jueves, 26 de junio de 2008

Romper el silencio.

Explotó. Sabía que llegaría un día en que toda esta mar de cosas no dichas me atraparían en una corriente nauseabunda, un buen día, pero, sinceramente, no esperaba que fuera tan pronto. Creí que sería a mis veinticinco, o a mis treinta, con mi doctorado en Literatura bajo el brazo y un excelente puesto diplomático en Argelia, dos razones suficientes para no tener que dar la cara atrás y enfrentar las decisiones... o las circunstancias pasadas.
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Pero sucede que ha sido hoy -y empiezo a agradecerlo-, y tras un detonante sin mucha importancia, que todo ha salido a la luz y ha prendido el foco rojo de la incomprensión. Ya no fue como yo esperaba, como lo veía venir en sueños, dotado de una buena racha personal, sintiéndome más fuerte en todos los sentidos. No, la realidad me ha asaltado hoy, aquí, ahora, con la familia tomando decisiones trascendentes que amenazan con desintegrarla, los amigos moviendo sus propias comas, las exnovias regresando a la pantalla en sus peores ratos, como película de terror, con todo este mundo convertido en un caos de los mil demonios. Y lo más terrible, es que mi silencio ha empezado a dañarla.
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Me queda la esperanza de poder hablar con ella. Creo que lo que le diré ella misma lo sabe, y temo que seré egoísta -ah, miren, segunda vez en este día que parezco merecerme un epíteto similar- al decir lo que he callado sin pensar mucho en ella. O quizá la sé demasiado fuerte, o confío lo debido en su inteligencia, o quizá es más mi necesidad de que ella sepa la verdad -o la confirme, porque no quiero ni creo llegar en ceros- que de que ella pueda tolerarla. No, sé que podrá. Yo no lo haría si no viera el terreno suficientemente firme como para hablar con todo el chorro, sin pretensiones, sin detenerme.
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Quisiera decirle que no se trata de terceros, ni de ella misma, sino de mí. Uno de pronto se enamora sin que las personas sean las indicadas, ni los momentos, ni los espacios. Uno cae en el amor y apenas se da cuenta de ello cuando una decisión de alguien que no tiene por qué dar explicaciones de sus actos, lo sorprende, me sorprendió, y me ha hecho sentir despechado. ¿Cómo si nunca hubo nada? Ya ven, elucubraciones y tonterías mentales que más vale la pena ir eliminando.
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¿Y por qué? Porque la aprecio, no, ni madres, la quiero, y mucho. Porque, si bien no espero que ella lo tome lo mejor posible, o que esto no traiga consecuencias -esto menos que nada-, no quiero que en el futuro las reacciones sean puestas en duda, cuesten tiempo, pensamiento, decisiones válidas, generen culpas. No quiero que se pierdan más canas, ni que se desmoronen más muros que se habían construido fuertes, rubicundos.
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Cuando La Traviata se enteró, o más bien, cuando ella me lo preguntó pa' comprobar porque ya lo sospechaba, me cuestionó sobre si decirlo ahora, cuando ella está tan bien enrolada, cuando todo marcha de maravilla, sería lo más prudente. Dije que no. Pero creo que de prudencias, ante las circunstancias de hoy, ya fue mucho. He visto a mi familia entera morir poco a poco en "prudencias" inútiles, y estoy cansado de ello. No más, nunca más.
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¿Que si se acabará el adoro de la amistad?, ¿que si me irá como en feria con el resto de mis amigos?, ¿que si toda esta etapa de vida se convertirá en un infierno? Quizá, pero prefiero un infierno ardoroso y derecho, que uno que tatema a contra luz, con la sosobra inmediata del silencio incómodo.
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¿Y luego qué? No sé. Por lo pronto, la verdad sobre la mesa. Que el resto lo decida el tiempo, el destino, y las ganas de vivir.
. ¡Salud!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ya lo sabía, lo supe hace poco y también lo callé, porque se supone que no debía saber.