lunes, 30 de junio de 2008

Una escalera para que suba el muerto.

Era de noche. Estoy seguro de ello no sólo porque en mi sueño yo intentaba dormir, sino porque la ventana de madera y vidrio, la única cosa medianamente visible a mi alrededor, estaba abierta de par en par dejando ver un cielo estrellado y una noche negra, prominente, pomposa como vestuario de opereta.
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De pronto, de entre las sombras una figura de mi tamaño saltó hacia mí y se recostó sobre mi cuerpo. Mi asustada mirada iba de la ventana abierta a la irreconocible figura, intentando desentrañar la personalidad del asaltante, reconocerlo por su olor, por algún movimiento o incluso por alguna especie de silencio incómodo, algo, lo que fuera, la más mínima señal, que me hablara de esa persona, o ese ser, o esa... cosa. Nada. No lo conocía, o al menos su conocimiento no me traía nada grato.
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Intenté moverme y aquí empezó el dilema. Mi cuerpo, totalmente paralizado, no pudo desplazarse un centímetro ante la dureza del cuerpo ajeno. Mi reacción natural fue gritar. Comencé primero con un gemido sordo, pero mi miedo se transformó en pánico cuando no pude escucharme decir ni gritar nada. No sólo era sorda mi voz, sino también mis oídos. Ya para este punto del sueño, era tanta mi desesperación que un hilo de sudor frío corría por mis espalda y bañaba mi nuca.
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Cuando ya había pocas esperanzas, la voz asustada de mi madre, salida de las tinieblas, me trajo a la realidad. La abracé llorando, intentando no hablar, sólo explicarle con mi respiración agitada que había tenido una de las más terribles pesadillas de mi vida, y que volver al conocimiento del mundo me tomaría unos minutos. Me explicó que la despertaron mis gritos, esos que, sordos en el sueño, parecían ser muy potentes en el mundo real, pero no me reclamó su sueño interrumpido, ni el susto que le hice pasar. Se limitó a abrazarme y tranquilizarme lo más posible. Aunque creí que sería imposible, pude volver a dormir al poco tiempo sin mucho miedo acomplejándome.
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"La subida del muerto", como comúnmente se le conoce a este tipo de fenómenos oníricos, parece ser más común de lo que imaginaba. Ya son varios los conocidos que me han hablado del suceso, y muchos otros los que me han dado sus personales explicaciones, pero nunca creí vivirlo en carne propia.
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Para los neurólogos y siquiatras, según mis informantes, el suceso, llamado "parálisis del sueño", se explica como una alteración nerviosa consistente en cierto "corto circuito" provocado por el flujo constante de energía no correspondida de alguna región del cuerpo -especialmente la cavidad estomacal y sus órganos contenidos- hacia un cada segundo más adormilado cerebro. Osea que el estómago y los intestinos piden a su central respuesta energética para trabajar, y esta les devuelve puro cochi con mal di'ojo.
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La explicación paranormal, que si lo pensamos bien es la más popular, y por la que más personas optan, intenta decir que en el mundo hay una cantidad infinita de almas sin descanso -más comúnmente conocidas como "espíritus chocarreros"- que vagan por caminos, veredas y apartamentos, intentando molestar a los que nada debemos ni tememos... a excepción y diferencia de estar vivos. Y como por las noches el tedio los asedia -verso sin esfuerzo-, no hayan más diversión que echarse sobre uno e impedirle el beneplácito de la ensoñación.
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Yo, si me lo preguntan, y si no también, me quedo con la primera explicación. Sucede que si bien cuido mi alimentación, y no como cosas pesadas llegada la noche, estos días han sido para mí de particular sobresalto y desazón. Cuando creía tener controladas las situaciones, las palomitas de maíz han botado en la cazuela, y me han obligado a correr por la sal, la mantequilla y la tapadera. No me atrevo a decir que el viento corre ahora con calma, pero sí puedo afirmar que las cosas se han dicho, las cartas se han puesto sobre la mesa, y nada más puedo hacer que esperar la resolución progresiva del destino.
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Tengo ahora miedo de volver a dormir. No es que haya cambiado párrafo a párrafo de opinión, y ahora crea que el muerto -literal- se me va a subir con toda alevosía, ventaja y calentura, sino que revivir la situación, tener de nuevo el fenómeno en mi cama, estaría recordándome que me estoy tomando las cosas con más estrés del que ya de por sí me caracteriza al momento de actuar. Quizá me haga falta escuchar aquella insulsa melodía de cierto comercial de Coca Cola: "Llévatela leve, la vida se hace cada día".
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Quizá, eso o, más bien, correr al cerro -esto para no asustar en la ciudad-, gritar como desaforado, mentar algunas madres, y luego regresar con los ojos llorosos y la garganta churida. Total, de tenerla churida de día por tanto gritar, a tenerla churida de noche por no poder hacerlo, prefiero con creces la primera opción. Después de todo, ya llegará algún alma -viva, por favor, viva y coleando- caritativa a traerme pastillitas de la Tía Trini, o un pomito de Vic Vaporub, o un tesito de siete azahares, o... ya, pues.
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¡Salud!

domingo, 29 de junio de 2008

Felicidades dadas.

Es extraño que lo feliciten a uno. Ya más o menos me iba acostumbrando a hacer las cosas por el puro gusto de hacerlas, de escribir por nada más que la pura satisfacción personal, de entrevistar por la pura euforia de encontrar personalidades especiales, y ahora me topo con un maravilloso correo venido de mi director editorial -El Galán, le apodaremos, por motivos meramente nominales-, en que se me felicita, a mí y a La Malagueña, por el excelente trabajado realizado en el periódico en pro del avance del periodismo nacional, el fortalecimiento de los valores ciudadanos y el enaltecimiento de la mujer en todos los entornos institucionales.
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No, miento, o bueno, lo expongo pero con mi propio tinte -rubio caoba 24-. Nos felicitó, sí, pero por entregar buenas notas, y talonearle como desesperados. Yo, si me lo preguntan, y si no también, porque para eso crea uno blogs personales, no para andar resolviendo cuestiones ajenas, si me lo preguntan o no, dije, todavía creo que La Malagueña es la que se chuta más trabajo de todos los aprendices de reportero que trabajamos en esa redacción: se levanta a las tres de la mañana, cuando el gallo canta en Tonalá -es que allá sale primero el sol-, corre a lavarse la cara con lejía y piedra pómex y luego corre a remojar su abundante cabellera en agua con carbón, esto para no perder la sedosidad grifa y conservar el color -negro apocalipsis 25-.
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Y luego, ya que está entrada en eso del personal spa, se mueve cual gacela al viento hasta cierta piscina que la recibe como vientre materno, y ahí nada hasta que la piel de las yemas se le pone churidita, y luego sale hacia la ciudad para cubrir nota roja, perseguir patrullas con balaceados, cuestionar políticos insufribles, golpear a los tres reporteros del Informador que intentan agenciarse su cita para entrevistar al diputado que se les antoje, abordar un camión repleto de albañiles toqueteadores, comer un sándwich de atún remojado camino a la escuela, portar dignamente su botella de agua y luego chutarse cuatro horas y media, o más, de insufribles horas clase, sin aminorar, a menos que sean días últimos de mes, esa sonrisota que la caracteriza y esa mirada taciturna que ha hecho creer a mi madre que consume anfetaminas.
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Yo, que siempre he sido medio atolondrado para correr y remojarme, salgo de mi casa a las nueve de la mañana, después de haber dormido hasta las ocho y ser despertado por el ladrido de mi perro que me trae el desayuno americano y el Mural hasta la cama, me duermo en la camioneta camino a la ruta, me pongo mis lentes de sol, subo dos o tres cajas, veo a mi mamá hacer labor de venta y correr tras sus proveedores, vuelvo a dormir en la camioneta, bajo dos o tres cajas, intento convencerla de que se convierta al budismo, vuelvo a subir dos o tres cajas, vuelvo a dormir en la camioneta, vuelvo a... dormir en la camioneta, y luego, ya harta de mí, espero a que la autora de mis días me aviente en la escuela y se olvide del problema. Llego, vuelvo a dormir en los lapsos de cinco minutos que hay entre clase y clase, bebo mucha agua, y luego me muevo a mi casa para intentar descansar del agetreado día. ¿Que a qué horas entrevisto, redacto, fotografío incluso? Ese es el gran dilema que explicaría -sí, un dilema explicando otro dilema- el por qué de que La Carlos, mi editora en turno, siempre esté siendo invadida por tics nerviosos debidos a mis entregas tardías y perezosas, quincena tras quincena. ¡Todo se lo debo a mi manager!
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Pero sucede que, quizá, el resto de reporteros apenas mueve la pluma y se preocupa por enterarse qué le toca cubrir. Yo, si no me lo preguntan igual lo digo, creo que hay otros tantos que merecen su mención honorífica, aunque lo que entreguen deba pasar por serias revisiones y profundos análisis textuales. La Lía, que para eso de tener problemas parece pintarse solita, debería también recibir su felicitación por el trabajo que realiza -no me pregunten la hora en que se levanta, o el tinte de cabello que utiliza, pero sé que trabaja, y no lo hacen tan mal-.
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Yo, por eso, propongo a El Galán otro correo, por lo menos remitido a "Los demás: ", que felicite al resto por dar el resto. Ni La Malagueña ni yo pedimos el Óscar -bueno, quizá ella sí, sobre todo por sus brillantees actuaciones de su tío el que es doctor en el Seguro Social, o su hermano taciturno -nocturno, diría yo-, o su estresada jefa -nuestra, ¿por qué echarle el perro nada más a ella?-, o Marco Aurelio, o toda esa bola de gente a la que imita tan bien -?- No, esperen, que le den el Óscar al Reportero, porque como actríz igual se muere -o la matan- de hambre.
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¡Salud!

jueves, 26 de junio de 2008

Romper el silencio.

