miércoles, 18 de junio de 2008

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¿Qué clase de desquiciadas ideas, productos únicos de enfermedad, tienen que pasar por la cabeza de un padre que asesina a sus hijos? ¿A qué nivel de sociedad hemos llegado, donde parece ser de inteligentes enloquecer y de sabios reconsiderar la locura misma? Me lo pregunto hoy porque ayer, en pláticas ligeras, La Arandera me hizo saber -hizo de mi conocimiento, como si el conocimiento se hiciera de algo más que ideas y palabras- que su vecino, un hombre a todas vistas formal y decente -ja- había asesinado a sus dos hijas de 3 y 4 años de edad.
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Una barbarie. No puedo pensar en otro epíteto para lo que La Arandera me relató francamente -y obviamente- sacada de lugar. No se saben los motivos de su locura -se rumora, pero rumores rumores son, de celos hacia su esposa-, y mucho menos puede -bueno, puedo- intrigarse sobre el arma homicida o la cantidad de cuchilladas dadas, pero el acto queda como una barbarie y así debe ser visto.
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Bueno, y como algo más: el producto de una sociedad que cada vez atiende menos a sus individuos y más al provecho de unos cuantos. Nos hemos vuelto insensibles al dolor de otros, porque los medios, la realidad misma -quien no crea que es bizarro este asunto, párese en una esquina del centro de su ciudad y observe a la gente que pasa, ja, touché!-, nos muestran tanto las mismas imágenes de dolor, violencia extrema y soledad, que hemos considerado estas realidades como partes innegables, inviolables, de la vida misma, llegando todos al punto de considerar que sin asaltos, violaciones, abusos y negligencias, no existe práctica social.
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Pensaba justamente ahora en Tomás Moro y su Utopía. ¿Qué sucedía con el loco, porque lo había, en la sociedad -valga la redundancia- utópica propuesta por el canciller de Enrique VIII en su máximo producto literario? Era expulsado de la ciudad y obligado a trabajar en el campo, lejos, donde no dañara a nadie y no pudiera interceder contra los principios -sanos principios- que regían a la sociedad de los utopos.
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¿Y todo funcionaba bien? Bien es poco, de maravilla, estupendamente. ¿Y por qué no hacer eso aquí? Por los locos somos todos, disfrazados de buenos amigos, buenos hijos, buenos padres, buenos novios, buenos amantes, buenos oficinistas, que en un leve momento de estrés, o en un pequeño ademán del destino, nos convertimos en asesinos potenciales o verdaderas lacras sociales -quien no me crea párese en un semáforo, cualquiera, de su ciudad, y observe a la gente de los autos responder a insulsos actos ajenos, como que alguien frente antes de tiempo, o no ponga su direccional-.
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No creo estar exagerando. Duele ver un mundo tan dado al traste, donde suceden tantas cosas sin que nadie -y nos vanagloriamos de no vivir en el D. F., como si sólo allá la gente fuera indiferente y la ciudad una mole inhumana de smog, edificios y autos-, ni nada, ponga un pie en el asunto para detener el curso de los acontecimientos más inimaginables.
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La Arandera se fue a su Arandas porque dice que todo le huele a sangre, que está cansada de tanto luto y de tanto llanto todo el día. Yo aplaudo y aprecio su decisión. Lo malo es que me pregunto, con ese afán de entrevistador que traigo, ¿cuándo será el día que tenga que correr yo porque el olor a sangre me sature las entrañas?, y, sobre todo, ¿a dónde iré? ¿Por qué huir de mi propia casa, que se supone debe ser refugio y reducto? Me suena todo igual de inverosímil, inverosímil como se ha hecho la vida para todos.
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¡Salud! (sí, claro)

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Ta canijo el caos, pero es caos mental, anoche vi Children of men, espero no llegar a presenciar eso.