viernes, 30 de mayo de 2008

Dos palabras para llegar a Dios.

Quizá porque me lo dijo después de haber sostenido una discusión de lo más escandalosa, de esas protagonizadas por porcenala en la pared y muchos hechos brotantes de un pasado no superado, o quizá porque todavía, a estas alturas -veinticuatro horas-, me resulta difícil creer que los sentimientos son compaginables y pueden surgir en dos personas en tiempos similares, o quizá porque yo, como medianamente buen reportero que soy, no me trago la verdad tan fácilmente. El punto es que Mi Arandera me regaló ayer las dos palabras más desgastadas del mundo, las más usadas, las más malversadas, y aún así, al decírmelas ella, se vieron relucientes, desfilaron entregadas como tenoritas de opereta, dos únicas palabras y el mundo se detiene para que la vida pase, fácil o difícil, pero pase: "Te amo".
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Resulta difícil creer que un pronombre personal forma complemento proclítico, y un verbo conjugado en presente de primera persona del singular, modo subjuntivo, puedan por sí solos cambiar la realidad y modificar los corazones, movilizar las conciencias y forzar a análisis personales absolutos. Dos palabras que cimbran y lo cambian todo, que no dejan de ser dos palabras, pero cuyo significado total genera también diferencias totales.
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¿Qué viene primero, el sentimiento o el verbo? ¿"En un principio era la Palabra", dice San Juan, y estamos obligados a creerle? ¿Y si el sentimiento surge primariamente y luego le ponemos nombre? ¿Y si nada de eso, y más bien las dos cosas surgen al mismo tiempo, y la una llama a la otra, como en los ejes simétricos de una rueda, o en la coordinación exacta de dos bailarines sincronizados?
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"No importa", me ha dicho ya varias veces mi Yo interior, ése al que tantas veces he tenido ganas de golpear pero que hasta la fecha ni se deja ni se da a encontrar, "la cuestión es que te lo dijo, selló la cuestión con el poder modificador de la palabra, y le respondiste, ¿o no?" O sí, lo hice y lo hubiera hecho antes, tomando la palabra, si ella no se anima hasta hoy a satisfacer su necesidad de decir y mi necesidad de oír.
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No, no es perfecto, porque si lo fuera tendría ya miedo, como siempre lo tengo cuando las cosas me van saliendo a la perfección, pero es lo mejor que he tenido y no pienso dejar que se pierda sin antes dar la cara, la lucha y la refriega. Y sé que Mi Arandera piensa igual, y que si estamos juntos en esto -"esto" es frío, suena frío-, "esto" que se llama amor, vamos a seguir aquí mientras la gasolina, las ganas, las fuerzas, los "destos", nos alcancen, y mientras siga siendo siempre 6 de abril, con o sin "te amos".
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¡Ah!, por cierto, escribo estas líneas mientras la voz de La Traviata resuena en la bocina del Greta Café, y mientras La Fer, sentada a mi lado, se afana en traerme las últimas nuevas de las Leyes Mexicanas. Las amo, a la cantante y a la legal, como amo al resto de mis amigos no presentes hoy, no porque tenga con ellos otro seis de abril permanente y específico, sino porque la amistad implica ese compromiso que me requiere por completo, y al cual, fácil como soy, estoy siempre dispuesto. Son amores diferentes, claro está, pero no por ello dejan de merecer la vara imparcial de la misma ley de dos palabras: te amo.
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¡Salud!

miércoles, 28 de mayo de 2008

El adiós de la rosa.

Te vas Alfonsina con tu soledad,
¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de mar
te requiebre el alma, y la está llamando.
Y te vas hacia allá, como en sueños,
dormida, Alfonsina, vestida de mar.
Alfonsina y el mar.
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A Rosa María Madrigal,
por las ganas de ser.
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Híjole -cero y van tres-. Qué difícil hablar de la muerte cuando cae tan cerquita y con tanta saña. Esta vez no se llevó a una víctima de un ajuste de cuentas, ni a una compañera de la lejana y apenas recordable secundaria, ni a un narcotraficamente de nombre y procedencia irreconocible. Tomó a una maestra que, sin temor a equivocarme, era no solamente una excelente docente, sino además una mujer "muy mujer", como dice mi madre, y una gran, gran, gran, muchos "gran" más, persona. Un ser humano en toda la extensión de la palabra.
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Rosa María Madrigal llegó a mi vida, y a la de otros veintinueve entonces recién admitidos en Letras, una tarde lluviosa de agosto del 2006. Aseguraré, sin grandes faltas a la verdad, que no me cayó bien en un primero momento. Estricta, quizá demasíado para alguien como yo que venía de cursar el bachillerato en una escuela de monjas donde lo último que se reconocía en los pasillos era la existencia -o permanencia- de un sistema disciplinario, firme en sus posiciones y demasíado preguntona, colocaba a mi "prepo", aferrado todavía en mí, irrestricto, contra la pared, y lo hacía dudar de sus decisiones, tergiversar las letras y modificar las respuestas, y todo esto para descubrir que no había estudiado lo suficiente, que "mucho" era "poco" y que "demasíado" es apenas "suficiente" cuando se hace lo que se ama.
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Pero hacia la mitad del curso, el ejército de treinta ya se la había ganado. Se daba el lujo de reírse de nuestros nombres, que decía parecían extraídos del argumento de una telenovela (Casandra Elizabeth, Ana Paulina, Miguel Guillermo, Perla Merith), preguntar sobre el origen de nuestros apellidos (Kabande, Madrigal, Olachea) y hasta surtirnos de bombones cubiertos con chocolate si llegábamos temprano. Nos confesaba estar cansada de correr de la escuela a su trabajo como médico industrial -porque además de todo tenía dos carreras en su haber- y luego de vuelta a la escuela, pero esta vez no para dar clase sino para estudiar su doctorado. Cansada, sí, pero feliz, plena, tanto que en muchas ocasiones llegó a demostrar que estando con nosotros no necesitaba nada más, nada más que una tarde de Español Primer Curso para arreglar el mal día, subir el ánimo y reconvencerse diariamente de su vocación.
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Hoy, cuando El Profe Concho nos comunicó el fatal deceso, el ánimo de la clase se fue inmediatamente al carajo. Sufrimos los que con ella estuvimos un semestre entero y los que con ella convivieron una vida completa. Sufrimos los que fuimos reprendidos por su severidad, y también los que fuimos instados por su dadivosidad. Sufrimos los que con ella charlamos, convivimos, los que le prestamos el hombro para que descansara la amarga jornada. Sufrimos los que le preguntamos, los que le contestamos un examen y los que tenemos el lujo sublime de haber sido calificados tolerantemente por su férreo método. Sufrimos, pero no dejamos de pensar que en el lugar en que esté ahora mismo estará mejor que aquí, sin necesitar de un doctorado, ni una maestría, ni una plaza pública, para ganarse los corazones de treinta estudiantitos fieles, ignorantes y sencillos.
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Ánimo. Que las almas nobles y sublimes dejan buenos recuerdos, pero sólo los espíritus gigantes, inimaginablemente grandes, dejan al partir la estela de luz, dicha y sabiduría que ha dejado Rosa María Madrigal. Ánimo.
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¡Salud!

lunes, 26 de mayo de 2008

Expuesto a vivir.