Explotó. Sabía que llegaría un día en que toda esta mar de cosas no dichas me atraparían en una corriente nauseabunda, un buen día, pero, sinceramente, no esperaba que fuera tan pronto. Creí que sería a mis veinticinco, o a mis treinta, con mi doctorado en Literatura bajo el brazo y un excelente puesto diplomático en Argelia, dos razones suficientes para no tener que dar la cara atrás y enfrentar las decisiones... o las circunstancias pasadas.
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Pero sucede que ha sido hoy -y empiezo a agradecerlo-, y tras un detonante sin mucha importancia, que todo ha salido a la luz y ha prendido el foco rojo de la incomprensión. Ya no fue como yo esperaba, como lo veía venir en sueños, dotado de una buena racha personal, sintiéndome más fuerte en todos los sentidos. No, la realidad me ha asaltado hoy, aquí, ahora, con la familia tomando decisiones trascendentes que amenazan con desintegrarla, los amigos moviendo sus propias comas, las exnovias regresando a la pantalla en sus peores ratos, como película de terror, con todo este mundo convertido en un caos de los mil demonios. Y lo más terrible, es que mi silencio ha empezado a dañarla.
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Me queda la esperanza de poder hablar con ella. Creo que lo que le diré ella misma lo sabe, y temo que seré egoísta -ah, miren, segunda vez en este día que parezco merecerme un epíteto similar- al decir lo que he callado sin pensar mucho en ella. O quizá la sé demasiado fuerte, o confío lo debido en su inteligencia, o quizá es más mi necesidad de que ella sepa la verdad -o la confirme, porque no quiero ni creo llegar en ceros- que de que ella pueda tolerarla. No, sé que podrá. Yo no lo haría si no viera el terreno suficientemente firme como para hablar con todo el chorro, sin pretensiones, sin detenerme.
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Quisiera decirle que no se trata de terceros, ni de ella misma, sino de mí. Uno de pronto se enamora sin que las personas sean las indicadas, ni los momentos, ni los espacios. Uno cae en el amor y apenas se da cuenta de ello cuando una decisión de alguien que no tiene por qué dar explicaciones de sus actos, lo sorprende, me sorprendió, y me ha hecho sentir despechado. ¿Cómo si nunca hubo nada? Ya ven, elucubraciones y tonterías mentales que más vale la pena ir eliminando.
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¿Y por qué? Porque la aprecio, no, ni madres, la quiero, y mucho. Porque, si bien no espero que ella lo tome lo mejor posible, o que esto no traiga consecuencias -esto menos que nada-, no quiero que en el futuro las reacciones sean puestas en duda, cuesten tiempo, pensamiento, decisiones válidas, generen culpas. No quiero que se pierdan más canas, ni que se desmoronen más muros que se habían construido fuertes, rubicundos.
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Cuando La Traviata se enteró, o más bien, cuando ella me lo preguntó pa' comprobar porque ya lo sospechaba, me cuestionó sobre si decirlo ahora, cuando ella está tan bien enrolada, cuando todo marcha de maravilla, sería lo más prudente. Dije que no. Pero creo que de prudencias, ante las circunstancias de hoy, ya fue mucho. He visto a mi familia entera morir poco a poco en "prudencias" inútiles, y estoy cansado de ello. No más, nunca más.
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¿Que si se acabará el adoro de la amistad?, ¿que si me irá como en feria con el resto de mis amigos?, ¿que si toda esta etapa de vida se convertirá en un infierno? Quizá, pero prefiero un infierno ardoroso y derecho, que uno que tatema a contra luz, con la sosobra inmediata del silencio incómodo.
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¿Y luego qué? No sé. Por lo pronto, la verdad sobre la mesa. Que el resto lo decida el tiempo, el destino, y las ganas de vivir.
. ¡Salud!

Me lo dijo un pajarito.

La Tía Bachita nunca ha dicho una mentira. Me parece, incluso, que el día que de su boca salga algo no verdadero, o falseado, será el mismo que este blog de plano cierre sus puertas ante el asecho de páginas pornográfico-literarias -osea, estamos lejos-. Es una excelente hermana, fue una fabulosa hija cuando sus padres vivían, y ha sido toda su vida una dadivosa mujer, siempre presente cuando se le necesita... y cuando no también. Quizá una será su única y más grande problemática: no puede estar más de tres minutos con la boca cerrada... hablando de los demás.
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La traigo a colación, a ella y a su particular modo de vivir hablando de otros, porque ha venido hoy a mi cabeza una frase acuñada por ella que le ha dado la vuelta a la familia y, si no me duermo, en poco tiempo también lo hará al mundo: "No es que yo sea chismosa, es que me interesa particularmente la vida de los demás". Voilá! ¿Ven cómo el ingenio para eso de mover la coma a mi favor, lo traigo de familia junto con las caderas anchas y la necesidad inevitable de afecto?
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Y vino muy bien la frase de la Tía Biachita -se llama Beatríz, pero si preguntan el por qué del sobrenombre, quizá nos perdamos, ustedes y yo, si me ayudan con la búsqueda, en un inevitable laberinto de anécdotas familiares tan indescifrables como inútiles-, porque ya traía yo tiempo atrás la inquietud de hablar del chisme como naturaleza social, cultural, económica y política. ¿Naturaleza de quién? Bueno, hasta que mis viajes amplíen el panorama -Ciudad de México, noviembre, preparen su cuota-, de los mexicanos por lo menos.
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Y si no me creen, láncense -bueno, es un decir, tomen un camión, o un taxi, o monten su bici, o su burro, o su caballo, o su escolba, y transporténse civilizadamente- al Sanbors más cercano y revisen la afamada -y de corta caducidad- lista de "novedades editoriales". Ahora bien, ya con por lo menos diez títulos en mano, ¿díganme si no gira gran parte de la industria editorial mexicana en la composición, investigación y exposición de dimes y diretes? Sí, es gracias a los libros que nos enteramos de lo que pasa en otros lugares del mundo, en otros mundos inexistentes, pero también es gracias a los libros que nos enteramos de qué político durmió con cuál bedette, de qué encueratriz le arrojó la chancla a cuál presidente, o hasta de qué artista famosa -es un decir- le robó un hijo a qué carismático -otro decir- político -otro otro decir-.
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Y es que los mexicanos -repito, eso de que sólo seamos nosotros, o seamos más nosotros que nadie, está todavía en proceso de comprobación- parecemos tener una especie de circuito especial "prochisme": si no es nuestro placer culposo prenderle a "Ventaneando" todas las tardes y chutarnos la agudísima -castrante, dirían otros, incluyéndome- voz de Paty Chapoy hablando hasta de lo que no pasó en no existió tal fiesta, lo es abrir, casi desinteresadamente, con disimulo digno de actuación de López Tarso, la "Hola" más reciente en el consultorio del doctor, o el libro en cuya portada aparecen dos personajes hábilmente unidos gracias al Fotoshop, y así, de la página a la onda sonora, pasando por la luz convertida en imagen, hacernos conocedores de la información más simple e improductiva, al mismo tiempo... la más atractiva.
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Y es que la diferencia entre el chisme y la información de cualquier noticieron, no radica tanto en su comprobación, su cercanía a la realidad, cuanto en su utilidad: a nadie le importa que Juan Gabriel quizo bajarle el esposo a Rocío Dúrcal, o que Ninel Conde fue golpeada por José Manuel Figueroa, pero el punto es que todas estas notas venden más, mucho más, que las que enteran del último alce en el mercado de valores, o la última de las andanzas de nuestro goberna(conlacola)dor -no, esperen, esto último entra más bien en la categoría de "chisme farandulero" que de "noticia"-. Es el gen chismoso puro, ese que late dentro de cada uno de nosotros, el que marca la tajante diferencia entre la clase de información que nos parece más atractiva, aunque la utilidad pase a segunda marca.
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Y habrá quienes no sientan el mínimo de los intereses por el chisme político o farandulero, pero no he conocido hasta la fecha a un solo mexicano, amigo o no amigo mío, que no sienta interés por conocer los detalles del embarazo no deseado -no esperado, diría yo- de la prima más mogigata, o la última declaración homosexual del primo más noviero. ¿Será acaso que nos hemos podido todavía entender la cuestión de la individualidad, y de los actos personales que dan lugar a cada vida, así, por separado? ¿Nos ha convertido la raza y la historia en seres carentes de historias personales interesantes, que buscan encontrar en la vida de otros su propio live motiv?
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La Tía Biachita debe estar orgullosa -no estoy muy seguro, no se lo he preguntado-, de la cantidad de revistas y publicaciones, programas y radioemisiones, que giran ya en torno al chisme. ¿Se sentirá iniciadora del rubro con toda esta expansión? ¿Habrá ya patentado el chisme como sentido personal de la existencia? No lo sé, no lo creo, pero igual no perdería nada en preguntarle. Total, no pasa de que me cuente otra anécdota familiar y yo termine aquí, en este que es todavía mi blog, hablando sólo de chismoretes -combinación de "chismes" y "diretes"- familiares. ¿Qué tan mal se verá que esto se llame "El chisme de la coma", o, mejor aún "Ventaneando a la familia"? No sufran, no lo haré. Todavía tengo principios, principios de chismes por contar.
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¡Salud!

miércoles, 25 de junio de 2008

La que es linda, es linda.

