domingo, 29 de junio de 2008

Felicidades dadas.

Es extraño que lo feliciten a uno. Ya más o menos me iba acostumbrando a hacer las cosas por el puro gusto de hacerlas, de escribir por nada más que la pura satisfacción personal, de entrevistar por la pura euforia de encontrar personalidades especiales, y ahora me topo con un maravilloso correo venido de mi director editorial -El Galán, le apodaremos, por motivos meramente nominales-, en que se me felicita, a mí y a La Malagueña, por el excelente trabajado realizado en el periódico en pro del avance del periodismo nacional, el fortalecimiento de los valores ciudadanos y el enaltecimiento de la mujer en todos los entornos institucionales.
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No, miento, o bueno, lo expongo pero con mi propio tinte -rubio caoba 24-. Nos felicitó, sí, pero por entregar buenas notas, y talonearle como desesperados. Yo, si me lo preguntan, y si no también, porque para eso crea uno blogs personales, no para andar resolviendo cuestiones ajenas, si me lo preguntan o no, dije, todavía creo que La Malagueña es la que se chuta más trabajo de todos los aprendices de reportero que trabajamos en esa redacción: se levanta a las tres de la mañana, cuando el gallo canta en Tonalá -es que allá sale primero el sol-, corre a lavarse la cara con lejía y piedra pómex y luego corre a remojar su abundante cabellera en agua con carbón, esto para no perder la sedosidad grifa y conservar el color -negro apocalipsis 25-.
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Y luego, ya que está entrada en eso del personal spa, se mueve cual gacela al viento hasta cierta piscina que la recibe como vientre materno, y ahí nada hasta que la piel de las yemas se le pone churidita, y luego sale hacia la ciudad para cubrir nota roja, perseguir patrullas con balaceados, cuestionar políticos insufribles, golpear a los tres reporteros del Informador que intentan agenciarse su cita para entrevistar al diputado que se les antoje, abordar un camión repleto de albañiles toqueteadores, comer un sándwich de atún remojado camino a la escuela, portar dignamente su botella de agua y luego chutarse cuatro horas y media, o más, de insufribles horas clase, sin aminorar, a menos que sean días últimos de mes, esa sonrisota que la caracteriza y esa mirada taciturna que ha hecho creer a mi madre que consume anfetaminas.
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Yo, que siempre he sido medio atolondrado para correr y remojarme, salgo de mi casa a las nueve de la mañana, después de haber dormido hasta las ocho y ser despertado por el ladrido de mi perro que me trae el desayuno americano y el Mural hasta la cama, me duermo en la camioneta camino a la ruta, me pongo mis lentes de sol, subo dos o tres cajas, veo a mi mamá hacer labor de venta y correr tras sus proveedores, vuelvo a dormir en la camioneta, bajo dos o tres cajas, intento convencerla de que se convierta al budismo, vuelvo a subir dos o tres cajas, vuelvo a dormir en la camioneta, vuelvo a... dormir en la camioneta, y luego, ya harta de mí, espero a que la autora de mis días me aviente en la escuela y se olvide del problema. Llego, vuelvo a dormir en los lapsos de cinco minutos que hay entre clase y clase, bebo mucha agua, y luego me muevo a mi casa para intentar descansar del agetreado día. ¿Que a qué horas entrevisto, redacto, fotografío incluso? Ese es el gran dilema que explicaría -sí, un dilema explicando otro dilema- el por qué de que La Carlos, mi editora en turno, siempre esté siendo invadida por tics nerviosos debidos a mis entregas tardías y perezosas, quincena tras quincena. ¡Todo se lo debo a mi manager!
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Pero sucede que, quizá, el resto de reporteros apenas mueve la pluma y se preocupa por enterarse qué le toca cubrir. Yo, si no me lo preguntan igual lo digo, creo que hay otros tantos que merecen su mención honorífica, aunque lo que entreguen deba pasar por serias revisiones y profundos análisis textuales. La Lía, que para eso de tener problemas parece pintarse solita, debería también recibir su felicitación por el trabajo que realiza -no me pregunten la hora en que se levanta, o el tinte de cabello que utiliza, pero sé que trabaja, y no lo hacen tan mal-.
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Yo, por eso, propongo a El Galán otro correo, por lo menos remitido a "Los demás: ", que felicite al resto por dar el resto. Ni La Malagueña ni yo pedimos el Óscar -bueno, quizá ella sí, sobre todo por sus brillantees actuaciones de su tío el que es doctor en el Seguro Social, o su hermano taciturno -nocturno, diría yo-, o su estresada jefa -nuestra, ¿por qué echarle el perro nada más a ella?-, o Marco Aurelio, o toda esa bola de gente a la que imita tan bien -?- No, esperen, que le den el Óscar al Reportero, porque como actríz igual se muere -o la matan- de hambre.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Sigamos trabajando como hasta ahora o mejor, porque nuestros millones de lectores están ávidos de más artículos de nosotros: los mejores. (Cara de soberbia)