lunes, 16 de junio de 2008

Nosotros los inundados.

Lluviosa estuvo la noche del domingo para amanecer el lunes. Lluviosa y escandalosa. Sí, hubo truenos, muchos, que cayeron junto con el agua como si no quedara otra cosa por hacer en la Tierra que llover a cántaro rajado. Pero ni hablar, que si de gustos me hablan, llover ocupa entre los míos el lugar privilegiado -tras enterarme que el queso panela no es tan saludable como me habían contado, llover esta por convertirse en mi gusto gusto-.
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Pero el escándalo casi no provino del centenar de rayos y centellas -sí, aquí sí cabe el cliché- que tapizaban el también airoso cielo, sino, más bien, de la vociferante y asustada garganta de mi madre, quien, despertada por el can de la casa -sí, el mismo que apenas hace unos meses vivía todavía en la azotea (cosas de adaptación, que le llaman) y no paraba de aullar-, quien, asustado y meditabundo, no hallaba la manera de despertar a su amada ama, quien, sin conocer la razón por la cual el perro iba y venía como padre ansioso en el momento del parto, atinaba sólo a decirle "échate en tu trapito, perrito, en tu trapito".
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Pero el trapito casi flotaba y mi madre bien gracias. No fue sino hasta que el perro dio la suficiente lata -o la demasíada- que mi progenitora, que entre otras cosas hace muy bien las dormidas, se levantó para ver qué sucedía y, al poner los pies en el suelo, sintió llegar hasta la máxima punta de su cuero capilar el frescor de la ansiada -sí, en ciertas circunstancias- y cristalina, pasto de ranas y sapos, agua de lluvia.
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Y que se para Doña Mago y que comienza a gritar como desquisiada. Yo, que en todo estoy, ya para entonces había intuido que algo no andaba bien porque semejante tromba, que no están ustedes para saberlo pero yo sí para contarlo, es la más fuerte que recuerdo haber vivido, no me tenía, entre sueños, muy tranquilo que digamos.
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Y que abre la puerta Doña Mago y que los gritos llegan hasta mi tercera etapa freudiana, taladran mis tímpanos y se cristalizan en realidad. "¡El agua se está metieeeeendo!, ¿ve cómo está de anegado esto?" Y como mi intuición nomás alcanzó para levantarme ansioso, tardé como diez minutos, y una caminata en calcetines sobre el creciente charco, para entrar en razón. "¡El agua, se mete!", atiné a declarar, frente a la mirada estupefacta de mi perro, que ya para entonces había corrido a la recámara de mis hermanas -casa arriba- para salvar pellejo de la inundación -casa abajo-, y la incertidumbre de mi madre, quien, tras inteligentemente atinar a bajar los switches por aquello de los electrodomésticos a ras de piso, me veía con ojos de La Chorreada al morir Torito.
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Y ya que, en afán sherlockhomista, atinamos a encontrar -sí, así con redundancia y todo- la razón de la inundación -de tanta, tantísima agua, el patio de servicio, principal fuente de ventilación y luz natural en la recámara de mi madre, se había inundado y, estando la puerta de cristal abierta para facilitar al can la satisfacción de sus necesidades fisiológicas, el agua había abierto brecha para terreno colonizado-, ya localizada la fuente de nuestro pequeño inconveniente hidrológico, decía, buscamos la manera de resolverlo, como gente proactiva que somos, y decidimos entonces sentarnos a pensar.
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Ya para entonces el chaparrón había bajado, y junto con él el perro, también chaparrón -no tiene la culpa el perro, sino el que lo hace enanito-, se había dignado a acompañarnos en nuestra desventura. Yo, conociendo los desplantes actorales de Libertad Lamarque en Cuando los hijos se van que suele hacer mi madre en sus momentos de turbación, preferí ahorrarme las cachetadas y adelantarme a las circunstancias: "Destapemos la coladera y comencemos a barrer".
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Y mi madre, que para barrer es muy buena, no esperó dos segundos y comenzó a tirar toda el agua para el triste patio. El inconveniente, en menos de lo que había empezado, había sido superado por tres ágiles -incluimos la del perro, que demostró gran inteligencia al buscar salvar pellejo- y dominantes mentes, que, aunque sufrieron en escarmiento propio la indudable fluidez del agua -fluido por excelencia, saaaabe-, no se dejaron amedrentar -muchos ? para esta última frase-.
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Yo les dejo, ya por último, un consejo valedor: en temporadas de lluvia, procuren ver llover y no mojarse, y eso incluye también al agua que no precisamente cae de la cabeza, sino se siente en los pies. ¿Que si me agripé? No la frieguen, no lo piensen, no echen la sal.
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¡Salud! (seca, muy seca salud)

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Ya ves? No tienes cucarachas, pero tienes la casa inundada. Los incovenientes de vivir en Tesistán.