De nuevo el que me trajo el dato -es increíble lo poco informado que ando últimamente- fue mi buen amigo El Apapachoquealivia -sí, es el mismo que antes era El Vic, pero como su primer apodo irremediablemente remitía al mítico ungüento anticonstipación, pues el ingenio de mis informantes pudo más que el derecho gramatical del nombre propio-, quien para eso de llevar de un lugar a otro notas importantes se pinta solito y hasta va que vuela.
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Sucede que, si bien no suelo abrir correos electrónicos que contengan la temible y asquerosa leyenda "Fwd", osea, de la voz inglesa "forward", archivos reenviados a destajo, cadenas en muchas ocasiones, con el del Apapachoquealivia hice una excepción la semana pasada y me llevé una grata sorpresa: con su singular tono conminativo -a la "vayan, vean y me cuentan"-, El Apapachoquealivia me invitaba a mí, y a otros tantos contactos, a entrar en cierta dirección web -no se ofusquen, la incluyo al final- en la cual estaban -están, quimosabi- pidiendo votar por las banderas del mundo, esto para otorgar algo que bien podría haberse llamado Miss Bandera 2008, pero que tiene el -funesto y poco mercadológico- cursi nombre de "La bandera más bonita del mundo" -cualquier parecido con alguna frase emanada de Topo Gigio, es pura (y letal)coincidencia-.
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Pues corrí pa' entrar y enterarme que la página está auspiciada por el sistema español de noticias 20 minutos, y también que si uno da un cierto puntaje a la bandera que más le late -están todas las que se puedan imaginar, desde la de Israel hasta la de Brasil-, al final del certamen -que durará hasta el 7 de julio- se elegirá, o más bien, se anunciará a la elegida, con bombo, platillo y tamborazo.
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¿Qué qué criterios se usan para juzgar a una bandera? Creo que el bobalicón nombre lo dice todo: que sea "bonita". Esto me recuerda al buen Chavadaba con aquella anécdota que cierta vez trajo a mis oídos en alegre fiesta, sobre un bar de esta mi ciudad -también suya, si me ayudan con los gastos de los MTV Music Awards que nuestro afan(oso) gobernador nos quiere endilgar- que solicitaba meseros con un requisito básico: "ser guapos". ¿Y como ahí qué? Pues con el criterio del gerente manoseador y la gerenta libidinosa, me doy el lujo e imaginar.
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A mí la idea me suena bastante bien, sobre todo porque hasta esta hora -yo acabo ya de emitir mi voto-, México va ganando con una buena porción de votos sobre su competidor más cercano, Perú -si alguien me dice qué significa ese gorrito amarillo serpentoso que aparece en la parte baja de su escudo de armas, quizá me regreso y les doy al lábaro patrio peruano los cinco puntos que cree merecerse-.
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Si alguien me preguntara ahora, ya validado el sufragio, ¿por qué México?, tendría que responder algo distinto a "porque es mi Patria, pringaos", ¿no? Pues sí, hay algo más, una razón de más peso que el puro asunto toponímico: la idea de que tras siglos de invasiones, dominios, culturizaciones, conquistas y poblaciones, pestes, atentados, huracanes, erupciones volcánicas, golpes de Estado, revoluciones y hasta cambios políticos sobresalientes, seguimos teniendo en cuenta esa historia mitológica -increíble, claro- del grupo de "amables" y "ordenados" protoaztecas recorriendo medio país hasta encontrar -ay, así cualquiera- un águila de tanto números de plumas, parada con una inclinación de tantos grados hacia el noroeste sobre un cactáceo de determinada y específica especie, devorando una serpiente de tanta longitud, con media ala extendida en específica amplitud angular, a mí esa idea, perdón ustedes, de que haya salido todo tan bien en un principio, y que todavía hoy tengamos en cuenta la cuestión, me parece de maravilla y me trae muy buen augurio.
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Después de todo, creo yo, si México llega a explotar, y las cosas se ponen peores, siempre quedará la oportunidad de salir peregrinando hasta encontrar, ¿qué se yo?, un Mc Donalds parado sobre una pirámide indígena devorando la producción local de algún grupo de latifundistas guatemaltecos, o un Starbucks bien puesto sobre un complejo habitacional devorando los precios del café colombiano, o... ahí le paro. Creo que el punto ya se entendió.
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Les dejo la página, nomás para que no vengan llorando luego con que hago esto a medias... sí, bueno, y también para que voten (vóóóteleeee).
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¡Salud!

martes, 24 de junio de 2008

Al son que me toquen.

El problema no está en entrevistar, sino en lo que uno se consigue en el entrevistado. Toparse con antropófagos incomprendidos, escritores frustrados, pintores desahuciados, escultores desmañanados y fotógrafas desangeladas, aunque sea parte del trabajo, deja en uno la sensación de que algo de todo lo que se ha dicho o hecho en o por el arte, se anda pasando de caducidad y ya está dejando estela nauseabunda alrededor.
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Y hoy, sucede, me topé con otra de mis estrellas entrevistadas, y la cuestión no estuvo tanto en ella -Susana Orozco, conocedora y sapientísima mujer, poseedora de un acervo impresionante en cuanto a danza y música prehispánica se refiere-, sino en lo que me dijo cuando ya la grabadora estaba apagada y los motores encendidos para irnos -osea, ni se molesten en pedir pruebas al respecto, porque no las hay-.
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Me miró de pies a cabeza, asintió como quien está a punto de dar un dictamen favorable, y, sin mucho temor a represalias -no las habría de todas formas, había sido una excelente entrevista-, soltó una frase que ha estado dando vueltas en mi cabeza durante todo el día: "Tienes todo el perfil físico de bailarín folklórico, desde los pies hasta la punta del cabello, ¿no te gustaría aprender y bailar?"
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No, no me quiso vender la idea, ni el producto, ni la clase. Es maestra, sí, pero los cursos que da no lo pagan los alumnos, sino el ayuntamiento de Zapopan. Así que, tras meditarlo tres segundos, solté una carcajada que la dejó tristona, mitad porque pensó seguramente que me estaba burlando de su apreciación, mitad porque seguramente vio en mí a un talentazo desperdiciado, que es como ver y no ver nada al mismo tiempo.
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"No me digas, ¿no bailas?" Estaba a punto de decirle de la manera más amable que tengo tres 'inches pies izquierdos -luego, en un blog de tono menos familiar, les platico dónde está el tercero-, cuando se apresuró a decir: "Serías excelente, por lo menos para salir en las fotografías".
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Así sí. Los que me conocen, y los contados que han tenido el privilegio de bailar conmigo, saben que en el baile, si no se trata del famoso y acaudalado "estilo libre", soy un hazmereír, una falsedad y un problema en dos piernas, me muevo con torpeza, cambio los pasos y termino por sentarme fastidiado y adolorido, pensando en la cantidad de mentadas de madre que se dignaron en lanzarme todos mis vecinos de pista -copisteros- por tanto pisotón venido de mis plantas. Pero ser modelo de fotografía será otra cosa, imagino.
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Puedo ver -"ya me vi", dice el egtúpido comercial de Pronósticos- mi áurea cara y mi perfecta anatomía -ok, ok, es perfecta porque todo en ella funciona de maravilla. De detalles estéticos luego hablamos- en la portada de una revista sobre danza folklórica, o en el fondo de la página de danza del Estado, o en el programa de presentaciones de alguna escuela profesional de baile. Y ya. De eso a hacer dos o tres movimientos finísimos en público, o hasta sacar los machetes y sacar chispas al piso, hay un gran, gran paso.
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Me pregunto si Susana no estaría demasiado desmadrugada. Me lo pregunto y me respondo casi en instantáneo: no, no lo estaba, y muy probablemente sea tiempo de considerar mi vocación. ¿Qué hemos aprendido hoy, mis preciadas criaturitas? Que si amenaza la vida con matarnos de hambre en esto de escribir, o si el periodismo se llena de espectáculos y nos lanza al espacio sideral, siempre quedará abierta la posibilidad de posar para cualquier foto dancística que se aparezca.
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Y para los temibles críticos que están pensando cómo demonios puede llamarse este blog "El baile de la coma", si lo que yo menos hago, al parecer, es mover los pies con ritmo, les restpondo acertadamente que el blog se llama así y no "El perfecto baile de la coma" o "Vean qué bien muevo las caderas con lo que me pongan". De que me muevo me muevo, la soltura, o el parecido al ágil saltar de la gacela, me lo dejan de tarea la vida, la genética y mis tres pies izquierdos.
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¡Salud!

lunes, 23 de junio de 2008

Volver al club.