Si yo hiciera una lista de las cosas que me han dicho pasan después de los veinte, no llenaría un cuaderno sino un mamotreto calibre ejemplar original de Constitución Mexicana. Desde caída prematura del cabello, hasta convencimiento de la razón de verdad de los padres, pasando, claro está, por aquella famosa frase de "después de los viente, la vida se te va volando", tengo yo un acervo bastante intersenate -y jugoso- de frases que engloban este concepto que, a mi parecer, lo único que intenta es convencerme de que si ya no viví feliz hasta los 19, lo que siga va a ser todavía más intolerable y fastidioso.
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Pero nadie, nadie nunca me ha dicho, y con ello agregado a la sustanciosa suma, una frase que hoy, tras darme cuenta de que mucho de mi estrés proviene de que la próxima semana tendré que hablar en público para exponer sobre un tema -semántica referencialista contra semántica cognitivista- del que no tengo el más remoto conocimiento de causa ni interés, hoy, tras descubrir cuán poca atención ponen los que conmigo están en sus exposiciones orales, hoy, tras mucho pensármela, descubrí que nadie me ha dicho que después de los veinte la vida se te va exponiendo.
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Mi pánico escénico lo paso, lo trago, es normal, vamos, como normal es sufrir diabetes después de pasar toda tu vida media comiendo donas azucaradas, o como normal es llorar en los días grises. Pero intolerable es para mí saber, de pronto, de improviso, que la mitad de mi vida, si no es que más, después de los veinte, la pasaré no durmiendo -ya hace falta-, no conduciendo -ya hace falta-, sino parado frente a una clase poco expectante y poco interesada -y, claro, poco interesante-.
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¡Ah, no! ¿y yo por qué si soy tan guapo? Ni hablar, que en las cuestiones de la vida una bonita cara no parece ser buen argumento. Tendré que hacerme a la idea de que sí, después de los viente se cae el cabello, comprendes a tus padres, la vida va más rápido, te olvidas de tus amigos, comienzas a experimentar cierto vínculo indescifrable hacia las fotografías, lloras más seguido o con motivos más fuertes para hacerlo, crees menos -en Dios, en la familia, en ti mismo- y sufres más, y, claro está, que después de los veinte la vida se te va exponiendo.
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¡Salud!

domingo, 25 de mayo de 2008

Prohibido ser feo.

Después de un fin de semana de mucha semántica y poca administración -sigo creyendo que el significado no tiene brete, nunca ha existido y su proposición es uno de esos trucos publicitarios que nos venden las editoriales y los maestros para permanecer en la escuela-, después de un fin de semana de mucho desvelo y pocas nueces gramaticales, después de escuchar cantar a mi querídisima Traviata como hace mucho no,... como nunca lo había hecho, después de volver a casa y descubrir que por este baile siguen las cosas agarrando su rumbo y haciéndonos cambiar a paso agigantado, después de todo eso no queda más que sentarse a escribir, esperando el mundo mejore a cada línea, tras cada coma y a cociente de cada oración.
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Y como no quiero hablar ni de las FARC, ni entrar en dilemas acerca del petróleo y su incomprensible reforma -no, otra vez no-, ni poner otra foto de la ticher Gordillo engalanando mi entrada, y dado que sigo siendo presa del estrés, que, según veo en los rostros, las espaldas y los moretones, ya alcanzó a mis amigos, los últimos reductos de mi tranquilidad, y como además ya me cansé de buscarle su hilo negro al significado y nomás encontrar paja tejida -es que faltaba decir que todo mi fin de semana fue arduamente destinado a elaborar un trabajo para semántica en relación al problema de un significado que nadie sabe dónde está, y menos que en ningún lugar en el diccionario-, haré de esta entrada un himno a la incosistencia. Osea que diré lo que no debo decir, y lo haré de tal forma que nadie pueda entenderlo, sí, osea, sí.
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El Irving, que entre muchas otras cosas tiene estilo, recibió ya por adelantado la noticia de que se parece a uno de esos engendros demoníacos de tonadas inestables que se hacen llamar Jonas Brothers -ah, es que son tres, y son hermanitos-. Y, como era de esperarse, no le pareció nadita. No, no porque realmente no se parezca y ande yo urdiendo falsos juicios, no porque le moleste se le identifique con pelos negros planchados -¡que no panda el cúnico, no son emos!- y vestimenta que, más que un tributo al traje tradicional, es la representación de un vómito del mismo. Tampoco porque crea que quién soy yo para decirle que se parece a un esperpento de tal naturaleza.
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"¡Claro que no! Ese cabrón está guapísimo", fue su total respuesta a mi escueto pero atinado juicio de verdad -¿ven?, mea culpa, ando semántico-. ¿Osea que él no cree ser guapo? ¿Pero cómo, si entre muchas otras cosas, además del mencionado estilo, le sobran pretendientes? ¿Y qué pasó con aquello de: "No hay artista sin ego, ni cineasta que se tolere"? -¡Ah!, es que El Irving, entre muchas otras cosas, hace cine-.
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Así que me di a la tarea de mover a mis informantes y ponerlos a recabar información en torno a la autoobservación en el mexicano promedio. Y como son bastante flojos para dar cifras exactas, se reunieron en consejo inmediato sólo para determinar de qué manera decirme lo siguiente: "El mexicano promedio o no se autoobserva o genera un juicio falso sobre sí mismo en dicho ejercicio". Osea que o no sabemos quiénes diantres somos, o lo que sabemos de nosotros -o creemos saber- es total mentira, de las de tú me enamoraste a base de mentiras, que estúpida que siempre te creíííí -ya, pues, me puse D'Alessio-.
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Y lo que dijo El Irving -que entre muchas otras cosas, viste chaleco gris- viene más que a tono para comprobar la teoría de mis escuetos, desvalidos y malvivientes informantes: nadie sabe lo que tiene en sí mismo hasta que... alguien más se lo hace saber y todo termina. Y es que nótese cómo cuando el mexicano encuentra parecido físico en alguien más, rompe con el espejo y, si el parecido fue a su favor, es decir, si le dijeron que era la copia exacta, a carbón, de Brad Pitt, pero más tostadito, manda traer al mariachi y arma la fiestesota. Y si nada de eso, si más bien le explicaron que su padre biológico podría ser sin mucha dificultad Jo-jo-jorge Falcón o Fidel Velázquez, se arma una trompiza que para qué les cuento.
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Decía la sapientísima e inteligentísima -?, ?- Carrie Bradshaw en la multipremiada serie televisita Sex and the City: "¿Por qué si reconocemos en nuestros amigos a absolutas bellezas de pasarela, nos es tan complicado encontrar algo de hermosura en nosotros mismos?" Estoy a favor y, hasta que alguien me diga que no me parezco a Tiziano Ferro sino que soy un émulo ineludible de Pedro Infante en sus mejores años -¿tuvo peores?-, no pienso dejar de decirle a mis amigos que son todos una bola perfecta de rorros y rorras, papis y mamis, y que si Dios me hiciera reencarnar, sin duda alguna los volvería a pedir así de guapos como son.
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¡Salud!

viernes, 23 de mayo de 2008

La insoportable estresedad del ser.

Híjole -notarán que esta es la segunda ocasión en que empiezo una entrada con esta expresión idiomática que no tiene otra intención que decir "chale"-. Todo es que yo me sienta estresado para que mi cordura, mi amabilidad -?- y mi conciencia -?- se pierdan por completo en el mar del estrés mismo.
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Hoy, no queriendo la cosa, ya llamé "inutilita" a La Malagueña, y por Dios que es de las personas menos inútiles que conozco -baste con decir que si fuera aparto eléctrico sería uno de esos multifuncionales que sacan copias a color, engrapan, escanean, hacen la comida, lavan la ropa, escriben con maravillosa redacción y hasta economizan tinta-. Y, además de eso, cometí una imprudencia porque es mi amiga, osea que, en el caso hipotético de que fuera inútil, no tengo el menor, diminuto diminuto, derecho de decírselo. Ni en broma.
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Así que aprovecho esta entrada, que es un buen medio de expresión no "en vivo", aunque luego se lo repita ya que la tenga enfrente, para decirle de nuevo que lo lamento mucho, que no fue mi intención y que el día que sus várices, su hipervitaminosis o cualquier otro mal propio de las mujeres activas como ella, la vuelvan una inútil, no se lo haré saber, sino que trabajaré por ella, metiendo el hombro para cubrir su parte. He dicho.
. Y también aprovecho esta entrada, que es un medio bastante aceptable de expresión -¿ya dije eso? ¿ven? hasta la información la traigo revuelta-, para decirle a quien lo quiera leer que ando estresado, que las cosas en mi escuela, mi casa y hasta mi trabajo, no me han dado mucha chance que digamos para respirar. No sé si la solución sería acabarlo todo y luego dormir diez días seguidos, como oso en hibernación, o si estaría mejor mandarlo todo a la goma y esperar a que se arreglar ahí solito, tirado en el rincón.
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Pero como soy todo un estratega en esto de las muchas cosas por hacer -?-, sé que ustedes también saben que lo terminaré todo y no dormiré, ni en broma, hasta tener todavía más cosas por hacer. Y es que yo, a diferencia de La Malagueña, sí soy un inútil, un inútil para saber qué hacer primero, qué no hacer, y para respirar tranquilo y relajarme, tal como hacen otros no inútiles como El Meromerosaborranchero, que a duras penas expone, a duras penas encuentra información -en porturgués- y termina siendo elogiado por todos los académicos -amén, sigo pensando que todo se lo debe a su mánager, pero como su mánager es él mismo, ya no sé qué pensar-.
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¡Salud!

martes, 20 de mayo de 2008

Olvídalo.

