viernes, 30 de mayo de 2008

Dos palabras para llegar a Dios.

Quizá porque me lo dijo después de haber sostenido una discusión de lo más escandalosa, de esas protagonizadas por porcenala en la pared y muchos hechos brotantes de un pasado no superado, o quizá porque todavía, a estas alturas -veinticuatro horas-, me resulta difícil creer que los sentimientos son compaginables y pueden surgir en dos personas en tiempos similares, o quizá porque yo, como medianamente buen reportero que soy, no me trago la verdad tan fácilmente. El punto es que Mi Arandera me regaló ayer las dos palabras más desgastadas del mundo, las más usadas, las más malversadas, y aún así, al decírmelas ella, se vieron relucientes, desfilaron entregadas como tenoritas de opereta, dos únicas palabras y el mundo se detiene para que la vida pase, fácil o difícil, pero pase: "Te amo".
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Resulta difícil creer que un pronombre personal forma complemento proclítico, y un verbo conjugado en presente de primera persona del singular, modo subjuntivo, puedan por sí solos cambiar la realidad y modificar los corazones, movilizar las conciencias y forzar a análisis personales absolutos. Dos palabras que cimbran y lo cambian todo, que no dejan de ser dos palabras, pero cuyo significado total genera también diferencias totales.
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¿Qué viene primero, el sentimiento o el verbo? ¿"En un principio era la Palabra", dice San Juan, y estamos obligados a creerle? ¿Y si el sentimiento surge primariamente y luego le ponemos nombre? ¿Y si nada de eso, y más bien las dos cosas surgen al mismo tiempo, y la una llama a la otra, como en los ejes simétricos de una rueda, o en la coordinación exacta de dos bailarines sincronizados?
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"No importa", me ha dicho ya varias veces mi Yo interior, ése al que tantas veces he tenido ganas de golpear pero que hasta la fecha ni se deja ni se da a encontrar, "la cuestión es que te lo dijo, selló la cuestión con el poder modificador de la palabra, y le respondiste, ¿o no?" O sí, lo hice y lo hubiera hecho antes, tomando la palabra, si ella no se anima hasta hoy a satisfacer su necesidad de decir y mi necesidad de oír.
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No, no es perfecto, porque si lo fuera tendría ya miedo, como siempre lo tengo cuando las cosas me van saliendo a la perfección, pero es lo mejor que he tenido y no pienso dejar que se pierda sin antes dar la cara, la lucha y la refriega. Y sé que Mi Arandera piensa igual, y que si estamos juntos en esto -"esto" es frío, suena frío-, "esto" que se llama amor, vamos a seguir aquí mientras la gasolina, las ganas, las fuerzas, los "destos", nos alcancen, y mientras siga siendo siempre 6 de abril, con o sin "te amos".
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¡Ah!, por cierto, escribo estas líneas mientras la voz de La Traviata resuena en la bocina del Greta Café, y mientras La Fer, sentada a mi lado, se afana en traerme las últimas nuevas de las Leyes Mexicanas. Las amo, a la cantante y a la legal, como amo al resto de mis amigos no presentes hoy, no porque tenga con ellos otro seis de abril permanente y específico, sino porque la amistad implica ese compromiso que me requiere por completo, y al cual, fácil como soy, estoy siempre dispuesto. Son amores diferentes, claro está, pero no por ello dejan de merecer la vara imparcial de la misma ley de dos palabras: te amo.
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¡Salud!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

dos palabras que brotan de mi alma... dos palabras que sanan mis heridas... dos palabras que me llenan de vida... te amo... más de lo que imaginas...tú tienes un lugar en mi corazón hecho a tu medida exclusivo de tu amor.

Wendy Piede Bello dijo...

¡Aj! Se me cayó la mandíbula de la sorpresa. ¿Y por qué hijos de puta no me habías dicho? Ay cabrón, me salió lo sahuayense. Pa' saber Agus.
Y, ¿por qué lo analizas gramaticalmente?, y, ¿por qué lo razonas tanto?
Yo también te amo y me prégunto si le dijiste: "¡Faby!, pero si no llevamos ni dos meses".
Como sea, felicidades y en tu carota, ¿ves que el timepo no importa? Pues, tómala...