Me preguntó como sería eso de noviar en los años de mis padres. Bueno, si quieren ayudarme en mi proceso histórico-filosófico, piensen en cómo sería eso de noviar en los años de sus abuelos, que más o menos tendrán la misma edad que mis padres. Por supuesto que, por más que uno lo piense, la respuesta es unívoca: nuestros padres noviaban a la antigua. ¿Y cómo es eso? Pues basta, creo yo, con traer a colación una frase del inigualable Armando Fuentes Aguirre "Catón": "Nosotros los hoy viejos vivíamos la vida. Los jóvenes de hoy, se limitan a verla pasar".
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Y si la frase no les bastó, les explico: el noviazgo tenía horarios, tópicos tabú y hasta reglas implícitas, para todo "caballero" tocaba una "dama" forzosamente del mismo porte o condición social, al conocerse los apellidos se conocían a las familias, y dicho conocimiento engendraba la aceptación o el rechazo de la familia hacia el noviazgo del hijo o la hija, había lugares "permitidos" y lugares "prohibidos" para noviar, y para muchos casos amorosos era casi imposible imaginar un noviazgo sin la presencia del hermanito o primo pequeño, que hacía las veces de "chaperón".
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Y como las personas cambian, cambian también los modus operandi de sus relaciones. Hoy la relación es de dos y nada más que dos -idealmente, claro-, los conflictos, las decisiones, hasta la elección de la pose sexual, se toman -idealmente otra vez-, entre dos y nada más que dos. Nos es intolerable una relación donde la mamá, el papá, los hermanos o los amigos, los exnovios o las exparejas, interceden como santoral en época de dificultades.
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"Ya nos liberamos", creen a pie juntillas algunos, mientras que otros, los solteros empedernidos sobre todo, se conforman con mirar a los enamorados con desdén, sufriendo tanta libertad, deseando el regreso de los tiempos en que noviar era la antesala explícita al matrimonio y no la antesala implícita a la cama -bueno, siempre ha sido la antesala implícita a la cama, pero antes nos hacíamos más... luces-.
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Traigo todo esto a colación porque ayer La Casicasi, que es muy picha en eso de las relaciones, me sacó de balance al anunciarme su regreso, tras algunas semanas de fructífera unión de pareja, a esto que hemos dado en llamar "El club de los solteros". ¿Qué quieren? Uno se hace a la idea de que las cosas no son tan malas poniéndoles nombres que les dan sensación de confort y bienestar. Y como para eso de bien estar nos pintamos solos por estos lares, nos gustó la idea de que la cosa fuera un "club" y no una logia, o una sociedad secreta.
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Y el regreso de mi gran amiga a este club, al cual yo, recordarán, volví hace poco con saldos amarillos -no pregunten, revisen entradas anteriores-, y tuve que llegar a barrer y quitar telarañas, porque hacía varios meses no se paraba un alma por ahí, el regreso de La Casicasi, decía, me puso a pensar en lo extraño que es esto de que los amigos que siempre estuvieron solteros, al menos desde que uno los conoció, o que se dan a sí mismos la categoría de "solteros", salgan del club como si nada y luego regresen también como si nada, o, lo que es peor, con muchas cosas más que cuando se fueron dando vueltas sobre la misma mollera.
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Pero me da gusto, me da gusto no estar tan solo después de todo. Claro, todos los del club tienen el total derecho de entrar y salir de él cuantas veces les plazca, o quedarse ahí para siempre, o salir y no volver, pero el hecho de estar acompañado otra vez, cuando ya me había acostumbrado a bailar el "meneito" y las de Caballo Dorado yo solito, haciéndome fiestas en los espejos y ventanales, me trae bastante contentito.
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Los dejo porque está sonando fuerte la música, y para bailar las que se dejen, La Casicasi se presta solita. ¿Que quién más volverá? ¿que quién será el próximo en salir? No lo sé, y temo que ya hay suficientes personas en este club como para pensar en más visitas o desalojos. Total, para los que quieran regresar, siempre estará abierta la barra del bar, el hielo servido en los vasos y la champaigne de importación bien fría en las copas. Y para los que quieran salir... siempre estará París
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¡Salud!

domingo, 22 de junio de 2008

La luz en las gotas.

"¿Cuál es la diferencia entre paraguas y sombrilla?" La mirada ligera de La Zucaritas abrazó mi cámara fotográfica. La sesión había durado quince minutos y sus mejillas, blancas al encender la cámara, estaban ahora adquiriendo tonalidades rosadas intensas. "Pues... es lo mismo, ¿no?, pero el paraguas es para lluvia y la sombrilla para sol". Levanté la cara por sobre la mira de la cámara, y miré fijo a mi modelo-amiga, como esperando el resto de la respuesta. "Es eso, ¿no?"
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Yo no estaba tan seguro, no con ganas de quedarme con media pregunta al aire. "¿Entonces es una palabra que cambia de forma como cambia el clima?" El brillo en la mirada de La Zucaritas varió tan de súbito que tuve que hacer esfuerzos para no reír. Se trataba de capturar justo en el momento exacto los movimientos faciales que denotaran pensamiento, proceso lógico mental. "Pues... sí, prácticamente sí, aunque podrían ser..." El "podrían ser" quedó tan preciso en la fotografía que no limité mi sonrisa. "¿Qué?" "Nada, continúa" "Podrían ser sinónimos"
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La sesión de tomas, que debía durar cuando mucho unos minutos, se había prolongado ya por veinte y yo todavía no estaba del todo satisfecho. Le pedí que abriera su curioso paraguas, que tiene una cabeza de pato de madera como mango, para jugar con los reflejos de la luz. La Zucaritas no estaba desesperada, a duras penas le alcanzaba la cabeza para intentar responder acertadamente a mis preguntas, sin imaginar que lo que menos me importaba era la respuesta, sino el gesto al pensarla, la movilización facial al expresarla.
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"¡Como mi tía Biachi, que dice 'mole dulce' por 'capirotada'?" La Zucaritas rió. Lo hice a propósito, con alevosía y ventaja, pues ya era hora de poder cautivar su sonrisa, consideré. "Así, más o menos, pero más colectivo. Más gente dice 'sombrilla' por decir 'paraguas', pues". Asentí. Una sombra recorrió el rostro de mi amiga. Pensé que sería de nuevo su abundamente cabellera, deteniendo el paso de la luz del sol, hasta que descubrí que todo alrededor había adquirido de pronto una tonalidad gris intensa. Nubes.
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"Pero, ¿de qué nos sirve entonces tener dos palabras para una misma cosa, si al fin y al cabo nadie ha visto nunca una sombrilla diferente a un paraguas?" La Zucaritas apenas se veía en la pantalla de cristal líquido. Intenté elevar el nivel de compensación, pero estaba a toda su capacidad. "En las películas las sombrillas son de tela, de tela delgadita, como gasa, y los paraguas no, son duros, mira". Me alargó el suyo y perdí el efecto en el visor. "No, espera, entiendo el punto, pero no lo retires de tu cara".
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Ya era imposible, a esas alturas de la luz, tomar una foto más. Me limité a registrar los gestos con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados. "Sí, pero al fin y al cabo ningún Suburbia tiene sombrillas, porque todos tienen paraguas" "¿Sí?" "Sí, sólo los venden en el verano, porque el verano es la estación de la lluvia". Nez salió de la sala de televisión a la terraza, sólo para ladrarle al vecino quien, en mangas de camisa, domingo de fútbol, salía a su propio patio para alimentar a su propio perro. "¿Y no hay luz también en el verano?"
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La Zucaritas estaba en aprietos. El aire había cambiado y, al irse el sol, la tonalidad blanquizca de su piel volvía a reflejarse en el visor de la cámara. "La lluvia es... propia del otoño, ¿no?" Miré al cielo. Sin pensárselo mucho, las nubes sobre nuestras cabezas comenzaron a soltar las primeras gotas. "Dime, porque eso es lluvia, ¿estamos en otoño?" La Zucaritas levantó la cabeza. Su cabello se esponjó al contacto con el agua. "No, definitivamente no".
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Entramos en la casa apenas a tiempo para poder cerrar la puerta de cristal y detener el paso del agua. "Además, hace mucho que no escucho a alguien decir 'sombrilla'". La Zucaritas tenía razón. El paraguas era lo de hoy, lo de mucho tiempo atrás. "Quizás la gente teme satisfacer la bifocalidad de un objeto como ése, que tiene tantas formas de ser nombrado, que cambia nomás según sirve para cubrir el agua o la luz, nombrándolo de dos distintas formas". "Además para la luz están las cachuchas, y los lentes" "Que son más discretos, ¿no?" Asentí. Nuestra sesión de fotos tendría que quedar para después con tantas gotas cayendo afuera, sin paraguas ni sombrillas para detener su paso.
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Poco después, mientras esperábamos a que cargaran las fotos en la computadora, La Zucaritas abrió su paraguas dentro de la casa y se quedó mirándolo fijo. La observé, curioso y en silencio. Al percatarse que la veía, sonrió sin consideración alguna. "Pensaba en lo complicado que puede ser un paraguas". La miré con interrogación. "No, está bien, pensaba en lo complicado que puedes tú hacer las cosas". Sonreí. "Lo sabía" "La próxima vez que tengas sesión de fotos, pregúntame algo que, por lo menos, al ser resuelto traiga la paz mundial, o algo así". Asentí. Si a esas íbamos, no sabría que preguntar la próxima ocasión. Quizá sea tiempo de buscar una modelo menos inteligente, o de hacer preguntas tan inútiles que su respuesta no pueda ser más que un gesto, un gesto transformado en luz, eso que es lo único que cuenta para que exista una fotografía, con paraguas o con sombrilla.
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¡Salud!

sábado, 21 de junio de 2008

Tejiendo la noche.

