viernes, 2 de mayo de 2008

Danos hoy nuestro girasol de cada día.

"Una rosa es una rosa", versa el famoso sonetillo de cierta canción de Mecano. Pues sí, una rosa será una rosa, pero un girasol es más, mucho más, que una simple flor. De hecho, creo yo, dista mucho de ser solamente el órgano de reproducción sexual de un vegetal determinado. Un girasol es la luz misma convertida en vida.
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Me dicen mis informantes que el origen geográfico de la Helianthus annuus, nombre científico del girasol común -osea, el que se vende en todas las florerías y que es gigantesco y pesadote-, lo ubican los botánicos en el sur de América, concretamente en la zona de Perú, y más concretamente todavía en las zonas cercanas a la coordillera de los Andes. Y, como andan felices porque en la entrada anterior agradecí su labor incondicional -más condicional que in-, mis informantes me traen un dato extra: se cultiva, aproximadamente, desde el año 1000 a. C.
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Sí, leyó usted bien. Los incas modifican el uso de suelo y armaban su siembra en escalerita, y acto seguido tenían maíz, frijol, sushi y girasoles. ¡Una cosa tan actual como impresionante! Quizá lo más difícil de todo estriba en el hecho de creer que el girasol de los incas distaría mucho de parecerse al que hoy regalamos cada que se arma la oportunidad. Osea que si lo viéramos, no reconoceríamos al sol hecho flor en esa ramita de tres pétalos y tufo pestilente insoportable. Por eso... ¡viva la evolución!
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Y todo esto viene a cuento porque yo tengo hoy un girasol. Me lo ha dado Mi Arandera y, fuera del hecho de que es la primera vez que recibo una de mis flores favoritas como obsequio, me acaricia el alma. En este preciso momento ha cerrado ya su fuego artificial de pétalos y se ha dispuesto, descente como es él, a dormir hasta que el astro que lleva en el nombre salga de nuevo, alumbre el cielo y le dé esperanzas.
. Y es que el girasol es eso, la flor de la esperanza: se opaca cuando muere la luz y renace de nuevo apenas se presentan los primeros rayos matutinos en el firmamento. Parece morir, pero su vida está latente en torno a la presencia del astro mayor, fuente de todos sus movimientos y, me lo dice su movimiento paulatino en torno a su presencia, su eterno e imposible enamorado
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Por eso muero por darle a mi girasol la oportunidad de correr hasta el sol y abrazarlo en un idílico encuentro, levantarlo muy alto en el cielo y permitirle tocar los tibios cabellos dorados de su amado, hasta que el fuego de ambos, uno hecho a base de explosiones de gas helio y el otro fabricado en un ardid de pétalos dorados, implosione en el gran designio del amor sincero.
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Pero mientras ingenio la manera de acercarlo al sol, mi girasol duerme. Ya mañana, como todo el resto de las cosas de la vida, tomará su lugar en el día y reclamará la atención de bio, el hálito dador. ¿Ven? Además de ser la flor de la esperanza, el girasol es la flor de la inspiración. Abrazo al mío como si abrazara a Mi Arandera, y a lo que tengo con ella, tan fuerte como esta flor que no se marchita con los días.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo tengo alergia al girasol, y si me dan una flor, prefiero que sea en maceta, no un cadaver vegetal. Besitos.