jueves, 19 de junio de 2008

El juego que todos jugamos.

Con mis ánimos no muy ad hoc, hace un rato subí al camión después de pasar una maravillosa tarde junto a La Zucaritas -casi la única de mis amigos letrados que comparte conmigo el don de la soltería- disfrutando Como agua para chocolate, el singular filme de Alfonso Arau basado en la novela homónima de su ahora ex esposa, Laura Esquivel, con la única intención de llegar a mi casa, descansar y poder acompañar mañana a la mitotera y rumbera de mi madre que parte rumbo a León, Guanajuato, a ser parte de una especie de homenaje -o una especie de algo así- que le harán por haber fundado en la mencionada ciudad del Bajío -o cofundado- un movimiento catequístico intitulado "Familia Educadora en la Fe".
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Y mi única intención se fue al carajo cuando me tocaron de vecinos de asiento -¿por qué nadie ha inventado el útil y necesarísimo término "copasajeros"? vaya uste' a saber- un par de chicos, muy chicos, por cierto, que venían no escuchando música, no leyendo tranquilamente, no disfrutando del paisaje o comentando sus últimas andanzas sexuales o familiares, en fin, cosas comunes que hace la gente común en los camiones comunes, sino drogándose.
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Sí, leyeron bien. Ambos inhalaban -y de ahí que me di cuenta, dado el penetrante olor que inundó toda la parte trasera del camión- fuertes dosis de tinner venidas de sendos estropajos empapados con el solvente.
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¿Que si me asusté? No, no mucho. Sentí lástima, eso sí, mucha lástima. Sobre todo cuando el más bajo de estatura de los dos terció su mirada hacia mí y pude leer en su rostro los rasgos físicos de alguien no mayor de trece o catorce años. Con su playera hawaiana, que lo hacía ver bien curro, con sus zapatos bien boleados y su bola de estropajo, parecía estar tocando las nubes con cada inhalación. O al menos así me lo intentaban indicar sus ojos, tan hundidos, tan vidriosos, que se ponían en blanco cada vez que, llevando el estropajo a su naríz, dejaba entrar aire a sus pulmones.
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El otro me preocupó menos. Su edad era, casi obviamente, mucho mayor que la de su acompañante, pero al fin de cuentas ninguno de los dos parecía preocuparse en absoluto por meditar sobre si lo que hacían iba o no, o era soportable o no, para alguien de su respectiva edad. Además, creo sobra decirlo, el "valor" de pacotilla que su período "lúcido" les dio, los obligó, quién sabe en qué extraña treta del solvente, a molestar a cuanto pasajero pasaba por sus lugares. Cuando uno de ellos tomó mi brazo y, mirándome como no mirándome, me dirigió algunas inentendibles palabras, sólo atiné a retirar con fuerza mi brazo y exclamar, muy nacido del corazón, un severo e insospechadamente intolerante "alíviate y hablamos".
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Cuando llegué a mi casa por fin, y porque así son estas cosas de la inspiración, lo primero que encuentro al prender el televisor, es la frase del spot que nuestro presidente Felipe Calderón Hinojosa -no me preocuparé en indagar sobre si es legítimo, ilegítimo, producto de la injusticia o nuevo lanzamiento Bimbo-, ha colocado en todas las televisiones del país, en todos los canales, en todos los horarios: "Estamos trabajando para que la droga no llegue a tus hijos".
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Todo bien. Que no llegue es fabuloso, ¿pero eso es suficiente eso para que no exista? O, mejor aún, ¿garantizar su falta es garantizar su bajo consumo? ¿Qué sucede entonces cuando, como lo demuestran episodios como el que hoy viví y les comparto, la droga está hasta en las tlapalerías, y no es producto tanto del tráfico como de la demanda misma? ¿Será acaso que nos estamos olvidando de que no es qué metemos en nuestro cuerpo, sino por qué razón?
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Calderón y su gente podrían ahorrarse -y ahorrarnos- muchos millones si dejaran de jugar al gato y al ratón con los narcotraficantes -una guerrilla que, sobra decirlo, los narcos tienen ganada per sé y para siempre-, y se dedicaran mejor a aliviar las molestias nacionales, a equilibrar las fuerzas en los hogares y a educar, ahí la clave de todo el álgido movimiento, a los individuos más que a las masas.
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Me queda claro que no es fácil esa cuestión de formar gente pareja y derecha, y que no nomás le toca al Estado hacer labor de culturización y formación, que también está en las familias, en los padres, en la decisión inicial de formar una familia que toma una pareja, o en la decisión primaria de tener un hijo que toma una mujer. Me queda claro y, como ciudadano mexicano que soy -acta de nacimiento en mano-, yo asumo íntegramente la parte de responsabilidad que me toca. Pero también me queda claro que nada podrá hacerse en contra de la droga, o, más bien y con menos índice de error, en contra de la drogadicción, si primero no se trabaja en las personas que la consumen.
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Hace poco, muy poco tiempo en realidad, una conocida que suele fumar muy seguido -fumar en la extensión "prohibida" del término-, me comentaba que ella no tiene temor de que, tras las míticas hazañas de Calderón, la droga se acabe, que eso la tiene sin cuidado y que más bien debería el presidente, y con él su gente, dedicarse a algo más productivo como, en sus palabras, "controlar la educación en las familias y la natalización". Citando al buen Vicinio por enésima ocasión: "Chale". Se los dejo de tarea. Lo de la natalización y lo demás.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

La lucha contra el narco es finalmente una lucha por el poder y ganará el que mate más, como en Grand Theft Auto. Tú y yo, y hasta el mismo Calderónb sabemos que el problema de la drogadicción no se acaba matando a los productores o distribuidores, sino evitando los consumidores. Somos humanos, aunque no es justificación, y hay huecos por llenar, algunos lo hacen de la manera menos sana, con drogas. Menos muertes y más atención a los hijos.