Para La Traviata,
por cómo se teje la noche.
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Traigo para ustedes ojeras hasta el pecho, el fantasma de una gripa que amenaza con hacer acto de presencia, muchas menos cosas en la cabeza, o, mejor dicho, las mismas cosas pero más mansas, en proceso de organización, y, eso sobre todo, mucha vida renovada.
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Sucede que este fue un fin de semana no muy bien planeado, pero que salió a pedir de boca. ¿Y qué pedimos si no había nada planificado? Pues esa lista de cosas que uno no sabe que necesita hasta que las recibe, una por una y sin descontar comisiones, producto interno bruto ni otras tantas brutalidades.
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La Traviata, sabiendo que me quedaría bastante abandonado, tomó la palabra y me invitó a pasar la noche -y parte del día, como siempre sucede en las buenas pijamadas- con ella y en su casa. Y sobra decir que nos divertimos de lo lindo, comimos lo que quisimos -bueno, comí lo que quise-, actualizamos nuestras esperanzas y acercamos otra vez, como hacía mucho tiempo no nos pasaba, nuestras opiniones, nuestras conciencias y nuestros corazones.
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Y ahí la razón de mis ojeras: a sabiendas que nos levantaríamos puntuales para "hacer las compras" -no, esas sí no estaban hechas-, nos quedamos charlando hasta las seis de la mañana. Me había olvidado de lo que las desveladas hacen en mi cuerpo, pero valió la pena: con el estilo particular que a cada uno de nosotros caracteriza, hablamos de los ausentes -si dolieron sus oídos, sépanse incluidos en la charla, y si no... también-, de los presentes y de la verdad de las cosas. Nos afanamos, en casi siete horas de plática, por reconstruir la vorágine del mundo sentados en nuestra cama. Nos miramos a los ojos en varias ocasiones, nos confesamos lo innenarrable y hasta llegamos a darnos cuenta de que muchas verdades ocultas son siempre secretos a voces para dos amigos que se quieren tanto.
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Me he quedado con la sensación incluso de que no tuve que ser sometido a un interrogatorio exhaustivo para decir lo que quería, lo que traía trabado en la garganta y obstaculizaba las lágrimas -esas no llegaron, todo fue lo suficientemente centrado y el dolor se acompasó a la perfección all night long-, porque La Traviata, que además de ser mi amiga es muy intuitiva, cargaba silenciosamente mi verdad consigo mucho tiempo antes de que yo mismo lo entendiera.
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Sobraron los consejos, las risas, las observaciones, las frases guiadas por el "a mí me parece", el "yo siento", y estuvo presente todo tono premonitorio posible. Conjugamos los verbos para llamar al destino, tentamos a la suerte y luego abrazamos a Dios sin chistar al abrazar nuestra propia amistad, que ya andaba medio abandonada. Entendimos, por milésima ocasión en vida, que no somos perfectos, que tenemos nuestras complicaciones, pero que en la medida en que aprendemos a sobrellevar y a crecer de -y con- nuestros errores y los de otros, somos más amigos, más humanos, más dioses.
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Me queda una sonrisa, grata por todo lo que la noche en vela significó para mí, extraña porque los cambios siguen presentes y muchas de las cosas que decir me haría sentir mejor, simple y sencillamente no pueden ser dichas, ya que su realización locutiva acabaría tanto con mi mundo como con el de otras tantas personas. ¿Que si me llevaré toda esa melcocha de diretes a la tumba? Probablemente. Quizá mañana se salgan sin pensar, cansadas de estar atrapadas entre el "sí", el "no" y el "quizás". Pero quizá no, quizá se queden ahí y pasen a formar parte de ese inconciente personal llamado "temperamento". Por lo pronto, La Traviata lo sabe y con ella se queda la verdad a solas, segura y firme, como cadena de oro en caja de seguridad bancaria.
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Es sábado. Ayer tocaba, pero hace tiempo no digo que los viernes toca. Lo haré pronto, lo prometo, cuando la memoria me alcance y los pájaros de mi cabeza me lo permitan con serenidad. Por lo pronto, ya es sábado, y eso es ganancia.
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¡Salud!
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PD: ¡Ah, miren, acaban de llegar las lágrimas! Una entrada, dos viajes en camión y dos canciones de Laura Pausini después, pero aquí están. ¡Ea, aupa para mí!

jueves, 19 de junio de 2008

El juego que todos jugamos.

Con mis ánimos no muy ad hoc, hace un rato subí al camión después de pasar una maravillosa tarde junto a La Zucaritas -casi la única de mis amigos letrados que comparte conmigo el don de la soltería- disfrutando Como agua para chocolate, el singular filme de Alfonso Arau basado en la novela homónima de su ahora ex esposa, Laura Esquivel, con la única intención de llegar a mi casa, descansar y poder acompañar mañana a la mitotera y rumbera de mi madre que parte rumbo a León, Guanajuato, a ser parte de una especie de homenaje -o una especie de algo así- que le harán por haber fundado en la mencionada ciudad del Bajío -o cofundado- un movimiento catequístico intitulado "Familia Educadora en la Fe".
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Y mi única intención se fue al carajo cuando me tocaron de vecinos de asiento -¿por qué nadie ha inventado el útil y necesarísimo término "copasajeros"? vaya uste' a saber- un par de chicos, muy chicos, por cierto, que venían no escuchando música, no leyendo tranquilamente, no disfrutando del paisaje o comentando sus últimas andanzas sexuales o familiares, en fin, cosas comunes que hace la gente común en los camiones comunes, sino drogándose.
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Sí, leyeron bien. Ambos inhalaban -y de ahí que me di cuenta, dado el penetrante olor que inundó toda la parte trasera del camión- fuertes dosis de tinner venidas de sendos estropajos empapados con el solvente.
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¿Que si me asusté? No, no mucho. Sentí lástima, eso sí, mucha lástima. Sobre todo cuando el más bajo de estatura de los dos terció su mirada hacia mí y pude leer en su rostro los rasgos físicos de alguien no mayor de trece o catorce años. Con su playera hawaiana, que lo hacía ver bien curro, con sus zapatos bien boleados y su bola de estropajo, parecía estar tocando las nubes con cada inhalación. O al menos así me lo intentaban indicar sus ojos, tan hundidos, tan vidriosos, que se ponían en blanco cada vez que, llevando el estropajo a su naríz, dejaba entrar aire a sus pulmones.
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El otro me preocupó menos. Su edad era, casi obviamente, mucho mayor que la de su acompañante, pero al fin de cuentas ninguno de los dos parecía preocuparse en absoluto por meditar sobre si lo que hacían iba o no, o era soportable o no, para alguien de su respectiva edad. Además, creo sobra decirlo, el "valor" de pacotilla que su período "lúcido" les dio, los obligó, quién sabe en qué extraña treta del solvente, a molestar a cuanto pasajero pasaba por sus lugares. Cuando uno de ellos tomó mi brazo y, mirándome como no mirándome, me dirigió algunas inentendibles palabras, sólo atiné a retirar con fuerza mi brazo y exclamar, muy nacido del corazón, un severo e insospechadamente intolerante "alíviate y hablamos".
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Cuando llegué a mi casa por fin, y porque así son estas cosas de la inspiración, lo primero que encuentro al prender el televisor, es la frase del spot que nuestro presidente Felipe Calderón Hinojosa -no me preocuparé en indagar sobre si es legítimo, ilegítimo, producto de la injusticia o nuevo lanzamiento Bimbo-, ha colocado en todas las televisiones del país, en todos los canales, en todos los horarios: "Estamos trabajando para que la droga no llegue a tus hijos".
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Todo bien. Que no llegue es fabuloso, ¿pero eso es suficiente eso para que no exista? O, mejor aún, ¿garantizar su falta es garantizar su bajo consumo? ¿Qué sucede entonces cuando, como lo demuestran episodios como el que hoy viví y les comparto, la droga está hasta en las tlapalerías, y no es producto tanto del tráfico como de la demanda misma? ¿Será acaso que nos estamos olvidando de que no es qué metemos en nuestro cuerpo, sino por qué razón?
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Calderón y su gente podrían ahorrarse -y ahorrarnos- muchos millones si dejaran de jugar al gato y al ratón con los narcotraficantes -una guerrilla que, sobra decirlo, los narcos tienen ganada per sé y para siempre-, y se dedicaran mejor a aliviar las molestias nacionales, a equilibrar las fuerzas en los hogares y a educar, ahí la clave de todo el álgido movimiento, a los individuos más que a las masas.
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Me queda claro que no es fácil esa cuestión de formar gente pareja y derecha, y que no nomás le toca al Estado hacer labor de culturización y formación, que también está en las familias, en los padres, en la decisión inicial de formar una familia que toma una pareja, o en la decisión primaria de tener un hijo que toma una mujer. Me queda claro y, como ciudadano mexicano que soy -acta de nacimiento en mano-, yo asumo íntegramente la parte de responsabilidad que me toca. Pero también me queda claro que nada podrá hacerse en contra de la droga, o, más bien y con menos índice de error, en contra de la drogadicción, si primero no se trabaja en las personas que la consumen.
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Hace poco, muy poco tiempo en realidad, una conocida que suele fumar muy seguido -fumar en la extensión "prohibida" del término-, me comentaba que ella no tiene temor de que, tras las míticas hazañas de Calderón, la droga se acabe, que eso la tiene sin cuidado y que más bien debería el presidente, y con él su gente, dedicarse a algo más productivo como, en sus palabras, "controlar la educación en las familias y la natalización". Citando al buen Vicinio por enésima ocasión: "Chale". Se los dejo de tarea. Lo de la natalización y lo demás.
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¡Salud!

miércoles, 18 de junio de 2008

En cueros.