Híjole. Qué feo es que uno se siente a escribir y se olvide, justo al poner las yemas de los dedos sobre los botones del teclado, de la excelente frase que le había nacido de inspiración invisible a la hora de la comida, o del estupendo e interesantísimo tema que, surgido de un artículo noticioso, o de un acontecer personal, merecía una entrada hasta el momento mismo del olvido.
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Pero es todavía más feo olvidar cuestiones básicas, porque son esos leves olvidos los que más problemas personales nos acarrean a los olvidadizos: que si las llaves de la casa se extraviaron justo en el camino del baño a la puerta; que si yo traía algo en la mano cuando entré al salón, y al salir ando muy libre y desinteresado; que si yo iba a algo al refrigerador, algo definible en un ingrediente fresco o una comida preparada, algo que no puedo recordar qué es.
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Me dicen mis informantes que cosas como éstas no a cualquiera. Que, lo cual es cierto, a mi edad se debe tener una memoria fresca y rozagante, tipo elefante -por cierto, los elefantes tienen memoria, ya está comprobado: uno de ellos fue capaz el otro día de jugar al dónde quedó la bolita hasta diez veces seguidas sin perder una partida-. Que yo ando mal, que debería estar tomando Kobil, o algo así, y procurando meter menos cosas insignificantes a mi saturada memoria operativa -ah, no, la Gramática de la Lengua F no la sacaré de ahí ni a fregadazos nemotécnicos-.
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El problema está, decía, en que los pequeños olvidos son los que nos hacen más vulnerables: las llaves extraviadas dilatan citas de trabajo; la pérdida de objetos en lugares públicos termina siempre con mucho gasto económico en afán de recuperarlos; el olvido del refrigerador acaba con el hambre y hasta deja vacío en el estómago -sí, baja de peso olvidar a lo que uno iba al refri-. Osea que todo sale mal y el mundo entero se paraliza gracias a los olvidos.
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Y son justamente esos los olvidos que no puedo olvidar tener. Hoy día sigo olvidando apagar el monitor de la computadora, sacar al perro y meter el apunte exacto en el recopilador del día exacto, para tener una clase exacta y hacer relucir los comentarios ñoños -que no exactos- que tanto me caracterizan -o me caracterizarían, si recordara guardar mis apuntes en el orden correcto-. Hoy hago todo esto, a pesar de que traigo la cabeza, las manos, el cabello y hasta el cerebro, retacado de post its con información sustancial.
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Así que cuídense de mí y el resto de millones de seres humanos que padecemos de memoria perdediza. No vaya a ser que en una de éstas no recuerde ni que tengo un blog, y los deje sin la claridad de mi letra... ¿o no? ¿A qué iba? ¿En qué estaba? Ya se me olvidó.
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¿Salud?

lunes, 19 de mayo de 2008

Del circuito al arcoiris.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Y para los que creemos ciegamente -¿alguien lo ha visto acaso?- en el destino, esta sola frase, nacida de la inspiracional y guapachosa canción Pedro Navajas, del panameño Rubén Blades, es motivo de vitalidad y orgullo: como ninguno de nosotros sabemos qué nos deparará la existencia en el camino hacia la muerte misma, pues ponernos a vivir es la mejor de las soluciones para evitar el malestar estomacal de las sorpresas desagradables.
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Y hoy, como ando muy navajudo, traigo dos buenas, muy buenas, o por lo menos sorprendentes sí son, noticias de fin de semana: una incluye un conjunto de chips y circuitos coordinados para conducir movimientos musicales; la otra incluye a un él que decidió ser ella y una ella que decidió ser él, unidos en feliz y legal matrimonio civil.
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Empiezo por la primera, porque para la segunda hace falta primero la primera: hace unos días, mientras ojeaba el periódico dispuesto a enterarme de lo que hubiera que enterarse, me topé con una fenomenal fotografía digna de todo libro o material cinematográfico de ciencia ficción: un robot humanoide conduciendo a la Orquesta Sinfónica de Nueva York.
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Sí, leyeron bien: cables y más cables lanzando a destajo chispazos movilizadores de un par de brazos hidráulicos con mucho, y muy buen, ritmo. Y la Orquesta -"¡tenía que ser Nueva York!", exclamó mi hermana al leer la nota- tocó con gracia, soltura y fue ovacionada de pie. Bueno, para ser sincero todavía no sé si el ovacionado fue el conjunto de cuerdas, vientos y percusiones, o el pequeño armatoste que, programado por computadora, no nada más dirigió sino también tuvo el descaro de hacer una reverencia a su aplaudidor público al finalizar su tarea. ¿Habrá alguna versión de esos de venta en E-bay, por lo menos programable para que dé zapes cada vez que alguien cerca de mí suelte un comentario de lo más bobalicón, y que además quepa dobladito bajo la cama? ¡Yo lo compro!, ¡denme diez!
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Y la segunda noticia, y que quede claro que es la segunda nada más porque ya di la primera, es otra noticia agradable -"Información amable", dice Lolita Ayala, que según mi madre es más grande que ella y tiene piel de lechoncito bien criado. Se sospecha del bótox-: el sábado, en un festejo de lo más "arcoiris" que puedan imaginarse, Mario y Diana, feliz pareja de hombre y mujer, contrajeron nupcias en el Distrito Federal. ¿Que si son parientes míos y yo estuve en la fiesta, bailando a todo dar las de Caballo Dorado? ¿Que si no entonces por qué tanta alharaca? Pues porque el nombre legal -y no por error garrafal del oficial del registro- de Mario es en realidad María del Socorro Sánchez, y el de Diana José Guerrero.
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Osea que Mario es ella y Diana es él, y felices los cuatro. Y el juez, en ese sentido, no cometió ninguna irregularidad porque, operados o no, artificiales sus "asunticos" o paridos de una madre con todo y chamaco, al final no hizo más que matrimoniar a un hombre con una mujer, tal y como lo marca la ley. Y claro, tenía que ser en el D. F., porque para que veamos algo similar en provincia... pues está de verse.
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Y es que olvidaba decir que el sábado fue el Día Interncional del Orgullo Gay. Y como Guadalajara -dicen, yo todavía estoy por comprobarlo- es la Capital -con mayúscula, pa' que luzca más bonito- Gay de México, pues aquí armaron desfile y hasta se animaron a lanzar consignas contra el Cardenal -"Cavernal", dicen algunos, a los cuales no tengo nada que apelar-, "La Monja" González Márquez, y otros tantos retrógradas indiscretos que tanto mal han hecho con sus declaraciones misóginas, homofóbicas e inculturales.
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Pero vuelvo al caso de Diana y Mario y me permito desde esta lejana -y tapatía, porque es hecha en casa- silla, felicitar a la ya de por sí feliz pareja, y desearles los menos de los pleitos y el mejor de los tiempos legales, y esto último porque yo ignoro qué tan mal andará nuestro país en materia de trato legislativo a transexuales y transgénero -¿alguien sabe la diferencia entre ambos términos? se solicitan informantes audaces, sexo indistinto-.
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Y para despedirme, pregunto: ¿qué sexo tendrá el robot que dirigió a la sinfónica neoyorquina? Pregunta estúpida, y es que faltaba un párrafo para que esto cerrara más bonito. Ahí sorry.
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¡Salud!

sábado, 17 de mayo de 2008

La neta de la net.

