lunes, 26 de mayo de 2008

Expuesto a vivir.

Si yo hiciera una lista de las cosas que me han dicho pasan después de los veinte, no llenaría un cuaderno sino un mamotreto calibre ejemplar original de Constitución Mexicana. Desde caída prematura del cabello, hasta convencimiento de la razón de verdad de los padres, pasando, claro está, por aquella famosa frase de "después de los viente, la vida se te va volando", tengo yo un acervo bastante intersenate -y jugoso- de frases que engloban este concepto que, a mi parecer, lo único que intenta es convencerme de que si ya no viví feliz hasta los 19, lo que siga va a ser todavía más intolerable y fastidioso.
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Pero nadie, nadie nunca me ha dicho, y con ello agregado a la sustanciosa suma, una frase que hoy, tras darme cuenta de que mucho de mi estrés proviene de que la próxima semana tendré que hablar en público para exponer sobre un tema -semántica referencialista contra semántica cognitivista- del que no tengo el más remoto conocimiento de causa ni interés, hoy, tras descubrir cuán poca atención ponen los que conmigo están en sus exposiciones orales, hoy, tras mucho pensármela, descubrí que nadie me ha dicho que después de los veinte la vida se te va exponiendo.
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Mi pánico escénico lo paso, lo trago, es normal, vamos, como normal es sufrir diabetes después de pasar toda tu vida media comiendo donas azucaradas, o como normal es llorar en los días grises. Pero intolerable es para mí saber, de pronto, de improviso, que la mitad de mi vida, si no es que más, después de los veinte, la pasaré no durmiendo -ya hace falta-, no conduciendo -ya hace falta-, sino parado frente a una clase poco expectante y poco interesada -y, claro, poco interesante-.
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¡Ah, no! ¿y yo por qué si soy tan guapo? Ni hablar, que en las cuestiones de la vida una bonita cara no parece ser buen argumento. Tendré que hacerme a la idea de que sí, después de los viente se cae el cabello, comprendes a tus padres, la vida va más rápido, te olvidas de tus amigos, comienzas a experimentar cierto vínculo indescifrable hacia las fotografías, lloras más seguido o con motivos más fuertes para hacerlo, crees menos -en Dios, en la familia, en ti mismo- y sufres más, y, claro está, que después de los veinte la vida se te va exponiendo.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Pero si no fuera por esas exposiciones, no nos amaríamos más. Se te olvidó que después de los veinte, los amigos quedan firmes como tales y a los treinta los seguirás teniendo, porque que hueva contarle a alguien toda tu vida. Te amo más, Agus.