Es hora que mi desnudo nomás no llega. Yo, que estoy ahora experimentando muchas cosas, que traigo la cabeza nublada de pájaros y el pensamiento dosificado de tanta idea diversa, veo cada vez más lejana la realización de mi sueño -no anhelado, eso es demasíado, pero sí sueño a secas-, el día en que borre "sesión de fotografía al desnudo" de mi lista de cosas por hacer en vida
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Sucede que, si bien el cuerpo a estas alturas de la vida puede dar mucho de sí para cumplir mi meta inútil -vamos, no es algo que pueda hacer sentir a su participante orgulloso o que haga ganarse el premio a la mejor humanidad-, el ánimo me viene quedando bajo. No ustedes para saberlo, no yo para contarlo, pero a estas alturas, a tantos días, sigo sintiendo que si no hago algo por cambiar de posición -si quieren verlo así, la mía era hasta el momento una posición muy cómoda-, me voy a volver loco -justo como lo decía en la entrada anterior- o voy a terminar por dejar de dirigirle la palabra al mundo entero -crédito para el buen grupo de personajes de Little Miss Sunshine. Si no la han visto, se las dejo de tarea-.
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¿Que para una sesión de desnudo no se necesita buen ánimo? Ja, ja y recontra ja. Lamento atolondrar a las distintas mentalidades, y arriesgarme a la tacha -y malversación- de las sociedades pías de este país -impío-, pero si uno se arriesga a hacer una sesión de desnudo con el ánimo por lo suelos, corre el riesgo de que las carnes, con el efecto del flash, le salgan así también, jaladas hasta los suelos, el juego de luces sólo sirva para acentuar las protuberancias, y el obturador no haga más que acentuar las arrugas, la celulitis o las temibles -ya uno se acostumbra a vivir con ellas, y, como en un caso que conocí, hasta les pone nombres- estrías.
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Así que no haré un desnudo hasta muy entrada esta noche. No, no ésta en la que escribo, sino ésta que estoy atravesando para poder salir adelante con los dos pies y bien plantado. ¿Que si me llevará mucho tiempo? No lo sé, pero creo que una sesión de desnudo fotográfico es una buena razón para no prolongar demasíado el proceso de avance.
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Hoy, por lo pronto y para ir quitándole el miedo al diafragma -giug, aún en el contexto todo suena bastante rarito-, ya me animé, lo que nunca antes, a ser modelo en una sesión de la clase de fotografía, que versó de luces y sombras. Ya fui, ya me bombardearon las cámaras, ya me sentí Brad Pitt en sus mejores años, o Britney Spears en estos peores, y ya vine para contarles que no tengo el don, que si me animo a ser modelo de algo que no sea zapatos -o hasta de eso- moriré de hambre, y que todo este menjurgue sólo ha servido para reafirmar mi vocación: lo mío son las palabras, no las lámparas y las poses.
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Pienso ahora mismo, viendo bien el asunto en el espejo -no, no ese asunto, sino todo este rollo en su conjunto-, que empezaré por desnudar mis cejas. Son lo suficientemente extrañas como para pensarlas producto de una tarde de depilación en algún salón de belleza -hace años que no me planto en uno-, así que tienen que ser aprovechadas. Cuando haya superado la cuestión de las cejas, y vea que puedo hacerlas desnudar sin bronca alguna, procederé con el resto del cuerpo. Cuando estén listas las fotos, me comunicaré con ustedes para hacerles ver que no fue la gran cosa, que todo es muy incómodo y que todavía sigo esperando mi cheque del adelanto del Times, o la Vogue, o al resto de publicaciones que podrían pagar mucho por verme en paños menores, o sin ellos.
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Ya me voy. De la idea improbable del desnudo, pudorosa y pudenda, pasé a tocar temas más escabrosos y menos productivos. Los dejo, mejor, para que sigan ideando sus propias sesiones. El primero que se anime a enseñar los cueros, se gana mi aprecio y el aplauso de todo el baile. Y el último, iba a decir "vieja el último", pero con eso de que andamos muy equitativos con el género..., mejor el último que pague el resto de las ropas caidas -nota, no es caídas sino caidas, para que sea más mexicano-. Total, si no sale nada bueno, siempre habrá algún enfermo en internet al que toda esta bola de fotos malogradas le parezcan sexies. Si para eso, los humanos nos pintamos solos.
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¡Salud!

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¿Qué clase de desquiciadas ideas, productos únicos de enfermedad, tienen que pasar por la cabeza de un padre que asesina a sus hijos? ¿A qué nivel de sociedad hemos llegado, donde parece ser de inteligentes enloquecer y de sabios reconsiderar la locura misma? Me lo pregunto hoy porque ayer, en pláticas ligeras, La Arandera me hizo saber -hizo de mi conocimiento, como si el conocimiento se hiciera de algo más que ideas y palabras- que su vecino, un hombre a todas vistas formal y decente -ja- había asesinado a sus dos hijas de 3 y 4 años de edad.
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Una barbarie. No puedo pensar en otro epíteto para lo que La Arandera me relató francamente -y obviamente- sacada de lugar. No se saben los motivos de su locura -se rumora, pero rumores rumores son, de celos hacia su esposa-, y mucho menos puede -bueno, puedo- intrigarse sobre el arma homicida o la cantidad de cuchilladas dadas, pero el acto queda como una barbarie y así debe ser visto.
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Bueno, y como algo más: el producto de una sociedad que cada vez atiende menos a sus individuos y más al provecho de unos cuantos. Nos hemos vuelto insensibles al dolor de otros, porque los medios, la realidad misma -quien no crea que es bizarro este asunto, párese en una esquina del centro de su ciudad y observe a la gente que pasa, ja, touché!-, nos muestran tanto las mismas imágenes de dolor, violencia extrema y soledad, que hemos considerado estas realidades como partes innegables, inviolables, de la vida misma, llegando todos al punto de considerar que sin asaltos, violaciones, abusos y negligencias, no existe práctica social.
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Pensaba justamente ahora en Tomás Moro y su Utopía. ¿Qué sucedía con el loco, porque lo había, en la sociedad -valga la redundancia- utópica propuesta por el canciller de Enrique VIII en su máximo producto literario? Era expulsado de la ciudad y obligado a trabajar en el campo, lejos, donde no dañara a nadie y no pudiera interceder contra los principios -sanos principios- que regían a la sociedad de los utopos.
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¿Y todo funcionaba bien? Bien es poco, de maravilla, estupendamente. ¿Y por qué no hacer eso aquí? Por los locos somos todos, disfrazados de buenos amigos, buenos hijos, buenos padres, buenos novios, buenos amantes, buenos oficinistas, que en un leve momento de estrés, o en un pequeño ademán del destino, nos convertimos en asesinos potenciales o verdaderas lacras sociales -quien no me crea párese en un semáforo, cualquiera, de su ciudad, y observe a la gente de los autos responder a insulsos actos ajenos, como que alguien frente antes de tiempo, o no ponga su direccional-.
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No creo estar exagerando. Duele ver un mundo tan dado al traste, donde suceden tantas cosas sin que nadie -y nos vanagloriamos de no vivir en el D. F., como si sólo allá la gente fuera indiferente y la ciudad una mole inhumana de smog, edificios y autos-, ni nada, ponga un pie en el asunto para detener el curso de los acontecimientos más inimaginables.
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La Arandera se fue a su Arandas porque dice que todo le huele a sangre, que está cansada de tanto luto y de tanto llanto todo el día. Yo aplaudo y aprecio su decisión. Lo malo es que me pregunto, con ese afán de entrevistador que traigo, ¿cuándo será el día que tenga que correr yo porque el olor a sangre me sature las entrañas?, y, sobre todo, ¿a dónde iré? ¿Por qué huir de mi propia casa, que se supone debe ser refugio y reducto? Me suena todo igual de inverosímil, inverosímil como se ha hecho la vida para todos.
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¡Salud! (sí, claro)

martes, 17 de junio de 2008

Wiskiiiiii

Me siento como hace mucho tiempo no. No, no es cuestión de que la recién -otra vez- adquirida soltería me traiga vuelto loco. De hecho, estoy todavía en mi periodo -sano, muy sano- de luto y melancolía. Lo que me hace sentir diferente, como hace mucho tiempo no experimentaba, es que, por azares del destino-mi trabajo periodístico, estoy yendo desde el lunes pasado, y cada miércoles además, a un curso de fotografía que pinta -sí, pinta, no fotografía- muy bien.
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Ya ayer, mientras yo intentaba concentrarme en dónde demonios debo picarle a mi respectivo modelo de cámara digital, el maestro -que según La Malagueña, que, cabe aclarar, es mi compañera de pupitre en el curso, tiene "gustos especialmente diversos"-, se afanaba a su vez por mostrar las partes de las que está compuesta la cámara digital, las funciones de cada una de sus partes, y la maravilla del proceso que la luz sufre dentro del pequeño aparatito para convertirse en imágen.
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Terminé tan entusiasmado con eso que ya he decidido inventar algo alguna vez. No, no es cuestión de celo profesional, sino de mero entusiasmo práctico y técnico. Me llama la atención que pueda hacerse una cosa bonita y servicial con los mismos tornillos, tuercas y botones, cables y chips, con los que se fabrican el resto de las cosas bonitas y serviciales que hay en el mundo.
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Pero no se preocupen. Conociéndome, mi entusiasmo inventivo no pasará de desarmar dos o tres electrodomésticos para conocer su interior -¿qué quieren? La culpa la tienen mis padres, que nunca tuvieron la decencia de regalarme un lego en navidad-, o, ya en un caso extremo, de provar la resistencia al fuego o al agua -sí, otra vez- de tres o cuatro chunches diversas.
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Por los que sí siento un respeto de "no te me acerques que vengo divino", es por los fotógrafos mismos. Si ya desde antes los veía caminar en los eventos con sus mochilonas, sus rostros de perversión -si algo son muy pero muy muy, es observadores-, sus viente aditamentos y su pronta y eficaz asistencia a toda clase de suceso, ahora valoro más que nunca su chamba y su profesionalismo -no, no he conocido un fotógrafo no profesional, aunque sí muchos que abusan de su profesión y andan fotografiando hasta lo que la Pía Sociedad de Sociedades Pías reprobaría ver en una foto-.
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Y para los que tengan la duda, no pienso utilizar mis conocimientos recién -y en proceso- adquiridos para armar sesiones de desnudo. Bueno... es que las fotos de desnudo me salen bien así, sin más técnica que la media luz y la cara sensualona. Y a quien no me lo crea... pues guau.
. ¡Salud!

lunes, 16 de junio de 2008

Nosotros los inundados.

