domingo, 25 de mayo de 2008

Prohibido ser feo.

Después de un fin de semana de mucha semántica y poca administración -sigo creyendo que el significado no tiene brete, nunca ha existido y su proposición es uno de esos trucos publicitarios que nos venden las editoriales y los maestros para permanecer en la escuela-, después de un fin de semana de mucho desvelo y pocas nueces gramaticales, después de escuchar cantar a mi querídisima Traviata como hace mucho no,... como nunca lo había hecho, después de volver a casa y descubrir que por este baile siguen las cosas agarrando su rumbo y haciéndonos cambiar a paso agigantado, después de todo eso no queda más que sentarse a escribir, esperando el mundo mejore a cada línea, tras cada coma y a cociente de cada oración.
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Y como no quiero hablar ni de las FARC, ni entrar en dilemas acerca del petróleo y su incomprensible reforma -no, otra vez no-, ni poner otra foto de la ticher Gordillo engalanando mi entrada, y dado que sigo siendo presa del estrés, que, según veo en los rostros, las espaldas y los moretones, ya alcanzó a mis amigos, los últimos reductos de mi tranquilidad, y como además ya me cansé de buscarle su hilo negro al significado y nomás encontrar paja tejida -es que faltaba decir que todo mi fin de semana fue arduamente destinado a elaborar un trabajo para semántica en relación al problema de un significado que nadie sabe dónde está, y menos que en ningún lugar en el diccionario-, haré de esta entrada un himno a la incosistencia. Osea que diré lo que no debo decir, y lo haré de tal forma que nadie pueda entenderlo, sí, osea, sí.
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El Irving, que entre muchas otras cosas tiene estilo, recibió ya por adelantado la noticia de que se parece a uno de esos engendros demoníacos de tonadas inestables que se hacen llamar Jonas Brothers -ah, es que son tres, y son hermanitos-. Y, como era de esperarse, no le pareció nadita. No, no porque realmente no se parezca y ande yo urdiendo falsos juicios, no porque le moleste se le identifique con pelos negros planchados -¡que no panda el cúnico, no son emos!- y vestimenta que, más que un tributo al traje tradicional, es la representación de un vómito del mismo. Tampoco porque crea que quién soy yo para decirle que se parece a un esperpento de tal naturaleza.
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"¡Claro que no! Ese cabrón está guapísimo", fue su total respuesta a mi escueto pero atinado juicio de verdad -¿ven?, mea culpa, ando semántico-. ¿Osea que él no cree ser guapo? ¿Pero cómo, si entre muchas otras cosas, además del mencionado estilo, le sobran pretendientes? ¿Y qué pasó con aquello de: "No hay artista sin ego, ni cineasta que se tolere"? -¡Ah!, es que El Irving, entre muchas otras cosas, hace cine-.
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Así que me di a la tarea de mover a mis informantes y ponerlos a recabar información en torno a la autoobservación en el mexicano promedio. Y como son bastante flojos para dar cifras exactas, se reunieron en consejo inmediato sólo para determinar de qué manera decirme lo siguiente: "El mexicano promedio o no se autoobserva o genera un juicio falso sobre sí mismo en dicho ejercicio". Osea que o no sabemos quiénes diantres somos, o lo que sabemos de nosotros -o creemos saber- es total mentira, de las de tú me enamoraste a base de mentiras, que estúpida que siempre te creíííí -ya, pues, me puse D'Alessio-.
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Y lo que dijo El Irving -que entre muchas otras cosas, viste chaleco gris- viene más que a tono para comprobar la teoría de mis escuetos, desvalidos y malvivientes informantes: nadie sabe lo que tiene en sí mismo hasta que... alguien más se lo hace saber y todo termina. Y es que nótese cómo cuando el mexicano encuentra parecido físico en alguien más, rompe con el espejo y, si el parecido fue a su favor, es decir, si le dijeron que era la copia exacta, a carbón, de Brad Pitt, pero más tostadito, manda traer al mariachi y arma la fiestesota. Y si nada de eso, si más bien le explicaron que su padre biológico podría ser sin mucha dificultad Jo-jo-jorge Falcón o Fidel Velázquez, se arma una trompiza que para qué les cuento.
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Decía la sapientísima e inteligentísima -?, ?- Carrie Bradshaw en la multipremiada serie televisita Sex and the City: "¿Por qué si reconocemos en nuestros amigos a absolutas bellezas de pasarela, nos es tan complicado encontrar algo de hermosura en nosotros mismos?" Estoy a favor y, hasta que alguien me diga que no me parezco a Tiziano Ferro sino que soy un émulo ineludible de Pedro Infante en sus mejores años -¿tuvo peores?-, no pienso dejar de decirle a mis amigos que son todos una bola perfecta de rorros y rorras, papis y mamis, y que si Dios me hiciera reencarnar, sin duda alguna los volvería a pedir así de guapos como son.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Agus, eso de ponerse a filosofar es de "pura gente sin quehacer", diría mi padresantotutorbenditodelalma, y eso es lo que nosostros pretendimos ser, pero ¡OH, SORPRESA!, resulta que nosotros si teníamos quehaer. "Chale" diría el Vini.
Bueno pues ¿por qué tanta citaonbre?