No, les juro que en este baile no somos tan freaks. Bueno, no tanto como lo parecemos. Así que para demostrarlo, y porque hoy ando muy ejemplificador, les diré que mi entrada no versará sobre el libro que, versando a su vez acerca de Remedios Varo, está por editar la UNAM con el comparecimiento de al menos cinco especialistas en torno a distintos tópicos de la obra de la pintora mexicana de origen español. No, no versarán estos párrafos tampoco sobre el segundo material, este a cargo de Random House Mondadori, que cierta crítico francesa de arte está por sacar al mercado, relacionando la obra de una de mis escritoras favoritas, Isabel Allende -mea culpa-, con los cuadros de la pintora antes citada -es que está de moda doña Remedios-.
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Mejor hablaré del internet. Y es que hoy es su día. Y si al libro se lo celebramos con bombo y bolillo, ¿por qué no hacer lo respectivo con el medio electrónico que permite que usted, amable y no tan amable lector, y yo, entablemos comunicación día con día, o cada que se presta la ocasión? ¿Por qué no darle las gracias al invento gringo de tendencias bélicas que acabó convirtiéndose en una herramienta indispensable para el quehacer humano actual -las juntas del periódico para el que laboro ocasionalmente se hacen vía internet, y mis hermanas han aumentado treinta kilos de cadera desde que no tienen que levantarse para llevar mensajes a sus compañeros de trabajo-.
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Se lo dedicamos -el día, el blog- y con gusto. Nació en los años setenta, me dicen mis informantes, con la idea fiel y linda -y la que e' linda, e' linda- de servir como un medio no interceptable de comunicación entre los distintos campamentos estadounidenses de la guerra de Vietnam. Y ya cuando vieron que funcionaba bien sabroso, se pusieron a mover cables y activar botones para que todo, sí, todo el sistema de gobierno gringo funcionase -funcionara, es igual pero más lindillo- con ese particularmente sencillo modo de comunicación. Y ya no digamos lo chido que se puso el brete cuando a algún descalabrado se le ocurrió inventar el satélite artificial y eliminó por completo hasta la fibra de vidrio. ¡Qué monitoooo!
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Y ahora hacemos de todo, todo, pero de verdad todo de todo, con el internet. Se da el caso del que ha subastado su virginidad -ja, pobre de la o el que se la crea- en E-bay u otro de los tantos sitios que existen en la red para comprar y vender chucherías -en serio, si no me creen entren y vean cuántos freaks (como este sitio, o más) se pelean por un torso de Chewaka original-. ¿Y qué me dicen de la expansión de pedidos restauranteros vía web? Ahora uno tiene hambre, o cero ganas -osea, güey- de ir al súper -güey de nuevo-, y basta con dar un click y hacer el pedido, para tener en la puerta de la casa un bistec a la rocallosa, o tres latas de atún.
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¡Y los que ligan! Un aplauso abucheador para todos esos que han encontrado el amors en los miles, qué digo miles, decenas de miles de sitios en todos los idiomas posibles, que ofrecen eso, nada más que eso: amors y parejars. Yo, personalmente, sé de un buen amigo que lleva ya tres años con la misma chava que encontró en un chat una triste tarde lluviosa. ¿O qué tal mi amiga La Jirafa, que se atrevió a noviar con un moreliano -si lo hubiera hecho con una moreliana, de las de cajeta, le hubiera salido más barato el business- por tres largos meses sin distancia?
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Y como ya no hay moral -la perdimos ayer, cuando alguien tuvo el desacierto de poner en las bocinas de este baile el finado Za-za-za-, hablemos de la pornografía: ahí sí, incontables, insondables, los sitios de internet que venden, rentan, o de plano regalan, pornografía de todos colores, sabores y hasta olores -si no me creen, pidan referencias a La Malagueña, que a diario tiene en mente cientos de nombres de páginas pornográficas baratas baratas pa' recomendar-.
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Y las nunca encontradas, pero mil veces maltrajadas por el vox populli, páginas de asesinato en vivo, o de prostitución infantil, o de trata de blancas -y negras, muy negras-. Ya ni pa' qué mencionar las que destinan espacio para hablar de Corín Tellado -guiug, malditos enfermos mentales-.
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Total que treinta años o más y sigue radiante en su día. Y vende, compra, renta, alquila, regala, abarata -pregúntenles a los propietarios de compañías disqueras, que han tenido que bajar hasta el cansancio sus precios para luchar contra los programas de música en internet-. Y mata, ultraja, viola, acaba, y sigue vivito, coleando y adulado. Total, si en treinta años no ha hecho más que crecer y diversificarse, ¿qué más puede ser sino el reflejo de lo que hacemos -y solemos ser- como especie?
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Ahí se las dejo para meditar -ommmmm-. Y ya que acaben, no dejen de checar páginas que valgan la pena, o que, ya de plano, no les dejen nada pero les hagan pasar un buen rato. Total, ¿qué tanto es tantito?
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¡Salud! (pa'l internet y sus virus también).

jueves, 15 de mayo de 2008

La Primadonna

Ya sé, ni me reclamen. Traigo este baile a medio abandonar. Pero, ¿qué quieren si uno vive en una ciudad donde todo tiene que hacerse rapidito y bien, y como diría mi padre, "así no ha habido quién"? ¿Cómo hacerle para resumir las cuentas, registrar más rápido los pensamientos, entrevistar a velocidad luz, sacar artículos hasta por debajo de la manga y sin el mínimo error, y luego correr para ver a la novia y "cumplir" -no en el sentido sexual de la palabra, bueno, sí, también aveces, ¿por qué no?-? Y ya con tanta cosa encima, encima tener que venir a este baile y sacar dos o tres entradas para que las lea vayausteasaberquécibernautaquenuncadejarespuestitas. ¡Ah, no!, devuélvanme mi dinero y déjenme en pax.
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Pero sí, llegando rápido me propongo anunciar una gran premisa bastante percudidona. No, no es una premisa, claro está, porque ya está percudidona, pero sí es una invitación, una invitación aireada e insistente: escuchen, aprecien y valoren la nueva propuesta musical de la inigualable Madonna.
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¿Que cómo me atrevo a meter tanto pop en el ritmo de este baile, si el pop es pecado? No es la música, no, no es ni siquiera la particular -muy, muy, muy particular, rayando en lo "rarito"- belleza de la cantante británica. No es tampoco que yo sea popero -ay sí, ay sí, mea culpa, (trompetilla)-. El punto es que lo que ha hecho Madonna como último trabajo merece mi admiración por sus propios méritos -los de Madonna, no los de las cosas que ha hecho-. Mire que a los 40 y tantos -me dicen mis informantes que este agosto la llamada "Reina del Pop" apaga las 50 velitas, y sin gran problema-, dicen, la vida empieza a verse más feíta, y le dan a uno menos ganas de hacer las cosas.
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Pero las ganas de Madonna nomás no frenan. Ya usó conos, ya fue castaña, peliroja, güera exagerada, ya brincó en New York y besó en la boca a Antonio Banderas, sin mencionar el revuelo que causó con el video de su tema Like a Prayer, en el que sostenía relaciones sexuales con un santo de figurín vuelto a la vida. Esto desde los ochenta, cuando treintaba. Y llega a los cuarentas y decide hacer un dúo con Britney Spears, la entonces llamada "Princesa del Pop", y hasta besarla -a ella también- con gran cachondonería, en una entrega de premios juveniles de transmisión internacional -sí, ya sabemos todos ahora que aunque Britney pensó que eso era un "you'll be the next queen", Madonna quizo decirle en realidad "get out of here, stupid girl, and giveme your fans"-.
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Y no conforme con eso, hace dos años saca a la venta un material discográfico en cuyos videos derivados tiene la indesencia de flexibilizarse como si tuviera quince años, al tiempo que vuelve a poner de moda, por su pura presencia en las discos, los ritmos más setenteros.
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Y ahora, con Hard Candy, la esposa y madre de dos hijos -Rocco, el menor, me dicen mis informantes, se refiere a ella como "Momi The Queen"-, la muchas veces ganadora de premios Grammy, la sensacional, la diva de gays, heterosexuales, hombres y mujeres, la odiada, la prohibida, la amada, la abusada, la nada atolondrada Madonna, con un disco agridulce, se nos pone al brinco y le dice a todas sus aguerridas competidoras -por cierto, ¿alguien sabe en qué parte del camino quedaron rendidas Britney y Christina? Si las ven, apiádense de ellas-, "quítense, que ya me andaba por darles su lección de inteligencia".
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Y la da bien y bonito. Envejece, sí, pero se da el lujo de hacerlo con gracia y como si tuviera quince años y su "envejecimiento" fuera solo "crecimiento". Y se renueva, y aparece con algo distinto cuando todo mundo esperaba verla retirarse a un asilo a vivir de su fortuna -muchos, pero muchos millones de dólares-. Y es Madonna otra vez, con su fama, su éxito, su estilo particular de vivir del espectáculo. Y es capaz de llegar a audiencias jóvenes y no perder vigencia, y de muchas cosas más que todavía no nos entrega envueltas en CD y celofán.
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"¿Crees que en la vida real sea una perra?", me preguntó una tarde mi hermano, férreo admirador madonnista, cuando la veíamos cantar en el televisor. "No sé si lo es en la vida real, pero con que lo sea en la pantalla basta para que el mundo la ame". Lo dije y lo reitero: será una golfa maldita (gracias a La Maye por el singular epíteto), pero es al mismo tiempo la demostración fiel de que el mundo puede amar sin problemas a las golfas. Ya dije, ya lo volveré a decir cuando se ofrezca.
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¡Salud!