Lluviosa estuvo la noche del domingo para amanecer el lunes. Lluviosa y escandalosa. Sí, hubo truenos, muchos, que cayeron junto con el agua como si no quedara otra cosa por hacer en la Tierra que llover a cántaro rajado. Pero ni hablar, que si de gustos me hablan, llover ocupa entre los míos el lugar privilegiado -tras enterarme que el queso panela no es tan saludable como me habían contado, llover esta por convertirse en mi gusto gusto-.
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Pero el escándalo casi no provino del centenar de rayos y centellas -sí, aquí sí cabe el cliché- que tapizaban el también airoso cielo, sino, más bien, de la vociferante y asustada garganta de mi madre, quien, despertada por el can de la casa -sí, el mismo que apenas hace unos meses vivía todavía en la azotea (cosas de adaptación, que le llaman) y no paraba de aullar-, quien, asustado y meditabundo, no hallaba la manera de despertar a su amada ama, quien, sin conocer la razón por la cual el perro iba y venía como padre ansioso en el momento del parto, atinaba sólo a decirle "échate en tu trapito, perrito, en tu trapito".
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Pero el trapito casi flotaba y mi madre bien gracias. No fue sino hasta que el perro dio la suficiente lata -o la demasíada- que mi progenitora, que entre otras cosas hace muy bien las dormidas, se levantó para ver qué sucedía y, al poner los pies en el suelo, sintió llegar hasta la máxima punta de su cuero capilar el frescor de la ansiada -sí, en ciertas circunstancias- y cristalina, pasto de ranas y sapos, agua de lluvia.
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Y que se para Doña Mago y que comienza a gritar como desquisiada. Yo, que en todo estoy, ya para entonces había intuido que algo no andaba bien porque semejante tromba, que no están ustedes para saberlo pero yo sí para contarlo, es la más fuerte que recuerdo haber vivido, no me tenía, entre sueños, muy tranquilo que digamos.
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Y que abre la puerta Doña Mago y que los gritos llegan hasta mi tercera etapa freudiana, taladran mis tímpanos y se cristalizan en realidad. "¡El agua se está metieeeeendo!, ¿ve cómo está de anegado esto?" Y como mi intuición nomás alcanzó para levantarme ansioso, tardé como diez minutos, y una caminata en calcetines sobre el creciente charco, para entrar en razón. "¡El agua, se mete!", atiné a declarar, frente a la mirada estupefacta de mi perro, que ya para entonces había corrido a la recámara de mis hermanas -casa arriba- para salvar pellejo de la inundación -casa abajo-, y la incertidumbre de mi madre, quien, tras inteligentemente atinar a bajar los switches por aquello de los electrodomésticos a ras de piso, me veía con ojos de La Chorreada al morir Torito.
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Y ya que, en afán sherlockhomista, atinamos a encontrar -sí, así con redundancia y todo- la razón de la inundación -de tanta, tantísima agua, el patio de servicio, principal fuente de ventilación y luz natural en la recámara de mi madre, se había inundado y, estando la puerta de cristal abierta para facilitar al can la satisfacción de sus necesidades fisiológicas, el agua había abierto brecha para terreno colonizado-, ya localizada la fuente de nuestro pequeño inconveniente hidrológico, decía, buscamos la manera de resolverlo, como gente proactiva que somos, y decidimos entonces sentarnos a pensar.
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Ya para entonces el chaparrón había bajado, y junto con él el perro, también chaparrón -no tiene la culpa el perro, sino el que lo hace enanito-, se había dignado a acompañarnos en nuestra desventura. Yo, conociendo los desplantes actorales de Libertad Lamarque en Cuando los hijos se van que suele hacer mi madre en sus momentos de turbación, preferí ahorrarme las cachetadas y adelantarme a las circunstancias: "Destapemos la coladera y comencemos a barrer".
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Y mi madre, que para barrer es muy buena, no esperó dos segundos y comenzó a tirar toda el agua para el triste patio. El inconveniente, en menos de lo que había empezado, había sido superado por tres ágiles -incluimos la del perro, que demostró gran inteligencia al buscar salvar pellejo- y dominantes mentes, que, aunque sufrieron en escarmiento propio la indudable fluidez del agua -fluido por excelencia, saaaabe-, no se dejaron amedrentar -muchos ? para esta última frase-.
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Yo les dejo, ya por último, un consejo valedor: en temporadas de lluvia, procuren ver llover y no mojarse, y eso incluye también al agua que no precisamente cae de la cabeza, sino se siente en los pies. ¿Que si me agripé? No la frieguen, no lo piensen, no echen la sal.
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¡Salud! (seca, muy seca salud)

sábado, 14 de junio de 2008

El recuento de los daños.

Es sábado ya. Bueno, domingo, domingo para cuando acabe de escribir esto. Líneas extrañas nacen tras volver a la soltería. Siento que a 24 horas del "suceso" -lo llamaremos así por afanes meramente sentimentales, osea, para evitar el surgimiento de las lágrimas- todavía no me cae el veinte por completo, ni se totalizan las cuentas como yo esperaba.
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Osea que La Arandera, que ya para estas horas debe estar disfrutando -espero que así sea- del sol de su alteña patria, o de la luna, pues, osea que ella, que estuvo dos meses y medio aquí juntito para cambiar la realidad, para mejorarla, caló profundo y tupido, como no lo hacía alguien mucho tiempo ha.
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¿Que qué hacer? Hay dos caminos: o nos entregamos a la falta de interés por la vida que este tipo de sucesos suelen provocar, o nos miramos al espejo, nos sonreímos, nos sentimos un poco guapos y nos lanzamos a conquistar el mundo. Total, si éste no cae, caerán con seguridad las personas que lo sostienen, y entonces sí, ya entrados en gastos, a atascarse que habrá lodo.
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Hace unos minutos, La Malagueña, que trae otra de estas "etapas" en su respectiva administración, ya me hizo esa pregunta que yo intentaba evitar: "¿Cómo se quedó ella?" Y trataba evitarla porque no creo ser el ser más acertado para responderla. Se quedó como se queda uno siempre que un plan fracasa, o que algo, planeado o no, no sale como se esperaba, rompe las expectativas y viola los deseos. Se quedó como yo, quizá un poco mejor, quizá un poco peor, pero diferente, diferente sí, seguro.
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¿Y que qué sigue? Pues la vida. Me han dicho los enterados -yo del último final fuerte ya ni me acuerdo- que para que esto se supere por completo hace falta vivir sin la persona la mitad del tiempo que pasamos con ella. Osea que la mitad de dos meses y medio sería... -ruido de mega computadora del Santo, por favor- mes y una semana. Ummss -noten mi tono fastidiado-, suena demasíado cuando se tiene la piel tan expuesta. Pero sea, sea si así salen mejor las cosas a futuro.
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Yo, por lo pronto, ya volví a la idea de que el amor es maravilloso... cuando no se piensa. Y ustedes, ¿ya están pensando? No, claro, porque esta entrada no se hizo para pensársela, sino para pasármela. Total, si hemos llenado este baile de material útil, ¿por qué no regalarla dos o tres veces al año, aprovechando la amplitud de la web? ¿Qué tanto es tantito?
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¡Salud!

viernes, 13 de junio de 2008

Un dos tres, tiempo para mí.

Cero y van dos. Una más y ya voy a exigir mi premio por constancia. Dos quiebres amorosos en lo que va del año, y eso que apenas llevamos la mitad -¿que por estadística me tocan otros dos?, cómo no, con todo gusto, cuando yo deje de ser yo y esto que tengo por cerebro deje de pensar, entonces sí, hablamos-.
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Bueno, en esta ocasión todo fue cuestión de darse un tiempo. Un tiempo. No sabía que el tiempo se diera, ahora que lo analizo bien, pero por lo visto todo esto funciona para decir que "algo ya nomás no jalaba" -no, no eso que están pensando, ¡decencia, por favor!-, y que es mejor dejarlo todo en paz, sobre la mesa, que la masa esponje y solita pida el fuego, o no, se suma, se arrancie, y ya en definitiva haya que tirarla.
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Admito mis errores, los conjugo y los declamo. No he sido nunca afecto a declarar mis más bajas pasiones -?-, y menos las de otras personas -doble ?-, así que de mí no saldrá una palabra más sobre el asunto. Me limitaré, eso sí, porque los límites son importantes, a agradecer a vida, cielo, mar y tierra, por la figura, talla y calidad de novia que tuve por dos meses y medio, y a reiterarle mi total apoyo -ahora más, mucho más- y mi completa gratitud, mi solícito cariño y mi profundo, muy muy muy profundo amor.
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¿Me quedo con algo? Sí, los buenos momentos, las risas, los besos, los abrazos, las caricias, las férreas palabras, las sinceras intenciones, los avances, los crecimientos -ahora ya no le tengo miedo a tantas, tantas cosas-, hasta con los olvidos, que son letra muerta a mi favor.
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¿El saldo? Números amarillos -no me animo a decir que negros, pero rojos rojos no quedan, realmente no, y como el amarillo es de mis colores áuricos favoritos...-, números amarillos que hablan de cómo se puede aprender en dos meses a amar leal y profunda, sinceramente, aprender cómo las tardes se deben pasar menos solitarias, más entregadas, más vacíadas, de cómo la vida entera puede aprenderse a multiplicar por dos, cómo no vivir para uno mismo por completo, ni tampoco por entero para otros, es mejor que vivir en sí, cómo discernir, conjugar, apreciar -ahora me siento más guapo, y en sólo dos meses y medio de terapia intensiva-, devaluar, entender. Aprender a amar, regreso a esa idea, y con esa solita, que engloba todo el resto, me quedo hasta la próxima ocasión en que el tema pueda -o más bien dicho, deba- tocarse.
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La pulsera que significa tantas cosas, con sus hilos naranjas, blancos y negros, me mira desde el buró. Ya no está en mi muñeca y falta mucho tiempo y muchas cosas por vivir para saber si vuelve o no. Yo no adelanto conjeturas, porque eso significaría rajarse a las planificaciones del señor destino. Mejor hablo de lo que fue, lo que ha sido y lo que sigue siendo, aún terminada la jornada, aún guardado el equipaje, aún hecho el recuento de los bienes. Aún ya entregándome a la noción del "ya no".
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Me llegan por lo pronto, y de muy pronto, últimas noticias de otra de mis tantos pocos, La Wera. Ha hecho cosas para ella, con ella, por ella, pero ella al volver con su novio, no al dejarlo ir. Me da gusto, mucho, porque se siente bien con ello, ha crecido y, con lo poco que la veo, puedo apreciar que sus cambios no han abierto una distancia entre nosotros. ¿Será que yo sigo siendo el mismo?, ¿que bajo el mismo cielo sigo respirando el mismo aire?, ¿que lo diferente que me siento no tiene nada qué ver con lo igualito que estoy? Lo dudo. Sea así o no, me abrazo a la vida porque es de lo poco que tengo por el momento, y además, he luchado mucho por ella, por llevarla hasta donde está, y ya para tomar retorno hace falta estar loco.
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¿Y el dolor? Bien gracias, haciéndose a la idea. ¡Vamos!, que con dos que llevo en el año, esto, más que costumbre, comienza a convertirse en ociosidad. En fin, la ventaja de que exista la tercera, es que siempre puede ser la vencida.
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¡Salud!

lunes, 9 de junio de 2008

Mea culpa.

