables -por favor, por lo que más quieran, si van a ver la película no se pierdan el intento gringo por hacer referencias literarias con el personaje vecino en Miami de Samantha, la descocadadeporqueríaneoyorkinavenidaamenosensuburbio-. Y, claro está, dense cuenta de que, si les preocupa mucho ese asunto de las modas, los amigos son ese único accesorio que después de los cuarenta nos sigue quedando a la perfección, combina con todo y no exije rebajas para deslumbrar. ¡Ámonos!
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Vi la peli. Lee mi entrada -lee del modo subjuntivo, del tiempo ya, de voz de orden, te hablo en tu idioma pa' que me entiendas-.
La amistad no pasa de moda.

Alejandro Bercini dijo...

"Los amigos son ese único accesorio que después de los cuarenta nos sigue quedando a la perfección, combina con todo y no exije rebajas para deslumbra"

Muy bueno, muy buena frase, lo que más me fascino y sorprendió es que fueras capaz de sacar un post tan chido de una película fashionista y superficial hasta la madre, y por más superficial que sea, muero por verla.

Como siempre mi estimado y muy buen amigo de letras, es un gran placer leerte aunque, desgraciadamente, no he podido hacerlo con mucha frecuencia últimamente. En fin, síganos complaciendo con sus locuras, sus letras, sus metáforas y sus análisis de cuanto se le ocurra.

Saludos desde neverland. =)