lunes, 12 de mayo de 2008

El resguardo cristalino del riachuelo.

La cuestión es que no ando de humor. Sí, yo sé que antes dije que cuando la lluvia llegara a estas tierras de mariachi y tequila, aún estuviera yo en el peor de mis días, la presencia del torrencial sobre mi ciudad sería suficiente para hacerme sentir tranquilo. Y lo dije y lo sostengo. La cuestión está en que éstos han sido días muy malos y hoy, cuando la lluvia ha llegado hasta mi ventana y amenaza ya con azotar contra mi perro, yo no ando con ganas de ver llover.
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Bueno, no, esperen, escribí muy rápido. Sí quiero que llueva, que llueva mucho, que se caiga el cielo a jicarazos y se inunden las calles de siempre, los nodos viales de siempre, los pasos a desnivel de siempre. Que la tempestad se lleve la basura, tape las alcantarillas y haga que los políticos, taciturnos y mojados, se pasen la bolita de la responsabilidad y se dejen ver como la basura y la infrahumanidad que son. Que la pintura de los edificios, a fuerza de granizo y precipitación helada, se resbale como mantequilla en el sartén. Que los fierros agoten su resistencia y se oxiden al contacto de tanta agua, tantísima, mucha, como nunca se ha visto, ni en el diluvio universal, y así las estructuras se derrumben, caigan en un sonar delicioso de crugido y piedra.
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Que las personas en la calle sientan tanta lluvia caer sobre sus paraguas que pierdan el interés por no mojarse, y andar siempre mojado se convierta en una moda, una nueva tendencia que "empape" las pasarelas: el flush look. Que la televisión nacional pierda sus satélites en medio de tanta agua, que la ventisca de la lluvia se lleve el calor inhumano del sol y las voces chillantes de Paty Chapoy y Galilea Montijo. Que se deslicen los estigmas, los estereotipos de los que tanto me río, sí, y que de tanta agua caigan también los paradigmas y las otras tantas barreras que oprimen nuestro pensar, nuestro creer, nuestro entender, nuestro vivir.
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Y que el agua inunde también los Sanbors y los puestos de revistas, y sea selectiva al inundar, de modo que se lleve en su corriente las frivolidades de las Quien y las Gente Bien, y todas esas cosas que tanto nos disgregan, y deje, al retirar las aguas, eso sí, a la noticia fresca y reluciente en los diarios del país.
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Que con el agua cayendo caigan también las molestias, las inconsistencias y las malas intenciones, de modo que todos seamos más frescos, más idealistas, más directos, más felices. Que la sencillez del agua desentrañe los misterios de nuestra razón y borre el smog de nuestras cabezas. Que tras el agua todo quede, quizá más devastado, irreconocible, sí, pero mejor, notable y cristalinamente mejor.
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¡Ah, claro! Y que deje de llover cuando todos hayamos comprendido que el agua puede purificarlo todo, y lo que no, no vale la pena siquiera pensarlo ni entregárselo de ofrenda al resguardo cristalino del riachuelo.
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¡Salud!

sábado, 10 de mayo de 2008

Fresas y diamantes para el submarino.

Tiempo sin hablar de una película llevaba yo. (Vale aclarar que hoy, disculparán ustedes, ante un hecho que quizá comente o deje entrar levemente en otra entrada, mi sintaxis, lo notarán, un poco desacomodada anda, y hablando estoy casi como Joda -¿fui el único yo quien rió al verlo en la última de Star Wars pelear como hábil espadachín y tomar su bastón acto seguido, quejándose de sus reumas?)
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Y como el séptimo arte es una de esas cosas que creo vale la pena apreciar en una tarde de ocio -ocio voluntario, con la cantidad de cosas que tengo por hacer y yo sin mover media falange de dedo-, aunado, claro, a la lectura y la charla con los amigos, y como yo no tenía cerca a ningún buen amigo, y mis libros están todos en actitud francamente indiferente hacia mí -¿o yo hacia ellos? ¿cómo es que funciona esa clase de amistad?-, pues que me arrabano -osea, me hago rábano- en mi sillón y me dispongo a contemplar una de las últimas obras musicales nominadas al Premio Óscar, esta en la categoría de Mejor Banda Sonora, en la entrega de hace unos meses.
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Me refiero a Across the Universe (aka "A través del Universo"), un genuino... qué digo genuino, ma-ra-vi-llo-so musical basado en las canciones -algunas, no todas, creo, aunque de eso yo sé muy poco- del grupo de rock and roll más famoso de la historia de la música -este dato sí no me lo nieguen, que, aunque sepa muy poco, lo que es obvio es obvio-: Los Beatles. ¿Y en qué estriba el gozo? Pues en buenas actuaciones, buena elección de locaciones y buen manejo de paralelismos con la historia del célebre cuarteto de Liverpool, todo en un batidillo de historia francamente sencilla.
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Y al ser la historia francamente sencilla, los guionistas cometieron el mayor de sus aciertos: darle prioridad a las piezas musicales adaptadas, y nada mal interpretadas, por el grupo de actores que conforma el reparto de la cinta, la gran mayoría de ellos desconocidos -Jim Sturgess quizá sea un nombre más sonoro para aquellos pobres seres en desgracia que pasan sus días viendo programas de cine y saben que vendrán próximamente al menos dos cintas protagonizadas por él a las salas de nuestro país; Evan Rachel Wood, según datos de La Casicasi, podría ser también de nombre y figura reconocidos por su participación en A los trece (Thirteen, Catherine Hardwicke, 2003)-.
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Entonces se arma una pachanga beatlereana de lo más acorde con las nuevas épocas: ligera, digerible, con una propuesta visual sumamente interesante, sin dejar de lado la excelente ambientación, pues el drama se localiza, temporalmente hablando, en los años sesenta -obvio, si hubieran hecho otra cosa los agarraríamos a patadas-, con todo el gigantesco portafolio de drogas en existencia, circulación y uso, que caracterizó a esos años dorados de nuestros padres -bueno, de los míos, que a lo mejor los suyos son más jóvenes o más viejos, y nada de hippies drogos vivieron-.
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Moraleja: véanla, pasen un buen rato coreando las canciones, que quizá ni siquiera sabían que eran de los Beatles -"los birotes", dice alguien cuyo nombre no mencionaré, porque su apodo inventado es tan impúdico como condenable y hereje el sujeto inventor-, dense un buen "toque" de cine, y no olviden subir hasta las nubes con las actuaciones especiales de Bono y Salma Hayek -bueno, Bono es bueno, a Salma se las dejo a consideración tipo "Y tu mamá también"-.
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Ahora que lo que hagan una vez subidos a las nubes queda bajo su propio riesgo. De las fresas a las manzanas, pasando por los Azulitos y los viajes astrales, la cinta tiene mucho, pero mucho material, para dejarlos volando alto. Que conste que advertí.
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¡Salud!

jueves, 8 de mayo de 2008

Por esto y por lo otro... ¡salud!

