martes, 20 de mayo de 2008

Olvídalo.

Híjole. Qué feo es que uno se siente a escribir y se olvide, justo al poner las yemas de los dedos sobre los botones del teclado, de la excelente frase que le había nacido de inspiración invisible a la hora de la comida, o del estupendo e interesantísimo tema que, surgido de un artículo noticioso, o de un acontecer personal, merecía una entrada hasta el momento mismo del olvido.
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Pero es todavía más feo olvidar cuestiones básicas, porque son esos leves olvidos los que más problemas personales nos acarrean a los olvidadizos: que si las llaves de la casa se extraviaron justo en el camino del baño a la puerta; que si yo traía algo en la mano cuando entré al salón, y al salir ando muy libre y desinteresado; que si yo iba a algo al refrigerador, algo definible en un ingrediente fresco o una comida preparada, algo que no puedo recordar qué es.
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Me dicen mis informantes que cosas como éstas no a cualquiera. Que, lo cual es cierto, a mi edad se debe tener una memoria fresca y rozagante, tipo elefante -por cierto, los elefantes tienen memoria, ya está comprobado: uno de ellos fue capaz el otro día de jugar al dónde quedó la bolita hasta diez veces seguidas sin perder una partida-. Que yo ando mal, que debería estar tomando Kobil, o algo así, y procurando meter menos cosas insignificantes a mi saturada memoria operativa -ah, no, la Gramática de la Lengua F no la sacaré de ahí ni a fregadazos nemotécnicos-.
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El problema está, decía, en que los pequeños olvidos son los que nos hacen más vulnerables: las llaves extraviadas dilatan citas de trabajo; la pérdida de objetos en lugares públicos termina siempre con mucho gasto económico en afán de recuperarlos; el olvido del refrigerador acaba con el hambre y hasta deja vacío en el estómago -sí, baja de peso olvidar a lo que uno iba al refri-. Osea que todo sale mal y el mundo entero se paraliza gracias a los olvidos.
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Y son justamente esos los olvidos que no puedo olvidar tener. Hoy día sigo olvidando apagar el monitor de la computadora, sacar al perro y meter el apunte exacto en el recopilador del día exacto, para tener una clase exacta y hacer relucir los comentarios ñoños -que no exactos- que tanto me caracterizan -o me caracterizarían, si recordara guardar mis apuntes en el orden correcto-. Hoy hago todo esto, a pesar de que traigo la cabeza, las manos, el cabello y hasta el cerebro, retacado de post its con información sustancial.
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Así que cuídense de mí y el resto de millones de seres humanos que padecemos de memoria perdediza. No vaya a ser que en una de éstas no recuerde ni que tengo un blog, y los deje sin la claridad de mi letra... ¿o no? ¿A qué iba? ¿En qué estaba? Ya se me olvidó.
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¿Salud?

2 comentarios:

#mAdRiD# dijo...

Ya con lo poco que he leído tuyo... sospecho que la coma es tu aliada, las palabras tus discípulas y la isnpiración tu amante predilecta.
Nunca vas a olvidarte de escribir, aunque el motivo haya cambiado al del día anterior.
Saludos!

Wendy Piede Bello dijo...

No te preocupes, siempre habrá quien te recuerde -reclame- que tienes que mover la coma ¡al ritmo de la banda!