Y la culpa nació entonces
para recordarle al hombre
que tiene sus días contados
y sus afanes medidos.
Confesiones de un cuarentón desesperado.
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Hoy ha venido a colación -y es que a mí francamente me choca que a la colación siempre la traigan, así que mejor fuimos a ella- una palabra que hace mucho tiempo no escuchaba, ni sobre la cual reflexionaba, raro esto en mi formación particularmente católica: la culpa.
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No viene mucho al caso quién la trajo a colación -chin, ésta vez sí la regué-, pero la culpa vino a mí en este lunes -casi martes- de muchas voces distintas, este lunes de parques, jardines, lluvias y reconciliaciones, de portada y portadores, de arrebatos e histerias, traída como anillo al dedo -¡y dale con las expresiones jaladas de los pelos!-, o como tema a la entrada.
. Y tampoco vale mucho la pena inteligir la razón por la cual hace años no pienso en ella, ni la razón por la cual hoy, particularmente, accesó -se dignó a accesar- al cúmulo de tópicos que entran a este baile como juanes por su casa. Vale mejor, para salud de los lectores, pensar en la culpa misma, sin andarnos por las ramas -o por otras culpas-.
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Nadie sabe cómo ni cuándo ni dónde apareció, pero el punto es que la traemos arrastrando -esto es un decir, yo nunca la he sentido pegada a mis pies ni subida en mis espaldas, no al menos literalmente- desde mucho tiempo atrás, y juega confabulada con eso que otros muchos dan en llamar -me ha gustado esta semana particularmente aprender este verbo perifrástico, "dar en llamar"- conciencia, una especie de voz interior que siempre dice lo que es mejor hacer, o reprende indistintamente cuando no se ha hecho lo que se debe.
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"Lo que se debe", ¿y qué se debe? Pues lo que se ha tomado sin consideración, sin consideración en uno mismo. La Traviata, que de esto sabe mucho porque siempre sabe mitigar la culpa, dice que ésta no es más que un invento de la religión para hacernos infelices. Difiero, o bueno, sí lo es y también no. La religión, y más específicamente la católica, a la que La Traviata suele referirse al hablar de esta manera, suele, cierto, utilizar el sentimiento de culpa para vender a sus seguidores toda esa gama de maravillosos productos que ganan la vida eterna.
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Y no, porque falta que uno se deje. Además, claro está, se deje uno o no lo haga, la culpa es un sentimiento que hermana los corazones. No, en serio, sé que están pensando cuál fumado puedo ponerme aveces, pero en esta ocasión, en esta nada más si quieren, tengo la razón: ¿no es acaso un hombre igual al otro cuando siente culpa al robar a un desprotegido, herir a un amigo, hacer sentir mal a un familiar?
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Por supuesto que habrá que investigar qué tan amigo es el herido, o qué tan familiar es el sentido, pero de que suele aparecer la culpa, con su manto púrpura de pura indignación, suele aparecer, en grados distintos, pero aparece, para recordarle al ser humano que ha hecho algo que no va del todo con lo que podríamos llamar "facilitador de la comunión armónica", y que, por supuesto, es un ser sano y vivo: el sicópata, faltaba más recordarlo, si algo no tiene es culpa.
. Osea que la falta de culpa es una enfermedad. Mire asté, de qué cosas se da cuenta uno cuando no siente culpa sino ésta le llega más bien como tópico que como sensación.
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Mentiría si dijera que no soy un ser culposo. Desde lo que hago mal a diario, hasta lo que no está totalmente mal, pero tampoco me deja muy satisfecho de hacer, y que me genera cierto agrado, a lo cual llamo "placer culposo", soy un ser de culpa y culpa. ¿Y que sufro mucho? No, por la culpa rectifico, cambio y regulo. Todo está, creo yo, en ser más conciente de uno mismo que de la culpa que siente o de los errores que ésta suele marcar. ¿Y que para qué la culpa? Para saber que siempre, indistintamente de cuán mal haya actuado, siempre puedo volver a empezar.
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Hoy la culpa ya me hizo pensar. ¿A ti ya te hizo pedir perdón?, ¿ya liberó tu subconciente de melcocha insalubre?, ¿ya te acercó a la reconciliación contigo mismo? ¡Qué bueno! Es señal de que tu culpabilidad es sana -santa no, para eso le hace falta morir, y nadie la quiere muerta si es señal de salud-. A propouse...
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¡Salud!

domingo, 8 de junio de 2008

Tacones lejanos lejanos.

Dicen que nada es para siempre.
Los sueños cambian,
los trenes vienen y van,
pero los amigos, los amigos nunca pierden el estilo.
Carrie Bradshaw, Sex and the City.
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Ya, pues, flagélenme por haber ido. Satúrenme con esa perorata de que cómo demonios puede un estudiante de Letras, un lector asiduo, un joven preparado -y en preparación-, andar gastando su tiempo y su dinero en una película estadounidense no solamente hecha para vender, sino para revender algo ya antes vendido. Mutílenme, golpéenme, escúpanme, y luego, ya más serenados -sereeeeno, moreeeeeno- léanme: fui a ver Sex and the City, la película, porque ya me la tenía prometida, y chin-chun-chan al que no le parezca.
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¿Mi crítica? No, no voy a dar nada de eso porque, aunque estuve cerca esta vez, tampoco en este verano podré tomar un curso de Análisis Cinematográfico que me dé las herramientas suficientes para hablar de las películas sin decepcionarlos. Así que respecto a la realización sólo podría decir lo que mi medianamente desarrollado intelecto cinematográfico me permite: es como la serie, la misma fotografía, los mismos movimientos de cámara, hasta el mismo filtro de luz, pero en pantallota, eso sin mencionar que la trama parece chicharrón prensado de tres o cuatro capítulos del seriado que como que les faltaron por entregar, y ahora sí, ya tarde y con muchos millones en la bolsa, se decidieron a vender.
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Pero no fui a ver la película porque sea fan de la serie, o porque sienta una extraña y casi culposa atracción hacia eso que dan en llamar "el mundo de la moda" -yo conozco muchos mundos, pero ése me es particularmente atractivo-. No, nada de eso. Fui a ver Sex and the City porque me llama la atención ese particular modito que tienen los gringos para decirle al mundo que todo está bien allá por sus lares, que la gente no sufre por comida, dinero o habitación, y que hay primavera hasta en la nieve del invierno, concepto bastante macutre -suma de "mamón" y "cutre"- que en últimos años, y con afán meramente comercial -aplaudible en el caso de una industria como la nuestra, que lo que está buscando ahorita es dinero-, le ha dado por imitar al cine mexiano.
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Para no hacerla más larga, asistí también a Sex and the City -y un día después de su estreno, lo que no he hecho más que con El Señor de los Anillos, El retorno del Rey (sigo teniendo pesadillas con cuarentones panzones vestidos de Légolas-, asistí a ver a cuatro amigas bastante superficiales, cotorras y mucho más arrastradas por la vida que lo que se les veía en la serie original, gringas todas, asistí a los enredos -bueno, pongámoslos entre comillas, porque enredos los míos, que sí tienen para nudo scout y cuerda que les sobre- de cuatro desesperadas y en proceso de ancianidad, antaño jóvenes, mujeres, con la única intención de verificar aquella frase que en cierto trailer de la cinta me tocó escuchar, de la voz de la protagonista -la más tendida de las cuatro a imitar en su piel la consistencia del papel crepé-: "They say nothing is forever. Dreams change, trains come and go, but friendship never go out style".
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¡Ah, qué monitoooo! Osea que no importa si el vestido que compré el mes pasado -no, Malagueña, no estoy en proceso de comprobar lo de Guadalajara Capital Gay de México... ¡es una metáfora!-, no sólo ya no me queda sino que además es como muy oldies para los nuevos times. No importa si La Casicasi no se cambia de sudadera en toda la semana, o si ni siquiera usa sudaderas, o si La Zucaritas usa faldas a la Lavinia Style cuando lo suyo lo suyo son las playeras polo, o si La Jirafa usa bolsas de imitación, o si La Traviata mezcla estampados con estampados... ¡nuestra amistad jamás pasará a la historia, nunca estará fuera de moda, jamás gritará "fashion emergency!"!
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¡Ay, ¿no se enamoran?! Pues no, no lo hagan, es una frase muy ridícula y si la he puesto aquí es porque... porque la película es medianamente mala pero tiene ciertos diálogos rescatables -por favor, por lo que más quieran, si van a ver la película no se pierdan el intento gringo por hacer referencias literarias con el personaje vecino en Miami de Samantha, la descocadadeporqueríaneoyorkinavenidaamenosensuburbio-. Y, claro está, dense cuenta de que, si les preocupa mucho ese asunto de las modas, los amigos son ese único accesorio que después de los cuarenta nos sigue quedando a la perfección, combina con todo y no exije rebajas para deslumbrar. ¡Ámonos!
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¡Salud!