Lo que tardé en llegar hasta esta entrada, a este teclado que me recibe como no esperándome, esta pantalla que proyecta extraños caracteres que no comprendo del todo, lo que tardé deseando sentarme una vez más aquí para poder decir algo más, quizá un grito desesperado, o tal vez un susurro involuntario, lo que fuera, pero algo más, que pudiera cambiar, establecer, explicar, inspirar, incendiar. . Lo que tardé, y lo poco que llevo llegando ya se apaga con la necesidad de partir de nuevo. Con las muchas ocupaciones, los muchos mareos, los muchos jaleos y los muchos requisitos de esta vida, apenas y me ha quedado tiempo para sentarme aquí, enarbolar tres líneas y mandarlas a un viaje infinito por el ciberespacio, justo lo que hago ahora. . Y no estarán ustedes para saberlo, pero como yo sí estoy para contarlo, han de enterarse entonces que hoy finalizó la Campaña Nacional de Vacunación que, en el movimiento siempre digno que lo caracteriza -¿siempre, digno?-, el Instituto Mexicano del Seguro Social, o más ampliamente, la Secretaría de Salud de este bendito país, llevó a cabo, con mucha organización, eso sí, para impartir sendas dosis de material viral muerto y empaquetado contra sarampión y rubéola, dos enfermedades virales que, según dijeron los que andaban por todo el país pinchando jóvenes de entre 19 y 29 años de edad, y ancianitos de más de 65, traían ganas de brotar. . Pero no las dejaron. La oportuna campaña, que además de todo contaba para su realización con gente muy bien preparada, agarró desprevenidos a muchos y desconsolados a otros. Hay a quienes, como a mi buen amigo El Sexsymbol, la inyectada les dio fiebre y tos -yo sigo insistiéndole que no se quite la camisa cuando vaya al antro, que eso no es sexy sino motivo de fashion emergency, pero el caso es que ni caso me hace y ahí sigue de bar en bar rozando sus rozagantes pechos contra la espalda de la -o el, ya cuando trae tres copas encima el sexo es lo de menos- que se deje-. Hay a otros, como a Mi Arandera, a quien el piquetito minúsculo casi se le convirtió en hoyanco por el que la vida se les iba, con eso de la poca capacidad de coagulación que tienen ciertas sangres. . Pero hay otros, como a mí, su humilde y estratosféricamente ocupado servidor -estratósfera es una palabra que, ya sabrán, me cae de maravilla-, habemos otros como este que escribe, a quienes el piquete les cayó muy bien... y la idea de la campaña mejor. . Aunque según mis informantes el virus -del sarampión, los méndigos no me han traído nada todavía sobre la viruela- no había hecho su entrada en territorio nacional desde el año 2001, cuando algún par de extranjeros descuidados se lo trajo en las suelas de sus tenis, un posible brote en Baja California Norte alarmó a principios de año al sistema de salud de nuestro México tullidón. Y como somos buenos para organizarnos cuando ya la vemos cerquitita, pues que armamos rápido la idea y nos lanzamos a vacunar. Y entre el "yo te pincho y tú me pinchas", y el "ahí aguántalo dobladito" -el brazo, no vayan a pensar que este blog se puso feo y perdió el toque familiar-, pues impartimos virus muertos por toda la patria y tapizamos a nuestros jóvenes y ancianos de cadáveres de microorganismos. ¿No les parece estupenda la idea? . Yo, ya vacunado y con mi calcomanía de prueba pegada en mi celular, escribo estas líneas y felicito al sistema de salud de este México, por su valiente intervención en la lucha contra el sarampión y la viruela, pero no así por el pésimo estado en que, gracias a la prevalecencia de sus sindicatos sobre sus pacientes, tienen las clínicas, la preparación de los médicos y la disponibilidad del personal. ¿O es culpa de un gobierno atroz que destina menos recursos de los que se embute? ¿A quién le tiramos la bolita de los malos e insuficientes hospitales y los acabadísimos equipos de los ídem? ¿Me la quedo yo? ¿Así como ando, con el brazo doblado para que no se me salga la moronga y acabe yo en calidad de tísico blanquizco? Que conste, luego no digan que no advertí. Y safo de limpiar lo que se desparrame. . ¡Salud! (ahora sí, literal salud)

lunes, 5 de mayo de 2008

Kilo por kilo, problema por problema.

"Y mientras tanto, ¿qué vamos a comer?" "Mierda".
El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez.
Hoy, porque en días pesados como han sido estos -un largo, muy largo fin de semana- el único placer que me doy el lujo de disfrutar es la comida, me trasladé a temprana hora y con pronto paso al otro extremo de esta ciudad -que es mitad mía y mitad de ustedes-, con la casi única intención de disfrutar de la sazón de mi buena amiga La Traviata, que además de cantar de maravilla, cocina sensacional. .
Y entre filetes de pescado empanizado y ensaladas de lechuga con aderezo de cilantro, pues ¿qué mejor tema pa' platicar en la sobremesa que el alto, altísimo, índice de obesidad que afecta a los países de todo el mundo? -mis informantes siguen de puente, atorados todavía en el caos vial que se ha armado en las entradas de Guadalajara, así que no han traído aún información exacta al respecto, pero me pregunto clandestinamente si en África o Medio Oriente habrá gordos. Y como mi pregunta es absolutamente inútil, seguiremos preguntando-.
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Y es que todo este tema -"bonita sobremesa", pensará el lector común, que no ha tenido en sus manos el delite de haber pasado una tarde de reunión con mis amigos- salió a colación a la hora misma de la comida pues La Traviata, y todos los demás que estábamos en la mesa, habíamos visto tiempo atrás, el singular, magnífico y bien realizado documental de Morgan Spurlock, Super Size Me (Estados Unidos, 2004), en el cual el documentalista, en un afán meramente científico -ajá-, y sin ningún ánimo de levantar ámpula -ah, no-, se propuso no desayunar, comer ni cenar, durante treinta días, un alimento diferente a lo expendido en los restaurantes de comida rápida más famosos del mundo entero: Mc Donald's.
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Sobra decir el shock que fue ver, para un fanático de las hamburguesas como lo es su servidor, dicho documental hace unos años, y sobra decir también que sin pensarlo mucho tiempo dejé de comer no nada más en el restaurant de los arcos amarillos y el payaso rojiámbar, sino en todo aquello que en su entrada principal ostentara logo y leyenda "fast food", o algo por el estilo.
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Pero volví a las andadas, y temo que ése es el gran pie del que cogeamos los seres humanos: nos encanta incidir en el error. Sin embargo, La Traviata y sus oportunos comentarios, me recordaron hoy algo que es cierto: el problema no está en dónde comemos, sino en qué hacemos para desquitar lo que ingerimos.
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Que si la grasa con que Mc Donald's prepara sus alimentos no se elimina ni con peregrinación de rodillas pelonas a chalma, que si su comida tiene mucha azúcar, que si al comerla da cancer "de los malos", el punto es que el restaurant de la cajita feliz es la culpa de nuestras obesidades y nuestras enfermedades, ¿cierto?. ¡Ja! Me río de Janeiro. Nada, creo yo, puede hacer más daño que afirmar a pie juntillas que en cuestiones como la obesidad hay un solo causante, y que eliminarlo de raíz sería la solución a todos nuestros males -vaya, que hasta el peso se levantaría del abismo si corriéramos a todos los Ronald y construyéramos hartas taquerías en su sitio-.
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Yo me pregunto si todos esos obesos mórbidos que caminan por la calle comen a diario en Mc Donald's. Mi mamá lo ha hecho durante sus viajes por la República, mi hermano también, y ambos están más flacos que un fideo deshidratado. ¿No estará más bien la causa de tanta gordura en nuestras conductas y nuestro cada vez más evidente sedentarismo? ¿No será la obesidad un problema de "comportamiento" y no de "consumo"? ¿Serán ambas? Me orillo por esta segunda opción, pero es un hecho muy claro, para mí al menos, que ni Mc Donald's tiene toda la culpa ni nosotros podemos darnos el lujo de endilgarnos la etiqueta de "inocentes".
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Terminando la comida, mientras La Traviata nos servía sendas y deliciosas raciones de fresas con yogurth, La Casicasi, también presente, hizo una observación de lo más destacable: "Deberíamos dejar de comer". No es destacable sólo porque aprecie su sinceridad, sino porque entiendo su miedo, que es, al mismo tiempo, el miedo de todo el resto de personas que, hoy día, ya no sabemos lo que comemos ante la existencia de cada vez más marcas que se anuncian como "naturales" o, peor aún, "nuevas fórmulas". Osea que las fórmulas anteriores, de las que comieron sus padres y los míos, quizá nuestros abuelos, ¿ya no son las que comemos nosotros? ¿Qué las otras, que los hicieron crecer y madurar, andaban mal? Parafraseando entonces a Mi Arandera, con derechos reservados del buen Vicinio, me animaré sólo a decir: "Chale".
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Pero es lunes, la semana ha comenzado con buena comida a la mesa y el que coma en Mc Donald's, por mí, debe recordar sólo lavarse las manos. Al parecer en estos tristes tiempos -esto último me quedó como aquello de tres tristres trigres, ¿no?- lo único que podemos hacer en el acto de comer sin dañarnos demasiado, es lavarnos las manos. Yo, porque no tengo de otra, no porque realmente quiera -ajá-, me lavo las manos entonces.
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¡Salud!

