lunes, 5 de mayo de 2008

Kilo por kilo, problema por problema.

"Y mientras tanto, ¿qué vamos a comer?" "Mierda".
El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez.
Hoy, porque en días pesados como han sido estos -un largo, muy largo fin de semana- el único placer que me doy el lujo de disfrutar es la comida, me trasladé a temprana hora y con pronto paso al otro extremo de esta ciudad -que es mitad mía y mitad de ustedes-, con la casi única intención de disfrutar de la sazón de mi buena amiga La Traviata, que además de cantar de maravilla, cocina sensacional. .
Y entre filetes de pescado empanizado y ensaladas de lechuga con aderezo de cilantro, pues ¿qué mejor tema pa' platicar en la sobremesa que el alto, altísimo, índice de obesidad que afecta a los países de todo el mundo? -mis informantes siguen de puente, atorados todavía en el caos vial que se ha armado en las entradas de Guadalajara, así que no han traído aún información exacta al respecto, pero me pregunto clandestinamente si en África o Medio Oriente habrá gordos. Y como mi pregunta es absolutamente inútil, seguiremos preguntando-.
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Y es que todo este tema -"bonita sobremesa", pensará el lector común, que no ha tenido en sus manos el delite de haber pasado una tarde de reunión con mis amigos- salió a colación a la hora misma de la comida pues La Traviata, y todos los demás que estábamos en la mesa, habíamos visto tiempo atrás, el singular, magnífico y bien realizado documental de Morgan Spurlock, Super Size Me (Estados Unidos, 2004), en el cual el documentalista, en un afán meramente científico -ajá-, y sin ningún ánimo de levantar ámpula -ah, no-, se propuso no desayunar, comer ni cenar, durante treinta días, un alimento diferente a lo expendido en los restaurantes de comida rápida más famosos del mundo entero: Mc Donald's.
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Sobra decir el shock que fue ver, para un fanático de las hamburguesas como lo es su servidor, dicho documental hace unos años, y sobra decir también que sin pensarlo mucho tiempo dejé de comer no nada más en el restaurant de los arcos amarillos y el payaso rojiámbar, sino en todo aquello que en su entrada principal ostentara logo y leyenda "fast food", o algo por el estilo.
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Pero volví a las andadas, y temo que ése es el gran pie del que cogeamos los seres humanos: nos encanta incidir en el error. Sin embargo, La Traviata y sus oportunos comentarios, me recordaron hoy algo que es cierto: el problema no está en dónde comemos, sino en qué hacemos para desquitar lo que ingerimos.
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Que si la grasa con que Mc Donald's prepara sus alimentos no se elimina ni con peregrinación de rodillas pelonas a chalma, que si su comida tiene mucha azúcar, que si al comerla da cancer "de los malos", el punto es que el restaurant de la cajita feliz es la culpa de nuestras obesidades y nuestras enfermedades, ¿cierto?. ¡Ja! Me río de Janeiro. Nada, creo yo, puede hacer más daño que afirmar a pie juntillas que en cuestiones como la obesidad hay un solo causante, y que eliminarlo de raíz sería la solución a todos nuestros males -vaya, que hasta el peso se levantaría del abismo si corriéramos a todos los Ronald y construyéramos hartas taquerías en su sitio-.
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Yo me pregunto si todos esos obesos mórbidos que caminan por la calle comen a diario en Mc Donald's. Mi mamá lo ha hecho durante sus viajes por la República, mi hermano también, y ambos están más flacos que un fideo deshidratado. ¿No estará más bien la causa de tanta gordura en nuestras conductas y nuestro cada vez más evidente sedentarismo? ¿No será la obesidad un problema de "comportamiento" y no de "consumo"? ¿Serán ambas? Me orillo por esta segunda opción, pero es un hecho muy claro, para mí al menos, que ni Mc Donald's tiene toda la culpa ni nosotros podemos darnos el lujo de endilgarnos la etiqueta de "inocentes".
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Terminando la comida, mientras La Traviata nos servía sendas y deliciosas raciones de fresas con yogurth, La Casicasi, también presente, hizo una observación de lo más destacable: "Deberíamos dejar de comer". No es destacable sólo porque aprecie su sinceridad, sino porque entiendo su miedo, que es, al mismo tiempo, el miedo de todo el resto de personas que, hoy día, ya no sabemos lo que comemos ante la existencia de cada vez más marcas que se anuncian como "naturales" o, peor aún, "nuevas fórmulas". Osea que las fórmulas anteriores, de las que comieron sus padres y los míos, quizá nuestros abuelos, ¿ya no son las que comemos nosotros? ¿Qué las otras, que los hicieron crecer y madurar, andaban mal? Parafraseando entonces a Mi Arandera, con derechos reservados del buen Vicinio, me animaré sólo a decir: "Chale".
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Pero es lunes, la semana ha comenzado con buena comida a la mesa y el que coma en Mc Donald's, por mí, debe recordar sólo lavarse las manos. Al parecer en estos tristes tiempos -esto último me quedó como aquello de tres tristres trigres, ¿no?- lo único que podemos hacer en el acto de comer sin dañarnos demasiado, es lavarnos las manos. Yo, porque no tengo de otra, no porque realmente quiera -ajá-, me lavo las manos entonces.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Antes de comer y después de ir al baño. La Traviata tiene la boca retacada de razón, ni hablar.
Te quiero Agus, gracias, gracias, gracias.