domingo, 4 de mayo de 2008

¡A la madre!

Ante la conmoción de la última entrada, he decidido no tocar hasta el aniversario el tema de los invitados de este baile, hasta el aniversario o el día que tenga ganas de escribir y no haya nada qué decir. Esto último lo dudo, pues en general los temas me siguen y las noticias adoran mis oídos, se acongojan en mi conciencia y saturan mis pensamientos.
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Esto último lo saco a raíz de sí, adivinaron, una noticia que he escuchado y he decidido comentar aquí: ayer por la mañana, mientras todos dormíamos -5:30, en sábado de puente, ¿algún insólito enfermo mental despierto? no me dirija la palabra-, Xóchitl Parra, adolescente hispana habitante de Long Beach, California, parió a su primogénito mientras tomaba una ducha.
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Ok, ok, no fui tan amarillista al presentar esta noticia como lo he sido en otras ocasiones, cuando me gana el sentimiento literario y termino por hacer llorar -¿verdad, Cutre, que lo mío son las lágrimas ajenas?- Pero sucede que Xóchitl, que además de ser nueva madre trabaja y estudia, y gracias a su vasote chocomilero de Calcetose diario rinde bien en todo lo que hace-ok, lo siento, comercial a bordo-, parió a un niño que ni sus amigos, ni su familia, ni su novio, el padre del chamaco -quiero esperar, o bueno, no, no quiero nada-, sabían que existía.
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No, no fue un embarazo biónico o cibernético. Tampoco representativo. Sucede que, como la pequeña -¿17 años no es un bebé?- no quería que su madre la fuera a "correr de la casa", ocultó "hábilmente" -pesa como cien kilos, y si no me creen vean la foto en Yahoo- su embarazo, y acto seguido se dedicó a llevar una vida normal, esperando que el momento del parto la agarrara confesada.
. Y ya con el bebé flotando entre la espuma roja de su L'Oreal Kids de sandía y sus patitos de hule , pues para no dejar lo llevó en brazos caminando, con el cordón umbilical todavía adherido a sus entrañas, al puesto de socorro más cercano -como a cuatro cuadras, con el frío de desierto nocturno que tiene California-
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Y que el médico la ve y que lo primero que le dice es "Don't move on!". Y que la recuestan, limpian al bebé, cortan el cordón y sacan la placenta, que todavía estaba medio adherida por ahí. Y que había riesgo de sangrado, y posibilidad de muerte por hipotermia en el menor. Y que, a pesar de todo, no fue inconciente porque pidió ayuda rápido -sí, claro, nomás con nueve meses de retardo-.
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Lo terrible es que la susodicha madre haya preferido ocultar su embarazo a atenderlo oportunamente en un país con un sistema de salud que garantiza, al menos para ella que es ciudadana estadounidense, la total atención y la integral salud. Pero detengámonos en el miedo de la menor: su madre, o, más bien, el rechazo de su madre.
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Y sí, ahí todo se justifica, pues por alguna extraña razón, y uno que tiene un ejemplar prototípico en casa lo comprende, la madre hispana sufre mucho cuando los hijos apenas se están enterando de que la llevan perdida, sigue sufriendo cuando los hijos ya vieron apagado el porvenir, y sufre todavía más cuando los hijos se van -nota alterna: no se pierdan el papelón de Libertad Lamarque (latina, argentina, por cierto) en la cinta del mismo nombre-.
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Y su sufrimiento lo demuestra, claro está, de múltiples maneras: pega, da de gritos, reza hasta que se le olvida hablar y nomás puede andar balbuceando padres nuestros por todos lados, camina de rodillas a Chalma o se saca los ojos.
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Así que sí: Xóchitl hizo lo correcto. Yo en su lugar no nada más hubiera ocultado el embarazo, sino también me oculto a mí mismo. No vaya a ser que en una de esas me adivine en la mirada el embarazo, con la singular percepción paranormal que caracteriza también a la madre latina, y me diga con su característico -que no melodioso, sino nada más odioso- tono de voz: "¿Ahora qué hiciste, golfo patán?"
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¡Salud!
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PD: Hoy no es 10 de mayo, pero para que el próximo sábado me acuerde está caón. Aquí se las dejo entonces diunavez y por adelantado.

sábado, 3 de mayo de 2008

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La imaginación, la loca de la casa.
Frase atribuida a Teresa de Ávila.
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Lo difícil que es armar una entrada cuando el ritmo del baile anda bajón. Anoche hubo cateo y los guardias se llevaron al punto y coma, que por considerarlo innecesario. Pero no nos exaltemos, ya fueron el resto de signos de puntuación, la dueña de este baile incluida, a pagar la fianza pertinente y liberarlo del Ministerio de Asuntos Ortográficos. Sin dejar de lado la pena que causa un hecho así, nuestro baile ha decidido, por hoy, explicar el papel de cada signo en este baile.
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No, no corten su lectura. Esta entrada no será una aburridísima clase de "horrortografía", esa extraña parte de quién sabe qué disciplina que tanto nos ha jodido la vida a todos los que escribimos -osea, a todos de todos-. Nos conformaremos con hablar de los invitados a este baile, ello sin bajarle el volumen a la música. ¡Música, maestro!
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. El punto es, quizá para todos los que bailamos este baile, el invitado especial de la coma. Baila en pareja con ella y tienen gustos en común. Muchos podrían pensar que su mejor amiga es la mayúscula, que le sigue a donde va, pero los que lo conocemos mejor sabemos que su alma gemela es la coma, quizá porque la única diferencia física entre ambos estriba en el hecho sin importancia de que la coma tiene bracito "bailaor" y el punto nada más brinca cuando baila. Sí, lo han adivinado: el ritmo favorito del punto es el ska, y, con peligro de que mi buen amigo El Tahui se me encele, es el mejor "slamista" del lugar. .
: Los dos puntos son, desde la apreciación técnica de mi hermano unívoco -es que nomás tengo uno, y rara vez se equivoca-, la pareja gay del baile. Así que sí, la coma tiene amigos de todo tipo y no tiene prejuicios de ninguna clase -prueba de ello es que el punto, que es más bien gordito, o el guión, que nunca dice nada sin antes ceder la palabra, le caen a toda madre-.
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; La pareja apresada tiene todavía más motivos para parar en la cárcel que su simple no utilización: agobiada por continuas peleas entre sus dos elementos, la pareja heterosexual del baile se pasa la vida entera discutiendo cómo poder llamar la atención y quitarle el puesto a otros que, con menos esfuerzo físico, sirven para lo mismo que ellos dos: separar ideas. Así que sí, se les quiere en el baile, aunque siempre estén en su propio rinconcito discutiendo sus ardores y fraguando planes para hacer que coma y punto se unan, como ellos, y la fiesta se termine ;;;
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¡! Nunca juntos hasta el momento en que nada pueden expresar sino su propia sorpresa, los signos de admiración viven separados por multitud de voces ajenas, palabras que no les pertenecen pero a las cuales acompañan para darles connotación especial. La última vez que alguien intentó traerles una novedad, los signos de interrogación contestaron, con su pura expresión delineada: "ya todo nos sorprende". Fin del asunto.
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¿? Con la única diferencia de que estos dos viven llenos de dudas y temores, los signos de interrogación comparten con los signos de admiración la misma fatalidad: separación de por vida si es que quieren servir de algo. Y falta decir lo mucho que han sufrido en últimas fechas ante la invasión de cierto comportamiento extranjero en el lenguaje, que ha relegado al olvido al miembro inicial de la pareja... o no? Ahora el miembro final debe trabajar el doble para llevar el pan a casa. Vita vitam est.
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... Se lo cayan todo. Van por la vida intentando significar lo que nunca dicen y expresar lo que nunca significan. En el baile se les atiende igual, aunque su ritmo sea tan interrupto como sospechoso.
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´ Es el gran odiado. Nadie lo quiere usar pero también nadie quiere admitir que én ciértas ocasiónes és necesário, ó más bién, indispensáble. Se le ve con malos ojos, pero igual se le deja bailar porque el ritmo que éste marca, con su simple aparición, ni la coma lo puede igualar.
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Con un alto riesgo de que falten más, me despido de este baile porque el punto y coma ya llegó y están peleando a tan alto nivel de voz que ha tenido nuestro dj que subirle a la música para no aguadear la fiesta, y es tiempo ya que no escucho nada -miedo, miedo, el ruido me da miedo, tengo miedo, mucho miedo... ah, mmm, bueno, chiste local-.
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Ahí luego les platico de otros fascinantes ejemplares, como las comillas -la pareja lesbiana del lugar-, o la diéresis, que tiene siempre tan poco trabajo que está pensando en retirarse, sin mencionar a la cuña de la ñ, que odia el internet porque le ha quitado su lugar y ha sustituido su ondulada presencia por "estupideces" de la talla de "ni". Ñi hablar.
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¡Salud!

viernes, 2 de mayo de 2008

Danos hoy nuestro girasol de cada día.

"Una rosa es una rosa", versa el famoso sonetillo de cierta canción de Mecano. Pues sí, una rosa será una rosa, pero un girasol es más, mucho más, que una simple flor. De hecho, creo yo, dista mucho de ser solamente el órgano de reproducción sexual de un vegetal determinado. Un girasol es la luz misma convertida en vida.
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Me dicen mis informantes que el origen geográfico de la Helianthus annuus, nombre científico del girasol común -osea, el que se vende en todas las florerías y que es gigantesco y pesadote-, lo ubican los botánicos en el sur de América, concretamente en la zona de Perú, y más concretamente todavía en las zonas cercanas a la coordillera de los Andes. Y, como andan felices porque en la entrada anterior agradecí su labor incondicional -más condicional que in-, mis informantes me traen un dato extra: se cultiva, aproximadamente, desde el año 1000 a. C.
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Sí, leyó usted bien. Los incas modifican el uso de suelo y armaban su siembra en escalerita, y acto seguido tenían maíz, frijol, sushi y girasoles. ¡Una cosa tan actual como impresionante! Quizá lo más difícil de todo estriba en el hecho de creer que el girasol de los incas distaría mucho de parecerse al que hoy regalamos cada que se arma la oportunidad. Osea que si lo viéramos, no reconoceríamos al sol hecho flor en esa ramita de tres pétalos y tufo pestilente insoportable. Por eso... ¡viva la evolución!
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Y todo esto viene a cuento porque yo tengo hoy un girasol. Me lo ha dado Mi Arandera y, fuera del hecho de que es la primera vez que recibo una de mis flores favoritas como obsequio, me acaricia el alma. En este preciso momento ha cerrado ya su fuego artificial de pétalos y se ha dispuesto, descente como es él, a dormir hasta que el astro que lleva en el nombre salga de nuevo, alumbre el cielo y le dé esperanzas.
. Y es que el girasol es eso, la flor de la esperanza: se opaca cuando muere la luz y renace de nuevo apenas se presentan los primeros rayos matutinos en el firmamento. Parece morir, pero su vida está latente en torno a la presencia del astro mayor, fuente de todos sus movimientos y, me lo dice su movimiento paulatino en torno a su presencia, su eterno e imposible enamorado
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Por eso muero por darle a mi girasol la oportunidad de correr hasta el sol y abrazarlo en un idílico encuentro, levantarlo muy alto en el cielo y permitirle tocar los tibios cabellos dorados de su amado, hasta que el fuego de ambos, uno hecho a base de explosiones de gas helio y el otro fabricado en un ardid de pétalos dorados, implosione en el gran designio del amor sincero.
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Pero mientras ingenio la manera de acercarlo al sol, mi girasol duerme. Ya mañana, como todo el resto de las cosas de la vida, tomará su lugar en el día y reclamará la atención de bio, el hálito dador. ¿Ven? Además de ser la flor de la esperanza, el girasol es la flor de la inspiración. Abrazo al mío como si abrazara a Mi Arandera, y a lo que tengo con ella, tan fuerte como esta flor que no se marchita con los días.
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¡Salud!

jueves, 1 de mayo de 2008

Diez de a diez.

Me preguntaba si llegaría el momento, justo hace unas horas, de poder dar las gracias y subirle el volumen al festejo: hoy, tras varias penas, mucho pensamiento, y también aveces con una lucha encarnizada contra la desidia, hoy alcanzamos, ustedes y yo, al menos los que ayudan con los gastos, las cien entradas.
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¿Cómo expresar con un paso de danza el esfuerzo que significa estar día con día pensando un tema máomenos interesante, o manteniéndolo fijo en mi mente a lo largo del día, a pesar de mi reducida capacidad nemotécnica? ¿Cómo bailar al ritmo de la fuerza, la agudeza y el amor a la palabra que significan cada entrada en este blog, que la refieren en toda su extensión? ¿Cómo darles un paso sin que se olviden las letras, las palabras, el hilado ineludible de frases y párrafos que, bien o mal, han ido plagando este blog hasta llegar a las 100 participaciones?
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Creo que el modo más adecuado es decir gracias. Gracias por mantenerse firmes en la lectura, aveces lejana -¡viva España, mi mariposa adorada!-, otras tantas cercana -La Malagueña, La Casicasi y La Traviata, por la pura ayuda que hoy brindaron a la causa particular, merecen esta y más entradas-. Gracias por los comentarios, las reclamaciones, las observaciones, las acotaciones y las solicitudes entregadas para ser informantes de la coma -lo siento, mi Vic, pero por esta vez no se podrá-.
. Gracias por anexarme en sus blogs, agregarme en sus messengers y sumarme a sus corazones. A mí, claro, como humilde servidor de la coma, y a ella, como dadora de luz, paso y ritmo.
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Al final de estas 100, que espero no sean las únicas -para las 200 ya decidimos que cambiaremos los salchipulpos de los botaneritos por galletitas saladas con foigràs alpino-, al final de estos 100 momentos, cien hilados, cien decisiones, cien opiniones, sólo queda dar 100 gracias y las que se acumulen en el camino.
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Hoy la coma está bailando, y aunque todavía no tiene en sus entradas un número para poder plantarse en él (1,000, o 2,000, o 10,000), sí sigue pidiendo escriba y mande decir. Y lo seguirá haciendo, hasta que el cuerpo, la pluma y los temas aguanten.
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¡Salud! (x 100)
PD: Lo olvidaba... ummm... ¿cómo decirlo? gracias, informantes.